mayo 25, 2014

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Eufrosina Cruz, nacida en Santa María Quiegolani (Oaxaca, México), es una de las voces más representativas de la resistencia indígena. Comenzó una incesante lucha al huir de su casa siendo niña para poder estudiar, ya que la escolaridad para las mujeres de su comunidad era una excepción. Su objetivo era llegar a ocupar los espacios de poder para visibilizar el papel de la mujer indígena. Fue elegida diputada local en 2010 y actualmente es presidenta del Congreso de Oaxaca.

¿Cómo se plantea la lucha de las mujeres indígenas en el Estado de Oaxaca?

Mi estado tiene 570 municipios de los cuáles 418 se rigen bajo el llamado sistema de ‘usos y costumbres’, al que yo a veces he llamado ‘abusos y costumbres’. El ser mujer indígena en estos entornos, unido con la pobreza y la marginación, es más complicado porque no naces con tu libertad, tienes que arrebatarla. Y no es responsabilidad de ni de tu mamá ni de tu papá. En mi caso mis padres no saben leer ni escribir, mi lengua materna no es ésta que aprendí y con la que me comunico con ustedes, es el zapoteco que pertenece a una de las 62 etnias. Y por lo pronto, todo se vuelve más complicado cuando en tu entorno no hay luz, no hay carreteras. ¿Con quién te vas a comunicar? ¿Cómo puedes saber qué hay en el exterior? Así pues, aceptas lo que sucede en ese contexto porque crees que es lo que tiene que ser. Te educan para casarte, y para repetir la misma historia de tu madre, de tu hermana, que a los 13 años se convierten en mamás. A los 30 años ya tienen 9 o 10 hijos. Y si no huyes y rompes con eso y arrebatas tus derechos a la propia sociedad, que cree que es lo que mereces como mujer indígena, entonces acabas siguiendo las concepciones normales dentro de tu propio entorno.

Sobre los llamados usos y costumbres, a los que alude llamándolos abusos y costumbres, ¿de qué manera son cuestionados por su comunidad?, ¿cómo está cambiando la conciencia dentro de la sociedad?

Mujeres como mi madre, o mi hermana, muchas veces ni siquiera cuestionaban los usos y costumbres porque es lo que han vivido, es el patrón que se repite. Pero las que hemos tenido la oportunidad de huir de ello y conocer otras cosas, conocemos que las niñas pueden ir a jugar en la cancha del pueblo, que pueden sentarse en un pupitre, pueden leer un libro y tomar sus propias decisiones. Por lo tanto, cuando conoces esto te vuelves un problema en tu propia comunidad porque rompes con ese uso y costumbre que se cree que es lo que se debe seguir haciendo para siempre, cuando empiezas a ir a jugar a la cancha del pueblo con otros hombres eres casi la rebelde y la loca. Y cuando regresas a tu comunidad con cierta conciencia de libertad rompes con las normas y te vuelves un problema también para tu propia familia. Ya no haces lo que te dicen tus papás, que es hacer la tortilla y traer el leño. Pero también empiezas a generar esa conciencia con otras niñas y jóvenes, y en tu propia familia. Cuando empiezas a platicar con ellos sobre lo que has conocido fuera de la comunidad empiezan a interesarse, y empiezas a construir alianzas con los jóvenes. Por eso, para cambiar el abuso y costumbre de nuestra sociedad o de otras, es en los jóvenes donde hay que enfocarlo. Ellos son los agentes de cambio de hoy, no del futuro como dicen. Es ahora cuando pueden ayudarnos a cambiar el entorno de sus familias.

¿Cuáles son las dificultades para ejercer un puente entre la lucha para abordar la igualdad de género dentro de la comunidad a la vez que se transmite el respeto por la cultura indígena de cara al resto de las sociedades?

La igualdad no debería contraponerse a los usos y costumbres, pero a los verdaderos, a los que no violentan los derechos humanos. Para mí, mi uso y costumbre dentro de nuestra comunidad es la fiesta, la música, la vestimenta, nuestra lengua. Es lo que me hace sentirme orgullosa de ser indígena. Pero no la violación de derechos humanos, ni la detención del desarrollo de nuestras comunidades, porque también nuestros entornos merecen educación, salud, servicios de calidad. Y que el resto de la sociedad te mire de pies a cabeza porque parece que ser mujer y ser indígena es ser museos andantes; eso no me interesa. No quiero que vean cuán bonito es, quiero que nos ayuden a generar cambios de conciencia y salgamos de las estadísticas de pobreza y marginación porque eso significa también indígena: pobreza y marginación. Y ser mujer peor tantito.

¿Son tomadas en cuenta las denuncias por violencia contra las mujeres en la fiscalía de la nación?

Gracias a esta lucha hemos logrado varios cambios en las leyes tanto en el Estado de Oaxaca como en la propia Constitución de México. Ya hay una ley contra la violencia sobre las mujeres, y una reforma constitucional sobre aquéllos que violan nuestros derechos políticos. Ahora les toca a las instituciones que se cumplan. Como en todo país las leyes están ahí pero no se aplican.



