julio 10, 2016

La revolución de la semilla


Imagen: Constanza Niscovolos
Vandana Shiva y Marie Monique Robin son las dos referentes mundiales más fuertes que difunden los efectos destructivos del monocultivo de soja transgénica y los agrotóxicos. Llegaron a Buenos Aires en el marco del Tercer Festival Internacional de Cine Ambiental (FINCA) para generar conciencia sobre un tema invisibilizado en los medios masivos. Shiva plantea una solución desde el ecofeminismo, que propone quebrar la estructura patriarcal del capitalismo y Robin intenta llevar a la población a la reflexión filmando las consecuencias en las familias y los campos.

Las dos provienen de lugares lejanos, una de Francia, la otra de India; las dos consideran a la ecología como uno de los valores más importantes a defender; las dos se cargaron al hombro la responsabilidad y la valentía de difundir un mensaje obstinado y convencido en contra de los agrotóxicos, a los que consideran destructivos e insalubres, y las dos estuvieron de visita en Argentina, en el marco del Festival Internacional de Cine Ambiental (FINCA). Vandana Shiva nació en la India, es filósofa, ecologista y referente del ecofeminismo, una corriente de pensamiento que define al capitalismo patriarcal como el causante de la desigualdad entre las personas y de la destrucción de la tierra. Marie Monique Robin es escritora y directora de cine, realizadora del libro y documental El mundo según Monsanto, tal vez la creación artística que tuvo más potencia para lograr llegar masivamente y despertar una conciencia ecológica contra la mega empresa del glifosato.

Rodeadas de un entorno parecido al que viven las estrellas de rock de gira, Robin y Shiva dan notas en el recibidor de una casona antigua de San Telmo reciclada para funcionar como hotel. Robin habla un castellano con acento que perfeccionó de tanto visitar el país desde 2005, interesada en el avance de Monsanto. Shiva se comunica en inglés y lleva orgullosa el círculo rojo en la frente, que se pintan las mujeres hindúes como señal de una mirada introspectiva.

Mensajes desde la India

La teoría que plantea la filósofa hindú relaciona al feminismo con la ecología en el entorno capitalista. Ella plantea que el feminismo tiene que separarse del capitalismo, porque el capitalismo está basado en estructuras patriarcales. El ecofeminismo impone un feminismo que rompe con el consumismo basado en un capitalismo que también es machista. La mentalidad machista que domina a la mujer y cree que puede poseerla a su antojo es la misma que domina a la tierra y cree que puede avasallarla para su conveniencia. Hace una analogía entre mujer objeto/naturaleza objeto. Los grandes exponentes del avasallamiento de la tierra son las corporaciones como Monsanto, que explotan la tierra a través de agrotóxicos, lo que pone en riesgo la soberanía y seguridad alimenticia, además de los efectos ecológicos negativos que provoca. Estos procesos se ven en los países del tercer mundo, como Argentina e India. La alternativa que propone Shiva está basada en la asociación y la cooperación, en la que la tierra y las personas conviven en igualdad.

¿Cómo se cambia esta estructura patriarcal en la que vivimos?

–La estructura patriarcal capitalista es la que oprime, si fuera el hombre no lo podríamos cambiar, pero como es una estructura es posible. Se cambia reconociendo que lo que es definido como natural por el patriarcado capitalista es una construcción del patriarcado capitalista. Cuando ellos dicen que es natural que una mujer sea inferior al hombre es una construcción, cuando ellos dicen que la naturaleza está muerta es una construcción, entonces nosotras a través de nuestras experiencias de la vida y a través de nuestro conocimiento reconocemos que la naturaleza está viva, que las personas están vivas y que tomamos nuestras decisiones. Que Monsanto es dueño de la semilla también es una construcción y en el pensamiento ecofeminista la semilla está viva, es nuestra. Para cambiar esto es necesario terminar con el patriarcado capitalista y dictatorial.

¿Cuál es el lugar de la mujer en este cambio?

–Las mujeres fueron llevadas a hacerse cargo de las cosas que el patriarcado capitalista no considera importantes, como la vida. Las mujeres toman ese rol, no por su genética, sino por su ubicación cultural del tener que cuidar de los niños o de sus padres enfermos. Las mujeres se encargan de esto porque es la función que les toca en el patriarcado. Y eso es porque nuestros movimientos contemporáneos de las mujeres contribuyen a los movimientos ecologistas, porque en el patriarcado es el último eslabón, a la mujer le toca ese rol por el lugar cultural que se le da en el sistema. Tenemos el ejemplo de Chepko, la organización feminista que lleva adelante la lucha contra la deforestación de los bosques aferrándose a los árboles, o las mujeres de Bopal que tienen que cargar con las pérdidas de pesticidas de la planta. Esto no significa que este asunto sea sólo de las mujeres, ellas están más conscientes porque enfrentan esa carga, pero cuando actúan lo hacen por toda la sociedad.

