septiembre 22, 2013

“Hemos demostrado que no somos terroristas; el mundo entero debería apoyarnos”

El proyecto sionista de acaparamiento de tierras e inmigración judía en Palestina se remonta a finales del siglo XIX. Promovido por el Mandato Británico de Palestina, de 1922 a 1947, y por todos los sucesivos gobiernos del autoproclamado estado de Israel, el objetivo sionista se mantiene hasta hoy en día. Las colonias ilegales forman parte del engranaje de control y de acaparamiento de recursos que Israel despliega sistemáticamente en Cisjordania y que divide el territorio palestino en pequeñas islas o bantustanes. Actualmente, Palestina conserva solo un 22% de su territorio histórico.

La resistencia no violenta o popular en Palestina es una estrategia de lucha que apela a la humanidad como arma exclusiva para enfrentar el acoso constante del ejército israelí. Poniendo sus cuerpos como única barrera, quienes resisten de esta forma echan por tierra la excusa de la seguridad con la que Israel justifica la ocupación ante la comunidad internacional. El movimiento de resistencia no violenta comenzó hace nueve años en los pueblos por donde iba a pasar el Muro de Separación, con el fin de evitar el avance de su construcción y, al mismo tiempo, de deslegitimar el discurso hegemónico y racista que achaca el fracaso histórico de la resolución del conflicto árabe-israelí al carácter violento de la población árabe.

Cerca de 20 pueblos palestinos están llevando a cabo la resistencia popular contra la ocupación de su territorio. Nabi Saleh es uno de ellos. Este pequeño pueblo situado a 20 kilómetros al noroeste de Ramala, Cisjordania, resiste de manera no violenta contra un asentamiento judío. Llevó a cabo su primera protesta el 9 de diciembre de 2009, día en que los colonos, tras tomar el manantial y establecerse en lo alto de la montaña, comenzaron a expandirse por todo el valle. Desde entonces, todos los viernes a las 12:00, mujeres y hombres, niñas y niños salen a manifestarse. Enfrentan así los atropellos del ejército israelí y reivindican el derecho a vivir libremente en sus tierras. Hoy en día, Nabi Saleh cuenta con 550 habitantes, que viven prácticamente sitiados por alrededor de 12.000 colonos establecidos en el asentamiento de Halamish. Manal Tamimi nos acerca la realidad y la lucha de su pueblo.
Manal Tamimi. Foto: Marisol Ramírez

“Todas las personas que vivimos aquí pertenecemos a una sola familia, la familia Tamimi. Elegimos la resistencia no violenta en Palestina porque queremos demostrarle al mundo que a la ocupación no le importa el modo en el que resistas. Puede ser armado, puede ser no violento, incluso puede no existir, si no haces nada y te quedas en tu casa; de cualquier forma la ocupación te hará sufrir porque atacará al pueblo palestino utilizando todos los medios que tenga a su alcance.

En la actualidad, el nivel de represión en Nabi Saleh es uno de los más altos registrados en los 20 pueblos de resistencia popular. Eso, claramente, es el castigo colectivo que recibimos del estado de Israel por reivindicar nuestro derecho a vivir donde queremos. Desde el principio sabíamos que íbamos a tener que pagar un precio muy caro por nuestra elección de resistir a la ocupación pero, de cualquier forma, no teníamos nada que perder… Nuestras esperanzas, nuestros sueños, nuestras tierras, incluso nuestras familias y nuestras amistades -heridas, muertas o exiliadas- ya nos habían sido arrebatadas. Teníamos que intentar algo diferente a lo que era vivir sufriendo.

Es solo cuestión de tiempo que alguien más muera durante la resistencia. Por eso, todos los viernes antes de acudir a la protesta nos despedimos y nos preguntamos, en broma, cómo nos gustaría que fuera nuestro funeral. Tratamos de prepararnos para la pérdida, pero la realidad es que eso es imposible… Nos dimos cuenta después de la muerte de Mustafa y de Rushdi.

Tenemos que resistir, tenemos que hacer lo que estamos haciendo. No luchamos contra una persona en particular ni resistimos al judaísmo o a los israelíes. Luchamos contra la ocupación, contra el sionismo, contra los asentamientos que permanecen aún en nuestras tierras, contra los soldados que entran en nuestras casas y amenazan la vida de nuestras hijas e hijos, contra quienes se alegran de lo que hacen. Y no contra los soldados como seres humanos, sino contra sus uniformes, contra sus armas. Luchamos contra todo eso que nos provoca tanto sufrimiento.

Hemos demostrado que no somos terroristas y por eso el mundo entero debería apoyarnos”.

