mayo 31, 2015

Política. Corriéndose a la derecha europea

La antropóloga Diana Mulinari se fue exiliada a Suecia y allí empezó su carrera universitaria. Hoy ocupa el mayor cargo de investigadora en el país modelo de paridad, pero donde también estudia el avance de las nuevas derechas y sus cuestionamientos al sistema de guarderías y avances de las mujeres. Feminista a ultranza, revaloriza los ideales de las militantes setentistas y sostiene que las madres actuales están más presionadas por los mandatos tóxicos de una maternidad hiperpresente.

Primero pregunta y después habla. No viene a recitar los laureles del modelo del éxito, como a lo lejos y al sur se mira a Suecia (tampoco a minimizar las conquistas de una democracia igualitaria), sino a indagar sobre el país que dejó en los setenta. Se fue empujada por la dictadura militar y sobrevivió en el exilio más lejano. Es mamá de cinco hijos –Paula (38), Runo (36), Shai (34), Leo (32) y Felicia (23)– de tres padres diferentes y está en pareja. “Tengo una familia tratando de llevar a la práctica familias diferentes y de entender las relaciones de amor no a través de la sangre, sino de otros lazos”, explora. Con todos sus hijos e hijas y con cinco nietos y nietas –Raquel (8), Alejandra (6), Marco (3), Laura (3) y León (1)– pudo estudiar, trabajar y crecer gracias a un sistema de cuidados públicos con jardines maternales gratuitos y accesibles. No es lo único que rescata de su experiencia europea. Cuenta que en Suecia los periodistas les piden a los académicos que no llenen gratuitamente, para regodear su narcisismo, las páginas de los diarios que deben escribir trabajadores a cambio de un sueldo, y que tampoco el oficio de trabajador/a de prensa se puede reemplazar con la letra escrita desde los movimientos sociales, que se halagan a sí mismos sin interpelar sobre sus propias contradicciones.

La curiosidad la planta en el otro polo de la soberbia. Pero también de la vereda de enfrente de la debilidad concesiva. Diana Mulinari nació hace sesenta años en Buenos Aires y se define como muy porteña. Volvió a la Argentina, entre otras cosas, para dar una charla sobre “El avance del fascismo en Europa: migración, racismo y feminismo” el 9 de abril pasado, en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, convocada por la Campaña por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito en la Ciudad de Buenos Aires y por el área de Comunicación, Género y Sexualidades de la UBA.

Investiga el avance de los partidos fascistas en los países nórdicos y, especialmente, el Partido Democrático sueco –con origen neonazi– que, explica, tiene 13 por ciento de representación en el Parlamento. En Suecia, desde 1960, se posibilitó el acceso a guarderías y casas de ancianos para facilitar, desde el sector público, la inclusión de las mujeres en el mercado de trabajo formal. La fórmula dio resultado: el 82 por ciento de las mujeres en edad laboral trabaja. También hay 480 días después del nacimiento del bebé que pueden ser compartidos entre sus responsables jurídicos: la madre y el padre o las dos madres. Se llama föräldrar försäkring y quiere decir seguro social, pero no por maternidad o paternidad, ya que la palabra föräldrar (que es padres) no tiene género.

El espejo del modelo sueco en un país que todavía debate una reforma a la Ley de Contrato de Trabajo, que apenas permite dos días de presencia paterna ante el nacimiento de un hijo o hija, refleja una sociedad más igualitaria puertas adentro de las casas. Sin embargo, el neoliberalismo acecha las conquistas. “Suecia nunca fue un paraíso. Pero los niveles de inclusión que el Estado de bienestar había desarrollado hoy están disminuyendo”, advierte Mulinari. Hoy es una de las máximas investigadoras. En Argentina fue expulsada por la persecución militar cuando apenas había terminado el Colegio Nacional Vicente López. En la adolescencia militó en Acción Revolucionaria Secundaria 8 de Octubre. Después en el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). “Era un proceso político muy comprometido y mi historia es la de mi generación”, delinea.

Tuvo a su hija Paula a los 21 años y a los 22 años partió con su entonces pareja y la niña, de apenas un año, hacia España, como primera escala, y finalmente a Suecia, donde una mujer con hijos podía echar raíces por su apertura a los refugiados políticos provenientes de Latinoamérica. Allí se recibió de antropóloga y se consagró como doctora en Sociología con una tesis sobre las madres durante la Revolución Sandinista en Nicaragua. Ahora es profesora y directora de Investigación –el cargo más alto en la carrera académica– del Instituto de Género de la Universidad de Lund, en el sur de Suecia. Su concepto de género no es concesivo con otras desigualdades sociales. Cree, junto con feministas negras y/o marxistas, que las dinámicas de género deben comprenderse junto a otras relaciones sociales –como la clase social y la etnicidad– y sobre eso escribió en el libro Interseccionalidad, con Paulina de los Reyes. “El género como categoría analítica es muy pobre si no se piensa en relación a otras relaciones sociales como clase y raza”, dictamina.

