septiembre 06, 2016

La misoginia y la palabra

Profesora e investigadora en la
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
de la UNAM.

mcrosas@tutopia.com
A propósito de la contienda electoral en Estados Unidos, hay varias cosas que me llaman la atención. La ahora candidata presidencial por el Partido Demócrata, Hillary Diane Rodham Clinton, siempre es referida en los medios, en las conversaciones, en los análisis de los especialistas y académicos como “Hillary”, no como “Hillary Diane Rodham”, ni como “Hillary Rodham”, ni como “Hillary Clinton”, y ni siquiera como “Misses Clinton”. No. Simplemente es “Hillary.” El detalle es que su contrincante, el candidato a la presidencia por el Partido Republicano, Donald John Trump, casi siempre es citado en todos lados como “Trump”, no como “Donald” ni tampoco como “Donald John.”

Se podría argumentar que, en el primer caso, la ex Primera Dama buscaría tomar distancia de su marido, tal vez para convencer a los electores de que ella tiene “vida propia”, que no es una continuación de aquella administración de los años 90 que encabezó William Jefferson, o bien porque las infidelidades de éste –como aquella muy sonada con Mónica Lewinski- no son fáciles de perdonar. Razones puede haber muchas.

En el segundo caso, si al candidato republicano lo mencionaran los medios por su nombre de pila, Donald, tal vez ello se prestaría a confusión, puesto que no faltaría quien asumiría que se trata de un personaje de Disney. De acuerdo, para evitar malos entendidos, mejor hay que llamarlo, simplemente, Trump.

Con todo, si alguno de los argumentos anteriores fuera válido, entonces no se entendería por qué a todos los presidentes estadunidenses, desde Washington hasta Obama, se les nombra por su apellido paterno, no por su nombre de pila. Es decir, el primer presidente no fue George, sino Washington. Quien abolió la esclavitud fue Lincoln, no Abraham. El creador del New Deal fue Roosevelt, no Franklin. Quien impulsó el Plan Marshall fue Truman, no Harry. El primer Presidente católico fue Kennedy, no John. El primer Presidente afro-estadunidense fue Obama, no Barack. Bueno, ni siquiera en el caso de los Bush, padre e hijo, se hace distinción alguna –claro, los dos son George- y si acaso, se habla de Bush Jr. o ya de manera un poco más peyorativa, Baby Bush.

Entonces, ¿por qué a Hillary no se le menciona por su apellido? ¿Es realmente para evitar confusiones o asociaciones con su marido o es, simple y llanamente, una manifestación más de la misoginia y la discriminación hacia una mujer que podría ser la primera fémina en encabezar la presidencia de Estados Unidos en toda su historia?

Pensando en esta última posibilidad, me puse a pensar en el lenguaje que utilizamos, el cual está plagado de términos que, referidos a los hombres, son, en muchos casos elogiosos o por lo menos, chuscos –cierto, algunas veces, pero sólo algunas, degradantes-, pero, cuando aluden a las mujeres, son, casi siempre, insultantes. Aquí algunos ejemplos.

Un “hombre público” denota, generalmente, a aquel individuo que interviene en la política o a quien influye en la vida social. Una “mujer pública” en cambio, es sinónimo de prostituta o, como se diría en “mexicano políticamente correcto”, sexoservidora. Un “zorro” es un individuo zagas, astuto. Una “zorra” es una prostituta. El “perro” es un mamífero doméstico de la familia de los cánidos. La “perra” es una prostituta. Un “golfo” es un individuo que se entrega a los vicios o también es un accidente geográfico. Una “golfa” es una prostituta. Un “ramero” es un halcón pequeño que salta de rama en rama. Una “ramera” es una prostituta. Un “pirujo” es un hombre que no cumple con sus deberes religiosos, o bien, un pan desabrido. Una “piruja” es una prostituta. “Perdido” es quien no tiene o lleva un destino determinado. “Perdida” es una prostituta. Un “güilo” es un individuo tullido, enclenque. Una “güila” es una prostituta. “Callejero” se refiere a quien gusta de callejear o andar en la vía pública. “Callejera” es prostituta. “Zurrón” es un saco o una bolsa. “Zurrona” es una prostituta.

Después de este breve recuento, me pregunto por qué la lengua de Cervantes es como es, y llegué a la conclusión de que la terminología empleada responde a condiciones culturales y no necesariamente a lo “políticamente correcto.” Me explico. Hay lenguas como el inglés, el suahili, el persa moderno o farsi, y el pipil que carecen de género sintáctico o que han perdido las distinciones de género. En este sentido, lo que se tacha de “sexista” no necesariamente responde a la estructura de los idiomas o lenguas, puesto que éstos son dinámicos y cambiantes. En el persa antiguo había una distinción de género, pero hoy no. En cambio, lo que sí es cierto, es que hay un uso social-cultural que suele exaltar el dominio histórico del hombre sobre la mujer, al igual que el papel que cada uno desempeña en las sociedades.

Por María Cristina Rosas
Fuente: http://www.etcetera.com.mx/