mayo 29, 2014

Entrevista a Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales 2013. Sonia Montecino: "Las ciencias siempre se concibieron como un espacio y un hacer masculino"

"Una universidad pública y estatal tiene su misión que es promover la diversidad y el pluralismo, a diferencia de una universidad confesional", afirma Sonia Montecino
A 21 años de su participación en la creación del primer Centro Interdisciplinario de Estudios de Género (CIEG), la autora de los libros 'Cocinas mestizas de Chile. La Olla Deleitosa' y 'Madres y Huachos. Alegorías del Mestizaje Chileno' (1992), Dra. Sonia Montecino, repasa parte de su experiencia como académica e investigadora. Lo índigena, el género, la educación pública y la memoria de la dictadura en la universidad son parte de los tópicos abordados en este diálogo con la Vicerrectora de Extensión y Comunicaciones de la U. de Chile (2010-2014).

Formada como antropóloga de la Universidad de Chile, la profesora Sonia Montecino recalca su trabajo no-academicista durante la dictadura chilena: las ONG, el Centro de Estudios de la Mujer (CEM), el Centro de Estudios para el Desarrollo para la Mujer (CEDEM) y en el año 1981 el Programa de la Mujer Campesina Indígena (PEMCI), fueron todos espacios de formación en conexión estrecha con lo colectivo y el terreno en el mundo mapuche y campesino. “Mi primera experiencia de investigadora la hice fuera del ámbito de las universidades”, afirma la primera antropóloga que recibe el Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales (2013), reconocimiento entregado por el Ministerio de Educación a las voces intelectuales con mayor relevancia social y académica de Chile.

¿Se define como feminista y mujer?

A mí me cuesta hablar de definiciones, porque la verdad es que tengo muchas identidades, mi vida y mi desarrollo como sujeto han estado justamente en los cruces. Soy antropóloga, pero también escritora y de repente soy historiadora y cocinera y otras veces soy política, soy profesora. Todas estas cosas entran dentro de la multiplicidad que todos(as) portamos y que a mí me gusta cultivar: la propia diversidad en una misma. También pertenezco a una clase, pertenezco a una generación, pero a la vez me distancio de esa generación en muchas cosas. Creo que todos los sujetos somos ese conglomerado, y yo he intentado que esa multiplicidad se revierta en mi trabajo, no obstante los riesgos que conlleva, sobre todo cuando se trata de las miradas positivistas a las ciencias sociales.

¿Cuál es la relación que ve usted entre género y feminismo?

Siempre ha habido una relación, cuando tú analizas el desarrollo histórico te das cuenta que siempre ha habido momentos de conflicto entre los estudios de género y el feminismo, sin embargo los vasos comunicantes siempre han existido porque o el feminismo ha respondido, ha releído o ha retomado muchos temas de los Estudios de Género, y asimismo éstos han debido incluir dentro de sus reflexiones teóricas lo que está planteando el feminismo, por eso nunca no ha ido separada la acción feminista de la praxis intelectual de los Estudios de Género. Para mí siempre ha sido una historia de procesos que van unidos, con momentos en que se estrechan las posiciones y otros que no. Pero es un vínculo ineludible.

Universidad Pública

En Chile actualmente hay una discusión sobre qué entendemos por Universidad Pública y no es menor que cuando se piensa en la educación pública solo en algunas pocas de estas casas de estudio existan centros de investigación con perspectiva de género ¿En los estudios de género hay un aporte socio-cutural que permite revelar lo que significa ser una universidad pública?

Absolutamente. Una universidad pública y estatal tiene su misión que es promover la diversidad y el pluralismo, a diferencia de una universidad confesional o una universidad que tiene orientaciones económicas y de lucro muy claras. Cuando hablamos de lo plural estamos diciendo que pueden entrar y tienen cabida las distintas opciones de pensamiento de la sociedad, y entonces obviamente eso ocurre en las universidades públicas.

¿Cuál es su visión panorámica sobre la situación de las académicas e investigadoras mujeres en Chile?

