mayo 24, 2014

El trabajo de las mujeres y la crisis económica. La respuesta Feminista

¿Cómo sería tu vida si cada día pudieses dedicar cuatro horas al trabajo de cuidados, cuatro al remunerado, cuatro al trabajo en la comunidad y cuatro a la música, la lectura o el deporte? Hace un siglo parecía inalcanzable lograr una jornada de ocho horas, cuarenta semanales, pero las luchas del movimiento obrero hicieron que ese sueño pasase a ser una realidad en parte del mundo. En un momento en el que el neoliberalismo profundiza también en el Norte las situaciones de desigualdad, el feminismo ofrece respuestas para volver a situar a las personas y la vida en el centro.

Las tendencias y la evolución del empleo femenino no coinciden, resulta obvio, en todo el mundo. En América Latina y el Caribe existe en la actualidad una tendencia al alza de las oportunidades de empleo de mujeres y está reduciéndose el índice de trabajadores y trabajadoras pobres. No obstante, las mujeres comparten en todo el mundo índices considerablemente mayores de precariedad, informalidad y desempleo.

Según la Organización Internacional de Trabajo (OIT), más del 60 por ciento de las trabajadoras se encuentran en todo el mundo en empleos informales. Esta cifra excluye el sector de la agricultura, que aumentaría aún más el porcentaje. Al hilo de la liberalización del comercio las mujeres se han convertido en la mano de obra flexible por excelencia en los sectores intensivos y altamente competitivos en la economía global. De esta manera, muchas mujeres centroamericanas o del Sur de Asia se emplean por ejemplo en las maquilas, el eslabón inferior de las cadenas de producción globalizadas para las grandes corporaciones multinacionales. En los países del Norte, las mujeres se concentran en los servicios, con empleos altamente precarios, temporales y a tiempo parcial. Los sectores de actividad feminizados comparten a menudo un bajo prestigio social y salarios reducidos. La brecha salarial de género, que puede llegar en algunos países hasta casi el 40 por ciento, es un hecho irrefutable y un factor que influye fuertemente en la feminización de la pobreza[1]. El trabajo remunerado supone para muchas mujeres, en definitiva, una experiencia liberadora y de autonomía, pero no sin fuertes contradicciones.

En Europa, ahora

En los países europeos afectados por la crisis son las mujeres las que se están llevando la peor parte. El desempleo femenino está creciendo de manera imparable, mientras las condiciones laborales de las que sí tienen un puesto de trabajo se están precarizando cada vez más. En España, la reforma laboral está surtiendo efecto, desprotegiendo aún más a las que ya de por sí partían de posiciones más desfavorecidas. Y es que las políticas neoliberales de recortes no son neutras en términos de género. Tienen un impacto de género claramente negativo, es decir, perjudican aún más a las mujeres que a los hombres. Ello está estrechamente ligado con el hecho de que las mujeres siguen asumiendo prácticamente en exclusiva el trabajo doméstico y de cuidados.

Así lo evidencian claramente las encuestas de uso de tiempo. Las mujeres españolas invierten una media de cuatro horas y siete minutos en actividades relacionadas con la familia y el hogar, mientras que los varones no superan las dos horas diarias[2]. Especialmente preocupante es también el hecho de que las mujeres, por su doble presencia (trabajo no remunerado y empleo a la vez), dispongan de considerablemente menos tiempo libre que los varones.

Esta sobrecarga que están viviendo las mujeres, así como la realización del trabajo de cuidados, central para la vida, se invisibiliza socialmente. Se presupone el “trabajador champiñón” u “hongo de Hobbes”[3], aquel que nace todos los días sin tener que proporcionar cuidados a nadie, sin tener necesidades propias, plenamente disponible para la empresa.

Y en este contexto, al hilo de las políticas neoliberales de recortes, se ponen en tela de juicio los servicios públicos, especialmente aquellos ligados a proporcionar cuidados. El incipiente sistema de dependencia que está siendo desmantelado es ejemplar para ello. ¿Quién volverá a cuidar de las personas mayores y dependientes? No es difícil predecir que serán mujeres, por supuesto de manera no remunerada, con las consecuencias que ello tendrá para el acceso al empleo y el tiempo disponible para lo personal y el ocio, y todo esto bajo la premisa que el trabajo realizado no es socialmente visible ni valorado.

La mercantilización y privatización de la educación, sanidad y dependencia significa además que la calidad del empleo en estos sectores muy feminizados siga deteriorándose. Los recortes neoliberales, desde la reforma laboral al desmantelamiento de los servicios públicos, con la precarización de las condiciones de trabajo, el descenso de los salarios, la destrucción de los escasos servicios de cuidados y el debilitamiento de la protección social, conduce a que cada vez más mujeres se enfrenten a una “pobreza doble”: pobres en términos de recursos económicos y pobres en tiempo disponible.

Crisis de los cuidados y masculinidad hegemónica

Ya estamos acostumbradas a escuchar que la crisis que estamos viviendo no es tan sólo una crisis económica. Sin duda, nos encontramos también ante una crisis ecológica y, en muchas partes de este planeta, ante una crisis alimentaria. Sin embargo, se sigue hablando poco de la crisis de cuidados que describe la quiebra de este modelo en el que los cuidados son asumidos prácticamente en exclusiva por las mujeres mientras que el estado, las empresas y los varones brillan por su ausencia.

