abril 20, 2014

En el último trago nos vamos

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De la mano de Oscar Wilde, Víctor Hugo o el Marqués de Sade, xara sacchi reflexiona sobre la construcción contemporánea del amor romántico y la norma sexual.

Hace un par de semanas leíamos a tres voces con mis compañeras del club de lecturas disidentes la carta que Oscar Wilde le envía desde la cárcel a su amante, amigo, traidor personal, compañero (in)fiel Lord Alfred Douglas. En la carta De Profundis, Oscar, que juega el papel de amante despechado, le recuerda a su bien amado todos y cada uno de los desaires de los que fue víctima durante su vida juntos, cómo fue también que se sintió feliz a su lado, cómo fue que cayó en desgracia por su culpa, cuánto dinero invirtió en halagarlo, penique por penique (hay sumas detalladas), cómo emprendió empresas extraordinarias para seducirlo, como finalmente acabo en la cárcel por él. Si bien cualquiera estaría tentado a afirmar que es una carta de despecho, de denuncia, escrita desde el resentimiento, una carta de desamor, de desengaño, la carta en realidad es un carta de amor.

Mientras leíamos los suplicios amorosos de Oscar y Alfred me vino a la memoria una lectura muy temprana del famoso prefacio al Cromwell de Victor Hugo. Había sido un verano extraño, y yo había paseado entre la biblioteca del pueblo y mi habitación. Se leía lo que había y ahí estaba el Cromwell. En ese prefacio Hugo explicaba el paso a la “Era de la melancolía” a partir de la asunción hegemónica del cristianismo en Occidente: “El hombre, replegándose sobre sí mismo ante esas altas vicisitudes, comenzó a tener lástima de la humanidad, a meditar sobre las amargas irrisiones de la vida. De ese sentimiento, que para el pagano Catón había sido la desesperación, el cristianismo creó la melancolía”.

Si seguimos a Hugo, la era cristiana al centrar su narrativa en el relato alegórico de hechos históricos habría introducido la verdad en la poesía y así el drama sería su forma predilecta de expresión, pues este expresa, según el dramaturgo, la vida y lo real. Por eso el drama moderno, la poesía de la verdad emanan de tres fuentes: la Biblia, Homero, Shakespeare. “La poesía nacida del cristianismo, la poesía de nuestro tiempo es, pues, el drama; el carácter del drama es lo real”

La carta de Oscar para Alfred es una carta de amor. Wilde en su carta no hace más que narrar la codificación burguesa del amor melancólico.

Hugo dice que lo grotesco es lo que hace que un drama sea bello, lo grotesco es parafraseando a Foucault cuando habla del poder, ese discurso que hace reír y tiene el poder de matar. “De este modo, a menudo inasible, a menudo imperceptible, siempre está presente sobre la escena, aun cuando calla, aun cuando se oculta. Gracias a él, nada de impresiones monótonas. Tan pronto lanza la risa como el horror en la tragedia. Hará que Romeo encuentre al boticario, Macbeth a las tres brujas, Hamlet a los sepultureros”. Si seguimos a Hugo en su reflexión podríamos decir que la era de la melancolía, es la era del amor cristiano por un Padre que ha muerto y del cuál no hay posibilidad de duelo, llevar a cabo el duelo sería llevar a cabo el olvido, pasar página, enterrar al padre y seguir. Difícil situación. El amor cristiano es melancólico por definición. Y su drama, ya lo dijo Hugo, es lo real. En este sentido, el amor es la verdad. Shakespeare era un melancólico, afirma Hugo.

Justine o los infortunios de la virtud. 1797. Grabado. Anónimo.

Todo el s. XIX occidental parece haber codificado toda las reflexiones previas sobre el amor, ya sea este elamor cortés o el amor perverso o el divino bajo una misma normativa, el amor romántico. Este amor por un lado se asienta en el reconocimiento de la individualidad, se relaciona con la libertad de expresión, y por otro con el establecimiento de la normatividad heterosexual obligatoria como forma de producción y reproducción tanto de la vida como de lo real, la diferencia sexual como sustrato biológico esencial inamovible ahistórico y la jerarquización valorativa de los sexos, sus roles sociales, la justificación de la racialización y la colonización. Digamos que el amor y la producción de verdad sobre el amor se establece como uno de los grandes emprendimientos modernos.

Entre toma y toma de la Bastilla, el Marqués de Sade “horrorizaba” a sus lectores a finales del XVIII y principios del XIX con su prosa mezcla de pornografía con condimentos BDSM y cualquier serie de televisión actual de asesinatos con algún toque de morbo. Escándalo que se convertiría en prohibición de la obra y encarcelamiento y psiquiatrización del autor. Mirándolo así parecería que lo único que logra escandalizar a la sensibilidad europea es la sexualidad, no la guillotina ni el genocidio. Pero quizás la relación entre los relatos eróticos de Sade y la guillotina no están tan alejados uno de otros.

