noviembre 08, 2015

“Todo lo que escribo es el resultado de una reflexión colectiva”

Hija de exiliados chilenos durante la dictadura militar de Pinochet, Ana Tijoux (Lille, Francia, 1977) ha logrado posicionarse en los últimos años en la vanguardia del rap conciencia latinoamericano, situando su música en lugares codiciados por muchas ‘femcees': en la serie ‘Breaking Bad’, donde sonó su canción ‘1977’; en los premios Grammy norteamericanos y latinos, a los que estuvo nominada durante cinco años seguidos; o en la colección de discos de fans ilustres como Thom Yorke, de la banda inglesa Radiohead.
Ana Tijoux, fotografiada por Claudio Poc


En 2007, tras haber formado parte del grupo Makiza, Ana Tijoux publicó ‘Kaos’, su primer disco en solitario: un trabajo de suave cobertura pop, que no hacía presagiar el estallido de color que poco tiempo después la propulsaría hacia el éxito internacional. A día de hoy, la máxima expresión del “estilo Tijoux” es ‘Vengo’ (2014), una obra en la que los beats y las texturas electrónicas han cedido el protagonismo a un denso tejido instrumental de sabor latinoamericano. Convertida en un ejemplo para muchas chicas que comienzan a abrirse paso en el mundo del hip hop, Ana prefiere que esa responsabilidad no interfiera en su proceso creativo: una aventura cada vez más centrada en buscar nuevos envoltorios para sus textos, mientras continúa rimando sobre asuntos como la lucha feminista o la necesidad de un empoderamiento popular.

¿Las raperas estáis empezando conquistar un espacio legítimo en la cultura hip hop, en pie de igualdad con los hombres?

Creo que la presencia de la mujer en el hip hop, al igual que en otros muchos espacios, debería de dejar de ser algo anecdótico o fuera de lo común. Parece que aún no logramos interiorizar y asumir como sociedad el concepto de igualdad de género, y aún está pendiente el proceso de recuperación territorial de las mujeres en todas las áreas. Aun así, efectivamente, se visibiliza cada vez más a mujeres empoderadas en sus letras, en sus vivencias, que riman sobre realidades y a la vez las construyen. Ver a tantas chicas en pie y enfrentándose a su arte da un tremendo bombardeo de oxígeno a una escena musical que necesita reinventarse de forma permanente. Ahora es una tarea cotidiana el cuestionarse y abrir espacios para todas y todos.

En 1997 pusiste en marcha Makiza, tu primer proyecto musical. ¿Había una cultura hip hop muy combativa en Chile en ese momento, alimentada tal vez por las heridas que el país arrastraba tras años de dictadura militar? ¿Era extraño ver a una mujer acompañada de tres MCs, DJs y productores masculinos?

“No deja de sorprenderme que aún me pregunten con quién dejo a mis hijos cuando salgo de gira”

Cuando empecé a rimar éramos unas ocho chicas en Chile, muy pocas para una escena mayoritariamente masculina. Pero tampoco puedo olvidar el tremendo apoyo de muchos compañeros hombres, que me empujaron a romper con mi timidez y afirmarme en mis ideas.

Siempre ha sido más extraño para el resto que para mí el hecho de ser mujer en un género eminentemente masculino, y no deja de sorprenderme que aún me pregunten con quién dejo a mis hijos cuando salgo de gira. Esa es una pregunta que no les hacen a los hombres que son padres. Es violento que aún existan estas diferencias, y que aún sea un tema que no tengamos integrado ni resuelto.

Tu conciencia feminista se despertó muy tarde, y siempre has reconocido que tu opinión sobre el feminismo estuvo distorsionada durante años. ¿Uno de los principales obstáculos en la lucha por la igualdad real entre mujeres y hombres tiene que ver con esta falta de información? ¿Es una carencia que detectas habitualmente al relacionarte con otras mujeres?

El machismo lo llevamos dentro desde muy niños: en la diferencia de juguetes y colores, en los juegos y en las palabras. Y a día de hoy, me toca volver a cuestionarme esas diferencias en mi rol de mujer y en mi rol de mamá de un niño y una niña. El hecho de que mis hijos lleven el apellido de la madre en segundo lugar me hace pensar que jugamos un rol secundario hasta en la identidad que llevamos.

A mi madre no le gusta cocinar, nunca le ha gustado. Y en mi familia hemos pasado por distintas fases, desde la risa a la sorpresa, al escuchar comentarios machistas de otras mujeres por el hecho de que a mi madre le gustasen otras cosas: leer, estudiar, caminar. Cuando digo que esta conciencia de mi propia ignorancia me llegó tarde es porque el machismo es una norma preestablecida. Vivimos bajo un machismo que no se dice machista, pero que es tremendamente inquisidor a la hora de juzgar a una mujer libre.

Me cuesta escuchar comentarios machistas, y me parece que hay una violencia normalizada. Sólo me queda escribir canciones y repensarme, y repensar la educación de mis hijos, para tratar de darles herramientas feministas a ambos en la medida de lo “imposible”.


