septiembre 25, 2016

Lengua de loca no se equivoca


Hablaba y escribía en femenino, le gustaba que la llamaran Rosa y disfrutaba de usar ruleros para ir a hacer las compras pero no eran estos gestos políticos –aunque también– los que permiten tratar a Néstor Perlongher como a un hada madrina del feminismo sudamericano sino su tenacidad para traducir textos del francés o portugués que cruzaban fronteras a impulso de estampillas y supieron alimentar a sus amigas de por acá que los recibían y publicaban en revistas como Persona –merced a Sara Torres– o Alfonsina –que dirigía María Moreno–. La compiladora de Correspondencia –Editorial Mansalva–, autodefinida como “devota de nuestra Santa Marica patrona de las mujeres moleculares” asegura y da pruebas en el texto que sigue de que es en las cartas donde la primera adscripción de la Rosa puede rastrearse y ponerse en su lugar, entre las feministas ilustres.

A Perlongher le gustaba hablar y escribir en femenino. En su recientemente editada Correspondencia, usaba el género femenino para hablar igualmente con sus amigos gays y mujeres (democráticamente llamados “nena”) y para llevar la lengua al punto de la ruptura léxica (una de sus cartas está fechada en “Santa Pablilla, la julia de la noventiúnica”). Pero no se trataba sólo de un uso jocoso de la gramática, sino de ensayar ese tono exacto que admiraba en Puig, y que tan bien lograba en su poesía:


“Voz de mujer, lengua de mujer, decir menor, un entretejido de ‘lugares comunes’ –trama de la linaza, estraza strass– deja sentir, como al trasluz, la fina agudeza de la vocecilla impertinente, dejando dicho lo que no decir.” (Prosa Plebeya, p. 161)


La Rosa encontraba en esa feminización de la voz, en ese gesto neobarroso del montaje, el ajuar perfecto para la intervención poéticapolítica; no olvidemos que sostenía, citando a Severo Sarduy, que “Lo primero para hacer la revolución es ir bien vestida” –frase que parece traducir a la literatura neobarroca la hipótesis deleuzeana de que el devenir mujer es la clave para toda acción política. En ese tono, le encantaba decir: “Nena, llevate un saquito”, y mandaba a las amigas a coger por ahí –“saquito” en la jerga de las locas era un preservativo. Para la época, toda una gesta libertaria. Lengua y cuerpo se articulaban así en el origen de la política del deseo en nuestra Matria Grande, política que la Rosa supo pasear por transplatinas orillas esparciendo como purpurina el germen revolucionario hasta transformarse en la tía (ya que no la madre) del movimiento LGBT latinoamericano.



Dos lenguas locas enfrentadas: el autor de las cartas y su compiladora.

Pero hay un paso previo, generalmente soslayado por las diversas lecturas de Perlongher: la Rosa, antes que nada, era una feminista. No conviene olvidar que el propio Frente de Liberación Homosexual tenía un ala feminista fuerte, representado sobre todo por la histórica activista Sarita Torres, impronta que puede leerse en los documentos como “Sexo y Revolución”, por ejemplo, y en las preocupaciones por alinear la lucha por los derechos de las mujeres con la de las disidencias sexuales. Importa mucho relevar esa articulación para las políticas de la diferencia hoy, cuando vemos a nivel global un preocupante divorcio de esa célula revolucionaria inicial entre feministas y otros queers –las mujeres en tanto sujetos minoritarios seríamos queers en sí, podría argumentarse–. La fuerza de ese amor todavía alimenta las trayectorias de activistas como María Moreno, Mabel Bellucci o la querida Lohana Berkins.


Más que en ningún otro texto, el feminismo de Perlongher puede leerse en su Correspondencia. En las cartas a sus amigas mujeres, en particular a Sarita Torres, pueden verse sus preocupaciones constantes por el movimiento de mujeres en la Argentina y el Brasil y sus posibles articulaciones. María Moreno (de quien se quejaba que no escribía ni le mandaba las Alfonsina donde él siempre quería publicar), María Elena Oddone, directora de la revista Persona, Teca Aarão, activista lésbica feminista brasileña, son personajes recurrentes en la chismografía feminista que intercambiaban con Sarita. Justamente se trataba de hablar de política, de hacer política, según modelos discursivos no machistas. Si la política era el mundo de los hombres (todavía seguimos peleando por el derecho a la cosa pública), la Rosa irrumpía en ese espacio vestida de señora reclamando su derecho. Pero ese reclamo no podía usar el estilo enemigo: su contundencia dependía del filo de su lengua, y como sabemos, el estilo es la marca del compromiso. En carta al compañero del FLH Néstor Latrónico (Monique Latronique) reflexiona: “Y aunque corto las frases, para huírle, reaparece esa cursilería, que es tan natural en mí como ir con los ruleros a la feria. Debo acaso reprimirla? sofocarla? blindar, acerar la letra? la letrilla? (otra vez, esa caída en la letrilla, ver Góngora). Al respecto, una obrilla de Puig llamada El Beso de la Mujer Araña me ha reconciliado (qué palabra tan pastoral) con esos delicados sentimientos”.


Ese mundo de los delicados sentimientos es el que debe para él ser politizado, llevado a lo público, reconocido, como una lengua de locas que revela lo que la ideología oculta.