[Durante los tres años y ocho meses que Nabi Saleh lleva resistiendo de manera no violenta, más de 33 casas han sido atacadas con gas pimienta por el ejército israelí; 140 personas de las 550 que habitan en el pueblo han sido detenidas en alguna ocasión (30 de ellas, niñas y niños); más de la mitad han resultado heridas al menos una vez, de las cuales 140 tenían menos de 18 años; y dos hombres han sido asesinados: Mustafa Tamimi y Rushdi Tamimi].

B’Tselem, una organización israelí de defensa de los derechos humanos, nos repartió tres cámaras de vídeo para que registráramos la resistencia popular en Nabi Saleh y pudiéramos así documentar las detenciones. Mi marido es uno de los voluntarios que graba y muchos de sus vídeos son usados en la Corte para probar que esos arrestos no están justificados porque resistimos de manera no violenta. Los soldados israelíes le han detenido ya cuatro veces, le han roto tres cámaras, le han disparado con gas a las manos y llegaron a darle una paliza en las piernas que le dejó varios días sin poder caminar. Todos los viernes tienen algo para él; no quieren testigos de sus acciones.

Los viernes hay entre 150 y 200 soldados en el pueblo y en la protesta, 70 u 80 personas como máximo. Tocamos a dos o tres soldados por manifestante, niñas y niños incluidos.

Nos envenenan el agua disparando a los tanques un químico que huele como a animal muerto y nos disparan bombas de gas pimienta. Un día las lanzaron al interior del segundo piso de una casa en el que se habían refugiado las niñas y los niños. Corrían riesgo de asfixia y tuvimos que sacarles por la ventana. Fue traumático para las criaturas, que en aquel momento pensaron que nos estábamos deshaciendo de ellas. Otra vez, intentando evacuarles de nuevo, mi hermana, mi prima y yo fuimos arrestadas durante diez días por distintos cargos. Ninguno tenía nada que ver con lo que había sucedido en realidad; solo tratábamos de proteger a nuestras hijas e hijos y el ejército nos lo impedía.

En otra ocasión, mi sobrina recibió una bomba de sonido cuando se encontraba en el tejado de su casa durante una protesta. Le produjo dos cortes y le tuvieron que dar once y 19 puntos; fue afortunada.

Antes, había unidades de la policía israelí que venían al pueblo entre semana, sin permiso para trabajar en territorio palestino porque no son militares. Una vez, un niño de nueve años les lanzó una piedra al coche. Le tuvieron cinco horas encerrado, interrogándole y golpeándole. Después dijeron que ellos desconocían la edad del niño, que nada de eso habría ocurrido si el padre les hubiera mostrado su documento de identidad”.

[Manal calla, aprieta la mandíbula, respira y continúa].

“Mi primo Mustafa fue asesinado el 9 de diciembre de 2011, mientras celebrábamos el segundo aniversario de nuestra resistencia no violenta. Se dirigía a Ramala a comprar un traje para su compromiso, porque se iba a casar la semana siguiente. Vio que se acercaba un bulldozer y, como en el pueblo hay varias órdenes de demolición de casas, prefirió esperar a ver lo que pasaba. Le lanzaron una bomba de gas en el ojo y murió en el acto. Tenía 28 años.

Menos de once meses después mataron a Rushdi. Era policía y venía de trabajar cuando oyó que los israelíes iban a demoler una casa. Los soldados le lanzaron una pelota de goma a la espalda y, una vez inmovilizado, le dispararon con un arma de fuego a corta distancia y le causaron heridas en los órganos internos. Murió dos días después. Tenía 31 años y una niña de 3”.

[Situaciones de estas ocurren todos los viernes en los 20 pueblos de resistencia popular].

“¿Sobre las mujeres? Ellas sufren la ocupación el doble que los hombres. Son heridas, arrestadas e intimidadas de la misma forma que ellos y, al mismo tiempo, tienen que ser fuertes para servir de apoyo a su familia. Cuando el hombre está en la cárcel o es asesinado, la mujer tiene que hacer de madre y de padre, de hermana y de hermano, tiene que ser el apoyo físico y psicológico… tiene que serlo todo. La familia confía en su fortaleza y proyecta en ella su frustración, su sufrimiento y su estrés. Si ella colapsa, toda la familia colapsa.

Por eso yo creo que las organizaciones tienen que apoyar a las mujeres más de lo que lo están haciendo y de la forma en que ellas lo necesitan. Ninguna prevé cursos sobre cómo manejar el estrés o sobre cómo tratar con el hijo o con el marido que, tras su paso por la cárcel, se ha vuelto un completo desconocido. Ella no sabe cómo hacer; quizá debería ser como una doctora…

El apoyo financiero también es importante porque la economía es muy mala en Palestina. Algunas organizaciones lo contemplan, pero son como los bancos: dan préstamos a un interés alto que muchas veces las mujeres no se pueden permitir y luego los proyectos no funcionan. No hay nadie que realmente las apoye, que acompañe su proceso de empoderamiento y que les ayude a afrontar las dificultades. Esto frena la participación de las mujeres en las protestas, aunque sean no violentas. No en Nabi Saleh, aquí participamos mujeres y hombres, pero sí en los otros pueblos.

