junio 19, 2016

'Ojalá sea un hijo': masculinidades y feminidades en la Albania contemporánea

La Albania moderna está marcada por el éxodo, las guerras balcánicas, la inestabilidad política. La situación socioeconómica y la violencia contra las mujeres son grandes retos para un estado marcado por la borrosa frontera en la que se sumen gobiernos, instituciones y redes mafiosas. El kanun, los feudos de sangre, las vírgenes juradas: mitos y realidades que distorsionan la distancia y el tiempo. Pero ¿qué sabemos de Albania?

Ceremonia de matrimonio en Valbonë, al norte de Albania./ Shkelzen Rexha Gjakovë

Hombres en los cafés. Hombres en los parques, sentados en los bancos, en las terrazas que bordean la carretera. La mayoría son mayores, canos, vestidos de oscuro, que fuman, que observan, que charlan, que juegan al ajedrez. No es una sensación hostil ni violenta, simplemente una certeza, la calle, el espacio público, es suyo.

Esta estampa se repite en todo el norte de Albania, pueblos y ciudades, desde las costuras de su frontera con Montenegro hasta llegar a su capital, Tirana. Disfruta el camino: hay vacas suicidas, motos con tres ocupantes, carros de caballos que se cruzan en la carretera; hay búnkeres plantados como champiñones entre los huertos, verdulerías improvisadas en los arcenes y hasta un pintor, con brocha y cubo, que adelanta montado en su bicicleta.

El país balcánico afronta una hoy crisis migratoria y económica que le impide sacar cabeza (nos suena, ¿verdad?). La juventud se marcha, las remesas no vuelven. Candidata a la adhesión a la Unión Europea, miembro formal de la OTAN, de la OSCE, de la OMC, y de todas las cosas malas que empiezan con O, Albania, en su adopción apresurada al capitalismo, se ha ido dejando por el camino a su propia gente, que están en los últimos lugares del continente europeo en las clasificaciones de desarrollo humano.

La corrupción en Albania es parte del pack inversor que acompaña a las grandes empresas italianas o alemanas especialmente que la élite local acoge para hacer su particular Vini,vidi,vinci en los Balcanes. Luego vienen las tramas corruptas, el blanqueo de capitales, la quiebra de los esquemas piramidales, los ayayays, los créditos, la austeridad. La pobreza que impera en Albania no es consecuencia de la generación espontánea y tampoco de ese sambenito de tierra atrasada, brutal, que se ha querido colgar sobre el pueblo albanés, por el hecho de ser un país eminentemente rural –aunque las cosas han cambiado, no hay más que pasearse por Tirana-.

Pero no estamos aquí para hablar de las consecuencias del libre mercado en Europa Oriental –que también- sino para preguntarnos cómo se han construido las identidades de género en un país caótico y maravilloso como Albania, sobre el que pesan el kanun, los feudos de sangre, las vírgenes juradas: mitos y realidades que distorsionan la distancia y el tiempo.

Albania es compleja de comprender: su aislamiento físico y político ha perfilado su historia. Ha sido tradicionalmente una sociedad tribal, donde se gestionaba de manera colectiva la tierra que se habitaba y existe una fortísima conciencia de comunidad. La hospitalidad es sagrada, una cuestión de honor, especialmente en zonas rurales, donde el café turko, el licor de raki y el tabaco son el aroma de las reuniones sociales que se celebran en la oda o habitación para hombres. El honor y la masculinidad son uno. La patrilinealidad en la herencia familiar es un principio absoluto que obliga a tener un líder masculino claro en cada unidad familiar, donde conviven a menudo decenas de miembros. Ellos son los representantes de la familia ante la comunidad, los garantes de su honra y los gestores de su riqueza y recursos. De los quince años en adelante, los hombres heredan y arraigan las raíces de ese árbol de sangre. De otro árbol distinto mana la leche, la que discurre de pecho en pecho por generaciones de mujeres albanesas. Cargan la leña, portan el agua, cardan la lana –y a veces hace todo esto a la vez-, cuidan la casa, se casan en ceremonias de grandes fastos, trabajan, trabajan, -un 60% de la economía familiar depende de ellas- y trabajan, crían hijos, e hijas, que perderán al casarlas con otra familia, -la exogamia es lo normal en estos casos- y vuelta a empezar. La esterilidad era considerada cosa de mujeres, culpa inherente de su cuerpo, y nunca del varón. Mala suerte, amiga.

