septiembre 11, 2016

Mitos. Así en el cielo pero no en la tierra

Había una vez en el Olimpo toda suerte de deidades hermosas, sabias, guerreras, celosas, voluptuosas, castas, independientes, vengativas, con distintos poderes, veneradas por las mujeres de la Antigua Grecia, luego por las romanas. Sin embargo, las ciudadanas de a pie carecían casi de derechos y estaban confinadas a las labores domésticas y la crianza de los hijos. ¿Por qué las nueve musas, inspiradoras en todas las áreas de la cultura, sólo concedían sus favores a los varones?

En el principio, Eurínome, diosa de todas las cosas, se alzó desnuda del Caos, pero no encontró nada sólido donde apoyar sus pies y entonces separó los mares del firmamento bailando solitaria sobre las olas”, escribe Robert Graves en Los mitos griegos, acerca de esta divinidad de la primera generación, la de los Titanes. Luego, Eurínome hizo aparecer la serpiente Orión frotando sus manos con el viento norte, y copuló con ella. A su debido tiempo, “la diosa puso el huevo universal del que fueron cayendo todas las cosas que existen: el Sol, la Luna, los planetas, las estrellas, la Tierra con sus montañas y sus ríos, sus árboles, hierbas y criaturas vivientes”. A continuación, Eurínome creó siete poderes planetarios, colocando sobre cada uno a un Titán o a una Titánide. Soberana de las nevadas laderas del Olimpo, según Pierra Grimal (Diccionario de la Mitología Griega y Romana, Paidós), fue expulsada por Cronos y Rea (hija de Gea, diosa de la Tierra). Amada por el incansable amador Zeus, Eurínome engendró con él varias hijas y ya que estaban en plan de procrear, el dios-río Asopo. Todo esto según una de las tantas versiones que en el caso de los mitos griegos (luego asimilados en su mayoría por los romanos, previo cambio de nombre) multiplican anecdotario y relaciones hasta el infinito, allí donde las constelaciones toman la forma y el apelativo de diversas deidades, héroes (no hay heroínas) y mortales.

Según el mito órfico, revisitado por Graves, la Noche de alas negras fue cortejada por el Viento y así depositó un huevo en el seno de la Oscuridad, de donde salió Eros listo para poner en movimiento el Universo. La Noche vivía con él y se revelaba en forma de tríada: Noche, Orden y Justicia. Eros habría creado la Tierra, pero según este mito, la triple diosa gobernó el universo hasta que el cetro pasó a manos de Urano. En cambio en el mito olímpico, la Madre Tierra se eleva del Caos y dormida da a luz a Urano, quien al contemplarla desde la montaña se enternece y deja caer una lluvia fertilizante que produce verdor y toda suerte de bestias, haciendo fluir ríos que desembocan en mares.

Diana o Hecate, diosa de la luna. Ceres con sus atributos divinos.

El incesto, la promiscuidad, las relaciones con monstruos y animales, cierta formas de embarazo masculino (Zeus también tuvo un parto por el muslo...) e incluso ríos enamorados estaban a la orden del día entre los habitantes del Olimpo, superpoblado de divinidades poderosas, competitivas, ingeniosas, vivificantes, mortíferas... Entre las figuras femeninas, hay que nombrar –además de las citadas más arriba– a Hera (Juno para los romanos), Artemis (Diana), Hestia (Vesta), Deméter (Ceres), Perséfone (Proserpina), Casandra, Tetis, Doris, las Moiras, las Harpías, las Sirenas, las Ninfas, las Estaciones... Una larga lista de personajes femeninos de la mitología, que junto con los masculinos hablan profundamente de la naturaleza humana, de las ambiciones, los anhelos, las pasiones, los miedos. Que han inspirado y siguen inspirando muy hermosas obras de la literatura, el teatro, el cine, las artes plásticas en general.

