octubre 06, 2013

Debates. El deseo y la lucha

Hace menos de un mes, Las12 publicó la posición de un grupo de activistas lesbianas “pro-sexo” defendiendo el trabajo sexual y su regulación como forma de reconocimiento de una sexualidad disidente que reclama la autonomía sobre el propio cuerpo. La respuesta de la Campaña Abolicionista –que habla de “situación de prostitución” y de “prostituyente” en lugar de “cliente”– llega con la pasión de un debate que parece irreconciliable. Mucho más cuando se deja afuera de la discusión –o se las menciona de soslayo– a travestis y trans, un colectivo para el que la prostitución, hasta hace poco, parecía el único destino. ¿Y quién se atreve a hablar por ellas?

Entre hoy y mañana, mientras se celebren las Cuartas Jornadas Nacionales Abolicionistas sobre prostitución y trata de mujeres y niñas/os en La Pampa, sus participantes debatirán que la experimentación sexual plena y libre no puede convivir en forma pacífica con el sistema prostituyente dominante de un país. Piensan replicar que la “justicia erótica”, como reclaman desde una vereda opuesta las activistas prosexo, no se obtiene a partir de pactos o contratos cuando enfrente hay otro que paga por ejercer una sexualidad sometedora, que prescinde, porque manda, del consentimiento de quien le “presta el servicio”. En esta discusión, advierten las organizadoras del encuentro, se intenta confundir abolicionismo con prohibicionismo, para embarrarles la cancha a los feminismos con acusaciones de un tutelaje político y moral que invisibiliza los modos de ejercer la sexualidad. “Para nosotras la prostitución es legal, lo que es ilegal es la explotación de la prostitución ajena. El enfoque de trabajo sexual quiere imponer sobre las personas prostituidas representaciones que ‘romanticen’ esta violación”, sostiene Marcela D’Angelo, que integra la Campaña Abolicionista Ni una mujer más víctima de las redes de prostitución. La cuestión es compleja en tanto involucra fuertemente a las personas trans y travestis, que siguen siendo desconocidas como identidades de debate “y sujetxs principales de esta premisa de que la biología no es un destino. Cuerpos desvalorizados que todavía no pueden tallar en estas discusiones”, lamenta Lohana Berkins, presidenta de la Asociación de Lucha por la Identidad Travesti Transexual (Alitt) y de la Cooperativa de Trabajo Textil Nadia Echazú.

El 23 de septiembre último, en el Día Internacional contra la Explotación Sexual, la Campaña emitió una declaración donde explicaba que el reconocimiento del “trabajo sexual” en la Argentina “sólo trajo más mafias, más trata y más explotación”, y que el sistema prostituyente requiere de una sociedad que naturalice, niegue, calle y no vea las violaciones de derechos. Ese enfoque “nos propone usar nuestros genitales y el cuerpo todo para que el que pone la plata haga con él lo que le venga en ganas (...). A las mujeres, niñas/os y personas trans les queda siempre un último recurso: el cuerpo y la sexualidad expropiados al servicio del placer masculino, nunca del propio”.

D’Angelo advierte que “el abolicionismo es la postura que pretende un mundo sin prostitución, pero no como resultado de la represión de las personas en esa situación, sino de un sistema de inclusión, de cambio cultural, de restitución de derechos y de prevención para que no tengan que optar nunca más por la prostitución. En realidad, interpelamos fuertemente al prostituyente, mal llamado cliente. Pareciera que hay una construcción social, cultural, política y económica organizada para que los varones satisfagan sus apetitos sexuales poniendo a las mujeres, travestis, transexuales, transgénero ‘al servicio de’, pero se termina pulverizando al sujeto social”.

Activista también de la Campaña, Cristina Hanuch agrega que estos argumentos no plantean el desamparo de quienes ejercen la actividad y sí en cambio desenmascaran “los innumerables intentos de apropiación del patriarcado capitalista sobre los cuerpos, como por ejemplo la negación del derecho al aborto, con apropiación de la reproducción, y un sistema prostituyente apropiador de la sexualidad. Así como la derecha esgrime la prohibición del aborto y de decidir sobre nuestros propios cuerpos, creemos que estas construcciones también desde la derecha, autodenominadas prosexo, son manifestaciones conservadoras, reconfiguradas ‘posmodernas’, y que también nos prohíben decidir sobre nuestra sexualidad cada vez que está dirigida al placer ajeno”. La sexualidad contrahegemónica que proponen esos sectores asoma como eje cuestionable. “Qué es lo contrahegemónico, si están atornillando a las mujeres a lo que siempre dijo el patriarcado que teníamos que hacer. Ni siquiera es una sexualidad libre. Desde la Campaña proponemos el placer como sexualidad: un placer compartido, consensuado.”

