enero 12, 2014

MATERNIDAD Madre + hijx = familia

Mujeres que decidieron ser madres sin la compañía de una pareja y con el proyecto de una familia entre ellas y sus hijxs. En su mayoría, acuden a tratamientos de fertilidad con donantes anónimos o conocidos. El deseo de ser madres es más complejo de lo que parece a primera vista: ni altruista ni puramente egoísta, las emociones fluctúan entre el placer de una experiencia que creen imperdible y el rol del cuidado y el cariño incondicional. Tienen una red afectiva que les permite sentirse seguras en la crianza y se acompañan online, aun sin conocerse. También se consultan sobre la documentación que deben presentar para hacer cumplir la ley de fertilidad, que ya está reglamentada pero que las obras sociales y prepagas dificultan con trabas y trámites burocráticos.

Siempre supo que iba a ser madre. Cada situación de su plan personal se fue cumpliendo según su deseo, o al menos las que pertenecen al conjunto de los grandes proyectos, por esos que se brinda en Año Nuevo. Primero se recibió, después se fue de viaje, pronto consiguió un trabajo estable y a los 28 quedó embarazada en la primera inseminación asistida que se hizo con semen de donante anónimo. Noelia Carelli tiene 30 y una hija de un año y dos meses. En su caso, no hubo reloj biológico o imposición social que la presionara, sólo se trató de concretar su fuerte deseo de ser madre. “Ninguna cultura puede imponer el deseo de tener un hijo, es algo muy interno y profundo. Es un acto de amor, es dar todo, dejar de lado el amor propio. Nunca me importó lo que hacían los demás, siempre hice lo que tuve ganas”, dice Noelia, que desde el inicio de su búsqueda sabía que se trataba de un proyecto personal.

El deseo de hijo/a es difícil de desplegar en una sola dirección. Así como Noelia habla de entrega y amor, hay un costado egoísta que también tiene su lugar. También hay omnipotencia en la decisión de poder hacerlo en soledad, pero sin duda, y a pesar de las cuotas de sacrificio, suele estar relacionado con la necesidad de placer y bienestar, y de brindar amor y cuidado, a cambio de un amor inmenso, que en el relato cotidiano aparece como irreemplazable. Maternar implica un alto nivel de responsabilidad, que deja de incluir solamente al propio yo para pasar a pensarse en plural, porque las acciones de las mujeres que se convierten en madres se ven modificadas a partir de esa nueva vida que depende de ellas, lo que genera una reducción de la libertad individual y un “poner el cuerpo” difícil de equiparar con otras experiencias de la vida. Las mujeres que quieren ser madres en este contexto suelen relacionar la entrega total que supone la maternidad con una concreción de felicidad. El deseo de un hijo también surge cuando la mujer piensa su experiencia como hija y aspira a mejorar la práctica maternal que su madre tuvo con ella. Las técnicas de reproducción asistida hacen posible que la maternidad se concrete más allá del vínculo de pareja; gracias a la inseminación asistida o a la fecundación in vitro las mujeres ahora planean su maternidad ya no como el paso siguiente a una vida de a dos, sino como una decisión totalmente personal, que no conlleva sentimientos de pérdida o abandono. Estas formas de concebir la maternidad generan familias monoparentales que derivan en una nueva manera social de considerar los lazos entre las personas.

La hija de Noelia nació por una cesárea programada que ella misma pidió y desde el primer momento contó con la presencia, la ayuda y el afecto de su madre, que estuvo con ella en el parto. “Mi mamá entró conmigo, me hablaba, me iba contando cómo iba todo, así que me sentí muy tranquila y confiada”, explica Noelia. La red afectiva fue una de las cosas más importantes que tuvo en cuenta para tomar la decisión de tener un hijo sin pareja a través de un tratamiento. “Tuve apoyo de toda mi familia y amigos. Una vez en el trabajo una persona me dijo que no sabía que era lesbiana, pero no lo soy. Creo que falta abrir cabezas todavía, pero cada vez somos más”, dice Noelia, que es licenciada en Terapia ocupacional. Deja a su hija con su mamá y va a trabajar 8 horas por día, hasta las 4 de la tarde, cuando la pasa a buscar y dedica el resto del día a estar con ella. Los primeros meses, su mamá se ofreció a quedarse con ellas durante la noche, pero Noelia no quiso: “Quería estar sola con mi hija. Ir conociéndonos. La crianza es un aprendizaje mutuo; ella aprende de mí y yo de ella continuamente, por suerte el apoyo de mi vieja y mi hermana es grande y eso hace que pueda disponer de ciertos tiempos, como ir a laburar tranquila, sabiendo que está bien cuidada. Ahora que ya tiene un año, puedo salir cada tanto sin ella. El apoyo de mi familia es primordial. Acepto la ayuda, pero no la invasión”.
Primera persona singular

