diciembre 23, 2014

Sexualidades desquiciadas

Las relaciones de poder entre los géneros ya no son lo que eran; la familia es otra, la diversidad sexual se ha hecho visible y hasta la forma de engendrar ya no es la misma. En el marco de este “desquiciamiento de la diferencia”, la autora reflexiona sobre cuestiones como la maternidad sin partenaire o la noción misma de perversión.
Los aportes de la articulación entre el psicoanálisis y los estudios de género pueden focalizarse en relación con varios desafíos actuales:

a) Los cambios producidos en los roles, ideales y configuraciones deseantes de las feminidades y masculinidades.

b) Las transformaciones en las relaciones de poder entre los géneros en la vida cotidiana.

c) La aparición de una multiplicidad de configuraciones y situaciones familiares que ponen en cuestión la relación entre formación de pareja y parentalidad: las familias ensambladas (los míos, los tuyos y, a veces, los nuestros), el impacto de las nuevas tecnologías reproductivas, separaciones en el curso de embarazos, separaciones y tenencias compartidas de niños muy pequeños (incluso menores de un año), la monoparentalidad por opción, la homoparentalidad, la parentalidad compartida sin constituir una pareja, entre otras.

d) La visualización del campo de las prácticas de la diversidad sexual, que incluye las prácticas de sexualidad por fuera de lo heteronormativo y de la bipartición identitaria en géneros. Ello, desde el campo de las y los propios actores, se denomina LGTTB (lesbianas, gays, travestis, transexuales y bisexuales).

e) La articulación entre las nuevas técnicas reproductivas (fertilización asistida, alquiler de vientre, donación de óvulos y esperma, entre otras) y las decisiones reproductivas: alargamiento de la edad de procreación en mujeres, la opción por la monoparentalidad. El deseo de hijo/a puede así separarse de la existencia de una pareja basada en la diferencia sexual.

Tradicionalmente el psicoanálisis ha partido de la idea de que todo psiquismo normal y sano debe articularse en torno del reconocimiento de la diferencia sexual y ésta se conforma de manera binaria, con sólo dos casilleros: femenino o masculino. Sin embargo, es posible pensar formas diversas de desarrollo de la psicosexualidad que, no necesariamente en el campo de la psicopatología, proponen en acto un desquiciamiento de la diferencia (Ana M. Fernández, “Tiempos out of joint. ¿La diferencia desquiciada?”, en Las lógicas sexuales). Si nos enfocamos en la línea de las relaciones de poder entre los géneros y la construcción de la subjetividad femenina, podemos tomar como acervo las reformulaciones sobre la femineidad que ha hecho el psicoanálisis desde la perspectiva de género:

a) El cambio desde la consideración del masoquismo como núcleo de la femineidad a la concepción del masoquismo, en la femineidad, como un desarrollo de erogeneidad que se constituye en el marco de relaciones de dominación.

b) La revisión de la idea de la insuficiencia del superyó femenino y del supuesto menor aporte de las mujeres a la cultura. Esta concepción fue especialmente desarrollada por Carol Gilligan en su revisión de los modos específicos de formación de la conciencia moral en mujeres (C. Gilligan, “In a Different Voice”, Cambridge, Harvard University Press, 1993).

c) La envidia del pene, que ha pasado a ser considerada como envidia del lugar social masculino y no del atributo a través del cual se lo imaginariza.

d) El cambio en la concepción de la histeria femenina, que comienza a ser considerada como una solución de compromiso entre el narcisismo de género femenino y las prácticas de sexualidad en un histórico social patriarcal. Esta solución de compromiso tiende a un ejercicio de la seducción con una inhibición de la práctica concreta de la sexualidad en el momento anterior a aquel en que, bajo el sistema patriarcal, se produce la caída de la estima hacia la mujer: la consumación de la relación sexual (Emilce Dio Bleichmar, El feminismo espontáneo de la histeria). En síntesis, seducir y no consumar para mantenerse valiosas.

e) La revisión de la idea del deseo de hijo como modalidad privilegiada de constitución de la adultez normal en una mujer: esto permite, por una parte, considerar esta modalidad de deseo de hijo como un efecto imaginario de la relación entre maternidad y femineidad construida históricamente en la modernidad (N. Chodorow, El ejercicio de la maternidad, 1984; E. Badinter, ¿Existe el amor maternal?, 1981; A. M. Fernández, La mujer de la ilusión, 1993); y, por otra, visibilizar los diversos modos de entrada en la madurez de las mujeres que, por imposibilidad o por opción, no ejercen la maternidad.

Otro aspecto revisado desde la perspectiva de género en el psicoanálisis es la ausencia de una teoría explícita acerca de la masculinidad. Hasta hace muy poco, en el psicoanálisis han existido teorías acerca del sujeto y acerca de “la femineidad”. Esto es efecto de lo que puede considerarse como falologocentrismo: la homologación de la experiencia de los varones a la de todos los seres humanos, mediante la constitución de un sujeto universal.
Perversión y estereotipos

Veremos a través de algunos ejemplos cómo las cuestiones planteadas operan en el día a día.