CONSTELACIONES DE DIOSAS

Licenciada en Letras, con orientación Letras Clásicas y a punto de presentar su tesis de doctora (sobre el discurso femenino en las tragedias troyanas de Eurípides), Elsa Rodríguez se dedica de lleno al mundo griego, que la apasiona. Reconoce que las distintas versiones de los mismos mitos dentro de la cultura griega vuelve difícil, “casi ciclópea”, la tarea de sistematizar genealogías y andanzas de estas divinidades a veces tan humanas, a veces tan excesivas, que los romanos tomaron y asimilaron, “haciendo jugar variables de la propia cultura”.

A pesar de que se considere a Zeus como el dios supremo, en muchas expresiones artística y también en la cultura popular han prevalecido los nombres de diosas como Afrodita (Venus en Roma), Artemis (Diana), la profeta Casandra, las distintas Musas... ¿Se puede considerar que el poder, la iniciativa, el relieve de estas inmortales las equipara con los dioses?

–Sarah Pomeroy, una historiadora feminista muy importante, tiene un libro pionero, de 1975 que aún hoy se sigue consultando: Diosas, rameras, esposas y esclavas. Mujeres en la Antigüedad Clásica. Allí dice que habría que hacer una diferenciación entre diosas y mortales (femeninas), entre mito y culto. Porque si tomamos el culto en cuanto veneración ceremonial de las mujeres hacia las diosas, ahí notamos que se presta atención a la realización de las necesidades femeninas y a la determinación de sus roles característicos en la sociedad. Por ejemplo, se adopta a Atenea en tanto patrona de las tejedoras, a Hera en relación con el matrimonio, a Artemis en cuanto al nacimiento de los niños. Pero estas cualidades que se les atribuyen carecen de mayor importancia en los mitos, no es lo principal en ninguna de estas diosas a menudo hostiles hacia las mujeres o que se encuentran en medio de experiencias extrañas a las de los mortales. Esa diferencia que plantea Pomeroy me parece un buen punto de partida. Otra división interesante que podríamos hacer sería entre diosas con descendencia y las “doncellas”. Entre las primeras tenemos a tres: Hera, Deméter y Afrodita. Ya con Hera tenemos el dato curioso puesto que se la tiene por diosa del matrimonio cuando el suyo propio no marcha bien, digamos que ella había perdido la batalla desde antes de comenzar... Uno de sus símbolos es el pavo real, con tantos ojos en ese plumaje extendido que no le alcanzan para controlar que su veleidoso marido esté solo con ella. Este Zeus tan excesivo en sus amores, tan diversificado: vírgenes, no vírgenes, hombres, mujeres.
Ceres, diosa de la agricultura. Cibeles.

¿Un antecedente magnificado del Don Juan?

–Exactamente, no va con la firme intención de Hera de tener un matrimonio monogámico. Esta diosa tiene, en principio, cuatro hijos con Zeus: dos varones y dos mujeres, Ares y Hefesto, Hebe e Ilitía, ambas divinidades claramente menores: Hebe representa la juventud y su hermana aparece en el momento del parto. Ares, dios de la guerra, compite con Atenea, diosa de la guerra en el sentido más racional y estructurado, también diosa de la inteligencia que nace de la cabeza de Zeus. En comparación, este Ares, usando un término poco académico, viene a ser el dios berreta de la guerra. También corre la versión de que Ares puede ser hijo únicamente de Hera, cuando ella se pone muy celosa frente al nacimiento de Atenea. Hay que prestar atención a esta situación: cuando una diosa procrea sola, da a luz el único dios con defectos: Hefesto, cojo y feo. Y ya que estamos, podemos incluir a Gea, la mamá de Tifón, un monstruo enorme, que tiene que ver con la hibridez y el gigantismo: es tan grande que si abre los brazos, llega con sus manos a Oriente y a Occidente al mismo tiempo.

Afrodita es otra diosa prolífica, con varios amores, de la que, además de la fama de disfrutadora, heredamos el adjetivo afrodisíaco/a...

–Es la contrapartida de Hera, la diosa del deseo. Algunas versiones la dan como hija de Zeus, pero la más difundida es la de Hesíodo: Afrodita surge de la combinación de la espuma marina y la sangre de los genitales mutilados de Urano. Esta versión la retoma Platón en El Banquete, diciendo que Afrodita tiene una naturaleza dual: la urania, que apunta al amor más intelectual, y la Pandemo, como patrona de las prostitutas, común y vulgar. De estas diosas importantes, hay que señalar que Afrodita es la única adúltera.