La entrada de las mujeres al mundo académico estuvo rezagada respecto a los hombres, porque las ciencias siempre se concibieron como un espacio masculino y como un hacer masculino. Por otro lado, cuando se produjo la inserción femenina en la academia, todo lo relacionado con la maternidad, la gestación, la doble jornada, todas esas realidades de las mujeres no fueron (y no son) consideradas, y es como si hubieran entrado sin género, neutras a la educación. Sin embargo esa neutralidad no existe y lo sabemos. Por otra parte, las estructuras desiguales de la sociedad se reproducen en la institución, porque como es obvio la universidad forma parte de ella. Entonces cuando se insertan las mujeres, lo hacen en las peores de las condiciones. Es un hecho verificable que las mujeres profesoras ganan menos que sus colegas, ¿por qué? Por varios motivos, uno de ellos es que las mujeres no sabemos negociar, no estamos acostumbradas a negociar.Hemos sido sujetos sociales desvalorizados por mucho tiempo y nos cuesta superar esa devaluación; eso se comprende cuando observas y develas el plano de las subjetividades. El mundo académico es jerárquico y supone una carrera que implica grandes desafíos para las mujeres, sobre todo cuando no se producen en las instituciones “políticas del reconocer” y las desvalorizaciones están a flor de piel, en el día a día, en el “cuerpo a cuerpo” con la academia.

¿Hay machismo en la universidad?

Sí, como en la propia sociedad. Muchas veces se sienten agredidos los colegas cuando se habla de machismo, pero no se trata de que los estés culpando, sino que tiene relación con una condición cultural que si no es elaborada, si no es pensada, no se hace consciente. Y no solo hay un machismo acendrado tradicional en los colegas de generaciones mayores, hay también un neo-machismo de los hombres jóvenes, de los que aparentemente están en lo “políticamente correcto”, pero cuyas prácticas lo desmienten y en determinados tipos de circunstancias, si hay que cortarles las alas a las mujeres se las cortan ¡Eso lo he visto frecuentemente¡. Estoy convencida que nos haría muy bien hablar sobre esto en la universidad, porque es el espacio donde se pueden elaborar estas reflexiones y diseminarlas a la sociedad. El estudio que realizamos con la Oficina de Igualdad de Oportunidades de Género coloca una oportunidad única para que nuestra universidad pública y estatal sea vanguardia en estos temas.

La Memoria oscura de la Universidad

En uno de tus últimos libros, “Las huellas de un acecho” (2013), ingresas a cuestionar ciertas estructuras de la memoria de la universidad, especialmente las correspondientes al momento no narrado de la intervención militar durante la dictadura de Pinochet.

¿Cómo encaramos el golpe de Estado? ¿Cómo encaramos la intervención militar, esa historia dura de enfrentar? Esa fue la pregunta que nos hicimos en las dos ediciones de la Revista Anales, Murmullos de la memoria I y II, al querer conmemorar los 40 años del golpe. De allí es que nació la idea de comenzar a investigar más seriamente en ese momento del devenir institucional, entonces comenzamos a estructurar “Huellas de un Acecho”. Detectamos, cuando quisimos avanzar en la historia oral, que la gente no quería hablar, no querían grabadoras, en fin, no todos estaban dispuestos a narrar esa historia. Y nos dimos cuenta que todavía existe miedo. Entonces decidimos buscar y encontrar los famosos sumarios, de los cuales muchos hablaban, que se habían efectuado en la Universidad de Chile, y ahí empezó la búsqueda. Dimos con los sumarios, gracias al Director Jurídico de nuestra Universidad, que nos orientó a pesquisar en la bodega de unos de los patios de la Casa Central: allí estaba la historia más oscura y siniestra. La respuesta a esta edición especial de Anales fue la mudez, y el silencio dice muchas cosas, porque tampoco hubo críticas abiertas: puede tratarse de la indiferencia o de un develar cosas que nadie quiere recordar. Me parece interesante notar que este trabajo lo realizamos primero con Alejandra Araya, Directora del Archivo Central Andrés Bello, y luego con la profesora María Elena Acuña, Directora de Extensión de la VEX, y en el caso de Huellas de un Acecho con la colaboración ensayística y testimonial de varios prestigiosos profesores de la universidad. Llamo la atención sobre la condición de género, toda vez que los modos de encarar la investigación supuso varias rupturas, abrir heridas y restañarlas en la medida de sacar a luz lo que muchos(as) habían sido sentido como una deuda de la Universidad.

¿Qué escena te marcó más en este proceso de investigación?

Yo creo que la escena más poderosa -porque es la más simbólica- es la de descender a esa bodega, porque era como un descenso a los infiernos, allí se condensaban todas esas imágenes míticas mapuches de la entrada a las cuevas donde está el mal; el mal siempre está en la oscuridad. Pero, al mismo tiempo esa bodega funciona como una entraña institucional, pues está situada en la Casa Central, en uno de sus patios emblemáticos. En el momento mismo que encontramos los sumarios, empezamos a leerlos en medio de las penumbras y era impactante pues cuando te contactas con los documentos, con sus materialidades, sientes de algún modo a los sujetos que firmaron, que estamparon sus timbres, a los que denunciaron, a los que enjuiciaron.