Trabajo forzado

En la Argentina, la discusión sobre mujeres en situación de prostitución sigue dirimiéndose entre la Asociación Ammar, que promueve la sindicalización como trabajo sexual, y la Asociación de Mujeres Argentinas por los Derechos Humanos (Ammar Capital), que se opone a esa caracterización “para priorizar ser reconocidas como ciudadanas con plenos derechos y trabajar para revertir la exclusión social que sufren las mujeres en situación de vulnerabilidad”, dice su coordinadora, Margarita Peralta.

“Cuando la CTA nos quiso sindicalizar, después de un proceso de mucha discusión, unas 400 mujeres consideramos que la prostitución no era un trabajo y en 2003 decidimos desvincularnos. Pasaron diez años y estoy convencida de que la prostitución no es trabajo: es una violación al cuerpo de las mujeres que están paradas en la esquina. Nos quieren poner un rótulo de trabajadoras sexuales. Y quién defiende a las mujeres golpeadas, torturadas. En una habitación de hotel o en un departamento privado no sabés qué loco te toca. Muchas de nuestras compañeras terminaron muertas. No es lindo llamar trabajo a algo que te arruina psicológica y físicamente.”

Peralta sonríe cuando se le consulta sobre la posibilidad de disponer con libertad del propio cuerpo. “No, porque es la billetera del varón la que manda. Si hubiera trabajo, capacitación con salida laboral para un trabajo digno, no elegirían la calle. A muchas que me dicen ‘soy trabajadora sexual’, les pregunto si cuando van al colegio de sus hijos o a hacer un trámite informan que son trabajadoras sexuales. Terminan confesando que no, que nadie tiene que enterarse. No tienen argumentos. En mi barrio, en la facultad de mi hijo, o a mi vecina nunca les conté lo que hacía porque para mí era una vergüenza. La mayoría de las mujeres siente vergüenza de que las juzguen. Ninguna mujer nace y dice mañana voy a ser puta.” Mimí, otra compañera de Amadh, agrega que cada vez que le hablan de trabajo sexual “me recuerdan a mi proxeneta. El me decía lo mismo: ‘No te aflijas, es como cualquier trabajo’”.

La activista feminista Liliana Azaraf desconsidera la prostitución “como una cuestión de las mujeres. Es un sistema de organización social. Además es evidente que el mundo no quiere que esto deje de ser así, porque todas las asignaciones que vienen del Fondo Global de Naciones Unidas van para los sectores que estructuran la prostitución como trabajo”.

Azaraf, que interviene en la Campaña, rechaza “que haya una prostitución libre y otra forzada. Esta cuestión de la libertad sexual estaría en hacer aquello que desde hace siglos nos dijeron que debíamos hacer y ahora lo reconceptualizamos y convertimos en derecho a decidir sobre el propio cuerpo. Es una vieja consigna del feminismo pero que nunca fue tomada como ‘tengo derecho de convertir el cuerpo en mercancía’. Estos sectores de supuestas sexualidades disruptivas plantean entonces que los géneros existen, pero no las relaciones de poder entre los géneros. Se cuestiona la sexualidad heteronormativa, cumpliendo sin embargo con los parámetros de la heteronormatividad, que reflejan una sexualidad en la que un individuo decide y paga, y la otra tiene ‘el gran placer’ de provocar placer pero ajenamente, no sintiéndolo”.

Lo preocupante, dice, son las herencias del neoliberalismo, “porque en esa etapa todos los conceptos fueron cooptados, no sólo el de trabajo. El del derecho a decidir, el de libertad sexual, el de la autonomía del cuerpo. El cruce entre capitalismo y patriarcado es claro. Nos terminan dando vuelta conceptualizaciones sólidas, y aquello que habíamos empezado a revertir es convertido en un acto de lucha y libertad”.

