mayo 04, 2014

Mujeres de la frontera


Son jefas de hogar y hacen cada día un trabajo de hormiga para pasar mercadería por la frontera entre la Argentina y el Paraguay. No tienen reconocimiento legal ni sindical, trabajan al rayo del sol y muchas veces han sido corridas y discriminadas por su economía informal y su comercio de tortuga, pero la actividad que realizan sostiene el tráfico transfronterizo y es vital para ambos países. Sus historias son tramas que se tejen tan férreas como sus polleras y sus peinados tirantes. Ellas son las paseras, mujeres que van y vienen con artículos de primera mano para el bolsillo y la cartera de la dama y el caballero.

Desde Posadas, Misiones

Vivir en la frontera es crecer con la hermandad del país vecino. Ayudándonos a subsistir con lo que tiene un país y el otro. Pero también compartir un mismo río, cruce, clima y todo el color local que lejos está de la crispación con que tantas veces resuena en lo que significa ser de un país limítrofe. Aquí en Posadas el puente internacional San Roque González de Santa Cruz se carga por día con colas kilométricas debido a las 22 mil personas que lo cruzan (es el cruce fronterizo de mayor tráfico para la Argentina y el segundo para el Paraguay). Lo hacen por diferentes variantes: trabajo, comida, estudio, atención médica y demás. Pero hay un tipo de “pase” de mercaderías varias que lo hacen mujeres argentinas y paraguayas, casi todas jefas de hogar, conocidas por todo el mundo como las paseras.

“Inicialmente, las paseras cruzaban en lanchas con alimentos de sus propias chacras para comercializarlos en Posadas. Dicho fenómeno, que en esta ciudad pasa casi inadvertido, tiene que ver con los orígenes, ya que Posadas fue un asentamiento urbano sin una población rural cercana. Luego este tráfico del Paraguay hacia la Argentina queda instalado como abastecimiento pero con cambios, es decir, perfilando qué se permite cruzar. En cuanto a la mano de obra de este oficio, desde sus inicios siempre se sostuvo que las que iban y venían con mercaderías fueran mujeres con una economía de escala muy pequeña”, cuenta Lidia Schiavoni, licenciada en Antropología Social de la Universidad Nacional de Misiones, magister scientiae en Metodología de la Investigación Científica y Técnica de la Universidad Nacional de Entre Ríos, que además investigó a las paseras como pequeñas comerciantes de frontera y sus vínculos con los puesteros del Mercado La Placita en Posadas.

A lo largo de su historia, estas mujeres enfundadas en polleras largas, vestidos sueltos y peinados tirantes para paliar el calor sufrieron diferentes maltratos en lo que tiene que ver con su territorio de trabajo: la calle, espacio anónimo de circulación, de paso, casi un no lugar, pero para ellas peculiar en el desarrollo de sus actividades. Es por eso que la lucha por su espacio fue una constante a lo largo de su historia, la que va más allá de 1883 y alcanza nuestros días. La historia señala que en sus inicios llegaban en lancha al puerto posadeño y con algunas mantas improvisaban una feria que se llamó La Placita o nañemó que en guaraní significa “comerciar”. Allí vendían frutas, verduras, yuyos medicinales, carne, pollo y demás productos paraguayos. Hacia 1934, la municipalidad de Posadas decidió construir la llamada Feria del Norte con la impronta de poner orden, control y limpieza en el abastecimiento que generaban las paseras, ya que ellas eran ejemplo de malas costumbres, desorden y falta de higiene. “En realidad, las autoridades querían ocultar que la actividad de las paseras cubría la falta de abastecimiento de la ciudad en determinados rubros así como también ofrecían precios más accesibles que los de los comercios formales de Posadas. Por estos precios y por ese abastecimiento a parte de la población posadeña, la municipalidad podía limitar y circunscribir a las paseras a ciertos circuitos, pero no podía prescindir de ellas, no podían prohibirlas, no podían ‘eliminar’ la actividad. Pero sobre todo, no podían, ni pueden, desarmar el Mercado Modelo, o el nuevo mercado, La Placita del Puente, ya que ellos fueron los que protegían a Posadas de la dispersión de las paseras por la ciudad”.

