mayo 24, 2014

Mujer, empleo y trabajo


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La crisis tiene consecuencias distintas para hombres y mujeres, a todos los niveles y derivados de múltiples causas

La crisis tiene consecuencias distintas para hombres y mujeres, a todos los niveles y derivados de múltiples causas. La pérdida generalizada de empleo o los recortes en el gasto público, sobre todo en aquellos servicios que dejan de nuevo la carga de trabajo no remunerado en manos de las familias, principalmente en las de las mujeres, hace que éstas tengan una mayor dificultad de acceso al empleo en igualdad de oportunidades y condiciones que los hombres, dificultad no pequeña incluso en épocas de bonanza. Todo ello, añadido a otros factores sociales y culturales, hace que las mujeres se encuentren en situación de mayor vulnerabilidad que los hombres y que, en un mayor porcentaje, caigan en situaciones de pobreza o exclusión social.

¿Por qué las mujeres acceden a puestos de peor calidad o reconocimiento social? ¿Qué factores desatan el desempleo y aumentan la vulnerabilidad de las mujeres? ¿Cómo afecta a las mujeres la no aplicación de leyes como la Ley española de la Dependencia, que hace que muchas mujeres tengan que dejar de trabajar para cuidar a sus menores o sus personas mayores?

El hecho de trabajar en una organización de la iniciativa social, como es Cruz Roja Española, nos concede una perspectiva de análisis muy pegada al terreno que nos permite analizar procesos casi desde sus orígenes y anticipar tendencias antes de que éstas se evidencien socialmente. Y esto es lo que nos ha sucedido con la dimensión diferencial que tiene el impacto de la crisis en la vida de las mujeres, tanto en el plano laboral como personal y familiar.

Cruz Roja Española trabaja con personas en situación de vulnerabilidad. Entre la población que atendemos, el desempleo alcanza al 66% de quienes están en edad de trabajar, un 51,73% experimentan paro de larga duración, y -entre quienes tienen empleo- un 80% son personas trabajadoras pobres. Los porcentajes de mujeres en situación de vulnerabilidad debida al empleo y a la crisis son más elevados que los de los varones, poniendo en evidencia una clara diferencia entre ambos sexos. ¿Qué motivos podemos encontrar para ello?

En primer lugar, las crisis siempre afectan más a quienes están en una posición más frágil:

El punto de partida ya era desigual entre hombres y mujeres antes de la crisis, ya que las mujeres tenían menores tasas de actividad, mayores tasas de desempleo, condiciones laborales más precarias (salarios más bajos, mayor temporalidad y presencia en empleos a tiempo parcial), menos oportunidades de promoción, sobre-representación en sectores con menor reconocimiento social, etc. Esto ya suponía un empobrecimiento presente y futuro, debido al menor poder adquisitivo y a las menores prestaciones en el futuro, y colocaba a las mujeres en una situación de desventaja para afrontar el impacto de la crisis marcada por un empeoramiento del mercado laboral y por el impacto de las políticas de austeridad, que han obligado a recortar gasto público en aquellos servicios que facilitaban el acceso al empleo de la mujer, como por ejemplo la anteriormente mencionada Ley de la Dependencia en España.

Si hablamos de las personas que tradicionalmente han participado en los programas de las entidades sociales, como las mujeres inmigrantes, las mujeres mayores, las que son cabeza de familias monomarentales o numerosas, etc., podemos observar cómo, además, las desventajas a nivel formativo, laboral, de protección, etc., acentúan los riesgos. La baja cualificación dificulta el acceso al empleo y, cuando éste se consigue, suele ser en condiciones precarias y, cuando se pierde, suele generar una menor cobertura. Además, las mujeres mayores cobran pensiones más bajas que los hombres, siendo en su mayoría no contributivas, fruto de la trayectoria laboral escasa o interrumpida a las que les ha abocado su condición femenina.