Sobre los postulados de las activistas prosexo en cuanto al no reconocimiento feminista de otras eróticas y nuevas identidades, o tópicos como los modos de pensar el aborto y la descriminalización de la prostitución, D’Angelo aduce que “se está haciendo una manipulación de los términos. Confunden todo el tiempo que la forma de ganarse la vida es una identidad. La prostitución no lo es. Me pregunto cómo podemos empoderarnos a través de aquella forma de sexualidad que te viene siendo impuesta hace siglos. Dicen que es una opción. Sí, cuando podés optar. No parten de que la prostitución es consecuencia de la desigualdad de géneros. Lo que pasa es que la ven de lejos, discuten desde otro lugar, creo, absolutamente clasista”.

Cuerpos pro-deseados

Lohana Berkins considera que existe un gran vacío a la hora de establecer pautas que posibiliten una discusión profunda e inclusiva. “Algún tipo de feminismo sigue desconociendo al travestismo como identidad de debate, cuando somos actoras y voces fundamentales a la hora de discutir la prostitución por ser víctimas de esa situación, que además creemos no puede ser reglamentada como trabajo.”

Respondiendo a las teorizaciones del reglamentarismo y las posturas prosexo, sostiene que “si planteás la libertad de la sexualidad, levantás las banderas de la emancipación, ¿por qué tiene que ser paga? Vayamos por un prosexo libre y gratuito. Cuando entra la tecnificación del dinero deja de ser pro. La gran contradicción es obviar alegremente la medularidad de todo esto, que es el dinero. Si no se discute, estamos silenciando una parte importante. El lenguaje mercantil naturaliza y oculta el proceso de cosificación de carácter sexual. Además, ¿de qué hablan cuando se refieren a cuerpos emancipados, si el 80 por ciento de las mujeres que trabajan en prostitución no lo dicen en sus hogares?”.

Para Berkins, se trata de sectores con “fuerte postura travestofóbica, porque diseñan un escenario en el que vuelven a sacarnos del debate: ¡siempre somos las subsidiarias del debate de otros! El mensaje es de una violencia inusitada. No se piensa que se están generando fenotipos de personas sólo para prostitución, que se está haciendo una caracterización bufonesca, con connotaciones racistas. Desconocen las agencias políticas que estamos construyendo para ser cuerpos deseados y no mercantilizados. Proclaman el amor libre con un discurso que nos deja fuera nuevamente, con cuerpos que sólo sirven en el mercado prostitucional. Se desconoce la construcción de luchas a través de múltiples experiencias, las que sufrimos cárceles, violaciones, los cuerpos despreciados, torturados, muertos, silenciados. Adoptar esa postura sin conocimiento de la realidad me parece una insolencia”.

La dirigente social y periodista Diana Sacayán barre con algunas afirmaciones. En su muro de Facebook, luego de leer “Entre la extranjería y la solidaridad”, el artículo de la antropóloga Andrea Lacombe publicado en este suplemento el 13 de septiembre, escribió: “Ahora el intercambio de sexo por plata ¡¡¡‘escapa a la heteronorma’!!! Si ésta es una mirada feminista me tiro por el balcón. Las lesbianas prosexo se zarpan, ¡¡ponen al sexo por plata como revolucionario!! Me muerooo. ¿Por qué no van ellas a la esquina?”. Sacayán objetó que “no existe tal cosa como las feministas ‘moralistas’ por un lado, y las de la ‘libertad sexual’ por el otro. (...) Otra cosa que me causa gracia es que hablen de los ‘feminismos de la academia’ como los abolicionistas, cuando a las claras el discurso hegemónico que reina en este círculo es el reglamentarista, acompañado por el siempre tan gauchito discurso posmoderno que esquiva cualquier forma de desigualdad. Si defender la prostitución no se considera moral estamos fritos, como diría Mafalda”.

