noviembre 03, 2014

Dignidad para vivir y morir

Esta semana tuve que documentarme bastante para poder elaborar el editorial del programa de radio en el que colaboro. El tema sobre el que busqué información era sobre la eutanasia y el derecho a una muerte digna. Si, ya sé que es un tema polémico y me encontré con opiniones de todos los colores y opciones. Al final, pese a que tenía mi idea formada sobre el tema, siempre acabas aprendiendo cosas y reflexionando con mayor profundidad sobre temas variados en los que se va ramificando a medida que vas entrando en materia.

Leí bastante y al final me quedé con un regusto amargo puesto que volví a comprobar como en demasiados casos nuestras vidas siguen condicionadas por los radicalismos religiosos. 

Comprobar cómo los de faldas largas y negras han dado la batalla feroz para controlar nuestros cuerpos de mujeres a la hora de impedir que podamos decidir sobre nuestras maternidades ha sido la evidencia de que siguen intentando que sus postulados sean los que definitivamente aparezcan en el BOE a golpe de modificaciones legislativas y reales decretos dictados directamente a los oídos de quienes nos gobiernan. No ha sido ninguna novedad. Sólo la ferocidad de su discurso y el desmesurado poder que se han tomado han sido sus peores cartas de presentación.

Las diferentes religiones monoteístas en general y la católica en particular son especialmente feroces en lo que a la defensa de la vida se refiere, pese a que esa defensa comporte que la vida de la madre se ponga en peligro, como ya hemos visto. 

No les importa la calidad de vida ni la dignidad con la que se pueda vivir. Sencillamente hay que vivir, sobretodo si se es hombre, a cualquier precio. 

El valor del dolor, el sufrimiento y la enfermedad a lo largo de la vida según sus postulados ha he ayudarnos a tener un vida plena en el paraíso y, precisamente por eso, hemos de “aguantar lo que dios nos mande” para santificarnos. 

Esa apología del dolor que lleva implícito este tipo de mensajes, junto al poder socioeconómico y político que han ejercido a lo largo de tantos siglos ha conformado todo un esquema de ideas que, bajo el estigma de la culpa y el perdón que sólo ellos pueden impartir, ha generado muchísimo dolor a muchas personas. El conjunto de creencias judeo-cristiano dominante todavía en occidente, pero sobretodo en el catolicismo más reaccionario han conformado un sistema de valores poco respetuosos con la calidad de vida de las personas a tiempo que una clara muestra de desigualdad entre mujeres y hombres que siempre favorece al patriarcado más reaccionario.

Mientras vociferan a todo trapo y desde todas las instancias de la conferencia episcopal contra el hecho de que las mujeres podamos decidir sobre nuestra propia vida y nuestra maternidad, se mantienen callados ante los asesinatos que provoca el terrorismo machista. Ante eso y desde los confesionarios y sus púlpitos, sólo el mensaje de “resignación cristiana” para alcanzar un mayor grado de gloria en otra hipotética vida y ante su dios. 

Mezclar creencias personales del tipo que sean con cuestiones de estado es absolutamente antidemocrático. Y llevan haciéndolo a lo largo de los siglos. Y nosotras como mujeres y como sociedad de la que formamos parte y de que somos más de la mitad, sufriéndolos.

La dignidad que ellos, los de faldas largas y negras de la conferencia episcopal entienden, es la de los oropeles y que sólo emana de sus propias creencias, nada tiene que ver con la calidad de vida, la honestidad o la posibilidad de falta de fe. Su dignidad no contempla la voluntad de tener una muerte sin sufrimientos cuando ya no queda esperanza de vida y el dolor ya no es soportable si no es a base de narcóticos que adormecen la voluntad de las personas enfermas cuando no la anulan por completo.

No se puede creer en estos postulados cuando eres plenamente consciente que las potencialidades humanas que nacen de la propia libertad de todas las personas sean mujeres u hombres.

No se pueden imponer creencias que atentan directamente contra los derechos humanos a tener una vida plena y, en la medida de lo posible, feliz.

No se puede permitir a nuestros gobernantes que legislen o dejen de hacerlo en función de creencias privadas y o intereses de estos hombres que se sienten investidos por una autoridad divina que les permite imponer sus dictados de la manera que mejor les venga.

No se puede pedir que sigamos postulados que segregan la vida en función de tu género o de tus propias creencias en la libertad humana. No sólo es antidemocrático, es también amoral.

Sólo en la medida en que los gobernantes de los países se alejen de ese esquema de valores y antepongan las necesidades y deseos de la ciudadanía podremos hablar de estado laicos con derechos de ciudadanía igualitarios y que pueden realmente dejar atrás períodos históricos teocráticos que han impuesto una determinada fe por encima de los derechos y la dignidad de las personas.

Quiero, exijo a quienes nos desgobiernan que dejen sus creencias religiosas a un lado y legislen a favor de la dignidad humana a lo largo de la vida e incluso para la muerte, porque el hecho de la muerte en sí mismo es consustancial a la vida y por tanto ha de estar revestido de la misma dignidad que exijo para vivir con libertad mi propia vida y tomar mis propias decisiones.

Soy de las que piensa que si como sociedad hemos aprobado una Constitución que consagra el Estado Español como ACONFESIONAL, debemos exigir a quienes nos gobiernen en cada momento que respeten esas reglas de juego y que, respetando las creencias religiosas de cada cual, actúen desde esa posición constitucional.

Debemos acabar con el control de que los de faldas largas y negras ejercen sobre las conciencias para que dejen de influir en las decisiones políticas de quienes nos desgobiernan.

Si son creyentes me parece muy bien, pero que dejen de imponernos sus creencias religiosas a quienes no creemos en ningún dios y por tanto tenemos otros valores para vivir e incluso para morir.

La dignidad humana ha de estar por encima de cualquier consideración religiosa y ha de contemplar el respeto a la vida de TODAS las personas.

La defensa de la vida no puede ni debe conllevar restricciones a las libertades personales de todo tipo. Pero esa misma defensa ha de ser coherente con que lleve aparejada la dignidad humana. Y en esta última parte los de faldas largas y negras y sus correligionarios, son profundamente hipócritas como hemos visto en el intento de Gallardón y de Rouco Varela por reformular la ley del aborto para impedirlo e impedir que este se produjera en casos de grave malformación del feto. Les importaba más imponer un criterio de su fe que la calidad de vida futura de ese feto y de su familia. Y este es un ejemplo.

Me tienen muy harta estas hipocresías y contradicciones en aras a los presuntos dictados de su dios que imponen sin tener en cuenta que también existimos las personas ateas y las agnósticas y que tenemos derecho a elegir más allá de sus criterios. 

Tenemos derechos y exigimos condenas ante los asesinatos por el terrorismo machista y no queremos funerales de estado. 

Exigimos denuncias públicas y actuaciones ante este tipo de violencia y no sólo silencio.

Exigimos el reconocimiento de la condición de víctima y que no se nos culpabilice por ser sistemáticamente machacadas ante su mirada impávida y su discurso de la "resignación dentro del sagrado vínculo del matrimonio".

Que harta me tienen con tanta hipocresía...

Exijo el derecho a ser libre para vivir y morir como cada cual considere oportuno y de la forma más digna posible y con los cuidados paliativos necesarios. Sin culpa. Sin perdón. La verdadera libertad no los contempla. Son exigibles como derechos humanos.

Teresa Mollá Castells
tmolla@telefonica.net
La Ciudad de las Diosas

Sí a la Diversidad Familiar!
The Blood of Fish, Published in