En segundo lugar, la crisis -todas las crisis- no hacen sino agravar situaciones preexistentes y suponen un claro riesgo de retroceso en los avances conseguidos en la igualdad:

Los primeros análisis sobre el impacto de la crisis subrayaban una destrucción de empleo en ámbitos tradicionalmente masculinos -construcción, industria, sector automovilístico, etc.-, y configuraron rápidamente, en el imaginario colectivo, un retrato masculinizado de los riesgos de pobreza y exclusión derivados del paro y de la crisis. No obstante, poco a poco, el crecimiento continuado del desempleo en sectores como los servicios sociales, la sanidad, la educación, etc., así como las políticas de austeridad, con una fuerte incidencia en el sector público, fueron feminizando las consecuencias de la crisis, ya que los recortes en empleo público y en políticas de protección social y sanitaria afectaron, y siguen afectando, a las mujeres en un doble sentido: en primer lugar, porque se trata de sectores con mayor presencia de mujeres y, en segundo lugar, por su papel de cuidadoras, en la más amplia acepción de la palabra. Y es fácil entender que la disminución de la intensidad de la protección en temas como la dependencia o en otros como las becas escolares, de comedor, etc., hipotecan la situación de muchas mujeres por el papel que juegan las familias en la contención de los efectos de la crisis. Y esto, independientemente de otros factores sociales y culturales, así como de otras circunstancias económicas, podría ser válido tanto para España como para otros países dentro y fuera de la Unión Europea.

En tercer lugar, hay que tener en cuenta el papel que juegan las familias en la crisis y el papel que juegan las mujeres en las familias:

La familia absorbe una parte muy importante del impacto de la crisis, tanto a nivel económico como emocional. Entre las personas que carecen de ingresos atendidas por Cruz Roja, los porcentajes de quienes recurren a la familia son elevados, y cada vez aumenta más el porcentaje de quienes se reagrupan en casa de familiares, especialmente personas mayores -en su mayoría mujeres- en una tendencia ascendente de reconfiguración de los hogares. Cerca del 40% recibe apoyo para el pago de gastos relacionados con la vivienda, más del 33% recurre a la familia para poder comer, siendo también la familia la principal fuente de ayuda para afrontar gastos de vestido, calzado, aseo, transporte, etc.

La división sexual del trabajo ha hecho descansar tradicionalmente el cuidado y el ámbito doméstico en la mujer, y el contexto de crisis presiona para aumentar esta carga. Algunas de las claves de este sesgo estriban en un uso diferente del tiempo debido a la falta de corresponsabilidad en materia de conciliación por parte de las empresas, las administraciones y el ámbito familiar, que suponen mayores hándicaps para el desarrollo personal y profesional de las mujeres.

El hecho de que las personas mayores sean la principal fuente de ayuda también tiene una vertiente femenina, ya que las mujeres viven más años y son mayoría entre quienes cobran pensiones no contributivas.

Por otra parte, y según las personas expertas, el primer efecto de la reconfiguración de los hogares, antes mencionada, será un desplome de la natalidad, ya que no se darán las condiciones favorables para ser madres. Por ejemplo, es previsible que, en 2018, el porcentaje de mujeres en España de 18 a 34 años que no se haya independizado residencialmente se situará casi diez puntos por encima de la media de la Unión Europea. Estas mujeres, además, se verán directamente afectadas por la reducción de las políticas sociales para la dependencia, lo que agudizará la feminización de los cuidados y el no acceso de las mujeres al trabajo remunerado fuera del hogar.

Para concluir, queremos subrayar el grave efecto del retroceso de las políticas de igualdad en la vulnerabilidad social y personal de las mujeres y, por ende, en sus mayores posibilidades de sufrir la pobreza o la exclusión social, y la necesidad, mayor que nunca, de dotar de perspectiva de género a todas las políticas, desde las relacionadas con el empleo hasta las que se vinculan a la protección social, así como promover la corresponsabilidad desde todos los ámbitos. El peligro de las crisis es no conceder a la desigualdad y a su agravamiento la importancia que tiene, así como el de invisibilizar las realidades específicas que viven las mujeres, ya que esto comporta no intervenir y el resultado es el retroceso en décadas sobre los avances conseguidos.


Por Susana Gende Feely y Goretti Urrutia Ayerdi, son psicólogas y trabajan en la Oficina Central de Cruz Roja Española en programas sociales, de empleo y de investigación.
Fuente: Con la A