El kanun

Ser hombre es una responsabilidad, un privilegio tramposo: hasta 1920, un 30% de la población masculina era diezmada sistemáticamente a causa de los feudos de sangre. El Kanun, el código que ha regido estas comunidades, establece una rígida división del trabajo y las labores cotidianas por razón de género y así se ha mantenido en las sociedades de montaña del norte de Albania durante siglos. Existen diferentes versiones escritas que a lo largo de la historia han recopilado estas leyes –la primera data del siglo XV- y de hecho son muy anteriores a la islamización del país. El kanun establece los “feudos de sangre”: el derramamiento de sangre masculina es el garante, el precio a pagar para mantener un hogar. Tradicionalmente, reconoce el derecho a la venganza en tres situaciones: cuando violan a una mujer, cuando un huésped es asesinado en tu propia casa o cuando matan a un varón de tu familia. Hoy día, el crimen que se venga con la muerte es solo el asesinato. La familia de la víctima siente que la del asesino tiene una deuda de sangre que pagar.

Durante generaciones, el Kanun se ha cobrado vidas de hombres por cuestiones que iban desde una riña entre vecinos a un conflicto por tierras, pasando por una novia deshonesta o una animadversión entre clanes. De hecho muchas familias conservan hoy feudos de sangre por razones remotas que ni siquiera conocen. Durante la época socialista fue prohibido, y hoy es hasta anecdótico, una cuestión de folclore. Cuesta 50 euros hacerse con uno traducido en el inglés en la librería del centro de la capital. Pero si se atraviesan las montañas del norte no es ciencia ficción, es una realidad tangible, inserta en años de patriarcado brutal y sangriento, que la caída del socialismo ha vuelto a hacer florecer.

A principios de los noventa, una vez extinto el régimen comunista, la falta de autoridad institucional provocó que los albaneses volvieran a acudir a los artículos del Kanun. Con la guerra civil de 1997, a raíz del batacazo financiero que colapsó el país, el código recobró aún más importancia. Hoy, todavía decenas de familias albanesas amenazadas viven encerradas en sus casas. (Algunas fuentes hablan de 138 familias autoaisladas, la mayoría en Shkoder). El Kanun impide la venganza en los hogares o en la compañía de mujeres, así que paradójicamente, casa y madre, casa y esposa, casa e hija, son el chaleco antibalas de los implicados en el feudo.

Las mujeres del socialismo real albanés

Incluso hoy en día, las mujeres embarazadas son recibidas con la expresión të lindtënjëdjalë (“Ojalá sea un hijo”). Otro proverbio con el que se topó Susan P. Post al investigar sobre mujeres albanesas fue el refrán “cuando la niña nació, la casa entera lloró”. Las novias siguen siendo entregadas en algunos ritos junto a una bala, que el marido puede usar si se ella se comporta mal según su criterio. Sin embargo, el socialismo hizo mucho por erradicar esta mentalidad de la sociedad albanesa… así que parece poco discutible hablar de cierta involución, a la que se suma un retorno a la religiosidad que llena el espacio social.

Convertido en un estado ateo desde 1967, en Albania no volvió a permitirse la práctica religiosa hasta los 90. No es este espacio para una sesuda disertación sobre el comunismo albanés y su lugar en la historia. Pero el avance innegable de los derechos femeninos que sobrevino a la llegada de los movimientos socialistas de la Albania de entreguerras fue una ventana abierta a la mujer.

El Partido Comunista Del Trabajo hizo mucho para la emancipación de las mujeres durante una campaña revolucionaria en los años 1960 y 1970, pero muchos de los logros de esa revolución social se han invertido desde la introducción de la democracia y una economía de libre mercado. Han revivido las viejas tradiciones, y a pesar de la igualdad legal y la aceptación en el mercado laboral, las mujeres tienen menos representación en la vida pública que bajo el régimen anterior.

Cuadro de Shaban Hysa (1938), expuesto en el Museo de Arte de Tirana

Sorprende enormemente la gran visibilidad de la figura femenina en el arte del realismo socialista albanés. Acostumbrada a otro tipo de representaciones de lo femenino en el socialismo, la omnipresencia de mujeres en la pintura y la escultura me fascinó.

