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septiembre 23, 2026

Alerta experta sobre el impacto desproporcionado del cambio climático en mujeres rurale

©FAO, Max Toranzos.

La crisis ambiental profundiza las desigualdades de género y no es solo un fenómeno físico, advirtió la investigadora Mirijam Salfinger, de la Universidad de Viena. Durante un espacio académico, señaló que la falta de agua, las malas cosechas y los desplazamientos incrementan la carga de cuidados en poblaciones sin acceso a la tierra ni a la toma de decisiones.

Puntos clave del impacto y enfoque 
  • Trabajo de cuidados: Las mujeres rurales e indígenas sostienen el hogar y la alimentación. Las sequías y eventos extremos agravan esta presión, limitadas además por la falta de acceso legal a la propiedad de la tierra.
  • Perspectiva ecofeminista: Se cuestiona la separación entre el ser humano y la naturaleza, un modelo que prioriza el extractivismo y desplaza los costos sociales hacia sectores vulnerables.
  • Conceptos centrales: Se destacó la interdependencia (necesidad de cuidados mutuos) y la ecodependencia (dependencia de los ciclos naturales).
El encuentro concluyó que proteger la dignidad humana requiere defender los ecosistemas y reconocer el valor social y económico de las labores de cuidado indispensables para la vida.

Con información de: Ponencia de la investigadora Mirijam Salfinger, de la Universidad de Viena.

La Ciudad de las Diosas

septiembre 20, 2025

Yayo Herrero: “El ecofeminismo propugna que los sistemas económicos, políticos y culturales pongan la vida como una prioridad”


Yayo Herrero: “El ecofeminismo propugna que los sistemas económicos,  políticos y culturales pongan la vida como una prioridad” | la diaria |  Uruguay
Foto: Alessandro Maradei

En entrevista con la diaria, la antropóloga y activista española analizó las claves que aporta la perspectiva ecofeminista para construir un mundo que piense menos en “cómo hacer crecer la economía” y más en “cómo garantizar condiciones de vida dignas”.

Yayo Herrero es antropóloga, ingeniera técnica agrícola, docente e integrante de Ecologistas en Acción, una confederación que reúne a más de 300 grupos ecologistas de distintos puntos de España. Es, además, una de las principales referentes ecofeministas de Europa.

Esta semana llegó a Montevideo para participar en el XV Congreso Iberoamericano de Ciencia, Tecnología y Género, que este año aterrizó en nuestro país, organizado por la Universidad de la República con el apoyo de distintas instituciones públicas y organismos internacionales.

Herrero participó en el conversatorio “Los feminismos ante los desafíos de un mundo en crisis: imaginando futuros posibles y deseables”, junto con las académicas Helen Torres y Alicia Migliaro. Un poco antes conversó con la diaria sobre el aporte de la perspectiva ecofeminista a la construcción de otros mundos en un contexto actual de “guerra contra la vida” y de “emergencia de las ultraderechas brutales que se están llevando por delante todo”.

¿De qué hablamos cuando hablamos de ecofeminismo?

Hablamos de una corriente de pensamiento y de un movimiento social que pone en diálogo preocupaciones que históricamente han sido asociadas a las del movimiento feminista con preocupaciones que venían desde el pensamiento de la ecología política y de los ecologismos. No es una simple suma entre ambas cosas y el sentido lo encontramos cuando nos paramos a pensar de qué depende un ser humano y reconocemos que se inserta en una trama de la vida formada por aire, agua, plantas, microorganismos, vegetales, animales, y que es precisamente la interacción entre todos esos elementos lo que genera las propias condiciones de existencia. Pero, por otro lado, los seres humanos somos seres también radicalmente interdependientes porque vivimos encarnados en cuerpos que son vulnerables, es decir, que requieren necesidades como la del agua, la vivienda, el aire, el alimento, los cuidados, que no se pueden cubrir si no es en comunidad.

La mirada ecofeminista lo que hace es recoger esa conciencia de ser dependientes de la tierra y de ser dependientes entre personas para terminar diciendo que la vida humana, por el hecho de haber nacido, no se sostiene sola, no es una certeza, y que, por tanto, para poder tener vidas que duren en el tiempo y sean dignas, hace falta que sean vidas sostenidas intencionalmente. El ecofeminismo es esa mirada, esa corriente de pensamiento y ese movimiento social que propugna que los sistemas económicos, políticos y culturales pongan la vida como una prioridad y la construyan intencionalmente.Apoyá nuestro periodismo.

Desde esa mirada se afirma que existe una “raíz común” en la subordinación de las mujeres y la destrucción de la naturaleza.

Estamos viviendo un momento de guerra contra la vida que tiene que ver con una cultura que es patriarcal, que no reconoce las dependencias y se sostiene sobre una idea de control y dominio tanto de la naturaleza como de las mujeres. Es una cultura patriarcal que lo que hace es dañar precisamente aquello que la sostiene y que tiene su avatar en el capitalismo: es una cultura que, cuando se plasma materialmente en la forma de organizar la vida en común, termina generando una cultura capitalista que reduce el concepto de valor a precio y que se sostiene sobre una especie de religión sacrificial que defiende que todo merece la pena ser sacrificado si la contrapartida es que la economía crezca.

En un contexto global de crisis ambientales, sociales, geopolíticas, ¿cuál es el aporte que hace la perspectiva ecofeminista?

La aportación que hacen las cosmovisiones ecofeministas es la de la denuncia y la de otro lugar para la reconstrucción, restauración y reflexión, que lo que supone básicamente es desplazar el foco de interés desde el dinero hasta la vida. En este momento hay una guerra contra la vida que tiene al menos tres dimensiones: una guerra contra la vida física –calentamiento global, extractivismos, agotamiento y declive de minerales, pérdida de biodiversidad–; una guerra contra las condiciones de vida de las personas –podríamos hablar de desigualdades, empobrecimiento, precariedad, pero también de expulsiones y migraciones forzadas y de una lógica de guerra cuyo emblema más brutal en este momento es el genocidio sobre la población palestina–; pero también una guerra contra los vínculos y las relaciones, que se plasma en una crisis de cuidados, en el estímulo de las culturas de odio, en la exacerbación extrema del individualismo y la desconfianza entre personas. Las miradas ecofeministas son una verdadera cosmovisión alternativa. Por un lado, aportan la lucidez para poder mirar cuál es el problema estructural que nos está llevando por delante y, por otro, son un faro y una palanca para poder reconstruir políticas, economías y culturas poniendo la centralidad de la vida como foco y como prioridad.