Pero no solo la lengua del devenir mujer, sino la perspectiva que esa lengua habilita. “Una mirada desde la alcantarilla puede ser una visión del mundo, la rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos”, insinuaba Pizarnik. Alcantarilla, zanja, trinchera. Lugares donde aparecen los cadáveres (entre las matas, en los pajonales) y desde donde disparar las armas de las palabras y la reflexión política. La posición discursiva femenina/feminista es para Perlongher casi una técnica, un modo de intervención, como lo hizo respecto de la guerra de Malvinas, cuyo sofisticadísimo análisis se encuentra desarrollado varias de sus cartas. Mientras acusaba a Sarita de hablar sobre “las decenas de hijos que las mujeres ceden para esa orgía sacrificial, ese potlach macabro”, la Rosa apunta: “si esa similitud semántica (Malvinas, si parecen las esposas de Sandrini) favorece la intrusión feminista (son ellas...), otra cualidad se superpone a la anterior: la guerra es el supremo deporte masculino (cada muerto es un gol!) y es por lo menos una contradicción sospechosa que se puna el aborto y no la masacre sistematizada de cholos” (40). También en ese sentido puede entenderse el paralelismo de los deseos de identidad y territorialidad de las islas y la identidad gay en “El deseo de unas islas” y “Todo el poder a Lady Di”.


Entre reclamos, volutas y vericuetos, las cartas a Sarita permiten mapear una historia del movimiento feminista brasileño en el contexto de la transición y los primeros años de la democracia en ambos países. Acciones, publicaciones, reclamos, grupos brasileños son traducidos por la Néstor, enviados a Sarita y de ahí publicados en Persona y Alfonsina, al igual que las noticias y publicaciones enviadas por Sarita iban a parar a manos de las feministas del otro lado de la frontera, encabezadas por la aguerrida Teca y su grupo SOS Mulher, especializado en violencia de género, que la Rosa frecuentaba. De hecho, luego de la disolución del grupo SOMOS, que había indirectamente fundado al contrabandear las homónimas revistas del FLH a lxs colegas del Brasil, Perlongher estaba más interesado en uno de sus desprendimientos, el Grupo de Ação Lesbico-Feminista (GALF) y sus derivados y publicaciones (como Chanacomchana –Conchaconconcha– o Mulherio) que en el movimiento gay en sí mismo, al que terminó caratulando como “agencias de normalización” de una identidad que él tachaba de “careta” en un texto escrito en portugués (“A crise do SOMOS”), en esa deliciosa promiscuidad de las lenguas que les permite decir algo tan intraducible e inexplicable con la misma exacta palabra. Todo ese fructífero circuito de traducciones y contrabandos feministas orquestado por la Néstor sigue sin ser estudiado a fondo, pero no deja de latir al interior del movimiento de mujeres pero también de los grupos de entonces como Política Sexual o Libertades Cotidianas, que escapan a las territorializaciones estables de las políticas del deseo. Es quizás en esa intersección que conviene detenernos: en las luchas comunes por las libertades y derechos, que comparten el feminismo y la política LGBT propiamente dicha, y que hoy alienta las intervenciones de la Colectiva Lohana Berkins o del enorme y micropolítico Ni Una Menos. En el mencionado documento del fin de SOMOS, la inconfundible pluma de Perlongher llamaba a la constitución de un frente contracultural que incluyera a mujeres, travestis, “gronchos”, chongos, inmigrantes, taxiboys y demás subjetividades subalternas. Esa alianza que llamamos queer, pero para la que podríamos trazar una genealogía más específicamente latinoamericana, regional, atenta a nuestras particularidades culturales y no a las modas activistas y académicas norteamericanas, especialmente en relación con movimientos macropolíticos locales como el peronismo o el PT de Brasil. En esa línea importa recuperar su análisis del viaje a Brasil de Guattari que dio origen al libro Micropolítica. Cartografias del deseo, tan frecuentado hoy por quienes nos interesamos en la política de lo cotidiano y la mutación de la subjetividad. Perlongher lo conoció y participó de algunas de sus reuniones con los movimientos sociales, poniendo especial énfasis a la cuestión de las identidades (tema no ajeno al movimiento feminista, para el cual reseñó tales actividades en la revista Persona bajo el título de “Política y deseo”; los chismes de la delicia de la Felicia se reservaron para Sarita: “Fragmentos de ese movimiento [el movimiento homosexual paulista] lograron convocar, en la sede del grupo Lésbico Feminista (peleadísimo con el SOS MULHER de la Teca, quien empero concurrió), a una mini reunión de unas 30 personas con Guattari, donde él estuvo espléndida hablando de su deseo de ser mujer..., nos encantó. La Felicia viene muy pesada: ella sí que se podría mandar un flor de entrismo y hacerle la cabeza a Lula, la chica esa es muy ambiciosa, quiere llevar el esperma de Lula en un frasquito a Francia para mostrar que se lo pasó, y se encontró con él, a solas, en un hotel del centro... “se dice de mí...”).


Toda la correspondencia tematiza, en cada momento histórico, en cada contexto, las posibles articulaciones entre las micro y las macropolíticas, y sobre cómo ponernos de acuerdo ente todxs (tema parodiado en su poema Siglas, acerca de las infinitas nominaciones y divisiones de los grupos activistas). Temas históricamente pendientes y conflictivos, especialmente hoy cuando la unidad es más necesaria que nunca.


Cómo politizar lo personal sin que las formas estandarizadas de lo político amarguen lo personal: una pregunta no formulada pero cuyas respuestas se encuentran en su búsqueda estética: glamour, filo, erotización de la lengua, y siempre mucho humor. Porque en el sueño de una sociedad más justa, nunca debemos olvidar que lo más importante es la búsqueda de la felicidad.


Por Cecilia Palmeiro
Fuente: Página/12