febrero 02, 2014

La escritora ardiente. Gaspara Stampa 1523 - 1554

Gaspara vivió tres vidas, dos cuando ya estaba muerta. La primera comenzó en Padua, en casa de sus padres Cecilia y Bartolomeo Stampa, joyeros milaneses acaudalados, y terminó en Venecia. En esa vida glosó romances prohibidos y desencantos amorosos en cientos de poemas –los cantaba tocando el laúd– soplados por el aire de Petrarca, el trovador anticuario. Tras la inesperada muerte de su hermano Baldassare, Gaspara se alejó de la vida pública, abandonó las tertulias familiares y fue tentada por Sor Angelica Paola de Negri, la abadesa del convento de San Paolo de Milán, para unirse en la reclusión. Pero Gaspara apenas se probó los hábitos, porque después del duelo volvió a los círculos literarios. Aunque algunos salones conocieron sus desvelos sentimentales, la voz poética de la hija del orfebre vivió bajo la compulsión de la escritura silenciosa hasta su muerte, en abril de 1554. Seis meses después comenzó su segunda vida. Fue cuando su hermana Cassandra decidió publicar Rime, un cancionero poético que reunía trescientas once composiciones (incluía sonetos, sextinas y madrigales) en las que Gaspara evocaba su amor desesperado por el conde Collaltino di Collalto –a quien conoció en la navidad de 1548 y quien primero la dejó por una expedición militar a Francia y después porque se casó con otrap, describía las escenas amorosas con otro amante, Bartolomeo Zen, un patricio veneciano, y confesaba cuando se acercaba la muerte su afiebrada devoción religiosa. Desde Rime, la vida sentimental de la poeta paduana fue tema en los salones venecianos del siglo XVI y su biografía empezó a escribirse con los errores que dictan los caprichos del chisme. Pero, a pesar del tropel, su celebridad fue breve y el libro póstumo de Gaspara, pieza de olvido temprano. Casi doscientos años después, en 1738, cuando se publicó la segunda edición de Rime, Gaspara comenzó la tercera de sus vidas y la única que convirtió su polimetría alternante en una voz renacentista y su estampa, en la de una Safo italiana. Ahora Gaspara era un legado del cinquecento veneciano y luz de un tríptico literario que completaban Louise Labé y Sor Juana Inés de la Cruz. Los fragmentos de su vida siguieron siendo tan errados como lo habían sido en el siglo XVI y se construían sólo a través de sus versos. Cada escena de amor desvencijado era un dato cronológico imborrable y certero. El susurro de la pasión desmedida, una fecha. También su muerte fue subastada y canjeó obituarios, para muchos murió envenenada y la pócima fue un pacto entre ella y su amante, para otros murió por “la enfermedad del mar” y para los medrosos de siempre la fiebre imparable tuvo que ver con su matriz enferma, ¿o lo que querían decir era que la mató su vida sexual? “Murió de lo que puede haber sido cáncer de útero”, escribió David Markson en Esto no es una novela, terminando con las elucubraciones pacatas. Gaspara Stampa extendió la mano en la oscuridad escribiendo en primera persona los tormentos de su amor cuando las mujeres no se atrevían a hacerlo. Si las traducciones acompañan el transcurrir endecasílabo de sus versos paroxítonos quizás hagamos equilibrio entre el dolor y la cadencia y escuchemos alguna de sus súplicas en las nupcias que nunca fueron: “Un fuego igual al otro fuego siento, /y, si este es tal en tiempo tan escaso, /que mayor que el primero sea, temo” y entendamos por qué la voz virtuosa de Gaspara circunnavega las costas con un canon literario que celebra su irrupción en aquel espejo turbio que la violentaba a rendir cuentas : “Si siendo como soy abyecta y vil /mujer, puedo llevar tan alto fuego,/ ¿por qué no lo hago arder, siquiera un poco, / para mostrarlo al mundo de modelo? /Si amor con nuevo ardor, inusitado/ que no esquivé, tan alto me condujo, / ¿por qué no puedo yo, con juego inédito/ hermanar en mi alma pena y pluma?”.

Por Marisa Avigliano
Fuente: Página/12