¿Por qué esta mirada no está en las agendas políticas?

Porque estamos presos en una cultura, que yo llamo la cultura del extravío, que nace en Occidente y que genera una mirada sobre el mundo que termina creando este desastre. Es una mirada en la cual las personas no se conciben como parte de la naturaleza y que considera que la tierra es un gran almacén de recursos, un espacio hostil al que hay que arrancarle la mayor utilidad posible. Es una mirada que ha construido el propio conocimiento desde la idea de control, de dominio y de utilidad, y es una mirada colonial. Configura una forma de entenderlo todo que es directamente antagónica con la vida. Necesitamos mirar el mundo, las relaciones con la tierra, con la trama de la vida y entre personas desde un lugar radicalmente diferente.

A todo esto se le da la vuelta de tuerca de este fascismo del fin de los tiempos, que es el que viene con figuras que lo que están haciendo es destruir cualquier base de relacionalidad y de respeto, de cuidado de la vida, y además con lógicas de odio y de miedo. Desde nuestro punto de vista, lo que estamos viendo con estas emergencias de las ultraderechas brutales, que se están llevando por delante todo, no es más que la respuesta distópica a la crisis ecosocial. No la nombran, no la reconocen, la niegan, pero se articulan para blindar privilegios de sectores que, amparados por el poder político, económico y militar, aspiran a seguir sosteniendo unas formas de vida que, sin embargo, en un planeta con límites físicos ya traspasados, se llevan por delante el resto de las vidas. Desde mi punto de vista, esta emergencia brutal de las ultraderechas nos da muestra de qué es lo que estas élites quieren hacer con un montón de personas que consideran sobrantes.

En este escenario, ¿cómo imaginás que deberían ser las transiciones socioecológicas para que se desarrollen de una forma justa?

Yo llamaría transición ecosocial justa a un proceso planificado, deseado y compartido que tiene como propósito la garantía de condiciones de vida dignas para todas las personas en un contexto de contracción material y de cambio climático. Parece una tontería decir esto, pero no lo es porque probablemente no haya tanto que pensar en cómo hacer crecer la economía, sino en cómo vamos a garantizar condiciones de vida dignas y satisfacer las necesidades de la gente. Y esto apunta a economías radicalmente diferentes. En mi país, por ejemplo, y en Europa en general, ahora mismo hay una apuesta enorme por lo que se llama “transición verde”, pero se le está llamando así a cambiar la tecnología energética, [algo] que en realidad, de momento, está siendo sumar a las energías fósiles aerogeneradores, parques eólicos que requieren una inmensa cantidad de minerales que salen de otros lugares. Pensar la vida en común desde las necesidades humanas nos coloca en otro lugar. Claro, eso requiere una planificación deseada y compartida. Y digo deseada y compartida, y ahí es donde está el problema: hay una propuesta elaborada para recomponer la economía o los modelos urbanos o la forma de producir alimentos de otra forma; el problema lo tenemos en hacerla deseable y hacerla deseable para un montón de gente. Por tanto, el gran reto de la transición ecosocial justa es, entre otros, un reto cultural que pasa por reconocernos parte de la tierra, por eliminar y limar lógicas de dominio sobre la naturaleza, sobre el otro no blanco y empobrecido, sobre las mujeres, sobre los animales.

En el marco del congreso, fuiste invitada a participar en un conversatorio para “imaginar futuros posibles y deseables” desde los feminismos. ¿Cómo avizorás esos futuros posibles y deseables?

Debemos imaginarlos desde la vida concreta. Un gran problema que tienen las políticas hegemónicas es que muchas veces son muy abstractas, piensan desde la lógica de los agregados monetarios y no piensan en vidas concretas. Yo me imagino, a nivel de vida concreta, una vida con mucha menos prisa. Me imagino poder comer alimentos que han sido producidos cerca y distribuidos a través de circuitos cortos de comercialización. Un consumo mucho menor de proteína animal. Modelos de ciudades que sean muy caminables, en las que haya un transporte público colectivo y mayoritariamente electrificado. Residencias de personas mayores que no tengan que salir de los lugares en donde viven y que puedan ser residencias más pequeñitas enclavadas en sus propios territorios. Barrios articulados a través de lógicas de cuidados compartidos. Servicios públicos que establezcan alianzas público-comunitarias con la propia gente articulada en los territorios. Ciudades descentralizadas con barrios que tengan más o menos los servicios cerquita para no tener que estar obligados a movernos mucho. Pueblos que dialogan entre sí, que tejen estrategias de apoyo mutuo y de solidaridad.

Me imagino un mundo en el que los hombres se incorporan de una forma activa al cuidado de las vidas y el cuidado no queda relegado en las mujeres que sostienen la vida en sistemas que atacan la vida. También una abolición absoluta de las formas de violencia sobre las mujeres y otras personas. Unas culturas que no sean racistas y no se construyan sobre el supremacismo sobre otras personas. Una vida probablemente bastante más sencilla en lo material, pero suficiente para todo el mundo.

¿Qué tan lejos estamos de esa vida deseable? ¿Hay algún Estado, hoy en día, que se acerque?

No conozco un Estado nación que esté más cerca. Sí conozco experiencias locales y creo que las redes municipalistas son tremendamente interesantes para reconstruir estas experiencias. He conocido experiencias, por ejemplo, en Barcelona, que han pensado en la reconfiguración del modelo urbano. O, en Madrid, ha habido un trabajo enorme en torno a la red de huertos urbanos. Donde yo vivo hay ganadería extensiva y es una zona en la que históricamente siempre hubo bosques y montes comunales, los sigue habiendo y por tanto las personas que viven allí tienen un montón de capacidades para poder poner en práctica una democracia de base y una articulación de los bienes comunes finitos para seguir viviendo. Hay también prácticas súper interesantes de reacomodo del concepto de empleo con propuestas que hacen las trabajadoras domésticas o las jornaleras para componer un modelo sindical alternativo. Hay cooperativas de servicios energéticos y de servicios financieros. La economía social y solidaria es un campo de experimentación también tremendamente grande. Hay mucha propuesta elaborada y mucha gente tejiendo laboratorios de experiencias.

Un tema que ha estado muy presente en la agenda de Uruguay en el último tiempo ha sido el de los cuidados. Somos uno de los pioneros de la región con la creación de un Sistema Nacional de Cuidados, pero todavía queda mucho para dar el salto hacia una sociedad del cuidado. ¿Cómo construir el puente para caminar hacia allí?

