febrero 21, 2015

Una vez la virilidad.


Andrés Neuman, fotografiado por Gorka Lejarcegi

A diferencia de las escritoras, no es muy habitual que los narradores masculinos se interroguen por su propia identidad de género. Crecidos en un orden cultural que históricamente ha identificado lo masculino con lo universal, y en el que los hombres hemos gozado de todos los privilegios, los escritores no han tenido la necesidad de mirarse en el espejo y de descubrir que, parafraseando a la Beauvoir, nosotros tampoco nacemos, sino que nos hacemos.

Los autores masculinos no han dejado de interrogarse sobre todos los rincones de la existencia, incluidas también las mujeres y sus relaciones con ellas, pero no se han preocupado de cuestionarse el porqué de una virilidad obligatoria. Por supuesto que encontramos magníficos retratos de los excesos de esa identidad -baste con recordar por ejemplo a Norman Mailer y Los tipos duros no bailan-, pero echamos en falta miradas que supongan una reflexión crítica sobre la carga que también ha supuesto y supone para muchos cumplir los cánones que marca el patriarcado.

El argentino-granadino Andrés Neuman es sin duda una excepción. En su reeditada y reescrita novela Una vez Argentina el narrador, que por supuesto tiene mucho de él mismo, se interroga insistentemente sobre unas estructuras culturales que le hacen ser hombre de una determinada manera. En este libro, que es una especie de memoria paralela de su familia y de su país, y en el que se entremezclan personajes e historias y en el que se hilvanan cuentos y hasta poemas, detectamos una voz masculina inquieta ante el modelo que se espera que satisfaga, incómoda en muchas ocasiones ante los imperativos de género, rompedora incluso con las expectativas que difícilmente cumple.

Una mirada que detectamos desde la misma narración de su nacimiento, que acaba convertida en una especie de paradójico pulso contra el machismo. Porque si a los hombres se nos educa para no llorar, cuando nacemos se espera que lo hagamos para confirmar que estamos vivos. Sin embargo, el narrador Neuman “no tuvo a bien llorar”. El doctor Riquelme advirtió a su madre del problema: “Digamos que, si el nene se acostumbra a mirar tanto, entonces va a tener que aprender a llorar”. No sabemos si afortunadamente o no, pero el doctor rompió el maleficio acudiendo a un ejercicio de hombría, es decir, al insulto violento y misógino: “¡Pero llorá de una vez, carajo, la reputa madre que te parió!”. La partera tenía claro que el recién nacido iba a ser “hijo del rigor”, de muchos rigores diría yo, entre ellos el que supone ajustarse a la virilidad normativa.

El narrador nos va dando claves de cómo construye su identidad masculina, a través básicamente del entorno familiar, la escuela y las fratrías de varones. Es educado en un colegio sin niñas y en el que se respiraba una “virilidad asfixiante”. En ese contexto la regla no ofrecía lugar a discusión: “En la escuela uno debía, por supuesto, ser buen macho”. Ajustarse al modelo del patriarca se convertía pues en un examen permanente. Padre, patria, patriarca. La identidad masculina acababa siendo una con la nacional.

Neuman se interroga sobre la permanente necesidad que los hombres hemos tenido siempre de demostrar nuestra hombría, ante nosotros mismos y ante los demás. “Virilidad: ¿no era una redundancia? Aunque aún no había llegado el momento de aprender etimología, me daba la sensación de que algo no encajaba. ¿De verdad había que demostrar que éramos lo que éramos?”. Un proceso que especialmente los chicos y adolescentes sufren en el colegio y en los grupos de amigos, ante los cuales hay que dejar bien claro que uno es fiel al triángulo masculinidad-poder-violencia: “Era perfectamente capaz de intercambiar bofetadas y me encantaban los empujones, ese clásico prolegómeno del enfrentamiento masculino, cuando hombre y simio están a punto de volver a coincidir”. La clave era, y es, no demostrar debilidad, no aparecer como un no-hombre, es decir, como un mariconazo o una nenaza: “Si mi facilidad para los deportes, y acaso también mi insumisión verbal, me permitían no ser identificado por completo con los débiles, tampoco me alcanzaban para mucho más. Así que de vez en cuando me convenía involucrarme en alguna reyerta para mantener el estatus. Y el problema era que ya iba haciendo demasiado tiempo que no demostraba mi virilidad”.

Como buen argentino, Neuman es futbolero e incorpora esta pasión no solo como ingrediente de la propia identidad de su país sino también como un factor decisivo en la masculina. En esa escuela donde se debía demostrar que uno era buen macho,el fútbol era la salvación. A Neuman el fútbol le salvó “ de ser el niño raro, más o menos aspirante a poeta, al que los compañeros martirizan en el patio. De no poder intercambiar más de tres o cuatro gruñidos vacantemente sintácticos con mis congéneres, cuya brusquedad me intimidaba. El fútbol me enseñó que, si uno corre, es mejor hacerlo hacia delante. Que no conviene pelear solo. Que a la belleza siempre se la dan patadas. Y que nuestros rivales se parecen siempre demasiado a nosotros”. No se me ocurre mejor definición de la virilidad normativa, tan subrayada todavía hoy en un mundo en que con frecuencia se “confunde el talento con las zonas inguinales”.

En esa patria de hombres proveedores, de dictadores y militares, de servicio militar obligatorio y en la que era habitual dejar debiendo “un abrazo entre hombres”, el escritor tiene sin embargo la fortuna de crecer en una familia llena de mujeres poderosas. Frente al patriarcado social y político, Neuman crece en una especie de matriarcado que precisamente será el que, años más tarde, le sirva para tirar del hilo de novela. Un mundo de abuelas, bisabuelas y tías, en el que aunque muchas de ellas renunciaron a sus sueños y no tuvieron más remedio que vivir el “puro teatro” familiar , fueron atesorando lecciones que el narrador aprende y que tal vez sean las que le llevan a mirarse con lupa su virilidad futbolera y de escuela sin niñas. Las que le llevarían por ejemplo a construir un personaje femenino tan feminista y revolucionario como la Sofía de su espléndida novela El viajero del siglo. Las que, y esto es lo más importante, han hecho que Andrés Neuman sea no solo un escritor sino también un hombre que habita la frontera de quienes preguntan, dudan y se abrazan. La abuela Blanca estaría feliz.


Por Octavio Salazar
Portada: Una vez Argentina. Andrés Neuman.
 Edición reescrita y ampliada. Alfaguara, 2014.
Fuente: El PAÍS