junio 28, 2016

La autora novel Ángela Nzambi escribe su segundo libro integrado por 20 relatos cortos “Biyaare”, cuentos sobre género, identidad e inmigración

Resulta difícil desvincular la experiencia personal de la literatura. Sin el motor interior que empuja a escribir, la letra escrita se convierte en palabra muerta. Ángela Nzambi, natural de Guinea Ecuatorial, alumbró en su primer libro, “Ngulsi” (2012), relatos cortos contextualizados en su entorno familiar, tribal y étnico (de la etnia bisio). Son los tres ejes que componen la identidad de la autora. Esta diplomada en Ciencias Empresariales y trabajadora de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR)-País Valenciano, de 44 años, no se considera todavía escritora, aunque haya participado en dos libros colectivos de relatos cortos –“Navidad dulce navidad” y “Relatos sin fronteras”- y en 2015 haya publicado el segundo en solitario, “Biyaare” (Estrellas).

Publicado por la editorial Sial Pigmalión, el libro de 114 páginas integrado por 20 relatos define “Biyaare” como “una constelación de estrellas, cuyo trazo evoca un camino donde se confunden la senda de partida y la de llegada; pero asimismo se trata de personas y personajes, de voces que denuncian injusticias, también del impulso humano por sobrevivir y el arte que muestra su poder de redención”.

Con otras palabras, Ángela Nzambi destaca que estos relatos cortos son “fotografías de un momento, de acontecimientos y de encuentros”. Esto significa que la autora conoce a una persona o le llaman la atención unas palabras, que le inspiran y sobre todo le hacen plantearse preguntas. Después ese personaje y esas palabras se asocian a otras y se vinculan a acciones. “Me baso en realidades que se asocian y dan lugar a otras, pero también puede haber ficción”, explica.

Esta manera de trabajar se aprecia en “Destellos de un personaje”, uno de los relatos de su último libro. La inspiración le llega de una mujer de un país vecino a Guinea Ecuatorial (prefiere no citar el nombre), que con 40 años se presenta como candidata a las elecciones presidenciales. Es un caso real, que Ángela Nzambi descubrió a partir de la lectura de un artículo en Internet. La mujer en cuestión no es un ejemplo habitual, dado que a su edad no está casada ni tiene hijos, lo que motiva preguntas frecuentes de los periodistas. En el momento de elaborar la narración, la autora se imagina y recrea las inquietudes de una mujer que se presenta a mandataria, pero las rebaja y las hace más cotidianas. Así, la candidata sitúa como prioridad reorganizar los mercados locales, de plazas y barrios, en los que se intercambian productos básicos. “Ésta es una inquietud mía, pero creo que encaja en un personaje femenino que no sólo plantea grandes propuestas”, explica.

Otro ejemplo de este método que engarza sugerencias y enhebra motivos de la realidad puede hallarse en el cuento que escribió para el libro “Navidad dulce navidad”. El punto de partida es la discusión de Ángela Nzambi con una amiga, muy implicada en las reivindicaciones “africanistas”. Nzambi utilizó el concepto de “tribu”, “que hoy apenas se utiliza”, apunta. La polémica lleva a la siguiente reflexión: “¿Por qué hemos de cambiar las nomenclaturas cuando a los colonizadores les dejan de interesar?”, se pregunta. La autora recupera el nombre de las estructuras tradicionales y con arraigo, por ejemplo, la “tribu” entendida como “línea familiar”. Para reforzar su argumento, en el relato recuerda todas las acepciones del vocablo “tribu” según el diccionario de la Real Academia Española. “Sólo hay uno que pueda ser conflictivo, el que asocia este término a algo primitivo”. En definitiva, se trata de una reflexión del valor de las palabras como elemento de unión, pero también de separación.