Fue así como las paseras tuvieron que reacomodar su rutina y comercializar sus productos en La Placita, donde además solían preparar platos de comidas de ambas nacionalidades. Hasta que en 1955 el mercado se clausuró por órdenes del interventor comunal Cayetano Castelli. Sin embargo, años más tarde, el nuevo plan urbanístico de la Ciudad de Posadas pactó un nuevo edificio para la legendaria Placita, ya patrimonio histórico para los lugareños, y levantaron el Mercado Modelo, de 3500 metros cuadrados, con alrededor de 296 puestos de venta. Según Dolores Linares, doctora en Ciencias Sociales, quien investigó la integración regional entre fronteras y las identidades en tensión: “Ese espacio, una marca registrada territorial para ellas y para los posadeños, sigue siendo el punto de encuentro donde se juntan quienes poseen y no poseen un puesto allí para armar el itinerario de día, compras, ventas, faltantes y demás estrategias que las paseras cotidianamente llevan a cabo”.
De unas a otras

Todas estas mujeres que apenas saben leer y escribir pero que sin embargo manejan el español y el guaraní de la misma manera que la doble economía que les toca manejar para sus ventas, aprendieron dicho oficio en sus casas, con sus madres, compañeras de familias u otras mujeres con parentesco. Susurran con cuidado y sin ánimo de denuncia su relato de vida en el que se repite el deseo de ser valorizadas como trabajadoras legales, luchadoras. “Nosotras somos mujeres trabajadoras, no somos bandidas, no traemos nada prohibido”, suena en boca de una de ellas como un eco envolvente en el medio del centro de la ciudad, porque si bien el Mercosur fomenta la libre circulación de los factores de producción, estas trabajadoras de ambos países, llevando y trayendo lo que el cliente necesita y conviene, aún no logran tener sus básicos derechos laborales, es decir un marco legal en donde encuadrar su mano de obra y menos aún una economía que se sostenga en su cotidianidad.

La rutina de Lorenza, pasera desde hace 40 años, arranca a las cuatro de la mañana para a las siete estar improvisando su puesto de venta por la calle Sarmiento, a pocas cuadras de La Placita y del centro de Posadas. Ya son las 13 y el calor raja la tierra, sin embargo Lorenza junto a sus compañeras no aflojan a la hora de la siesta, paran apenas para comer y si no derecho viejo a fuerza de tereré de agua y otras yerbas. En su puesto callejero pocas cosas son las que vende: maní, rapadura, alguna que otra yerba medicinal, pañuelos para el cuello o la cabeza, bananas, calcomanías para la gurisada, mamones, porotos y harina de maíz. “Cuando comencé este oficio era lindo, se vendía más, podíamos mantener a nuestra familia, nuestros hijos iban a la escuela, comprábamos zapatos y guardapolvos argentinos y hasta pudimos construir nuestras casas. Ahora ganamos poco, la venta bajó en ambos países para nosotras, pero gracias a Dios los aduaneros argentinos aún nos dejan seguir pasando nuestras mercaderías para comercializarlas en Posadas. Lamentablemente éste es el único oficio que puedo seguir haciendo, siempre me gustó trabajar, tener mi plata. Antes también limpiaba casas, intercalaba el pase con la limpieza pero ya el cuerpo no da más... si por mí fuera, seguiría de largo porque me gusta servir ¿pero quién atiende a mi gurisada? Soy madre y padre de doce hijos, solamente nueve vivos, y ahora, además, cuatro nietos.”

Así como Lorenza se ubica a pocas cuadras de La Placita y a unas diez del centro de la ciudad, el resto de las paseras también tiene diferentes puntos ubicables en la ciudad de Posadas. Fuera del legendario Mercado Modelo, que queda a cuadras del viejo puerto, en el centro de la ciudad, más precisamente en la puerta del correo central, donde un puñado de empleados públicos suelen ser sus compradores, algunas de ellas se encuentran frente a supermercados de marcas locales. Como remate, el segundo mercado modelo, La Placita del Puente, a pocas cuadras del Puente Internacional San Roque González de Santa Cruz, porque aquellas que caminaban por los diferentes barrios posadeños con sus canastas tocando timbres de casa en casa ya se encuentran en extinción.