Para crear una sociedad de cuidados, es central mirar el mundo en el que estamos y tratar de ver por qué ha de ser cuidado. Estamos viviendo realidades muy difíciles, y las personas que las están viviendo lo primero que te dicen es: “No lo vimos venir”. El otro día, por ejemplo, hablando con gente de Argentina muy activa políticamente, decían “no vimos venir la declaración de guerra de un gobierno contra su propio pueblo”. Y creo que no se ve venir porque están faltando diagnósticos más profundos de cuál es la realidad que estamos viviendo, una realidad que pasa por el expolio de la tierra y que es tremendamente patriarcal, que sigue considerando que no hay que preocuparse por el cuidado de las vidas porque las mujeres se tienen que hacer responsables.

Por otro lado, también tenemos que tener en cuenta que el Sistema Nacional de Cuidados lleva diez años [en Uruguay] y el patriarcado es una lógica que viene desde hace siglos. Entonces, hay una parte de disputa cultural y de concepción de la propia vida que tiene que ser trabajada pedagógicamente, un trabajo que pasa por las escuelas, los dispositivos culturales, los medios de comunicación. La política pública, las leyes, los decretos y los presupuestos son importantísimos, pero no te lo cambian todo. Entonces el trabajo sobre la noción de cuidados y también el trabajo respetuoso con las masculinidades son muy importantes.


Fuente: La Diaria

agosto 04, 2024

Vandana Shiva: el rastro de miguitas de una vida ecofeminist

En 'Terra Viva. Mi vida en una diversidad de movimientos', la activista y pensadora india recoge sus memorias, un recorrido por décadas de lucha por la biodiversidad y la soberanía alimentaria.

Vandana Shiva es física, activista, filósofa y escritora. En 1993 recibió el Premio al Sustento Bien Ganado —también llamado Premio Nobel Alternativo—. La han descrito como la Gandhi de las semillas y una de las voces más importantes para la gente de los países empobrecidos. Foto: voces.org

Rara vez tenemos ocasión de leer de primera mano la historia de los movimientos sociales. Más allá de algún testimonio puntual o de aproximaciones académicas recogidas por terceros, el jaleo del hacer deja poco espacio a que el relato se fije y se comparta. Para la activista y pensadora Vandana Shiva (Dehradun, India, 1952), esto tiene causas y consecuencias que son también muy políticas: «En la historia de los movimientos políticos y sociales, por lo general, se ha ignorado la evolución de estos y solo se ha prestado atención al resultado final (…) [Por ello,] la futura labor de organización no se beneficia de las lecciones de perseverancia y paciencia que se extraen de años de construcción del movimiento; la gente empieza a buscar soluciones instantáneas porque lo que la pseudohistoria ha vendido son los éxitos inmediatos».

Por eso escribe Terra Viva. Mi vida en una biodiversidad de movimientos, recientemente editado en España por Continta Me Tienes. Un libro de memorias que recoge su camino de lucha y pensamiento durante más de medio siglo, que la ha convertido en una referente del ecofeminismo, las políticas medioambientales y la batalla por la soberanía alimentaria. Como estuvo presente (y fue, de hecho, determinante) en muchos momentos cruciales en estos ámbitos en el último medio siglo, este texto se convierte en algo así como un sendero de miguitas que permite ver el camino que nos trajo hasta aquí: la construcción del desastre y también de su respuesta.
La construcción de una vida política

Como en otros de esos pocos relatos de vida de activistas que nos llegan de primera mano —pienso, por ejemplo, en ciertos paralelismos con ese otro clásico que es Mi vida en la carretera, de Gloria Steinem—, la historia se cuenta no solo desde lo público, sino también a partir del componente personal. Así, Terra Viva nos da también la ocasión de ver cómo nace y se desarrolla una vida política.

En el caso de Vandana Shiva, el compromiso está muy ligado a dos circunstancias determinantes de su infancia: el bosque que rodeaba a la casa en la que se crió, y el hecho de que por esta pasaran sin cesar activistas e intelectuales. Se dibuja así, desde los primeros años de su biografía, un orgullo de esa mezcla entre pertenecer a la tierra y pertenecer a la élite que puede sonar paradójico a nuestros oídos, pero que tiene mucho sentido si se entiende en el contexto de los movimientos anticoloniales, y en concreto los de un país como la India, donde las luchas desde la no-violencia tuvieron un papel fundamental. De igual modo, en el repaso de su trayectoria también conjuga sin contradicción su estudio de la ciencia dura (es física teórica) con la admiración e incorporación de lo que aprende de los saberes ancestrales y la tradición cultural de la que proviene.

Aunque se trate de unas memorias, el relato que contiene el libro es indudablemente colectivo. «Gracias a mi labor en torno a las semillas y los alimentos, he conocido a algunas de las personas más valientes y comprometidas del mundo», afirma Shiva, que recoge concienzudamente —en el cuerpo de texto pero también en notas detalladas al final de cada capítulo— los nombres personales y colectivos de las compañías de esa vida política. Como apuntes para una genealogía que tal vez no conocemos, podemos anotar algunos: el movimiento Navdanya, que se encarga de proteger «la libertad de las semillas»; el Chipko, que pasó de la lucha contra el alcoholismo llevado a la India por la colonización a la batalla contra la deforestación; o Lokayan, una iniciativa para hermanar distintas luchas.

Mujeres del movimiento Chipko abrazan un árbol para defenderlo. Uttar Pradesh, 1973. Foto: Store norske leksikon.
El «mal desarrollo»

El telón de fondo de este recorrido personal es, también, una historia también de cómo se ha ido articulando a lo largo de las últimas décadas una pata fundamental del sistema en que vivimos, que es la industria alimentaria. Con una gran exhaustividad a la hora de poner nombre a los responsables de lo que llama el «mal desarrollo», repasa los mecanismos con los que se han afianzado las grandes empresas biotecnológicas —particularmente el Cártel del Veneno, integrado por multinacionales como Monsanto y Do Chemical—, con especial énfasis en el papel que juegan los organismos genéticamente modificados (OGM).

En ese sentido, el libro es también una gran alerta contra las manipulaciones que recibimos constantemente. Desgrana los mitos que rodean a estas tecnologías y sus prácticas, pero, de un modo más amplio, desmonta también el «lenguaje orwelliano» de instituciones como el Instituto de Recursos Mundiales o el ICRISTAT (con su programa One Agriculture, One Science, de cuya financiación participa la Fundación Gates), que encubren bajo discursos medioambientalistas prácticas que benefician a la industria. «Me encontré al Banco Mundial escondido detrás de un eucalipto», bromea acerca de su toma de conciencia sobre todo esto. 