Las mujeres que no están en pareja y deciden ser madres por tratamientos de fertilización asistida tienen un entorno social amplio de amigos y familiares, y en esa red quieren ser madres. Se sienten capaces de hacerlo sin ese par que supone una pareja a la hora de compartir responsabilidades, sin vacíos que llenar o deseos de reparación por fracasos del pasado. No rechazan el amor de pareja, están abiertas a conocer a un hombre o una mujer con quien compartir, pero pueden quebrar ese imaginario social que postula la familia típica, porque la familia son ellas y sus hijos. Son conscientes de que ser madre es un mandato pero también están convencidas de que el paso que hay que dar para poner el cuerpo y exponerse a los tratamientos se hace de la mano del deseo y no de la imposición social. Cada una tiene un recorrido personal, pero las unen las ganas, que no tienen nada que ver con la inercia de casarse y formar la familia tipo con moño. Comparten el deseo pero también las preocupaciones, como por ejemplo ser el único sostén económico de sus hogares. “Creo que hoy en día me imponen más ser flaca que ser madre. Ser flaca y bella es una imposición social más fuerte que ninguna”, dice María, una fotógrafa y documentalista de 38 años, que hace seis meses está haciendo tratamientos de baja complejidad para quedar embarazada. Hasta ahora no logró el tan ansiado positivo, pero lo va a seguir intentando. “Cuando tenía 20 años no sabía si quería tener hijos, me parecía un lugar común para las mujeres la maternidad. Me lo empecé a plantear a partir de los 30, pero sabía que era algo que no quería de inmediato, que iba a ser madre más grande. Cuando se acercaba el límite de edad y no tenía pareja empecé a pensar en cómo hacerlo posible. Hay vínculos entre hombres y mujeres que a mí no me dan ganas de aguantar, el micromachismo, esa costumbre tan incorporada de que el mundo les pertenece a los hombres, sobre todo el tiempo de las mujeres. Las relaciones de igual a igual se dan muy pocas veces. Y para un proyecto tan importante como tener hijos, no me parece la de formar una pareja express. Y tampoco tengo ganas de involucrar en la paternidad a un hombre que no está de acuerdo o no está enterado”, sostiene.

En su mayoría, las madres solteras por opción pasaron los 35. Valeria H. tiene 38, es abogada y lesbiana, se hizo tres inseminaciones y ahora va a ir por la fecundación in vitro. “Mi pareja no quería salir del closet, y yo no quería criar un hijo en esas condiciones de secreto u ocultamiento. Yo quería otro esquema de familia. Arranqué hace un año. Tomé la decisión después de mucha terapia. En mi grupo más cercano, cuando lo conté, empezaron a averiguar ellas también o a evaluar si querían ser madres. Se genera una hecatombe en el entorno. Tenía gente cercana que no se quiso enterar y empezó a alejarse. Les ponía un espejo de lo infelices que eran. Mi hermano está muy presente, tiene una nena y me acompañó a hacerme los tratamientos. Mi padre me dijo que estaba loca y mi mamá, que es una aberración de la ciencia, pero van a tener que tolerarlo. Tuve más presencia de mi hermano y mis amigos que de mis padres. Asumo que es así.” Valeria siente que su hijo no viene a llenar huecos: “No necesito ni que una pareja ni un hijo vengan a cubrir un vacío, yo busco mi propia felicidad, no es lo que me falta para ser feliz, es un deseo íntimo. Quiero ser una buena madre, quiero laburar mis partes débiles, quiero ser una mujer feliz para que mi hijo se nutra, tenga amigos, padrinos simbólicos. Me salieron con lo del egoísmo y también me dijeron que soy valiente. Cualquiera que me diga que soy una looser que vaya a hacerse un tratamiento de fertilización y después que me diga looser. Hay que tener muchas agallas para hacerlo. No es una decisión sencilla, me siento bien conmigo misma de tener la valentía de hacerlo”, dice.

Hay hombres que también desean ser padres y no están en pareja. Algunos buscan una coparentalidad, una mujer dispuesta a compartir la crianza con un hombre que no sea su pareja. Pero, en el caso de las mujeres, ellas en su mayoría prefieren asumir toda la responsabilidad de un hijo. “Evalué la coparentalidad, hasta me reuní con un hombre que quería ser padre, pero es un proceso que lleva tiempo y al final no me convenció”, cuenta Valeria.
Solteras pero acompañadas