En la plaza de Skanderberg, el centro de Tirana –un caos de tráfico y peatones, ciclistas, a medio camino entre la modernidad que se abre paso en la ciudad y la herencia de un pasado que no acaban de asimilar- se alza, imponente, el Museo de Historia Nacional.

La fachada del museo es un mosaico enorme coronado por mujeres y hombres. Ellas tienen el primer plano. Todas portan armas, todas miran de frente. Jamás el arte occidental había representado a la mujer de esa manera: ya no era frágil, tampoco regia; ni ademanes de musa ni miradas de soslayo. Era una mujer de carne y hueso, agresiva, serena, que nos mira a los ojos.

Cuando el país transitó hacia el capitalismo se decidió reescribir su historia empezando por el mosaico, al cual se aplicaron ciertos retoques destinados a su despolitización. Desaparecieron estrellas y libros, y donde ondeaban banderas rojas ondea la bandera nacional albanesa con el águila negra sobre fondo carmesí.

El Museo de Arte de Tirana contiene un tesoro oculto, una colección de cuadros maravillosa donde abundan las mujeres. El realismo socialista formulado en la URSS de los años 30 traslado a la escultura y la pintura el ideario del Estado. Hay monumentos en cada carretera secundaria, en rotondas remotas perdidas entre pueblos. El trabajo se elevaba a heroicidad, la vida cotidiana del proletariado se representaba en sus diferentes escenarios para reflejar la construcción del nuevo mundo.

El socialismo albanés se esforzó en reflejar ese nuevo estatus de la mujer a través del arte. Artistas de la época, hombres y mujeres (Blido, Sulovari, Hysa) representaron a obreras industriales, campesinas, atletas, combatientes. La importancia que la mujer adquirió sobre todo con la incorporación al trabajo no fue la misma que en los altos estratos del partido, por descontado, pero supuso una transformación social total. Las verdaderas pioneras fueron las partisanas de la lucha de liberación nacional contra la Alemania nazi y la Italia fascista. Hay textos que aseguran que la confraternidad con partisanas no era bien vista en el frente, y que estas “heroínas del pueblo” –ninguna superó la veintena- lo han tenido mucho más fácil para ser reconocidas muertas de lo que lo tuvieron nunca en vida.

Margarita Tutulami fue asesinada en prisión en 1943: dejó pocas cosas. Poesías, diarios y bordados de punto de cruz, cuando la llevaron presa. De Bule Naipi, activista que murió a causa de las heridas que le causaron sus torturadores alemanes con 22 años, sólo se conservan sus encajes, una pistola y una cuchara. Persefoni Kokëdhima, compañera de Bule, fue ahorcada tras negarse a declarar al caer en manos alemanas en 1944. De ella solo queda un rifle de mano, que guardaba en un bolso envuelto en un paño donde bordó sus iniciales. Incluso llevando muchos museos a las espaldas, ese testimonio mudo conmueve, humaniza, inquieta: los rifles oxidados junto a bordados de encaje amarillentos no es una combinación muy común.

Las vírgenes juradas

Pero si algo es inevitable asociar a Albania era la tradición que más morbo y fascinación ha despertado entre tantas otras –igual de perturbadoras- que dicta el Kanun: las virgineshas, o vírgenes juradas.

Las vírgenes juradas son las mujeres que en el norte de Albania, Kosovo y algunas regiones de Montenegro se someten voluntariamente a un juramento o besa ante su comunidad por el que asumen y se apropian de una identidad masculina: la identidad normativa y dominante que les garantiza derechos y privilegios que jamás alcanzarían como mujeres, pero que les priva de por vida del disfrute de su sexualidad.

Stana empezó a fumar a los 5 años, un hábito reservado para los hombres./ Emilienne Malfatto

Emilienne Malfatto y Jelena Prtoric trajeron a Píkara los testimonios directos de dos de las últimas vírgenes juradas balcánicas, la voz de dos mujeres ancianas Diana y Stana, no tanto por viejas como por enviciadas por haber visto y vivido muchas vidas en pocas décadas. Ellas son la voz de esta tierra. Llevan siglos existiendo. Cuando las primeras mujeres etnógrafas y antropólogas repararon en ellas –sus compañeros quizá ni habían mostrado demasiado interés – a finales del XIX y principios del XX, les inquietó su capacidad de haber mimetizado su “artificial” condición masculina, de haber asumido una identidad de forma tan extrema, hasta invadir la totalidad de su ser: había masculinidad en sus frentes arrugadas, sus dedos manchados de tabaco y sus manos llenas de callos. La había también en la manera, condescendiente y paternal pero firme y fría, en la que se dirigían a las mujeres a su alrededor.