Compusiste la canción ‘Antipatriarca’ inspirada por un manifiesto del Movimiento Por La Dignidad [y elaborado por mujeres residentes en las villas miseria argentinas]. Es un himno muy poderoso sobre el potencial revolucionario de lo femenino. ¿Crees que las artistas como tú, que estáis en posición de ejercer una cierta influencia social, tenéis la responsabilidad de levantaros contra las estructuras y actitudes que perpetúan una sociedad machista?

No me gusta decir que llevamos una responsabilidad sobre los hombros a la hora de componer, yo prefiero sentirla a la hora de cantar. Suena extraño, pero el peso de la responsabilidad entorpece mi momento creativo e inexplicable a la hora de escribir. Me doy cuenta de forma tardía del peso de las palabras que una canta o compone, y no es que trate de evitar esa responsabilidad: es que la línea entre crear y jugar un rol publicitario es muy delgada.

Tu popularidad ha crecido mucho en los últimos años, y eso ha deslizado tu música hacia canales de difusión cada vez más grandes y poderosos. ¿En algún momento temiste que tu mensaje corriera el peligro de ser manipulado, minimizado o desactivado por los medios de comunicación, algo que parece una lógica habitual?

“Vivo entre paradojas, y soy consciente de que muchas veces temo convertirme en un logo de mí misma”

Los medios son capaces de darle la vuelta a todo, de “logotipear” todo, de transformar cada palabra en publicidad. Vivo entre paradojas, y soy consciente de que muchas veces temo convertirme en un logo de mí misma. No tengo muchas respuestas para esta pregunta, más bien más preguntas, que me parecen muy necesarias para no perdernos en la vorágine de las entrañas del monstruo.

En la última década, parece que en la música pop latinoamericana hay un interés cada vez mayor en reivindicar e integrar las propias raíces folklóricas. Pienso en artistas como Chancha Vía Circuito en Argentina, o Pascuala Ilabaca en Chile, pero la lista es enorme. Tú misma has enriquecido mucho tu música, incorporando instrumentos como el charango andino o el tiple colombiano. ¿Lo ves como una posición política, en el sentido de reaccionar contra una cierta homogeneización cultural?

Puedo hablar de lo que me sucedió en términos muy personales. Me vi enfrentada al porqué no había escarbado antes, y entonces saqué mi pala para recuperar el legado musical latinoamericano, tan rico, y adosarlo a las letras. Me cuestioné cómo y en qué momento perdimos esa riqueza en nuestra música, y cómo poder mezclar su contenido en una composición musical y oral.


Aunque tus canciones han transitado siempre entre lo personal y lo colectivo, desde ‘La Bala’ (2011) parece que tienes un interés cada vez mayor en la idea del “nosotros”, en rapear desde lo comunitario. ¿Qué artistas te influyeron más a la hora de fortalecer este discurso sobre la necesidad de organizarse, de crear vínculos que sean un motor de cambio?

Los artistas están en todas partes, mentiría si nombrara uno en particular. Para mí, un artista es alguien que tiene esa sublime capacidad de desbordarme, y eso lo han logrado tantas y tantos escritores, documentalistas, fotógrafos, oradores…fue una sucesión de tantas cosas: las conversaciones con mis viejos, las cofradías de sobremesa al son de un buen vino. Esos instantes perfectos y comunitarios en los que te das cuenta de que nada de lo que escribes es propio, sino el resultado de una reflexión colectiva.

¿Crees que parte de tu éxito reside precisamente en el hecho que discos como ‘Vengo’ (2014) apelan a la unidad, en un momento histórico en el que sentimos más que nunca la necesidad de organizar nuestra rabia de forma colectiva?

No sé cómo contestar a eso, soy muy lenta en mis procesos de digestión. Dame unos diez años y podré contestar con más claridad.

Vives el auge de los movimientos sociales con una mezcla de ilusión y escepticismo. En una entrevista reciente concedida a una radio universitaria chilena, dudabas del poder transformador real de la lucha pacífica. Esto me hizo pensar en la posición de la rapera palestina Shadia Mansour, que colabora contigo en la canción ‘Somos Sur’. Shadia reconoce abiertamente que ella tiene una canción contra la paz. ¿La paz es a menudo un instrumento de control, cargado de violencia latente?

La pregunta es de qué tipo de paz estamos hablando: la paz como iconografía publicitaria, la paz que crea guerra en nombre de ella…existe una paz tremendamente violenta, y en este caso me alineo totalmente con las palabras de Shadia.

Violenta es la paz disfrazada de mentira, la paz institucionalizada como terrorismo de Estado, la paz que mata y se calla con impunidad, la paz sumergida en montajes, y esa paz amable y silenciosa ante la injusticia mundial. Se nos ha hecho una caricatura de ella, se nos vendió una imagen mundial revestida de símbolos y bajo una máscara de paz tapada en sangre. La radicalidad no es más que la respuesta a un modelo violento, y se ha demostrado que las Artes no son la llave hacia las transformaciones sociales, sino un eslabón más a la hora de lograr una transformación global real.


Por Carlos Bouza
Fuente: Pikara Magazine