También, le tocó bailar con el más feo por una imposición...

–Sí, es verdad, a la diosa de la belleza suprema... Se permitió varios juegos de adulterio y tuvo mucha descendencia. La otra diosa madre es Deméter, también relacionada con la fertilidad humana y de la tierra, con las matronas y las recién casadas, hija de Cronos y Rea, que tiene a Perséfone con Zeus.

¿Las diosas doncellas, algunas de relativa virginidad, son más numerosas que las casadas?

–Los textos suelen hablar de tres, pero habría que nombrar a cuatro: Atenea, Artemis, Hestia y Cores, más conocida como Perséfone. Sin duda, las más importantes son las dos primeras.
Atenea nace con todo puesto, algo más que un pan bajo el brazo.

–Claro, ya viene equipada con el casco, el escudo y la égida. Es la diosa que termina ganado la ciudad de Atenas: compite con Poseidón que ofrece agua potable, en tanto que ella propone las aceitunas. Perséfone es importante por este rapto que experimenta por parte de Hades, ese juego a partir de las Estaciones que le permite esa doble vida subterránea y terrestre. Luego tenemos a Hestia, una diosa del hogar, independiente, sin mito propio, inmóvil y virgen. Si bien todos los dioses y todas las diosas son antropomórficos, ella sólo puede ser representada con el fuego. Es la divinidad más doméstica y francamente menor.

¿Las Moiras detentaban un punto de poder por encima de Zeus?

–Se supone que son preolímpicas: en Ilíada, cuando Zeus no quiere que muera su hijo Sarpedón, los otros dioses le dicen que han tenido que soportar esa situación. Aparece la Moira y avisa que Sarpedón debe morir. Zeus entonces acepta, se inclina ante su decisión y en un pasaje bellísimo llora lágrimas de sangre. Se supone que la idea de Moira es aquello que tenemos asignado como destino individual.

A pesar de las diferentes versiones, ¿quedamos finalmente en que son nueve las musas de la mitología griega, que no pasaron a la romana?

–Sí, aunque no hay acuerdo total sobre estas hijas de la unión de Zeus y Mnemósine durante nueve noches seguidas. Hay que señalar que a la madre, personificación de la memoria, se la recuerda poco, sólo se suele nombrar al padre. Cada una de ellas remite a distintos ámbitos del conocimiento, la cultura: a Calíope se atribuye la poesía épica; a Talía, la comedia; a Urania, la astronomía; a Erato, la lírica coral; a Terpsícore, la danza y la poesía ligera; a Euterpe, la flauta; a Clío, la historia; a Melpómene, la tragedia; a Polimnia, la pantomima.

Es llamativo que la creación artística aparezca inspirada, en manos femeninas, si se considera que este tipo de creación les es negada a las mujeres griegas, y a las mujeres en general a lo largo de tanto tiempo.

–Hay un trabajo valioso de Ana Iriarte, una historiadora del País Vasco que vino a Buenos Aires en agosto pasado. Ella investiga sobre todo género y Grecia, tiene un libro reciente, De amazonas a ciudadanas, proyecto ginecocrático en la Grecia Antigua. Estudia la imagen de las musas, particularmente en Hesíodo, como seres omniscientes. Las contrapone a la otra forma de memoria, la trágica, relacionada con las Erinias.

Con los siglos, hasta llegar a la actualidad, en la acepción más común las musas se convirtieron en las amanuenses, las asistentes, las esposas y amantes de los creadores...

–Quedaron un poco reducidas a esa idea, aunque no siempre. Iriarte encuentra algunos puntos de contacto entre las musas y las sirenas, con las cuales entramos al mundo de lo monstruoso. Para empezar, las sirenas griegas con mujeres ave: hay que llegar al bestiario medieval para que pasen a ser mujeres pez. En verdad, hay varias criaturas femeninas mitológicas que son un poco monstruitos: las harpías, las estinfálides, las lamias, todas con características de híbridos, que en general tienen que ver con la muerte. Las sirenas quieren atraer a Odiseo, como a otros navegantes con intenciones nada santas: Homero las describe rodeadas de huesos que blanquean en una pradera...