Para que te hagas una idea, hay una mujer que estuvo en prisión más de diez años. Tenía cáncer y la liberaron en un intercambio que hubo con un soldado israelí. Ninguna organización, ni palestina ni internacional, le facilitó el tratamiento médico. De haber sido hombre, seguramente esto no habría pasado. Ahora la mujer se plantea su participación: “¿Por qué tengo que sufrir desde el principio si nadie aprecia mi sacrificio y me voy a quedar sola?”

Asentamiento judío de Halamish, en Nabi Saleh. Foto: Marisol Ramírez

“Esa barrera amarilla de ahí abajo no es solo para entrar a Nabi Saleh, también hay que pasar por ella si quieres ir a los otros cinco pueblos de alrededor, que suman 20.000 habitantes, aproximadamente. En ellos no hay muro ni asentamientos y de momento su gente no participa en la resistencia, pero cuando el ejército israelí cierra la barrera los viernes la cierra para todo el mundo. Entonces no se puede ir a Ramala ni a ningún sitio, aunque una embarazada esté a punto de tener un bebé o una persona mayor necesite ir al hospital. Del mismo modo, tampoco pueden entrar ambulancias. Cuando Mustafa y Rushdi fueron asesinados tuvimos que meterles en un coche privado. Mustafa estuvo durante una hora tirado en el suelo y luego los soldados lo llevaron a un hospital israelí. Aquí no hay tratamiento médico para heridas graves ni para heridas leves porque no hay nadie que se haga cargo. Incluso la Cruz Roja previene a sus empleadas y a sus empleados de venir aquí los viernes porque dicen que es un área peligrosa.

En Nabi Saleh viven alrededor de 200 niñas y niños. Tenemos escuela hasta el décimo grado y después tienen que ir al pueblo más cercano o a Ramala. A veces les arrestan cuando van a la escuela, por la mañana. Un niño estuvo en prisión durante seis meses y otro, durante tres semanas.

Quizá es incorrecto, pero intentamos normalizar el sufrimiento de nuestras criaturas. “¿Por qué me pasa esto a mí?”, nos preguntan. “Es normal estar en prisión, es normal tener heridas, son normales las amenazas de esta noche -les decimos-. Nabi Saleh no es el único lugar en donde pasa esto, ocurre lo mismo en toda Palestina”. Queremos que sus vidas sean lo más normal posible. Aunque es imposible tener una vida normal bajo la ocupación, no queremos estar sufriendo todo el tiempo.

La vida bajo la ocupación es difícil, no te puedes imaginar cuánto, pero tenemos que encontrar el modo de vivir porque no queremos estar lamentándonos a cada minuto. Por eso intentamos tener momentos de felicidad y el minuto que podamos reír, reiremos; el minuto que podamos bailar, bailaremos.

Sentimos que las niñas y los niños comenzaron a perder su infancia con el trauma que supuso la muerte de Mustafa y de Rushdi. La de Rushdi fue un sábado porque el viernes era día festivo en el pueblo. Vieron cómo le dispararon y cómo luchaba por su vida. Presenciaron todo lo ocurrido. A partir de entonces, al pedirles que dibujaran algo, les dibujaban a ellos o dibujaban el momento en que hirieron a algún familiar o gasearon sus casas. Todo lo que pasa les está comenzando a afectar física y psicológicamente. Tienen dolores de cabeza y musculares, pierden la concentración mientras estudian… Tengo una hija de diez años. Hay días que le pido que me traiga algo de la cocina y vuelve dos o tres veces a preguntarme: “Mamá, ¿qué me has dicho?”. Eso no es normal en una niña esa edad.

Queremos encontrar a gente especializada en la superación del trauma, que ayude a las niñas y a los niños a creer en otra parte de la vida en la que existe algo que se llama felicidad, algo que se llama alegría. El próximo verano enviaremos a 45 niñas y niños de Nabi Saleh a una especie de campamento de verano en Francia y en Italia, así podrán ver que hay cosas bonitas en la vida por las que vale la pena luchar. Lo hemos logrado trabajando con dos organizaciones de esos países. Sin embargo, un campamento de dos semanas no es suficiente para eliminar el dolor y el sufrimiento que crece semana tras semana. Por eso también es importante traer aquí a activistas que cuenten con esa especialización”.