Como coordinadora del Movimiento Antidiscriminatorio de Liberación (MAL), expone cifras que revelan “a un 95 por ciento de la comunidad travesti viviendo de la prostitución, porque siempre se nos negaron los mecanismos que rompan con dispositivos discriminatorios para permitirnos acceder a educación y trabajo. La prostitución no es trabajo desde ningún punto de vista. Deja marcas imborrables, pulveriza la autoestima, nos reduce a nada. No se nos puede hablar de libre elección y autonomías cuando pertenezco a un colectivo que históricamente fue expulsado de todos los circuitos. Nos expulsaron de nuestros barrios, de nuestras casas a las rutas, a alcoholizarnos o drogarnos para bancar tanta violencia”.

Teoría King Kong

Un punto de inflexión de estas polémicas dirimidas, en mayor medida, en foros letrados, oficinas, jornadas académicas o despachos con poco recorrido, podría hallarse “en plantear el debate con las putas, no con dirigentes o teóricas –dice Sacayán–. Que las mismas putas decidan y definan. Porque si un cliente drogado me tiene toda la noche encerrada, lastimándome, ¿cómo va a ser considerado eso como accidente de trabajo? ¿Cómo se va a reglamentar la prostitución callejera en regiones de extremo riesgo, Laferrère o González Catán, donde hay persecución sistemática policial y extrema violencia callejera? Ojo, nuestro cuerpo no es una herramienta de trabajo, están por hacerle un gran favor al capitalismo”.

Berkins acompaña, propone “hablar en primera persona, contar con nuestras voces. El nivel de violencia a que han llegado dirigentas como Elena Reynaga (presidenta de la Red Latinoamericana de Trabajadoras Sexuales, Red TraSex, y fundadora de Ammar, sindicato integrado en la CTA que lidera Hugo Yasky) es de un grado de fundamentalismo que desconoce nuestra condición de víctimas cuando hacemos relato de lo enajenante, lo traumático, las pérdidas de identidad. Qué pasa cuando frente a ellas, en vez de una travesti abolicionista, se encuentra una víctima, cuál es su respuesta. Históricamente fuimos sujetos selectivos de la represión del Estado, por eso también observo violencia en los discursos prosexo. Confunden el debate porque nos ponen como prohibicionistas, como dueñas de una moral victoriana saliendo a la caza de prostitutas y de trans, cuando somos organizaciones de derechos humanos y colectivos feministas. Creo que si otros y otras siguen tomando la palabra por nosotras, no sé cómo la sociedad puede desear un cuerpo que ni siquiera logra imaginar”.

Y asegura “que son planteos que tienen que ver con el modernismo de las agendas. Intentan convertir una experiencia individual en experiencia generalizada. Vamos, leyeron Teoría King Kong (de Virginie Despentes) y después salieron a la calle. Las voces deberían mantenerse entre quienes fuimos atravesadas por la prostitución”.

En términos de deseo, la activista lesbiana Valeria Flores, redactora junto con Noe Gall de la proclama de apoyo a las “trabajadoras sexuales”, subraya que el concepto prosexo pone en escena “algo de lo que se habla bastante poco en el feminismo: de sexo, de su poder performativo, de la multiplicidad de formas de experimentar lo erótico, lo placentero, lo sexoafectivo”. Berkins se pregunta “si en términos de deseo ellas nos llevarían a sus camas. De qué empoderamiento hablan: una cosa es tener dinero, y otra es el empoderamiento. La reina de Inglaterra es poderosa, ¿pero es empoderada? Estos activismos vuelven a entregarle al Estado el control de los cuerpos con una mirada higienista que nos hace retroceder trescientos años”.

Diana Sacayán traza otras interpelaciones. Desafía: “Quisiera ver si se prostituyen. Es fácil tomar una posición y después sentarte en la comodidad de la sapiencia, pero nunca nos van a correr por izquierda, porque saben que las personas travestis dimos batalla a los códigos dando pelea al prohibicionismo. ¿De qué combates liminares, de qué prácticas reivindicativas del erotismo me hablan? En una ocasión, un supuesto cliente me hizo un tajo y me abrió la panza de punta a punta. La prostitucion dejó un mapa en mi cuerpo y en mi psiquis; entro en crisis depresivas tremendas. Tengo muchos problemas con mi cuerpo a la hora de poder relacionarme con alguien. Entiendo que es difícil competir con la prostitución, tenés que contar con un buen plan. Y más aún en el caso de las travestis, para quienes la prostitución ha sido una imposición”

Por Roxana Sandá
Fuente: Página/12