Los castigos de los dioses despechados a veces son de una crueldad tortuosa: la pobre Casandra puede dar fe, aunque nadie le crea.

–Los dos dioses que más coquetean con el mundo femenino son Zeus y Apolo. Porque, por ejemplo, Dionisio una vez que rescata a Ariadna dejada por Teseo en Naxos, se casa con ella y le es fiel. En cambio tanto Apolo como Zeus, para decirlo de una manera coloquial, no dejan títere con cabeza. En el caso de Apolo, efectivamente, quiere tener relaciones con Casandra, hija de Príamo y de Hécuba. Ella se niega sistemáticamente, entonces el castigo es dejarle el don de la videncia pero quitarle el don de la persuasión. Una maldad genial, hay que reconocerlo. Algo parecido hace con la Sibila: la deja inmortal pero le saca la eterna juventud. Lo notable es que Zeus logra sus propósitos de acostarse con quien se le ocurra, mientras que a Apolo no le va tan bien.

Lo que pasa, quizás, es que a Apolo, tan hermoso, no se le ocurre transformase en animal...

–(Risas) Tal cual, esas metamorfosis que practica Zeus para seducir no se dan en Apolo, quien también –rechazado otra vez– convierte a Dafne en laurel. Si bien una de las posibilidades de crear monstruos en la Antigüedad es justamente bestialismo, este resultado no se da cuando el que se transforma en animal es Zeus: ahí nacen seres maravillosos. Con Semele, es Dioniso; con Dánae, es Perseo; con Alcmena, es Heracles; con Leda son los Dióscuros Cástor y Pólux. Bueno, en el caso de Dánae fue una lluvia de oro, pero claramente a Zeus le va siempre bien gracias a su creatividad, aunque tiene que bancarse a una esposa celosa que le hace escenas.

¿Dónde ubicás a las amazonas, esas subversivas desclasadas, negadas, discutidas, vituperadas? Es un mito que sigue resultando inquietante.

–Incluso en el propio mito se termina fagocitándolas, porque Pentesilea, la reina, enamorada de Aquiles, ya rompe con el modo de vida de las amazonas, que excluye el matrimonio, la convivencia con varones. Es un mito apasionante, va apareciendo a lo largo de la literatura griega. La etimología es sin pecho, se supone que se hacían una especie de mastectomía o que se lo apretaban de manera de poder disparar cómodamente el arco. En las noches, iban a pueblos cercanos para acostarse con hombres y así ser fecundadas: si nacían mujeres se las quedaban, si eran varones los entregaban a los padres. La palabra gyné en griego es mujer –ha quedado en nuestro idioma en palabras relativas a la ginecología– y a la vez quiere decir mujer casada que ya demostró su fertilidad. Una de las causales de divorcio en Grecia era la infertilidad, por otra parte, siempre considerada femenina. Una mujer era esposa, gyné, en el sentido pleno de la palabra, cuando había sido madre, preferentemente de varones, que eran los que valían.

Es chocante el desigual status como ciudadanas que tenían las griegas en estas épocas de auge de la mitología. Hay algo que no condice: tener estas diosas con semejantes atributos en todos los rubros, incluida la guerra, el conocimiento, la creación artística, y no disponer casi de derechos en la vida cotidiana.

–Es así, sin duda. Fijate que el momento en que mejor les va a las griegas es cuando aparece esta ley que dice que para ser ciudadano ateniense es necesario tener madre griega. Pero el reconocimiento es solo para hacer este traspaso de ciudadanía a los varones.

¿Tenés alguna explicación para esta contradicción?