21 años: Primer Centro Interdisciplinario de Estudios de Género 

Este año 2014 se celebra el aniversario número 21 del Centro Interdisciplinario de Estudios de Género (CIEG) ¿Cómo ves el pasar de estas dos décadas, el desarrollo de estas investigaciones y su rol en la democracia y la Universidad?

Los 21 años nos tocan con varios contextos históricos importantes. Nace en el año 1993 el primer Programa Interdisciplinario de Estudios de Género (PIEG) en un momento de regreso a la democracia, sin embargo no fue tan fácil su instalación, porque eran temáticas que no estaban ni siquiera consideradas dentro del ámbito de las disciplinas o de la “ciencias” que se impartían. Surgió entonces la pregunta: ¿cómo construías epistemológicamente un campo de estudios que tenía que legitimarse? Por otra parte también estaba el asunto de la legitimidad de las propias académicas que formábamos parte de esa iniciativa.

¿Cómo observas el contexto social y político actual donde se desenvuelve el “género”?

El momento histórico-político actual me parece notable porque por segunda vez Chile tiene una presidenta mujer y, en donde, nuevamente las materias ligadas a los Estudios de Género y las luchas de los movimientos feministas y de otras diferencias empiezan a cobrar un sentido de mayor reflexión y fuerza, mucho más que el que tuvieron en años anteriores. Sobre todo en el gobierno de Sebastián Piñera donde hubo una baja notable respecto a cómo el propio Estado tocaba estas materias. Entonces eso hace pensar en nuestras dos décadas de asentamiento del campo disciplinario de los Estudios de Género en la Universidad de Chile. Lo temporal es relevante porque muchos(as) pensaron que lo que hacíamos era una moda: “llegaba la moda de los Estudios de Género”.

¿Se hablaba de eso?

Sí, y por cierto esperando que se “pasara la moda”.

Y no se pasó…

No se pasó, y no se va a pasar durante muchos años (risas). Hasta que no logremos un horizonte social de mayores igualdades va ser difícil que los Estudios de Género “desaparezcan”. Pero, por otra parte, y eso es un balance desde ahora; solamente en esta Universidad fue posible construir esta solidez, pues es en la Universidad de Chile donde efectivamente la pluralidad y la diversidad no son un discurso.

Fue uno de los primeros centros interdisciplinarios

Sí, fue el primer Centro del país. Nosotras nos sentimos tributarias de los aportes de Julieta Kirkwood, ella hacía cursos en la década del 80 y ella recalcaba siempre lo importante del lenguaje, es decir que no basta que quieras hacer una subversión al mundo patriarcal desde lo político o desde lo económico ¿Cómo lo haces desde el punto de vista simbólico? Ahí está la escritura y ella nos decía ¡escriban¡. Hay que resaltar que la Universidad de Concepción jugó al comienzo un papel, desde un enfoque de “la mujer”, y en el ámbito de la literatura, con ellas estábamos muy conectadas, íbamos como profesoras visitantes, pero evidentemente no eran las mismas condiciones de que gozábamos nosotras. También los propios estudiantes de muchas universidades regionales nos pedían talleres y charlas. Durante un tiempo existió una red de Estudios de la Mujer y de Género en Chile y América Latina de la cual fuimos las coordinadoras, allí se sembró para que en La Serena, en la Universidad de Tarapacá, la de Concepción y otras se instalaran programas. El corolario es que la Universidad de Chile este 2014 hemos llegado a tener una Oficina de Igualdad de Género, algo inédito y pionero en el ámbito de las universidades chilenas.

De hecho, hay toda una polémica respecto a que la palabra de género, por ejemplo, en los años noventa sonaba como algo peligroso.

Si, totalmente, si por algo el SERNAM se llama Servicio Nacional de la Mujer y no se llama Servicio Nacional de Género, porque obviamente el concepto género viene a irrumpir en el modo de concebir la construcción de los sujetos, como sujetos plurales, como sujetos múltiples. Entonces, la sola idea de que lo masculino y lo femenino se construye socialmente, era explosivo. Por otra parte, en la universidad hubiera sido menos difícil la legitimidad si nosotras nos hubiéramos llamado Programa de La Mujer, porque claro, las “mujeres” es algo mucho menos revoltoso y menos inquietante que “género”.

Por Cristian Cabello. 
Periodista, Unidad de Comunicaciones FACSO.