Además de realizar un diagnóstico preciso, en su relato Vandana Shiva insiste mucho en los éxitos de los movimientos y las transformaciones que se producen por el camino gracias al trabajo de base. Algunas, enormes: gracias a las luchas, en la India la agricultura es un asunto de Estado recogido en la Constitución, y la legislación prohíbe que las semillas, animales y plantas se patenten, además de contar con una Ley de Derechos de los Agricultores y Agricultoras.

El bosque y la semilla


Más allá de lo práctico, en su planteamiento de alternativas Vandana Shiva deja florecer una mirada muy personal, poética a veces incluso, sobre el mundo. En una idea que bebe también de la cultura y la tradición india, aquellos bosques de su infancia que se convirtieron en el detonante de su compromiso político se revelan como paradigma de diversidad, armonía y naturaleza autosostenible. Frente a la industria destructiva que solo ve en ellos madera, la activista trae el recordatorio de que su clave es su multifuncionalidad: «Los bosques son alimento, pero no cuando están muertos, sino vivos». Por eso, las estrategias para su defensa que plantea pasan necesariamente por asegurar sus condiciones de renovabilidad y el respeto a las economías básicas asociadas a ellos.

Y de los bosques, a la unidad mínima que los hace posibles: la semilla, elemento clave en torno al cual gira buena parte de su acción y su pensamiento. «La semilla es la fuente de la vida. Se crea, se recrea, se regenera y se multiplica por sí sola (…) Alberga en su interior el pasado de la biología y de la evolución cultural y envuelve el futuro potencial de la evolución que se despliega en la diversidad, la vitalidad y la resiliencia», escribe. Afirmando también que «la semilla no es una máquina ni un invento», presenta su historia como la de un robo inadvertido de enormes consecuencias. Que la industria se haya permitido patentar —y así privatizar— esas semillas ha desposeído a las comunidades de su soberanía sobre la agricultura. Los monocultivos y monopolios que se establecen a cambio empobrecen a las personas, pero también a la tierra.

Ante ello, propone un cambio de paradigma que parte de la base de considerar que las semillas son un bien común. Desde esa idea, ha impulsado la creación de los bancos Seeds of Hope (Semillas de Esperanza), uno de cuyos objetivos tiene que ver con hacer frente al cambio climático, en tanto atesora «semillas tradicionales que pueden sobrevivir a sequías, inundaciones y ciclones se recolectan, se guardan, se multiplican y se distribuyen».
La propuesta ecofeminista

El marco desde el que Vandana Shiva hace estas lecturas y propuestas es el ecofeminismo. Una mirada que articula a partir de la certeza —comprobada reiteradamente a lo largo de su camino— de que la violencia que se ejerce sobre nuestros cuerpos y la que se ejerce contra el territorio son inseparables, pero también desde la celebración del papel central que tienen las mujeres en las luchas por el territorio en todo el mundo. Una perspectiva, por otro lado, que no parte de un esencialismo de las categorías, sino de una concepción que pone el foco en las interconexiones de todo lo que está vivo y en sus ritmos y necesidades.

En el prólogo a la edición en castellano, Yayo Herrero, una de las principales representantes de esta corriente de pensamiento y acción en nuestro contexto, explica que el ecofeminismo es “un movimiento de movimientos, plural y diverso, que visibiliza y alumbra conocimientos y prácticas para comprender el momento que vivimos, para aterrizar la economía, la política y la cultura en la tierra y en los cuerpos, y para proyectar un presente y un futuro que hagan del sostenimiento de la vida digna una prioridad”.

Es decir, algo así como un bosque; y también algo así como una semilla. Una que podemos coger entre las manos y cultivar. Porque, como apunta también Vandana Shiva, «permitir que lo pequeño prospere es el verdadero examen de la libertad: en la vida de un individuo, de una organización, de una sociedad y de este planeta».

Por Laura Casielles
Fuente: La Marea

julio 24, 2024

Hablar y aprender del ecofeminismo, una urgencia



Durante el intercambio, la italiana Carla Vitantonio defendió el ecofeminismo como una fuente de reflexión para con la tierra, salir del extractivismo y entrar en un enfoque de sororidad y conexión con la naturaleza. Foto: Tomada del sitio web de Isla Verde

En diálogos ecofeministas movimiento social plural, práctica política y corriente de pensamiento, une el cuidado del planeta con el cuidado de la vida.

Cada vez son más y diversas las voces que, desde el ecofeminismo, abogan por compromisos, acciones, políticas y cambios en favor de la existencia armónica y sostenible con la naturaleza. Posturas que necesitan crecer y extenderse también en Cuba.

Así lo enfatiza Lizette Vila, realizadora audiovisual y directora del Proyecto Palomas, casa productora audiovisual para el activismo social. En ese camino necesario, un paso ha sido empezar a impulsar el intercambio sobre los presupuestos y prácticas feministas en este campo, asegura.

Bajo el título de “Diálogos ecofeministas”, Vila moderó un panel en la última edición del Festival Internacional de Cine y Medio Ambiente del Caribe, Isla Verde, que se realizó a finales de abril en la Isla de la Juventud, al sur de La Habana.

El evento, presidido por el reconocido actor, director y artista plástico Jorge Perugorría, es un espacio creativo que persigue impulsar acciones en pos de convertir a esa pequeña isla en un referente regional de transformación desde el desarrollo local sostenible y como destino cultural, turístico y medioambiental, declaran sus organizadores.

Cuando el mundo clama cada 5 de junio, Día Mundial del Medio Ambiente, por la protección del planeta en que vivimos, más mujeres toman la palabra para decir que sin ellas no es posible.

“Lo más valioso de ese encuentro, además de poner el tema en discusión, intercambiar y aprender unas de otras, es que ya se quedará este espacio como permanente en estos festivales. Es muy bueno, porque lo necesitamos”, comentó Vila a SEMlac.


Cuando intervino en el panel, la realizadora Lizette Vila consideró que es vital dirigir la mirada a las vivencias de las mujeres en Cuba en los espacios de riesgo ambiental. Foto: Tomada del sitio web de Isla Verde

El ecofeminismo, un movimiento social plural reconocido como práctica política y corriente de pensamiento, une el cuidado del planeta con el cuidado de la vida.