Una crisis tan profunda que es capaz de canalizar flujos migratorios masivos en forma de cadenas de cuidados en las que las inmigrantes de países del Sur asumen el trabajo de cuidados que han dejado de proporcionar las mujeres del Norte debido a su incorporación al mercado de trabajo[4].

Una mención especial merece en este contexto el comportamiento de los varones hacia el trabajo de los cuidados, que sigue marcado por grandes resistencias y algunos incipientes y tímidos cambios. Y es que una verdadera transformación de la distribución sexual del trabajo y de las relaciones de género es imposible sin un trabajo intenso por parte de los hombres en superar la “masculinidad hegemónica”, abriendo el camino hacia otros modelos, modelos que a ellos también les pueden resultar libradores[5]. Sin minimizar en absoluto las consecuencias que acarrean las órdenes patriarcales para las mujeres, las experiencias de poder de los varones son contradictorias y en muchos casos alienantes. Su dedicación en exclusiva al trabajo remunerado y su ausencia en las tareas del cuidado les facilita una mayor autonomía económica y social, pero les priva de una existencia plena y de una presencia en las distintas esferas y dimensiones de la vida.

Una respuesta feminista: la perspectiva “cuatro en uno”

Desempleo masivo y creciente, precarización e informalización del empleo, feminización de la pobreza, crisis de los cuidados y sobrecarga de las mujeres: el sistema está haciendo aguas por todas partes. Es un hecho irrebatible la necesidad de una transformación social y económica profunda.

A principios de la actual crisis económica y social, por el año 2008, cuando incluso la derecha europea hablaba de “refundar el capitalismo”, parecía que el momento de convulsión albergaba la posibilidad de poner sobre la mesa temas que durante mucho tiempo habían estado candentes y proponer otro modelo de sociedad, un modelo verdaderamente sostenible, en todas las dimensiones que abarca este término. Sin embargo, las fuerzas políticas y económicas del neoliberalismo tardaron poco tiempo en reponerse e implantar de manera aún más feroz su modelo, presentándolo incluso como única opción.

No cabe duda de que éste es un argumento injustificable y que ahora más que nunca es preciso plantear alternativas a la situación que estamos viviendo. El feminismo tiene mucho que aportar en este contexto, pues ofrece respuestas que vuelven a poner a las personas y la vida en el centro.

Un ejemplo es el modelo “perspectiva 4 en 1” de la feminista alemana Frigga Haug. Busca reconciliar las distintas dimensiones de la vida humana, disolver la jerarquía existente entre ellas, liberar a las mujeres de la carga que supone asumir el trabajo de cuidados en exclusiva y, de esta manera, encaminarnos a una sociedad justa en su conjunto[6].

El movimiento obrero luchó durante más de 100 años por la jornada de 8 horas, algo que al principio parecía inalcanzable. Desde entonces la realidad ha cambiado mucho con la potenciación de las fuerzas productivas del trabajo, la deslocalización del empleo y el paro masivo. Haug propone ante eso un modelo de economía del tiempo radicalmente diferente y profundamente liberador: cuatro horas para el trabajo de cuidados, cuatro horas para el trabajo remunerado, cuatro horas de trabajo político o para la comunidad y cuatro horas de actividades artísticas, deportivas, etc.

Si el trabajo de cuidados forma parte de la vida de todas las personas deja de ser un trabajo desprestigiado de segunda, el tiempo para la participación política posibilita la implicación de las personas en la configuración de la sociedad, la jornada de trabajo remunerado reducida proporciona empleo para todas y todos y el tiempo para sí misma devuelve la autonomía a las personas. De esta manera, la distribución del tiempo según los criterios de la justicia de género permitiría la transformación profunda de la sociedad.

Sin lugar a dudas y parafraseando a Ernst Bloch[7], ante la crisis del capitalismo necesitamos “utopías concretas” que nos marquen el camino. Se ha de poner en cuestión la forma de vida y trabajo de esta sociedad, una tarea que sólo se puede desarrollar de manera colectiva. Es el momento adecuado para un cuestionamiento profundo de los valores capitalistas.

Por Kirsten Lattrich, experta en género.
Ilustración: María José Comendeiro

NOTAS:
Confederación Sindical Internacional (2009): (Des)igualdad de género en el mercado laboral. Visión general de las tendencias y los progresos mundiales, Bruselas.
Instituto Nacional de Estadística, INE (2011): Encuesta de empleo del tiempo 2009-2010,Madrid.
Carrasco, C. et at. (2004): Trabajo con mirada de mujer. Propuesta de una encuesta de población activa no androcéntrica, CES, Madrid. Pérez Orozco, Amaia (2006): “Amenaza tormenta: la crisis de los cuidados y la reorganización del sistema económico”, en Revista de Economía Crítica, nº 5.
López Gil, Silvia; Pérez Orozco, Amaia (2011): Desigualdades a flor de piel: cadenas globales de cuidados. Concreciones en el empleo de hogar y articulaciones políticas, ONU Mujeres, Madrid.
Kaufman, M. (1994): “Men, feminism, and men’s contradictory experiences of power”, en: Brod, H. & ibid., Theorizing masculinities, Thousand Oaks; pág. 142-165.
Haug, Frigga (2011): “Die Vier-in-einem. Perspektive als Leitfaden für die Politik”, en: Das Argument (291), Berlin.
González Pazos, Jesús (2012): “Fascismo social y financiero en Europa”, Rebelión, 25/02/2012.