¿Qué cambios se han producido tras estos años para las mujeres de su comunidad desde la incorporación de las mujeres a las elecciones?

Hoy ya se puede votar. Formamos parte del cabildo, y de los espacios de toma de decisión. Si llegas al Ayuntamiento municipal ya no te sientes rara porque ves otro rostro igual que el tuyo. Pero también cuando se convocan las asambleas en la explanada municipal, al ser un pueblo chiquito, escuchas que se convoca a las ciudadanas y ciudadanos, recordando que antes no éramos consideradas ciudadanas, y eso es bien emocionante. O la primera vez que mi mamá, que ya tiene 72 años, se levantó emocionada porque por primera vez iba a ejercer su derecho a votar. Y quizás lo más importante para nosotras era el espacio, esa puerta para ser visibles para el resto de la sociedad. Tras siete años de este hecho, veo que era el camino para conseguirlo, que las mujeres estuvieran ahí en la explanada y que se dirijan a ellas por sus nombres no a través de sus esposos.

¿Existen muchas más redes de mujeres para la construcción de un frente que represente los diferentes movimientos feministas en las comunidades como Quiego, de la que fuiste fundadora?

Hoy la asociación Quiego está en manos de otras jóvenes porque estoy convencida de que debemos construir nuevos liderazgos. Yo ya construí y ahora lo dejo en manos de otras jóvenes de la propia comunidad, para que empujen. Son quienes tienen que retomar los cambios de lo que les gusta y lo que no les gusta de sus comunidades. Hoy, a raíz de la asociación Quiego, ya están agrupadas casi más de 30 asociaciones lideradas por jóvenes que quieren cambiar los usos y costumbres que no les gustan, y que deciden cómo quieren cambiar las cosas, quieren estar en las tomas de decisiones, y no quieren ser entregadas en matrimonio a los 13 años. Recientemente han sucedido otros casos más en mi Estado como el de un padre que entregó a su hija, una niña de etnia triqui, por una deuda de 40.000 pesos. Hay que erradicar todas estas historias y empoderar a las niñas, porque son ellas las que al final del día van a ser entregadas si no cambiamos ni creamos conciencia en ellas.

“Tienes que arrebatar tus derechos para poder alcanzar la conciencia de libertad, y esto me lo dio la educación”

¿Cómo se desarrolla la construcción de las relaciones de empoderamiento de las mujeres y la reivindicación por la identidad de la cultura indígena?

La cultura no debe perderse, me siento orgullosa de ser indígena. Tuve que huir de ese entorno para empezar a trabajar de lo que fuera, porque ser indígena muchas veces no te permite tener educación. Pero tienes que arrebatar tus derechos para poder alcanzar la conciencia de libertad, y esto me lo dio la educación. Hoy yo sé cuáles son mis derechos, yo soy la que toma las decisiones sobre lo que quiero hacer y asumo la responsabilidad. Cuando asumes esta conciencia, tu identidad va de la mano con la igualdad, no se contraponen, sino que tienen que ir rompiendo con paradigmas. Y de esto no responsabilizo a nuestros mayores, porque nadie les ha enseñado, muchas y muchos de ellos nunca han salido de esos entornos, ahí nacen y ahí mueren.

“Las mujeres de las comunidades indígenas queremos estar en cualquier trinchera y lo queremos hoy”

Para el proceso de emancipación de las mujeres, insistes, hay que incidir en la educación.

La educación la concibo como un tema de igualdad. Aquí tenemos que ir juntos hombres y mujeres, y por tanto se nos tienen que dar y generar las mismas oportunidades. El empoderamiento tiene que venir a través de la educación de calidad para nuestras comunidades.

Si el Gobierno estatal y las instituciones gubernamentales no interfieren por los derechos de las mujeres y los intereses se acaban desviando, ¿crees que la lucha se hace más efectiva desde la comunidad y a través de las organizaciones de mujeres?

Es verlo desde dos puntos de vista. También, a veces, si no arrebatas ese espacio de poder donde se toman las decisiones los cambios tardan. Cuando ingresé en la vida política y pública de mi Estado fue complicado porque desde la sociedad y desde la organización cuestionaba y reclamaba, pero al final del día los cambios se hacían en esa burbuja de poder. La reforma constitucional sobre el derecho a voto de las mujeres que saqué adelante, la logré siendo diputada del Congreso de Oaxaca, y otros cambios en los que estoy trabajando también. Y si no hubiera tomado la decisión de estar ahí, a lo mejor hubiera tardado otros tantos años en lograrlo. Se vuelve complicado porque desde la sociedad se pueden hacer muchas cosas pero a veces el cambio es más lento, y las mujeres de las comunidades indígenas ya no queremos esperar otros cien años para ser visibles. Queremos estar en cualquier trinchera y lo queremos hoy.

Por María Sierra
Fotos de Rosa Blanco
Fuente: Pikara Magazine