A la par, sustenta que existe un fuerte vínculo entre la subordinación histórica de las mujeres y la explotación destructiva de la naturaleza, como parte de la doble opresión a la cual se les somete.

Sin embargo, no es posible simplificar la práctica ecofeminista a una sola mirada, porque se nutre de vivencias plurales, personales y colectivas, como evidenciaron las panelistas en la jornada de intercambio, que agrupó a un centenar de personas, la gran mayoría mujeres.

Salir del extractivismo

A la italiana Carla Vitantonio, representante en Cuba de Care Internacional, le ha tocado atender y auxiliar a no pocas personas en medio de desastres, entre ellas mujeres de diferentes situaciones económicas, color de piel o fe religiosa, entre otras condiciones.

“Las que tienen una discapacidad o provienen de una clase baja son las más afectadas en estos casos”, expuso como ejemplo.

Cuando ocurre algún evento climático o ambiental negativo, que tiene una raíz en una mala interacción con la naturaleza, las mujeres se quedan a cuidar a las personas ancianas, niñas y niños. Son además quienes elaboran la comida, cargan el agua, atienden a la familia, agregó.

“El ecofeminismo vale igualmente para reconocer que, cuando hablamos del daño que se hace a la naturaleza, la primera afectada es la mujer; pero puede ser también la primera en actuar para recuperar una relación de valor con la naturaleza”, sostuvo Vitantonio.

Igualmente, el ecofeminismo revela que el cuerpo de la mujer, como la Tierra, es un cuerpo del cual se extrae para la reproducción y la producción, porque la cultura nos enseña que no podemos tomar decisiones propias, para nosotras, abundó.

“Por eso propongo el ecofeminismo como una fuente de reflexión para con la tierra y revolucionar: salir del extractivismo y entrar en un enfoque de sororidad y conexión con la naturaleza”, apuntó.

En opinión de la científica Silvana Birchenough, de Gran Bretaña, se trata de poner en valor la fuerza, capacidad y garra de las mujeres en la convivencia con la naturaleza.

Como ocurre con los cultivos de ostiones en el norte de Chile, expuso, que solamente se llevan por mujeres “capaces de recuperar el recurso y hacer el trabajo, pero también de crear los instrumentos, redes de pesca, de arrastre y canastos; de crear oportunidades económicas”, reflexionó.

Entre avances y deudas

En Turquía, donde hace mucho tiempo se habla de ecoderechos, la austriaca Petra Holze cree que estas luchas van por buen camino, aunque aún queda mucho por hacer.

“Tenemos muchas mujeres en ciencia y tecnología, en lugares de poder, pero aún seguimos teniendo muchos problemas en las comunidades y en los escenarios rurales, por el regreso del fundamentalismo religioso a la actividad política”, sostuvo.

Para la mexicana Eleonora Insunza, quien preside Cinema Planeta, el Festival Internacional de Cine y Medio Ambiente de México, las mujeres están a la vanguardia en temas ambientales. “No solo porque damos de comer y buscamos el agua; sino porque estamos en este lugar de la naturaleza, en este hogar que tenemos que mantener y crear como espacio de paz”, reflexionó.


Por vez primera el Festival Internacional de Cine y Medioambiente del Caribe, Isla Verde, acogió los “Diálogos ecofeministas”, un espacio que llegó para quedarse. Foto: Gerardo Mayet Cruz, tomada de periódico Victoria

En Latinoamérica, los cuerpos y los territorios siguen siendo avasallados como en la época de conquistas y guerras, en opinión de Florencia Santucho, quien dirige el Festival Internacional de Cine Ambiental de Buenos Aires, creado en 2010.

“A pesar de no estar más en la etapa colonial, vivimos hoy una forma neoliberal de ocupación de los territorios y quienes los defienden muchas veces son las mujeres de ese lugar, que ponen el cuerpo, el alma y el deseo en construir un mundo más justo”, comentó y recordó a la luchadora hondureña Berta Cáceres, asesinada bajo total impunidad.

Por suerte, añadió, “el ecofeminismo nos recuerda que somos parte de un círculo amoroso de larga data, desde nuestras ancestras hacia nuestras futuras generaciones” y “el arte y la cultura son herramientas importantes, porque podemos lograr empatía con historias ajenas”, argumentó.

Una realidad que, igualmente, ha vivido la cubana Kenia Rodríguez, de la Televisión Serrana, un proyecto de producción audiovisual que articula arte y transformación social desde las montañas del oriente cubano.

“No tenemos una señal abierta, sino que vamos por las comunidades haciendo nuestras propias proyecciones, junto al trabajo comunitario, en especial con las mujeres y con las familias”, detalló.

Generar conciencia de las opresiones de género y del saqueo ambiental; trabajar con los hombres; promover la economía circular y potenciar las capacidades, posibilidades y recursos de cada territorio se identificaron como eslabones necesarios en la apuesta por construir un sistema más justo, equitativo y sostenible para el planeta y para la vida.

Vila agradece especialmente al Festival Internacional de Cine y Medioambiente del Caribe, Isla Verde y a la Fundación Antonio Núñez Jiménez de la Naturaleza y el Hombre, por haber propiciado y establecer ya como permanente estos “Diálogos ecofeministas”, liderados por Palomas.

“No fue un espacio más; fue un escenario de reivindicación de una deuda social importante en Cuba, pues no se ve a las mujeres en todos estos espacios de riesgo”, precisó Vila, quien reiteró el compromiso de seguir propiciando estos debates.

Por Sara Más 
Fuente: SemMéxico

julio 14, 2024

La perspectiva ecofeminista en un nuevo horizonte ecosocial

El enfoque ecofeminista es fundamental en el planteamiento de un paradigma para un nuevo horizonte ecosocial por su capacidad de fomentar soluciones sinérgicas.




En todo el mundo, en los último treinta años, se ha verificado un aumento significativo de la participación de mujeres en las protestas contra las catástrofes ambientales y en las manifestaciones para la defensa de los territorios, y en general, en el activismo campesino y ecologista, tanto en organizaciones mixtas, como en organizaciones feministas.