Foucault llama a Sade “el sargento del sexo”, y creo que no se equivoca.

Es interesante que aún hoy en la red en cualquierlink que llevé hacia Justine o Juliette se declare del tenor de prohibido, escandaloso y terrorífico de los relatos que estamos a punto de leer. El halo de la idea de la sexualidad como lo prohibido a develar y la esperanza de la emancipación por el conocimiento de sus secretos más recónditos rodean la narrativa de presentación de los textos de Sade.

Foucault llama a Sade “el sargento del sexo”, y creo que no se equivoca. Dice el filósofo: “Sade ha formulado el erotismo propio de una sociedad disciplinaria: una sociedad reglamentada, anatómica, jerarquizada, con un tiempo cuidadosamente distribuido, con sus espacios cuadriculados, sus obediencias y sus vigilancias.” Así, Sade sería el pornógrafo de la sociedad disciplinar, codifica un imaginario que nos es bastante familiar, por eso Foucault dice que Sade aburre, que es “ un agente contable de culos y equivalentes”.

No hay que olvidar que el “amor cortés” ya había en su momento codificado las relaciones heterosexuales con respecto a la relación con lo divino y lo profano, la subordinación de la mujer, la gloriosa exaltación del caballero, y también por supuesto la cartografía binaria de los cuerpos en relaciones de continente -contenido, virilidad sensible-sensibilidad sufriente, dentro-fuera, acción-espera. El romanticismo a su vez codificará estos tropos y así el ideal del enamorado será encarnado por el cuerpo femenino: lo más excelso que podría hacer una mujer en su rol femenino del amor será morir de melancolía a través del éxtasis soberano de la entrega a dios (encierro) o la muerte física. Este ideal tenía su versión de calle que era reproducirse y pactar el matrimonio, la distribución del espacio doméstico y público y los espacios de libertad y las formas de relacionarse con otros cuerpos. La versión mundana de la melancolía, la entrega a la fidelidad marital.

Es muy interesante hacer un paralelismo entre la narrativa del amor cortés que dice algo así como que el amante se subordina y somete a la dama que reina como soberana, a la cual se dedica completamente sumido en un estado de melancolía, y el siguiente extracto de Justine para entender el complejo entramado crítico de Sade:

(…)El tercero me hizo subir a dos sillas alejadas, y sentándose debajo, excitado por la Dubois colocada entre sus piernas, me obligó a agacharme hasta que su boca quedara perpendicular al templo de la naturaleza. No podéis imaginaos, señora, lo que este obsceno se atrevió a desear: con ganas o sin ellas, tuve que satisfacer mis necesidades menores… ¡Santo cielo! ¡Qué hombre tan depravado puede sentir un instante de placer en semejantes cosas!… Hice lo que quería, lo inundé, y mi absoluta sumisión consiguió de ese malvado una ebriedad que nada habría logrado sin esta infamia (…) Eso fue lo que soporté, señora, pero mi honor se vio por lo menos respetado, aunque mi pudor no lo fuera. (…)

The Swing (After Fragonard), 2001. Yinka Shonibare (Photos by C-M.)

¡Lluvia dorada! ¡Bendita ebriedad fruto del templo de la naturaleza!

Utilizando también la parodia Yinka Shonibare realiza la escultura The swing (After Fragonard), en esta un maniquí sin cabeza se balancea de una hamaca, pierde su zapato, hay rosas rococó a su alrededor, está vestida con vestidos multicolores (textiles asociados comúnmente a Africa)… Shonibare hace un juego de representaciones paródicas, crea artificios. En ese juego paródico, Sade y Fragonard son contemporáneos: mientras Sade describe orgías sadomasoquistas en una iglesia, Fragonard pinta cuadros rococó.

Es comprensible que en escritos previos Foucault alabe tanto a Sade; en su prosa estaba toda un Ars erótica, bisagra entre el poder soberano y el poder disciplinar.

La figura del homosexual aparece por primera vez en los discursos médico legales del S.XIX, y quizás podríamos afirmar que la lesbiana como figuración surge en los discursos literarios y en todos aquellos que están relacionados a la producción de discursos sobre la familia, el alma, el mal, lo profano. Escribe Sade:

Juliette (…) Dotada del temperamento más vivo, desde la edad de nueve años había acostumbrado a mis dedos a que respondiesen a los deseos de mi cabeza, y , desde esa edad, no aspiraba más que a la felicidad de encontrar la oportunidad de instruirme y lanzarme a una carrera cuyas puertas me abría ya con tanta complacencia la naturaleza precoz. Euphrosine y Delbène me ofrecieron pronto lo que yo buscaba. La superiora, que quería hacerse cargo de mi educación, me invitó un día a comer… Euphroine se hallaba allí, hacia un calor insoportable, y este ardor excesivo del sol les sirvió de excusa a ambas para el desorden en que las encontré: hasta tal punto era así que, excepto una blusa de gasa, sujeta simplemente con un gran lazo rosa, estaban prácticamente desnudas (… ) Tras estas palabras, me estira las piernas separándolas, y, acostándose en la cama boca abajo, con su cabeza entre mis muslos, me besa el sexo mientras que, ofreciendo a mi compañera las nalgas más hermosas que puedan contemplarse, recibe los dedos de esta bonita muchacha los mismos servicios que me presta su lengua (…)

Memorial to a marriage. Patricia Cronin. 2000/2009. Escultura en mármol de Carrara.