En la actualidad, con las modificaciones de la economía argentina y por las restricciones del Senasa muchas paseras que siguen ofreciendo alimentos se proveen de frutas y verduras en el Mercado Central de Posadas. El itinerario es el mismo: al alba al Mercado Central a comprar lo que se sabe que los y las posadeñas necesitan, vuelta a organizar y a repartir los kilos de diferentes alimentos con las demás compañeras. Diana Arellano, antropóloga social, directora del proyecto de investigación Transfrontera Sur. Estrategias Binacionales Transfronterizas Posadas-Encarnación, de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Misiones, sostiene que “como todo comercio informal, a pesar de su apariencia azarosa, se realiza en redes transfronterizas de paseras y compradores más o menos estables que generan el ‘pase a pedido’ de distintos productos, según convenga adquirirlos a uno u otro lado de la frontera. De este modo, las paseras actuales traen productos paraguayos que sus clientes posadeños les encargan (indumentaria, calzado, artículos escolares, de deportes, además de los tradicionales) y, en el mismo viaje, adquieren en Posadas los productos que sus clientes encarnacenos les solicitan e incluso productos para su consumo propio, realizando el ‘servicio informal de pase’ en ambos sentidos. Los productos que adquieren en Posadas para su venta transfronteriza en Encarnación son aquellos que les dejen mayor margen o cuya diferencia de precios entre una y otra orilla los haga convenientes. Entre ellos, los productos de limpieza e higiene personal argentinos son de una calidad superior y de menor precio que en el Paraguay, los aceites comestibles, cemento y combustible, por el precio subsidiado en la Argentina. Es decir aquella vieja pasera se transformó: hoy, muchas de ellas son mujeres urbanas de mediana edad que complementan sus ingresos con este oficio, algunas de ellas incluso son estudiantes o empleadas que comercializan productos electrónicos, sobre todo celulares, tarjetas de memoria, pendrives, porque el control aduanero no se realiza sobre el cuerpo o los bolsos de mano, de modo que pueden cruzar este tipo de productos de pequeño porte sin declararlos”.

Sobre su calidad de vida y economía personal, ¿quién, si no es por una extrema necesidad económica, hace colas kilométricas para pasar de un país a otro? ¿Cuántxs son capaces de soportar el peso del estigma social, los calores galopantes, el rechazo de su mercadería, muchas veces a concesión, sino es por falta de oportunidades? Estas son economías de supervivencia y que tienen para ellas la estrategia de vida en donde se busca el mejor precio, y cuanta más diferencia y calidad exista a uno y otro lado de la frontera es motivo de orgullo, de jactancia personal.

“El contexto adverso, lejos de eliminar el comercio informal transfronterizo, lo dinamiza y especializa dando lugar a formas alternativas y combinadas que se crean y recrean con una enorme plasticidad. En la actualidad, las paseras desarrollan una economía mixta que combina varias fuentes de ingresos, cruzando mercadería en ambos sentidos del flujo Posadas-Encarnación y empleándose en el servicio doméstico. Se produce, además, una reconversión permanente del tipo de productos que comercializan de este modo, adecuación que se presenta como respuesta directa a cada una de las medidas políticas y económicas que los gobiernos de ambos países toman en cada coyuntura. Hay épocas en las que el control fronterizo se endurece de tal forma que las paseras no pueden pasar casi nada o nada. En octubre y noviembre de 2013, el puente se cerró por órdenes nacionales del Paraguay para proteger su economía en la frontera de la penetración de productos argentinos de menor precio, porque ante la depreciación del peso, son los paraguayos los que compran en la Argentina. Ese mes las paseras cortaron el puente y se manifestaron decididamente a favor del libre comercio transfronterizo al menudeo y del reconocimiento de su labor como un ‘trabajo legal y decente’, pidiendo incluso el derecho a sindicalizarse. En efecto, las paseras paraguayas iniciaron una fuerte organización que, en su lucha para convertirse en sindicato, fueron recibidas por el presidente de la República del Paraguay, Horacio Cartes, quien se comprometió a reconocer su trabajo”, señala Carla Cossi, antropóloga social, becaria doctoral Cedit Conicet, de la Universidad Nacional de Misiones. Pero de momento dicha labor sigue siendo ilegal.

Los laberintos de las fronteras –muchas veces con justa razón criminalizados– son infinitos y con grietas que dan aire para nuevos proyectos y oportunidades. En este sentido, las paseras generan un dinamismo laboral y económico que injustamente siguen permaneciendo fuera del sistema de ambos países. Por ese motivo y por la razón de que miles de lugareños sienten a la frontera como parte de su cotidianidad, la Universidad Nacional de Misiones (UNAM) trabaja por la necesidad de pensar el territorio como una conurbación binacional transfronteriza, para dinamizar los flujos transfronterizos de sus lugareños. Es con esta impronta que desde 2011 se creó un consorcio que se llama Red de Universidades de la Triple Frontera, en el marco de las políticas de internacionalización de la educación superior de los países de la región, el que se propone contribuir al análisis y la legalización de las actividades lícitas de los ciudadanos de frontera, como por ejemplo el de las paseras, atendiendo a las necesidades específicas de tan particular contexto. Sin leyes locales fronterizas, la hermandad que arenga las políticas del Mercosur lamentablemente se cristaliza empañando lo que la Patria Grande ganó.

Por Irupé Tentorio
Fuente: Página/12