A nivel transnacional, se ha desarrollado un marco común en el discurso del movimiento por la justicia global, en el que la contribución de mujeres y mujeres feministas está siendo imprescindible. Los proyectos de mujeres y resistencias feministas, no solo se dirigen a desafiar las relaciones de poder y proporcionar alternativas para contrarrestar la crisis, sino que construyen prácticas colectivas apostando por la igualdad, la justicia social y la sostenibilidad, problematizando la valoración social y económica del trabajo de cuidados, ya que las mujeres campesinas e indígenas son la fuente principal de abastecimiento de alimentos para las familias y de protección de recursos como las semillas.
Las mujeres son responsables de reproducir la vida de las comunidades campesinas a través del rol esencial de alimentación, cuidado de personas, animales y territorios


De hecho, son las mujeres, y especialmente las mujeres del Sur global, quienes desempeñan un papel fundamental en el apoyo a los sistemas agroalimentarios locales, protegiendo las semillas y los conocimientos ancestrales. Las mujeres son responsables de reproducir la vida de las comunidades campesinas a través del rol esencial de alimentación, cuidado de personas, animales y territorios.

Es evidente que la situación actual del plantea urge un enfoque desde la sostenibilidad, sin embargo, es preciso incorporar una perspectiva completa desde la reproducción social, y abrir la “caja negra patriarcal”. La violencia contra las mujeres es intrínseca al sistema neoliberal y se ha intensificado, adoptando formas que se han fusionado con las estructuras emergentes del patriarcado capitalista, por lo que son las principales víctimas de la degradación ambiental y los conflictos socioambientales.

En los desastres ambientales causados por el ser humano, como la desertificación, la deforestación o la pérdida de biodiversidad, las mujeres son las más afectadas. Además, la economía de mercantilización también crea una cultura de mercantilización y la creciente cultura de la violación es una externalidad social de las reformas económicas neoliberales. Por todo ello, el cuerpo femenino y la naturaleza libran una lucha común, es decir, la lucha por liberarse de la dominación y la violencia patriarcal, y se entiende la necesidad de un enfoque ecofeminista para visibilizar alternativas sostenibles capaces de mantener la agrobiodiversidad a través de la resiliencia, promoviendo modelos de justicia social y territorial.

La perspectiva ecofeminista es transversal, por lo que es importante resaltar el papel de las mujeres en la reproducción social, y en la construcción de la sostenibilidad real, que aquí consideramos como la “sostenibilidad de la vida”. En este sentido, el desarrollo de proyectos intelectuales alternativos debe incluir necesariamente la igualdad entre todos los seres, así como el respeto a los territorios y a los seres vivos.

El ecofeminismo es una práctica filosófica que se basa en el activismo y la acción política, contribuyendo a crear un enfoque crítico que visibiliza la vinculación opresiva entre la sociedad y el medio ambiente y entre las mujeres y los hombres, incrementando al mismo tiempo la participación en la lucha ecologista de las mujeres maginadas como campesinas e indígenas, históricamente invisibilizadas. Si bien a final de 1970 la palabra ecofeminismo despertó cierto rechazo en el movimiento feminista, porque se asociaba a planteamientos esencialistas que reforzaban el estereotipo mujer-naturaleza, esta perspectiva ha dado la posibilidad de fomentar la urgencia de revisión crítica del proceso de desarrollo de la ciencia y de la tecnología occidentales como elemento clave en el proceso de dominación, colonización y expansión del capitalismo patriarcal.
Los enfoques ecofeministas convergen en algunos puntos con otras perspectivas críticas como la economía feminista y la ecología política


Desde el punto de vista teórico, la perspectiva ecofeminista tiene una trayectoria de crecimiento y aprendizaje, mostrada a lo largo de los últimos cuarenta años, a través de reflexiones que han enriquecido los análisis sobre la crisis ecológica y económica desde una perspectiva de género. De hecho, los enfoques ecofeministas convergen en algunos puntos con otras perspectivas críticas como la economía feminista y la ecología política: con la primera comparte una visión sobre la reproducción y la sostenibilidad, mientras que con la segunda converge en el intento de visibilizar las luchas sociales y culturales y delimitar las formas de poder entre el Estado, las multinacionales y las comunidades locales.

Desde un punto de vista práctico, la acción ecofeminista es plural y si bien el término es relativamente “nuevo”, se usa para definir un “saber antiguo”, por lo que no hay un solo ecofeminismo, sino varios que dialogan y aprenden unos de otros, contribuyendo a una pluralidad ecofeminista, según el contexto histórico, geográfico, cultural y político desde el que se enuncia, es decir proponiendo alternativas a partir de la identidad y protección del propio territorio.
Tanto en el ámbito rural como en el urbano, los ecofeminismos impulsan la recuperación de identidades culturales que el sistema neoliberal está aplastando

Al considerar las especificidades de los territorios, los ecofeminismos promueven prácticas de resistencia que representan desafíos sociales de cambio y permiten un diálogo entre diferentes epistemologías, como la rural y la urbana, y entre el Norte y el Sur global; se unen para oponerse a un sistema violento y deconstruir la realidad neoliberal. Tanto en el ámbito rural como en el urbano, los ecofeminismos impulsan la recuperación de identidades culturales que el sistema neoliberal está aplastando (saberes rurales, trueque, recetas tradicionales, etc.) y la protección del territorio y los bienes comunes.

Sin embargo, hay que reconocer que en las áreas metropolitanas la recuperación de la memoria biocultural es muy difícil, dado que el “estilo urbano” es resultado del sistema neoliberal, mientras que en las áreas rurales es posible mantener vivas las cosmovisiones locales. De hecho, a menudo hay una tendencia común en opinar que las zonas rurales son “retrógradas”, pero en realidad son los lugares en los que se manifiesta la máxima vanguardia gracias al proceso de concienciación social y política y a la recuperación de la mirada comunitaria. Por lo tanto, a pesar de la estigmatización de lo rural, los ecofeminismos rurales del Sur están inspirando muchas acciones y construyendo puentes a nivel global. Las iniciativas de las Jornaleras de Huelva en lucha, así como su denuncia a la vez feminista, ecologista y antirracista, son una demanda de un modelo productivo alternativo, pero también de igualdad para las mujeres en el campo, de solidaridad y justicia social.

Los ecofeminismos, en general, denuncian el ecocidio del sistema neoliberal que en menos de dos siglos ha conseguido devastar la biodiversidad de nuestro planeta y extinguir más especies animales que en toda la historia de la humanidad y, al mismo tiempo, que ejerce una violencia patriarcal perversa contra las mujeres, y especialmente las mujeres racializadas. A nivel global, los ecofeminismos destacan que las mujeres son las principales víctimas de la degradación ambiental provocada por el cambio climático y los conflictos socioambientales. En los desastres ambientales, las mujeres son las más afectadas por la dificultad de obtener alimentos, agua potable o cuidar de sus hijos, hijas y personas mayores o no autosuficientes; y son siempre mujeres las que sufren agresiones sexuales y violaciones cuando las multinacionales expropian territorios del Sur global.