En ella también se cruzan experiencias diversas de militancia y estudio en el que mira su propia generación de mujeres combativas. “Para las generaciones feministas tratar de entender la participación de las mujeres en organizaciones armadas es bastante complicado porque, por un lado, eran transgresoras y, por el otro, reproducían estereotipos de género en la idealización de la mujer militante”, reflexiona.
¿Cómo debía ser la mujer militante?

–Tenía que ser valiente, leal y poner como prioridad fundamental la organización y la revolución. Para mí, como feminista, sería tan lindo poder recuperar esas ideas. Las mujeres priorizaron otros hijos y no los de ellas. La trasgresión de género que implicó priorizar otros niños y no los de una fue una práctica no solamente socialista, sino feminista. Y las mujeres lo llevaron en la piel y en el cuerpo. Tengo mucho respeto por esa visión a pesar de que fue muy doloroso.
¿Por qué vos, como muchas otras militantes, tuvieron hijas tan jóvenes?

–Era un momento histórico enmarcado con la canción de Daniel Vigletti: “traigamos muchos niños para amanecer”. En el ’77 perdíamos compañeros todos los días y tener un hijo era apostar a la vida.
¿Cómo fue el exilio en un país tan diferente?

–Suecia tenía muchas de las cosas por las cuales habíamos peleado y con niveles de inclusión por los cuales nuestros compañeros habían dado la vida. Había guarderías y todo el mundo tenía derecho al hospital. No era socialismo, pero era un Estado de bienestar. Y aprendimos mucho en la construcción de nosotros como migrantes. Es cierto que en la Argentina no nos querían porque éramos subversivos y nos iban a matar, pero por otro lado éramos de clase media y blancos. Nunca me voy a olvidar de una compañera de Guatemala que me dijo “ustedes descubrieron el racismo en Suecia”. Y era cierto. Nosotros veníamos de ser privilegiados. Ese proceso no se lo deseo a nadie, pero fue de mucha humildad.
¿Por qué te quedaste en Suecia?

–La vida es muy complicada y cada uno hace lo que puede. En el momento de la reapertura democrática yo tenía cuatro hijos y era madre sola. No había política de reinserción y era muy difícil si no habías hecho una vida monogámica. Todos los que fuimos más desprolijos éramos más pobres. Y yo, además, trataba de entender la derrota. Me hice feminista convencida de una correlación entre militarismo, autoritarismo y una forma de masculinidad. Todavía me pregunto si la conducción con niveles de confrontación total como “venceremos o morimos” y con la falta de comprensión de la vulnerabilidad de los seres humanos, no hubiera podido hacer otra cosa con una ducha de feminismo. Creo que hubo niveles de arrogancia, autoritarismo y prepotencia que una política feminista podría haber desactivado.
¿Cómo fue tu ingreso a la universidad?

–No bien llegué, entré a la universidad. Es un país en el que las guarderías existen y, en ese momento, eran muy buenas e implicaba la posibilidad de poder trabajar o estudiar. Los hombres pasaron de ser los revolucionarios heroicos a ser los pobrecitos que sufrían y estaban deprimidos porque había un sufrimiento por la pérdida de los privilegios de género que tenían en la Argentina. Ahí se produce una profunda diferencia en cómo las mujeres y los hombres confrontan el exilio.
¿Qué hay de cierto y qué hay de mito en el modelo sueco de paridad y políticas de cuidado?

–Hasta 1990 Suecia tenía un Estado regulador que distribuía la riqueza. Eso es cierto. Y eso implicaba niveles de inclusión. El Estado socializa la responsabilidad reproductiva. No es un tema individual de familia, sino que lo toma como una política de Estado. Es una cosa muy bella, en parte inspirada en una teoría marxista que dice que no solamente las madres deben dejar los niños en la guardería –que funcionan hasta tarde o de noche– porque deben ir a trabajar, sino que los niños necesitan otras personas. Es muy feminista no pensar que la simbiosis madre e hijo es el mejor lugar para existir. Sin embargo, desde la derecha creció mucho la crítica “pobrecitos, están desde el año en las guarderías, tan chiquititos”. La derecha conservadora piensa que el Estado, en vez de dar instituciones, debería mejorar las condiciones para que las mujeres se queden en su casa. Pero yo pienso que las guarderías son mejores lugares para los niños.
¿Cómo es el sistema de paridad de licencias entre padres y madres?