–Lo que vos estás planteando en el mito, lo advierto en la tragedia, donde los personajes femeninos son terriblemente fuertes, en general humanos: Hécuba, Clitemnestra, Medea. Antífona misma, si bien Sófocles no le da el lugar que Esquilo y Eurípides en el teatro. Es impensable que esa fuerza femenina se refleje en la sociedad que iba a ver esos espectáculos, incluso se discute si las mujeres eran espectadoras, tampoco podían actuar en escena. La producción trágica es masculina, interpretada por varones y vista por un público principalmente masculino... Y sobre el escenario estos personajes impresionantes de mujeres. Yo creo que aquí opera el juego de espejo y de inversión, que me parece que la mayoría de las sociedades juega... Pienso en el Carnaval medieval donde, en esos días, toda norma, todo lo establecido se tira por la ventana, para que después las cosas vuelvan a su lugar una vez terminada la fiesta. Creo que en la Antigua Grecia se practicaba digamos este juego de tirar la chancleta por un rato, por otra parte con heroínas como las que mencioné que no son de origen ateniense. Se trata de mujeres míticas de la Edad Preclásica, tan fuertes en el mito que hubiera sido bastante difícil para un tragediógrafo rebajarlas. Más allá de los elementos que los autores agregaron, eran personajes que arrastraban una gran fascinación. Y me parece que, homologando, algo semejante se da con estas diosas.

Más allá de este desencuentro entre la mitología y la vida cotidiana, hubo mujeres como Aspasia que sobresalieron por sí mismas, en circunstancias excepcionales, sin reasentar al resto de sus congéneres.

–Está claro que hablamos de una sociedad misógina y esclavista. Había diferentes niveles de prostitución, desde el más bajo dado por las prisioneras de guerra esclavizadas, hasta la hetaira, palabra que en masculino designa al compañero, y en femenino, a una prostituta prestigiosa. Las hetairas son las únicas que podían acompañar al varón en sus eventos culturales. Les suelo decir a mis alumnas: si ustedes hubiesen querido ser cultas en la Antigua Grecia, tendrían que haber sido prostitutas. Claro que estamos hablando de lo que sería una escora muy preparada, de alto nivel. Porque las mujeres en general tenían la cultura necesaria para llevar adelante el oikos, que no es solo la casa sino todo el sistema económico que la sustenta: había una cantidad de ropa que hacer al año para la unidad familiar y los esclavos, se trabajaba la tierra.

¿Pero la mujer griega era considerada básicamente una fábrica de hijos?

–La esposa ideal era la que llevaba ese rol que describí antes, la que tejía, por eso Atenea es también diosa tejedora. Es interesante remarcar que a lo largo de la literatura griega, el discurso femenino está en el tejido, en distintas expresiones. Helena en el canto 3 está tejiendo la guerra de Troya; en el mito de Progne, luego de ser violada y cortada su lengua para que no lo denuncie por su cuñado Tereo, le cuenta a su hermana a través de un tejido. Esto es un topos en la literatura griega. Tejer es de inteligentes, y contar una historia a través de un tejido, lo es más aun. Es una habilidad femenina. Pero volviendo a las mujeres de la vida cotidiana en Grecia, sí, su rol estaba delimitado a la vida doméstica y por supuesto lo que había que preservar era ese vientre.

Incluso en Esparta, donde practicaban asiduamente deportes, el objetivo era estar en mejores condiciones para el parto.

–Sí, se homologaba el parto de la mujer a la idea de guerra del hombre. Medea en uno de sus textos dice sin vueltas que prefiere la guerra antes que dar a luz. Nicole Loraux, una estudiosa francesa fundamental para estos temas de género y Grecia, analiza el léxico que se utiliza en el ámbito del parto y en de la herida de guerra, y encuentra que son los mismos términos. Sus trabajos son excelentes, entre los cuales cito Maneras trágicas de matar a la mujer, sobre cómo mueren las mujeres en la tragedia.

En el género de la comedia, Aristófanes ha sido criticado por mostrar a las mujeres atenienses reunidas en asamblea como los hombres para exponer preocupaciones domésticas.

–A mí me parece un genio, francamente. De Aristófanes sólo nos quedan once comedias, me gusta mucho cómo trabaja con lo femenino cotidiano en tres comedias: Lisístrata, Tesmoforiantes y La asamblea de las mujeres. Si de los tragediógrafos el que más y mejor trabaja con lo femenino es Eurípides –con marcha y contramarchas, marcado por la época, desde luego–, te diría que Artistófanes obtiene resultados parecidos desde la comedia.

Por Moira Soto
Fuente:Página/12