El ecofeminismo, como proyecto intelectual, propone la transformación de la realidad rompiendo con la estructura de pensamiento dicotómico moderno, y construyendo una perspectiva alternativa que ponga la vida y el cuidado en el centro. Al mismo tiempo, intentan proponer la organización en redes de la sociedad civil, con el objetivo de construir sociedades sostenibles desde un punto de vista comunitario, ecológico, social, intercultural y de género.

La perspectiva ecofeminista es capaz de integrar múltiples enfoques a la vez y explicar los vínculos históricos entre el capitalismo neoliberal


La propuesta desde los ecofeminismos es de un enfoque intelectual crítico hacia la deconstrucción del sistema y la construcción de prácticas alternativas para que la existencia de las comunidades sea digna. Por un lado, reivindican el papel histórico de las mujeres con respecto a los cuidados, en un sentido amplio, gracias al cual ha sido posible el mantenimiento de los agroecosistemas, así como la reproducción social; por el otro, señalan que los cuidados no son responsabilidad exclusiva de las mujeres y por ello proponen los cuidados como una corresponsabilidad colectiva.

Por su pluralidad de visiones, objetivos y estrategias, la perspectiva ecofeminista es capaz de integrar múltiples enfoques a la vez y explicar los vínculos históricos entre el capitalismo neoliberal, el mito del progreso moderno, la violencia contra las mujeres, el extractivismo, el cambio climático, entre otros.

En definitiva, el enfoque ecofeminista es fundamental en el planteamiento de un paradigma para un nuevo horizonte ecosocial por su capacidad de fomentar soluciones sinérgicas.

Fuente: El Salto

marzo 14, 2023

Puchuncaví y límites planetarios en rojo. Ecofeminismo como respuesta

Después de ver Puchuncaví, el humo en el cuerpo, Pamela Poo piensa en las estrategias que les toca inventar a las redes de mujeres de los territorios afectados por el extractivismo para defender la vida tal cual la conocemos. Así denuncian conflictos, comparten alternativas de mitigación y le dan movimiento al ecofeminismo, ese deseo político de cambiarlo todo desde sus estructuras más profundas. Un abordaje holístico para el mal desarrollo.


Límites planetarios 

Nuestras sociedades se fundan en un crecimiento económico infinito sin respetar los límites planetarios existentes. Los científicos Rockström y Steffen, en conjunto con el Centro de Resiliencia de Estocolmo, describieron 9 límites planetarios que no se deben traspasar para mantener el equilibrio en nuestro planeta, entre ellos se encuentran, el cambio climático, la integridad de la biósfera, cambio de uso de suelo, flujos bioquímicos, reducción de la capa de ozono, uso del agua dulce, acidificación del océano, carga de aerosoles atmosféricos y la incorporación de nuevas entidades, como por ejemplo el plástico. 

Como dicen las ambientalistas, “no hay planeta B”. 

De los 9 límites planetarios, hemos traspasado la seguridad de 6 (Kotzé, 2022). Uno de ellos es el cambio climático, el cual sólo en nuestra mejor versión podremos limitar, más no revertir, por ende, los graves efectos que produce seguirán presentes por décadas. A su vez, hemos traspasado la integridad de la biósfera, por lo que nuestro planeta se encuentra ante una crisis ecológica de proporciones dantescas, en donde la amenaza es que se extingan un millón de especies, si no nos hacemos cargo adecuadamente. 

Sumado a la pérdida de biodiversidad, se ha sobrepasado el límite del cambio de uso de suelo, transformado paisajes y generando una deforestación acelerada junto al avance de la agricultura industrial, cuestiones que agravan la crisis ecológica. También se ha traspasado el límite de los flujos bioquímicos, la alta presencia de nitrógeno y fósforo en nuestro planeta está produciendo efectos negativos en las diversas especies, océanos y suelos. Por otra parte, recientemente los científicos han comunicado que se han traspasado otros dos límites: el de agua dulce, indicando principalmente que los suelos han perdido humedad, por lo que se está acelerando la pérdida de bosques y selvas, como también la afectación del propio ciclo del agua; y, por último, se ha traspasado el límite de las nuevas entidades, una de ellas es el plástico. Se estima que existen 150 millones de toneladas de plástico flotando en nuestros mares, cuestión que está lejos de disminuir con las insuficientes medidas actuales. 

Una nueva época 

La estabilidad de la época denominada Holoceno permitió el desarrollo de la vida y los diversos avances de la humanidad. En ese momento de la historiase desarrollaron la agricultura, los asentamientos humanos, la modificación del paisaje y el dominio del homo sapiens como especie. Lamentablemente dicha evolución ha derivado en una nueva y problemática época, la cual ha sido llamada por los científicos como Antropoceno (Crutzen; Stoermer, 2000). 


De los 9 límites planetarios, hemos traspasado la seguridad de 6 (Kotzé, 2022). Uno de ellos es el cambio climático, el cual sólo en nuestra mejor versión podremos limitar, más no revertir, por ende, los graves efectos que produce seguirán presentes por décadas.

El Antropoceno se caracteriza por ser el período en que la humanidad ha realizado cambios al planeta sin precedentes. El precipitado aumento de la población, el progreso tecnológico acelerado desde la revolución industrial y el consumo desmedido ha puesto una grave presión al planeta con la extracción de minerales, la deforestación, el cambio de uso de suelo, contaminación química y de plásticos, el cambio climático, lo que ha traído una peligrosa pérdida de biodiversidad y una adicción a los combustibles fósiles, debido al metabolismo ampliado que la sociedad genera (Fisher-Kowalsky; Haberl, 2000). 

El metabolismo actual se ha concentrado en una visión antropocéntrica, en donde el hombre se ha puesto al centro de todo, desplegando un crecimiento desmedido de corte patriarcal, colonial y de dominación de la naturaleza y las mujeres, así como también relegando, subalternizando y dominando a otros grupos de nuestra sociedad como las comunidades indígenas. 

Narrativas del poder: La tecnología nos salvará

El traspaso de los límites planetarios es responsabilidad de una lógica patriarcal de dominio de la naturaleza, por parte del hombre. Lo anterior se comprende en una línea histórica, desde la caza de brujas hasta nuestros días, donde cabe recordar que los conocimientos que las mujeres poseían sobre la naturaleza fueron despojados a la fuerza y el creciente uso de la tecnología fue la mecha que inició la conquista del mundo de parte de los países del norte global, que fueron en busca de recursos naturales a los diversos continentes del planeta (Mies, 2019). 