Son mujeres preparadas para tomar las armas, para defender sus feudos. Ya no son tan desconocidas fuera de Albania como lo eran hasta hace dos o tres décadas: algunas han sido portada de Cosmopolitan, protagonistas de novelas (imprescindible Broken April, de Ismail Kadare) y hasta de películas (la clásica Virdzina, y la estrenada en 2015, Sworn Virgin) observadas a menudo con morbo desde occidente, casi como freaks de un país remoto. Nada más lejos de la realidad: son una respuesta coherente y socialmente aceptada en una cultura donde la identidad de género se performa a través de códigos muy estrictos, fuertemente anclados en el pensamiento colectivo. El excelente trabajo de investigación etnográfica de Antonia Young a finales de los 90, calculó la existencia de unas 100. La más joven tenía solo 22 años, la mayor llegaba casi a los 80. Las rurales aún portaban para la entrevista el traje masculino tradicional de un albanés: pantalones de pinza, chaleco de lana, y un pequeño gorro blanco. Las de ciudad conducían taxis, eran mecánicas, camioneras, vestían Levis y gafas de espejo y eran víctimas del desempleo rampante de la época.
Albanesa en tiempos revueltos

Si ya no hay tantas burnseshas, puede deberse a que, frente a un destino inevitable hace unas décadas se ha interpuesto hoy la posibilidad de migrar para trabajar o de marcharse a la capital. Pero las que se quedan tienen muchos frentes abiertos: con una tasa de desempleo femenino de casi el 29%, la dificultad de una vida autónoma aumenta las posibilidades de las mujeres de sufrir el pan de cada día, la violencia. Pese a la falta de estadísticas estatales, hay estudios desde Gran Bretaña que hablan de un 60% -70% de albanesas que admiten sufrir violencia de género. Se registran aumentos anuales de mujeres y niñas traficadas, pues Albania es a la vez fuente de captación y destino, la principal ruta de tráfico a través de los Balcanes. La Comisión Europea estima que 120.000 mujeres y niñas son traficadas anualmente por esta ruta, pero en el 2013, Albania identificó a sólo 95 víctimas de trata. Las cifras no cuadran. Las mujeres sexualmente explotadas suelen ir a parar a Grecia, Italia, Macedonia o Kosovo, pero también a destinos mucho más remotos como Bélgica, Holanda, Irlanda o Reino Unido. Regresar suele ser complicado, pero si lo logran, los códigos de honor no les permiten en muchos casos reintegrarse en las comunidades de origen.

Las mujeres divorciadas son un colectivo muy vulnerable en lo económico y lo social, y a las jóvenes rurales se les inocula a menudo el miedo al rapto de esposas, un hecho que la propia CEDAW comprobó en 2010 y que sirve de excusa a muchos padres que temen enviar a sus hijas adolescentes a los colegios en zonas rurales por miedo a un secuestro. A menudo, la solución es casarse muy joven.

Y pese a que parece una realidad remota, el aborto selectivo de niñas en zonas rurales albanesas alcanza el 60% de los abortos registrados, lo que distorsiona el ratio hombre-mujer en todo el país. La introducción de tecnologías que permiten predecir el sexo del feto ha servido para facilitar el proceso y no se hacen demasiadas preguntas. Otra intervención secreta muy común y al alza es la de la reconstrucción de himen, ante la exigencia creciente de llegar vírgenes al matrimonio tradicional. Otra muestra de la retradicionalización de una región en la que la mujer salió de los búnkeres del comunismo para acabar en los búnkeres de sus casas.

Todos estos datos, estas cifras, esta realidad, están a un rato en barco desde el sur de Italia. A cuatro horas en autobús desde Grecia. A una hora –si te atreves a conducir en ese caos de vacas, bicicletas y kamikazes- desde Tirana.

Fuente: Pikara