Perversión. La noción de perversión, cuando se la liga a prácticas no hegemónicas y en una línea de dirección única acerca del estatuto de la diferencia sexual, impide percibir lo patológico en lo nuevo, transformando, de hecho, lo nuevo en patológico. Rescato dos aportes contemporáneos para mirar de otro modo lo perverso hoy. Uno es el de Louise Kaplan (Perversiones femeninas. Las tentaciones de Emma Bovary, 1995), quien señala que los estereotipos de género son lugares en los cuales se pueden esconder, depositar (¿o apuntalar?) las perversiones. Silvia Bleichmar, en Paradojas de la sexualidad masculina, propone identificar lo perverso con relación al estatuto del otro en el psiquismo: se ubicaría, más allá de la práctica en sí, donde el otro aparezca objetalizado y no como un semejante.

Maternidades lésbicas. Michel Tort en El fin del dogma paterno, invita a pensar el Padre como una construcción histórica, solidaria de las formas tradicionales del dominio masculino que asegura a los padres varones el monopolio de la función simbólica. Por lo tanto, el fin de un padre, el del patriarcado occidental, es el fin de un mundo, no el fin del mundo. Las formas de devenir sujeto y el ejercicio de las funciones que participan en ese devenir son históricas y constituyen el lugar de las relaciones de poder entre los géneros.

Paternidades gay. Existe en el imaginario una idea de que “no es bueno” que los varones manipulen el cuerpo infantil en la infancia (idea concerniente a una representación de la sexualidad masculina como algo imparable y sin ética, que pervertiría el cuerpo infantil al estar a cargo de los cuidados primarios). Juan Carlos Volnovich (“Generar un hijo: la construcción del padre”, en I. Meler y D. Tajer (comps.), Psicoanálisis y género) señala que los varones, para generar nuevas prácticas de paternidad, deberán vérselas, como lo han hecho históricamente las mujeres, con la no imposición de la sexualidad adulta en los cuerpos infantiles. Esta imposición, en caso de producirse, introduce en el psiquismo infantil un plus imposible de tramitar y facilita la instalación traumática, como indica Silvia Bleichmar en La subjetividad en riesgo. Por lo tanto, la desconfianza que aún hay acerca del efecto en las niñas y los niños de que los varones adultos realicen los cuidados primarios, sumado a que se sospecha doblemente de los varones homosexuales, debe ser discutida para avanzar seriamente en la comprensión de estas nuevas prácticas. Ello lleva nuevamente a ponderar la diferenciación crítica entre patología, prejuicios y resistencias.

Deseo de hijo sin partenaire. a) Mujeres buscando tener hijos solas: cabe consignar que siempre hubo mujeres que criaron hijos solas; lo nuevo consistiría en que ahora la elección aparece como manifiesta. Desde la matriz patriarcal es posible que se confunda con narcisismo lo que pudiera ser un acto de autonomía. En realidad, mujeres narcisistas que deciden tener un hijo sólo para sí pueden existir en familias nucleares heterosexuales en las que el varón sólo es valorado como inseminador y proveedor. Esto no quita que, aunque políticamente podamos estar a favor de que una mujer decida tener sola un hijo, identifiquemos lo patológico que pueda presentarse en esa situación. Puedo citar el caso de una mujer que me consultó para que la apoyara psicológicamente en el curso de una fertilización asistida que quería realizar para tener sola un hijo o hija, con lo cual yo simpatizaba y estaba dispuesta a acompañar profesionalmente: pero, en el curso de las entrevistas para discernir el marco de trabajo, advertí en ella dificultades serias para emprender un proceso de maternidad, en cualquier situación en que éste se diera. Se lo expresé señalando que podía acompañarla pero en el marco de una terapia más abarcativa, y ella honestamente me respondió que no estaba dispuesta. b) Varones buscando tener hijos solos: tampoco es nuevo que varones quieran tener un hijo o hija para ellos, más allá de con quién lo tengan. Lo nuevo es el sinceramiento de ese deseo y la posibilidad para materializarlo que ofrecen las técnicas reproductivas y el alquiler de vientre. Debido al alto costo de estos procedimientos, hoy estas prácticas sólo se registran en varones de alto poder adquisitivo. Para ver sus efectos en modos de crianza tendremos que observar cómo evoluciona esta tendencia.

Por Débora Tajer *
Fuente: Página/12

* Miembro del Foro de Psicoanálisis y Género de APBA. Texto extractado del trabajo “Diversidad y clínica psicoanalítica: apuntes para un debate”, que integra el libro La diferencia desquiciada, de Ana M. Fernández (comp.), recientemente publicado por Biblos.