Si bien la distancia entre la caza de brujas y el momento actual está marcada por siglos de diferencia, las narrativas actuales que provienen desde el poder siguen siendo patriarcales, ya que se combina con el crecimiento económico, la fe en la tecnología y la dominación de la naturaleza. 

Un ejemplo de lo anterior se refleja en la búsqueda de soluciones ante el límite traspasado que representa el cambio climático, la solución que presentan los países del norte global, es la carbono neutralidad. Dicha narrativa si bien pareciera ser positiva, si se analiza en profundidad, podemos evidenciar que sigue siendo desde una lógica de dominio y crecimiento infinito, la promesa de recambio tecnológico sin hacer el más mínimo esfuerzo de los países del norte global por reducir y decrecer sus consumos actuales no resuelve el problema, es más lo profundiza. 

Lo anterior ha conllevado a que se inicie un proceso de expansión de las energías renovables. Si bien son vistas con esperanza, lamentablemente la narrativa que se ha impuesto es que se lleve adelante a cualquier costo, continuando en la senda del crecimiento sin límite. Aquello se está haciendo sentir en las diversas comunidades donde está surgiendo la conflictividad socioambiental, dado que el aterrizaje de estas energías implica grandes escalas, comunidades que no son involucradas, cambio de uso de suelo y el seguir traspasando otros límites mencionados como el de la pérdida de biodiversidad.

El metabolismo actual se ha concentrado en una visión antropocéntrica, en donde el hombre se ha puesto al centro de todo, desplegando un crecimiento desmedido de corte patriarcal, colonial y de dominación de la naturaleza y las mujeres, así como también relegando, subalternizando y dominando a otros grupos de nuestra sociedad como las comunidades indígenas. 

Por otra parte, el recambio tecnológico, debiese ir de la mano en los países del norte con el decrecimiento o consumo más limitado. La narrativa de la transición energética que proviene de los círculos de poder se encuentra vacía de contenido real, dado que, si el mundo pretende seguir traspasando los límites, el recambio tecnológico será sólo para el sálvese quien pueda, y los países del norte han iniciado una avanzada en los países del sur, ya sea por el requerimiento de extracción de minerales o de hidrógeno verde, lo que presionar a los estados del sur a aumentar la dependencia extractivista. 

El poder busca expandir su narrativa y vestir de inocuidad su propio relato, por ende, les suman a sus iniciativas, el apellido de sustentable, sostenible, verde o ecológico. Estas palabras darían la llave y bendición a las iniciativas que impulsan, sin cuestionar los efectos de las grandes escalas que proponen y todo lo que conlleva para las personas y los ecosistemas. Por ende, se requiere trabajar en transiciones reales que permitan mejorar nuestras oportunidades ante un planeta que posee diversas crisis. 

Ecofeminismo como una respuesta 

Las distintas crisis si bien tendrán efectos para todos y todas, está documentado que perjudicarán más a las mujeres, ya que son las más afectadas ante las catástrofes, a la falta de recursos y el bajo acceso para poder salir de la vulnerabilidad a la cual han sido expuestas. Sumado a lo anterior, la resistencia en los territorios impactados por el despliegue de las narrativas de poder que defienden una transición energética que no es justa, el extractivismo, la pérdida de biodiversidad, la contaminación y otras realidades, han visibilizado a las mujeres como protagonistas las que se organizan para generar diversas estrategias de resistencia en los territorios.

El ecofeminismo surge como una respuesta al desarrollo patriarcal descrito anteriormente, ya que genera propuestas colaborativas y basadas en la naturaleza, para enfrentar la grave situación que conlleva seguir traspasando los límites planetarios. Son las mujeres las que, a través de la sostenibilidad de la vida, están proponiendo nuevas narrativas, desde los colaborativo y colectivo, desde el cuidado, la justicia y lo interseccional para dar respuesta a las diversas problemáticas que tienen que enfrentar. 

Las mujeres por largo tiempo han tenido que sostenerse y organizarse para disputar la narrativas del poder, en la actualidad los límites planetarios están siendo sobrepasados por la voracidad que tiene el sistema económico patriarcal, en donde el crecimiento se encuentra por sobre la vida. El ecofeminismo plantea la necesidad de generar un sistema de vida en confluencia con los ciclos de la naturaleza, por ello es que urge la distribución material más justa, como también de una soberanía alimentaria que permita entregar autonomía a la ciudadanía, el no uso de químicos y la propensión a la desfosilización de la actividad agrícola, son algunos de los elementos que se entregan para poder disputar el desarrollo actual. 

El poder busca expandir su narrativa y vestir de inocuidad su propio relato, por ende, les suman a sus iniciativas, el apellido de sustentable, sostenible, verde o ecológico.

Lo anterior quedó graficado en la obra de periodismo performático de revista Anfibia, “Puchuncaví, el humo en el cuerpo”, que relata a través de la experiencia vivencial de Katta Alonso lo que significa para las personas -y especialmente las mujeres- vivir en lugares de alta contaminación como lo son las zonas de sacrificio. Su experiencia grafica la situación de Tocopilla, Mejillones, Huasco, Quintero-Puchuncaví y Coronel, zonas en donde el relato del poder sobre la transición energética está lejos de concretarse de manera justa y donde se siguen transgrediendo las normas y derechos humanos de quienes allí habitan. 

Es en dichas zonas y los demás territorios afectados por este mal desarrollo donde las mujeres están visibilizando los conflictos a través de numerosas estrategias y están haciendo propuestas para generar otros desarrollos, utilizando herramientas, como lo legislativo, el teatro, el arte, la escritura, a través de la organización. En este caso irrumpe el periodismo performativo como estrategia para comunicar a un público más diverso las distintas iniciativas. 

Una mirada ecofeminista sobre los actuales problemas del desarrollo patriarcal apunta a mirar de forma real y concreta desde otro lugar. Las soluciones planteadas por las narrativas que se encuentran en el poder lamentablemente dan cuenta sólo de la profundización de las crisis y no de un abordaje holístico que mezcle las diversas variables como respuesta. El ecofeminismo permite ver y entregar aportes para resolver el problema desde sus estructuras más profundas, para así dar continuidad a la vida en el planeta de una forma equilibrada, justa e igualitaria.

Fuente: Revista Anfibia

Sí a la Diversidad Familiar!
The Blood of Fish, Published in