Patricia Cronin realizó en el 2000 la escultura Memorial to a Marriage, la cual está emplazada en la parcela que pertenece a la artista y a su esposa en el cementerio de Woodlawn. También ella entabla un diálogo sobre la representación con el s. XIX, en este caso el juego es con las instituciones y la representación. ¿Quienes son representados en los rituales del sueño, la muerte y el matrimonio?

En este sentido, la carta de Oscar para Alfred es una carta de amor. En ella, Wilde no hace más que narrar la codificación burguesa del amor melancólico. Qué es lo que escandaliza a la sociedad de su momento de las palabras de Wilde, ¿la homosexualidad? A algunos seguro que sí. Pero lo escandaloso está en que comparte el mismo código de amor que el amor normal, la misma educación sentimental. Y eso produce malestar. Lo perverso así puede estar en el comedor de cada buena familia y eso se debe vigilar, catalogar, inventariar y encerrar.

Escribe Oscar a Alfred: “(…) El amor se alimenta de la imaginación, que nos hace más sabios que lo que sabemos, mejores que lo que sentimos, más nobles que lo que somos (…) Tras mi terrible sentencia, cuando me vestí de presidiario y la puerta de la cárcel se cerró, me quedé así, entre las ruinas de mi vida maravillosa, aplastado por la angustia, desatinado por el terror, aturdido por el sufrimiento. Pero no quise odiarte. Todos los días me repetía “Hoy tengo que conservar el Amor en mi corazón, porque sino, ¿Cómo soportaré el día?.” (…) Ars poética del amor melancólico.

Wilde muere solo, vagabundo en las calles de Paris, la ciudad del amor.

El amor como disciplinamiento corporal, moral, subjetivo fue una de las herramientas más poderosas de colonización de Europa en la creación de su “Nuevo Mundo”. Podríamos decir que el soberano blanco occidental, en un inmenso acto de amor, nos “descubrió” Esto no es un dato menor, el pensamiento occidental sobre la fuerza, el poder, la libertad del amor se asienta justamente en las narrativas de salvación, y ahí de repente había todo un nuevo mundo que salvar de la “perversidad”, la “ignorancia” y la “brutalidad”.

La realizadora Zina Saro-Wiwa lanza la pregunta “¿Cómo se besan l*s african*s?” en su obra “Eaten by The Heart “: aparecen diferentes personas las cuales en su mayoría relatan algo sorprendente para el sentido medio común sobre lo significa querer, besar, la ruptura amorosa, etc. La mayoría de las personas dicen que ellas no se besan, o por lo menos no en público, o incluso que el beso y el besarse es algo no necesariamente significativo para el amor, o para su cultura. Muchas claramente afirman “no nos besamos” o “bueno, mirando alguna película Nigeriana he visto como se besan” o “(en sentido irónico) no somos tan buenos como los europeos, no es parte de nuestra cultura, somos malos besadores” o “ no he visto realmente a africanos besarse, es una pregunta difícil” o “ no me lanzo al beso, necesito una conexión previa”. Ante la pregunta sobre las últimas rupturas amorosas, no siempre y necesariamente se refieren a la pareja romántica, la coreografía repetitiva de la gestualidad, tópicos y tropos sobre las rupturas amorosas en unos cuantos minutos se amplían rotundamente.


Au Naturel. Sarah Lucas.1994.

El amor melancólico, ese que está apegado al recuerdo del Soberano, ese que, Beso a beso, como dice una canción argentina, va killing us softly o como dice Camilo Sesto:

vivir así es morir de amor,

por amor tengo el alma herida,

por amor no quiero mas vida que su vida, ¡melancolía!

Ese amor (misógino, heterosexista, colonial y racializante) que hace una cartografía simplista del cuerpo como ya lo mostraba irónicamente Sara Lucas en su obra Au natural, es el erotismo que hay que olvidar.
Wilde firma la carta a Alfred: “(…)Tu amigo que te quiere.” “Hay que inventar con el cuerpo, con sus elementos, sus superficies, sus volúmenes, sus espesuras, un erotismo no disciplinario: el del cuerpo en estado volátil y difuso, con sus encuentros azarosos y sus placeres incalculables.” decía Foucault.


Por Xara Sacchi
Fuente: Pikara Magazine