¿Y cómo se relaciona con la soberanía alimentaria?

–El rol de la mujer para alcanzar la soberanía alimenticia es traer el conocimiento de la agricultura no violenta a través de la plantación de semillas verdaderas y la biodiversidad, con comida nutritiva y saludable, porque la agricultura industrializada produce productos de mercado, eso no es un sistema de producción de alimentos. El sistema verdadero de producción de comida está basado en biodiversidad, agroecología, comidas locales y en cuestiones nutricionales. Las mujeres tuvieron el rol de hacer este trabajo, de tener el conocimiento de guardar las semillas de los cultivos nutritivos.
Destrucción en imágenes

Marie Monique Robin llegó a la Argentina por primera vez en 2005, luego de leer una investigación que le advirtió sobre lo que estaba pasando en el país. Luego de un trabajo de campo, Robin dedicó dos capítulos de su libro a la Argentina. “También hice un documental Argentina, soja del hambre, en 2005. En aquella época nadie se preocupaba por lo que estaba pasando aquí. Primero fui a Entre Ríos, donde un médico ya decía que las fumigaciones iban a traer muchos problemas de salud, estuve en Santiago del Estero donde estaban desmontando los bosques nativos, provocando inundaciones en la cuenca de Santa Fe, una catástrofe total. En Rosario estuve filmando un campamento biológico, hay malformaciones congénitas, cáncer, diabetes, problemas de esterilidad, la fractura sanitaria de este modelo es muy alta, y es el principio. Viajar hoy en Argentina es terrible, están sacando los árboles, haciendo desaparecer las vacas. Yo filmé vacas en campos de concentración llorando ¿Qué pasó con el país, que no hay vacas en La Pampa? Es increíble”.

¿Por qué se da esta situación en Argentina?

–Monsanto quería entrar en Brasil en los 90 y no pudo: el parlamento no lo dejó, entonces vino para la Argentina, que no era un país productor de soja en ese momento. Los transgénicos entraron sin ley y la población no se preocupó. Con la crisis de 2000, hubo todavía menos interés. Fue todo un conjunto que hizo que el país entre en esa locura total. Otro país similar es Estados Unidos, donde estuve hace dos semanas filmando, donde la movilización también crece porque hay familias enteras enfermas. Yo filmé una agrupación de mujeres, Moms across America, que fue creada por una señora que tiene tres hijos y se dio cuenta que dos tenían alergias, el segundo a los ocho años desarrolló autismo y descubrió que toda su comida es contaminada con el glifosato. Cuando cambió de dieta, los síntomas desaparecieron. Creó esta asociación de mujeres que tienen hijos con alergias y problemas de atención. Los dos países se encuentran en la misma situación de desastre ecológico y sanitario.

¿Expresiones artísticas como tu documental sirvieron para crear conciencia?

–El mundo según Monsanto sirvió mucho para tomar conciencia ya que la prensa oficial no hacía nada, negaba el hecho, por cuestiones económicas, porque la soja transgénica que se exportaba traía divisas que financiaban los planes sociales a corto plazo. Por suerte hay otras opciones que funcionan muy bien como la agroecología, pero el problema aquí es que la transformación del campo es tan impresionante, con la expropiación de las tierras que ahora pertenecen a inversionistas que no son agricultores argentinos, que va a ser difícil recuperar todo esto, pero se puede.

¿Cómo se logra el cambio?

–La única forma es prohibir el glifosato porque es un veneno. Lo que está pasando en Europa demuestra que el glifosato va a ser prohibido dentro de poco, porque los estudios demuestran que este producto es el más tóxico de toda la historia industrial. ¿Qué va a hacer Argentina con 21 millones de hectáreas de soja que no dan nada si no son fumigadas con glifosato? Ojalá que se den cuenta. No estoy segura, porque para mi documental yo pedí entrevista con Barañao, con el ministro de Agricultura y de Salud, y hasta ahora Barañao me dijo que no y el restó ni siquiera me respondió.

¿Por qué el Gobierno no hace nada para detenerlo?

–Hay mucha presión de las multinacionales como Monsanto, Barañao tiene años de relaciones con Monsanto y, por supuesto, también hay mucha corrupción.

¿Por qué son mujeres las que difunden estos temas?

–No sé. En mi caso, yo tengo hijas, me preocupa mucho el riesgo sobre ellas. Todo lo que hago también es por mis hijas. A Vandana la conozco bien, fui una de las primeras en entrevistarla cuando nadie la conocía. Nos encontramos en India en 2004.

Hoy lejos de revertirse la situación, el monocultivo de la soja transgénica sostenido con agrotóxicos sigue siendo el modelo agroindustrial predominante, a pesar de las investigaciones que determinan sus efectos destructivos, tanto humanos como ecológicos, y son dos mujeres las referentes mundiales que se encargan de difundir sus consecuencias para intentar revertirlo.

Por Silvina Herrera
Fuente: Página/12