En el libro “Biyaare” aparece algún personaje del mundo real, como el historiador y político senegalés Cheikh Anta Diop (1923-1986). Ángela Nzambi cita a este antropólogo “muy castigado por los occidentales, que en algunos de sus estudios ha tratado de mostrar la unidad cultural de todo el continente africano”. ¿Por qué introduce en los relatos al Premio Nobel de Literatura nigeriano en 1986, Wole Sokinya, o los “Griots” de Mali, o al emperador Sundjata Keita, o la práctica religiosa del vudú en la diáspora africana? “Muchas veces no hay una razón consciente para todo ello, yo parto de vivencias personales”. Cuando menciona al Movimiento de la Negritud, toma como punto de referencia el terremoto de Haití (2010). Dos años antes, en el III Foro Social Mundial de las Migraciones celebrado en Madrid, Ángela Nzambi conoció a un grupo de haitianos y dominicanos. Compartió con ellos experiencias. En 2010, cuando ocurrió el seísmo, asoció el recuerdo del terremoto a estos compañeros. También a otra persona cercana, de una ONG, que viajó a Haití y escribió la siguiente frase: “Haití aunque esté en América es África”. Y este adagio le sugirió a la autora guineana un nuevo relato.

Así compone los textos, con la materia prima de los hechos, las palabras y sobre todo las personas, que catalizan ideas. Todo se relaciona entonces con todo, incluida esta entrevista. Además de los materiales que básicamente recoge de la realidad, “estoy condicionada por mi trabajo en el sector social, con la población marginada”. Es más, agrega, “cuando elaboro un relato miro hacia los márgenes”. Prefiere el relato corto a la novela larga, en parte porque Nzambi se considera una autora novel, y las piezas breves resultan más sencillas para comenzar. Una vez ha acopiado palabras y realidades, y establecido las asociaciones, poco tiene que inventar para que la obra camine por sí misma. “El relato sale entonces muy fluido”. Pero hay una máxima que esta escritora en ciernes recomienda: “el texto ha de estar muy conectado a las vivencias interiores del autor”.

En “Biyaare” se presentan de manera recurrente tres ejes que remiten a la biografía de la autora. El género (la mayor parte de los 20 relatos están protagonizados por mujeres); la realidad de la inmigración; y la identidad cultural (cerca de 200 millones de personas que se identifican como descendientes de africanos viven en América). En Ángela Nzambi se agregan múltiples identidades: de la etnia bisio, guineana, africana (que le une por ejemplo a los saharauis, afirma), hispano-africana e Hispana. ¿Cómo plasmar esta complejidad en un relato corto? En uno de los cuentos que ella misma protagoniza aparece en un aeropuerto de Estados Unidos, donde ha de enfrentarse al problema del idioma (desconoce la lengua inglesa). En los puestos de control y chequeo trata de acercarse a aquellos en los que ve a funcionarios de rasgos hispanos, para que le faciliten las cosas. “Es algo que siempre me ha dado buen resultado; cuando les dices buenos días en español, parece que algo nos conecte por dentro”. Es un relato que refleja la búsqueda de identidad cultural.

En sus cuentos no aflora la política en términos “duros”, ni son textos para enardecer a la militancia. En otro relato incluido en su primer libro, “Ngulsi”, remite al lector a “Los poderes de la tempestad” (1997), obra de Donato Ndongo Bidyogo, en el que se trata el ambiente que rodea la dictadura del general Francisco Macías Nguema (1968-79). Más que limitarse al contenido sociopolítico, “quiero partir de mi propia experiencia personal, lo que no supone negar que en mi generación, cada persona haya vivido en su familia la dictadura de los años 70”, destaca Nzambi. En todo caso, muchos de los relatos de la autora natural de Guinea recogen voces y ambientes que esbozan la coyuntura política, tal como se vive en las casas y las familias.

La labor de búsqueda personal se pone de manifiesto también a la hora de mencionar los referentes literarios. “Estoy intentando tener mi propio estilo”. Ángela Nzambi ha leído profusamente a los escritores del “boom” latinoamericano, entre los que elige a García Márquez. Pero destaca también obras como “El país bajo mi piel. Memorias de amor y de guerra”, de Gioconda Belli; “Paula”, de Isabel Allende o “Amor América”, de Maruja Torres. “Me gusta mucho la mezcla de ficción y realidad”. La lectura de “Vivir para contarla”, de Gabriel García Márquez, permite apreciar los materiales reales con los que el escritor compone sus ficciones. Es la clave de la obra literaria.

Fuente: Rebelión