–Ahora logramos que haya tres meses que los tiene que tomar el padre. Porque cuando era a elección lo tomaban siempre las mujeres, que son las que tienen menos ingresos. Pero ahora hay un ataque conjunto de la derecha y el neoliberalismo. Los liberales porque quieren mover el mercado y los conservadores porque quieren volver al lugar de la familia tradicional. La idea de los conservadores es que lo colectivo es malo y gris, y la familia es el mejor lugar para estar, y la idea de los liberales es que, gracias al mercado, podés elegir quedarte en tu casa y que venga a ayudarte una empleada. Por eso se están desarmando muchos geriátricos.
¿Hay un discurso más exigente sobre la maternidad?

–Los sectores liberales pregonan que los nenes no tienen que comer azúcar o chocolate y a la mamá que hizo pan de jengibre con avellanas le dan una estrellita de madre 2015. Yo creo que es mucho más difícil hoy ser madre porque hay que invertir, por ejemplo, para que coman sano mucho más que lo que las madres trabajadoras siempre pudieron invertir, o tener un marido heterosexual que sostenga el hogar. Sin embargo, a los niños les hace bien que la mamá no esté tan centrada en ellos porque cuanta más gente participa en su crianza es mejor. Creo que la ideología hogareña tipo zanahoria, soja y pan de jengibre es una forma de reproducción de clase.
¿Una clase social con estirpe natural?

–Es una manera de marcar: “Vos le das azúcar a tu nene, yo no”. Y es una criminalización de la mujer trabajadora. La maternidad es una relación muy compleja y la presencia de otros –maestros, tíos– es fundamental para que un niño sienta que pertenece a un colectivo mayor que su familia. En la Argentina el sistema de guarderías no funciona porque hay una sobreexplotación de las mujeres en el trabajo doméstico y mano de obra barata, por más que haya leyes buenísimas. Igualmente me parece importante no culpabilizar a las mujeres.
¿Cómo afecta particularmente a las mujeres el avance de un partido neonazi?

–Hay un avance de los partidos fascistas en Europa. En Francia, en Finlandia y en Suecia. Ellos tienen una agenda conservadora: consideran que las feministas han castrado a los hombres suecos y que los hombres son discriminados como hombres. Cuando a un grupo privilegiado le sacás una pizquita de su privilegio, es un drama profundo y hacen Shakespeare.
¿Cómo se expresan estos nuevos fascismos con las migrantes?

–Hay un racismo neoliberal y productivo que habla de que abran las fronteras y que vengan todos porque quieren desarmar el Estado de bienestar y tener gente en su casa que trabaje por poco dinero. Es en la fantasía racista donde hay categoría de personas a la que tenés el derecho de pagarle menos. Por ejemplo, dicen que Buenos Aires es lindo porque los negocios están abiertos toda la noche. En Suecia no podés comprar Coca- Cola a las tres de la mañana porque el señor está en su casa. Hay una idea de que la justicia social es aburrida porque lo divertido es que alguien te sirva y que haya un pobre señor que te abra y no esté con su familia para que vos disfrutes. Es un racismo productivo y liberal que es muy argentino. En Suecia no existía tener una mujer que te limpie en tu casa y ahora sí hay muchas mujeres de Guatemala y El Salvador o de los países del este europeo que son blancas, cristianas y están más organizadas y, por eso, sufren menos niveles de explotación.
¿Cómo confrontan el feminismo y el neofascismo?

–En Suecia quieren limitar el aborto y opinan que el mejor lugar para que los niños crezcan es la familia heterosexual; pretenden que la mamá se quede en la casa con los niños hasta los tres años. Es un ataque a las feministas que cuestionan las diferencias de sexo que ellos piensan son innatas. Quieren parar las políticas de género y diversidad. No nos perdonan la idea de que el feminismo destruye algo que es natural y han sido muy violentos en intentar evitar las pedagogías queers en las guarderías y la educación de género. También piensan que las feministas han apoyado el multiculturalismo. Y es cierto. Si fueran argentinos dirían que unas se hacen lesbianas, otras viven solas y otras se casan con algún migrante, y les parece un drama que no estén dispuestas a construir la nación que ellos quieren. Así que es un orgullo que no nos quieran.

Por Luciana Peker
Imagen: Constanza Niscolovolos
Fuente: Página/12