[El Centro de Mujeres para la Ayuda y el Asesoramiento Legal (WCLAC) es una ONG palestina que trabaja con perspectiva feminista para combatir la violencia de género y el impacto específico de la militarización y de la ocupación israelí en la vida y en los derechos de las mujeres. WCLAC organiza visitas a Nabi Saleh, que permiten conocer de primera mano el movimiento de resistencia no violenta].

“El pasado miércoles tuvimos en mi casa a un ministro británico, le mostramos un vídeo, nos pidió una copia y se la llevó. No sabíamos lo que iba a hacer con ella. Resultó que de mi casa se fue directamente a Tel Aviv a entregar ese vídeo al Ministro de Defensa israelí. Me llamó y me contó lo que había hecho; esperábamos un viernes muy violento y, de hecho, fue uno de los peores… Pero eso fue bueno porque significa que el ministro quedó impactado con lo que vio y que estaba emocionalmente removido. También fue bueno para que el hombre del Ministerio de Defensa israelí viera lo que sus soldados están haciendo. Yo sé que ya lo sabe, pero no desde nuestro punto de vista.

También han estado aquí bastantes miembros del Parlamento Europeo, de Holanda, de Italia, de Reino Unido, de Francia, de Bélgica… Estoy convencida de que no seríamos capaces de alcanzar a esas personas de cargos tan altos si no estuviéramos difundiendo el mensaje correcto”.

En el jardín de la casa de Manal. Foto: Marisol Ramírez

“Somos una pequeña comunidad y lo compartimos todo. Por ejemplo, si sé que mi vecina no tiene comida para alimentar a sus hijas e hijos porque su marido está en la cárcel o no tiene trabajo, yo hago más comida para repartir entre mi familia y la suya o simplemente le digo: “Estoy cocinando algo que os encanta, así que venid a mi casa si queréis”. O intentamos juntar dinero para que pueda comprar las cosas básicas. Yo pongo 5 ó 10 dólares, mi hermano pone 20… Por eso, si te das una vuelta por el pueblo verás que todo el mundo tiene el mismo nivel de vida. No hay ni gente muy rica ni gente muy pobre.

Cuando alguien pierde a un familiar cercano, el pueblo le arropa. Mustafa fue asesinado hace alrededor de año y medio y Rushdi, hace más de seis meses. Aún hoy encontrarás siempre gente en sus casas porque no quieren dejar solas a sus madres. No es caridad, sino que lo compartimos todo, también el dolor. Tratamos de apoyarnos mutuamente porque así fortalecemos nuestra comunidad y somos capaces de hacer frente a todos los problemas. Afortunadamente, somos una sociedad muy fuerte.

¿Sobre la solución a futuro que encuentro para Palestina? La tercera intifada, sin lugar a dudas, que es no violenta y que ya está comenzando. Llevará largo tiempo porque el pueblo palestino perdió su espíritu de lucha después de la segunda intifida. Como fue una resistencia tan larga quedó exhausto y ahora necesita tiempo para descansar. Esta vez, además, tenemos que hacer frente a la especie de sociedad de consumo que Israel y Estados Unidos quieren que seamos. Mucha gente ha pedido préstamos para comprar tierra, una nueva casa o un nuevo coche y ahora, cuando le invitamos a participar en las protestas, nos dice: “Tengo un préstamo, ¿qué pasará con mi familia si me hieren o si me encierran?”

Creo que también Israel es consciente de que la tercera intifada está llegando y por eso llaman a una nueva negociación, a la solución de un único estado. Una vez dijeron en un informe que Nabi Saleh era el virus de la resistencia no violenta, que debían eliminarlo aquí mismo para que no se propagara por cada pueblo palestino que tiene asentamientos alrededor. El estado de Israel está preparado para responder a una resistencia armada, que le viene bien para justificar toda la violencia que quiera ejercer para pararla. Sin embargo, no está preparado para una intifada no violenta.

No queremos la solución de dos estados porque actualmente al pueblo palestino le queda solo el 22% de la palestina histórica, que además está dividida por los asentamientos y atravesada por carreteras por las que las y los palestinos tenemos prohibido circular. En el movimiento de resistencia popular llamamos a la solución de un único estado, da igual el nombre, siempre que sea uno democrático en el que todas las personas, no importa si son judías, musulmanas o cristianas, palestinas o de fuera, sean tratadas igual y tengan libertad para hacer lo que quieran. Un solo estado en donde convivan todas las personas”.

Agradecimientos: Ruth Quintana Esteban, Paloma Solo de Zaldívar Casas e Izaskun Sánchez Aroca.

Por Itziar Abad
Fuente: Pikara Magazine