octubre 12, 2014

El feminismo más allá del feminismo

El 28 de octubre estará en Chile la socióloga feminista peruana Virginia Vargas. Vargas es una de las pensadoras feministas más originales de nuestra región. Plantea que la lucha por la superación de la desigualdad ha dado al feminismo la capacidad de plantear la pregunta sobre la radicalización de la democracia como parte de su visión emancipadora.

Los movimientos feministas han sido trascendentales en cuestionar los pensamientos únicos, expresando las diferentes formas en que las mujeres viven su situación de subordinación y exclusión en lo público y lo privado, bajo los contextos sociopolíticos, económicos, culturales y sexuales en los que están insertas. En este orden de ideas han construido la lucha política por una democracia radical como condición necesaria para una comprensión adecuada de la variedad de relaciones sociales donde se habrían de aplicar los principios de libertad e igualdad, partiendo de la base de que es imposible hablar de agente social como si estuviéramos lidiando con una entidad unificada, homogénea. En este punto el debate propuesto por el feminismo apunta a hacer plurivalente el concepto de igualdad para establecer nuevos parámetros: los iguales diferentes.

Así podemos ir vislumbrando el histórico aporte del feminismo a la cuestión social en su conjunto. Sin embargo, no podemos omitir que el modelo de acumulación del capitalismo neoliberal ha otorgado respuesta a la demanda de igualdad de género en el ámbito del acceso o de las oportunidades. Lo ha resuelto dentro del modelo productivo homogenizante que propone y en el contexto de la cultura liberal que supone que la cuestión de la igualdad entre sexos se resume en igualdad de oportunidades reguladas por el acceso al mercado.

En esta línea la recuperación de la dimensión política de lo personal o privado ha sido una contribución por excelencia de la teoría feminista que apela a la ampliación de la democracia, de lo público y la vida cotidiana: los deseos, decisiones y opciones son privados, de cada individuo, pero las realizaciones de tales deseos, decisiones y opciones son públicas.

Ahora bien, el liberalismo ha desarrollado la formulación de la ciudadanía universal, con base en la afirmación de que todos los individuos nacen libres e iguales; pero también ha reducido la ciudadanía a un estatus meramente legal, indicando los derechos que los individuos sostienen en contra del Estado. La manera en que esos derechos sean ejercidos es irrelevante mientras que quienes los ejercen no quebranten la ley ni interfieran con los derechos de los demás. Nociones como las de responsabilidad pública, actividad cívica y participación política en una comunidad de iguales son extrañas para la mayoría de los pensadores liberales.

La solución neoliberal de la cuestión de género viene a resolver una necesidad del mercado del trabajo y a la vez se convierte en el paradigma del discurso de igualdad de género aunque opere también en otros ámbitos. Así vemos avances en el discurso de la igualdad sin que haya avances reales en la superación de la desigualdad, negándose por tanto la crítica radical a las estructuras de dominación. En este punto, Virginia Vargas señala con claridad que la igualdad en la diferencia es un campo de construcción en lo simbólico y cultural, donde opera lo político y donde se concreta la polisemia de la igualdad como sentido del proyecto histórico porque dota al sentido de ser iguales de un sustento más amplio que la clase y al mismo tiempo logra cargar la noción de clase de una particularización del sujeto que la forma, esto con especial significado para una región como es América Latina.

En este contexto explica que una de las manifestaciones del actual momento histórico son las expresiones del profundo malestar frente a las dramáticas exclusiones socioeconómicas, étnicas, culturales, sexuales, subjetivas y objetivas que ha producido el proceso de globalización bajo una hegemonía capitalista neoliberal y su consiguiente lógica de acumulación. En ese sentido el género en sí mismo con toda la potencialidad que tiene no es capaz de dar cuenta de esta enorme complejidad si no va en perspectiva de articulación con otras dimensiones estructurales de la dominación –esto mismo se aplica para la clase–. Estos nuevos sujetos perfilan nuevas reflexiones, nuevos tipos de derechos que no pueden ser capturados por las viejas luchas de igualdad y libertad, menos capturar la enorme diversidad de sensibilidades emancipatorias.

La visión que nos propone Virginia es claramente diferente de la visión liberal y de la republicana civil. No se refiere a un concepto de gobernabilidad como el propuesto por la democracia liberal, que supone que la hegemonía se establece por la capacidad de reducir la naturaleza confrontacional de las diferentes identidades que se arman por el conflicto de intereses, a contrario sensu nos habla cómo la política feminista debe ser entendida no como una forma de política diseñada para la persecución de los intereses de las mujeres como mujeres, sino más bien como la persecución de las metas y aspiraciones feministas dentro del contexto de una más amplia articulación de demandas. Esas metas y aspiraciones podrían consistir en la transformación de todos los discursos, prácticas y relaciones sociales donde la categoría “mujer” está construida de manera que implica subordinación, ya sea de clase, raza o género. Este tipo de proyecto democrático es también mejor servido por una perspectiva que nos permita comprender la diversidad de maneras en que se construyen las relaciones de poder y que nos ayude a revelar las formas de exclusión presentes en todas las pretensiones de universalismo.

En esta línea la recuperación de la dimensión política de lo personal o privado ha sido una contribución por excelencia de la teoría feminista que apela a la ampliación de la democracia, de lo público y la vida cotidiana: los deseos, decisiones y opciones son privados, de cada individuo, pero las realizaciones de tales deseos, decisiones y opciones son públicas. La necesaria interpretación de una democracia radical permite hacer hincapié en las numerosas relaciones sociales en las que existen situaciones de dominación que deben ser puestas en tela de juicio si se aplican los principios de libertad e igualdad.

Daniela López es investigadora Centro de Estudios Socioculturales CESC y Directora Centro de Pensamiento y Acción Política CRISOL; y, Rosario Puga es Investigadora Centro de Estudios Socioculturales CESC.
Fuente: El Mostrador