Las madres solteras por opción encontraron en la web un lugar de refugio para contactarse con otras mujeres en la misma situación. Se conectan para averiguar sobre los bancos de semen y se imaginan al hombre que donará su esperma para ellas, buscan grupos en Facebook de madres solteras que tienen hijos a través de tratamientos de reproducción asistida. En Argentina todavía son pocos, cerrados, con reglas para poder entrar, como un modo de preservar la intimidad. Intercambian mensajes con precios de los tratamientos, piden información sobre los médicos especialistas, discuten las leyes de fertilidad y se cuentan qué piensan decirles a sus hijos cuando crezcan y pregunten cómo nacieron y por qué no tienen padre. Los grupos no suelen aceptar madres solteras que tuvieron relaciones ocasionales, porque dicen que enfrentar un tratamiento es una situación particular y necesitan el apoyo de otras mujeres que pasaron por lo mismo. Son madres para las que tener un hijo es un deseo consciente y una búsqueda activa. “Los grupos son fundamentales para que nos conozcamos y nos podamos acompañar. Me parece que está bueno que nos conozcamos entre nosotras”, dice Noelia, que es participante de uno de los grupos de madres solteras por opción en Facebook. Cada una va contando su proceso, cómo salen los estudios, qué le dicen sus amigas, el rechazo y la aceptación del afuera como parte del proceso, cuentan las más experimentadas a las que recién entran. También se dan ánimo si hay un negativo y se felicitan y alegran cuando por fin llega la noticia del positivo. Para María es importante contactarse con mujeres que pasan por la misma situación: “Ahora siento la necesidad de reforzar otros vínculos, reforzar redes de amistad y contención y reunirme con otras mujeres que están viviendo lo mismo que yo. Fue bueno haber conocido a los hijos de mujeres con mi mismo proyecto, ver que es posible, que son felices”, dice.

Valeria es parte de dos grupos de Internet, uno de familias homoparentales y otro de madres solteras. “Hablé de los tratamientos y de saber cómo armar una familia y superar las discriminaciones. Nos juntamos y nos hicimos amigas. Fueron dos lugares de contención. Fue bueno conocer a los chicos y que jueguen en las reuniones. Laburar cómo nos ve el entorno, los propios prejuicios, para no transmitirlos”, cuenta. La contención de las redes sociales se da en un montón de tribus, pero así como el mundo está cada vez más hiperespecializado, los grupos son cada vez más precisos: madres solteras por elección, mujeres que amamantan a demanda, bancos de información de obstetras, grupos de alimentación de los primeros años, cruzadas contra la vacunación, etc. La idea es encontrarse en la dificultad y en el acierto y hacer red con desconocidos, hoy que se puede comentar un estado de Facebook desde el teléfono celular, llegando a niveles de intimidad más profundos que con un amigo o amiga cercanos.
El lugar del Estado

Después de años de reclamos por parte de organizaciones sociales y de idas y vueltas en el Congreso, en julio de 2013 se reglamentó por fin la ley de fertilización asistida, una norma inclusiva que tuvo en cuenta las necesidades de todos los sectores, y no puso restricciones por edad o estado civil de las personas interesadas en acceder a un tratamiento de fertilización asistida gratuito. El gran logro de la ley fue que no se tomó a la infertilidad como una enfermedad, sino que considera que todos los seres humanos tienen el derecho de tener hijos, por lo que el poder adquisitivo individual no debe ser determinante. El decreto 956 de la Ley 26.862 de Acceso Integral a los Procedimientos y Técnicas Médico- Asistenciales de Reproducción Médicamente Asistida sostiene que se deberá garantizar “la cobertura integral e interdisciplinaria del abordaje, el diagnóstico, los medicamentos y las terapias de apoyo y los procedimientos y las técnicas de reproducción médicamente asistida”. Pero en la práctica las obras sociales y las empresas de medicina prepaga ponen trabas y requisitos imposibles para cumplir con la obligación de pagar los tratamientos.

Los procedimientos de baja complejidad no son tan costosos, pero los de alta, como la fecundación in vitro, pueden superar los 30.000 pesos. Las mujeres que están en el camino de ser madres solteras por elección se sintieron aliviadas al enterarse de la reglamentación de la ley, pero lograr que se cumpla no es tan fácil. Muchas veces hay que presentar cartas documento y hacer la denuncia en la Superintendencia de Servicios de Salud. Además, las intranquiliza el proyecto del nuevo Código Civil, que postula que la vida comienza con el embrión, lo que podría llegar a poner alguna traba a la hora de realizar tratamientos de alta complejidad. La ley de fertilización necesita estar acompañada por un Código Civil moderno y acorde con la realidad.

“Mi obra social me quiere mandar una asistente social, es un abuso. Siento que quedo atrapada en la pelea de intereses económicos de los involucrados. Pero no pierdo el entusiasmo por esto, porque es una decisión tomada hace rato”, explica Valeria. La reglamentación habla de cuatro tratamientos de baja complejidad y tres de alta por año. La ley no suele ser determinante para tomar la decisión, pero sí un alivio para muchas mujeres que pensaban en pedir créditos y endeudarse para pagar tratamientos por acceder al derecho de ser madres. La nueva ley vino a cubrir una desigualdad y a garantizar un derecho, pero todavía falta que el sistema se adapte y el acceso se cumpla sin manejos burocráticos como exige la norma, porque en estos casos el tiempo perdido puede ser crucial.


Por Silvina Herrera
Fuente: Página/12