octubre 30, 2016

Mi cuerpo como arma

La realizadora francesa Clarisse Hahn vino a Buenos Aires a participar del Festival CineMigrante. Curó la sección “El movimiento del cuerpo como acto insurreccional” que incluyó la proyección de sus cortos sobre campesinas mayas (que protestan desnudas), presas turcas (en huelga de hambre) y la guerrilla kurda (con sus soldaderas incluidas). El cuerpo como arma, las fronteras invisibles, la violencia de las políticas migratorias y la migración, ante todo, como una cuestión de creencia.

Foto: Constanza Niscovolos

Clarisse Hahn salta las fronteras idiomáticas, culturales y políticamente correctas con la agudeza de una persona migrante. Estrategias de una chica francesa de clase media para llegar adonde su vocación de directora de cine le sopla. Conoció Buenos Aires en estos días, para sumarse a la 7ma. edición del Festival Internacional de CineMigrante. Junto a Sandro Mezzadra curó la sección “El movimiento del cuerpo como acto insurreccional” en la que incluyó, entre otras películas, su trilogía Nuestro cuerpo es un arma, integrada por los cortos “Los desnudos”, “Guerrilla” y “Prisiones”. Así, Hahn le pone latidos, carne y miradas al espíritu del Festival: abordar las migraciones como la aventura de este siglo, como el impulso imparable de cuerpos insurgentes, como formas de escapar de la exclusión y ante todo, como una cuestión de fe.

La filosofía del CineMigrante es no pensar a lxs migrantes como víctimas.

¿Cómo se logra esa perspectiva siendo tan crueles y violentas las situaciones, personas y leyes que afrontan?

–Mi papel como cineasta es acercarme a la gente. Y las películas que seleccioné para este Festival también fueron realizadas por cineastas que se acercan la gente. Desde el momento en el que conocés a una persona no podés seguir viéndola a través de los clichés. Sí, son víctimas del sistema pero también son actores y actrices de sus vidas y de ese sistema. Pensándolo así puedes ver los matices. Los temas me llegan porque viajo, me desplazo, miro, hablo. Como no soy periodista, me parece interesante tomar distancia después de haber digerido la información y proponer repensarla con otra profundidad.

¿Tienen algo en común las mujeres de tu trilogía? Se trata de campesinas mayas, guerrilleras kurdas y presas turcas.

–Todas usan su cuerpo como un lugar de lucha política y social. En México DF filmé los desnudos de doscientas campesinas de Veracruz que luchan desde hace 20 años para recuperar sus tierras. Habían enviado cartas, hecho huelgas de hambre, y nada. Entonces las mujeres decidieron sacarse la ropa y contaron que para ellas eso era como llorar, era sacarse todo. Y de repente la prensa se interesó en la temática. Tomaron un estacionamiento en el barrio financiero de la ciudad, y durante tres años estuvieron allí, manifestando. Ellas desnudas adelante, los hombres detrás. Lo interesante es pensarlo desde un punto de vista etnográfico: habitualmente los turistas blancos van a fotografiar a la indígena de color y ella se puede sentir víctima de esa mirada. Pero ellas retomaron ese momento, se lo apropiaron para posicionarse, aprovecharon el voyeurismo usando su cuerpo como un arma. Así lograron una respuesta del Estado, que les permitió recuperar parte de sus tierras, continuar sus prácticas culturales y evitar migrar o volverse vendedorxs ambulantes.

Otra película de la serie muestra a dos presas en una carcel turca. ¿Cómo accediste a ellas?

–Filmé a dos refugiadas políticas en Francia cuando hicieron una huelga de hambre en una cárcel turca. Ellas están discapacitadas física y mentalmente a causa de esa huelga, la hicieron para impedir el aislamiento como forma de tortura. No hay libertad de la prensa en Turquía. Pero tuve acceso a la información y a las imágenes de archivo a través de las asociaciones de refugiados kurdos y turcos. También utilicé imágenes tomadas por la prensa opositora, por ejemplo, en el momento en el que son sacadas de las ambulancias y llevadas en camillas. También usé filmaciones hechas por militares que apoyan al gobierno y de los medios estatales; estas imágenes fueron difundidas con un mensaje mentiroso, para apoyar el discurso oficial que decía que estaban asistiendo a gente loca que se quería suicidar. Una imagen que me impactó es la de una mujer que es filmada por un militar mientras intentan hacerla entrar a una celda; ella le grita: Sí, sí, fílmame y muéstrasela al pueblo. Ella usa esas imágenes como un arma y rechaza la idea de ponerse en víctima, se apropia de eso y de su cuerpo de otra forma.

Al poner el cuerpo y usarlo como arma en la protesta social, ¿acaso las mujeres tenemos códigos propios?

–No puedo afirmarlo pero también me lo pregunto. Sí puedo decir que una acción como la de los desnudos no podría existir en Oriente, donde el acercamiento al cuerpo es más sacrificado. Y el caso de las kurdas, si bien son sólo el 10 por ciento de la guerrilla, muestra que el cuerpo femenino es muy vendedor entre comillas para la publicidad y la prensa. Cuando un periodista llega a Siria para filmar el conflicto suele seguir a las mujeres; le resulta más interesante seguir a una mujer linda con un arma que a un hombre feo con un arma. Incluso de las guerrillas de América Latina hay fotos de mujeres con armas porque para la propaganda es algo muy fuerte como imagen.

¿Aunque sean el cliché tienen algún tipo de incidencia? ¿Llegan a reflejar el valor político que tienen?

–No lo sé. Pero sé que, seguro, las guerrillas kurdas están más avanzadas con la cuestión del feminismo simplemente porque en esos territorios los derechos de las mujeres están sumamente postergados. Por otro lado, yo estoy 100 por ciento con esa lucha pero hay que tomar en cuenta que siempre en esas luchas las fuerzas humanas se basan sobre los pobres y las mujeres prometiéndoles un lugar social después. Una amiga hizo una película sobre una médica de Saigón; ella entró en las guerrillas, le prometieron que cuando ganaran le darían el cargo de Ministra de Salud. Pero cuando ganaron le dijeron: “El mundo no está listo para que una mujer ocupe ese lugar, te asignaremos tareas humanitarias”. Suelen prometerles un mejor futuro, pero al final no se logra.

¿Cómo cambia tu trabajo y el activismo de las comunidades ante el aluvión tecnológico? Hay aparatos vigilando las fronteras, cámaras en manos de los militares, celulares en los bolsillos de lxs migrantes que registran cómo saltan los muros...

–Cuando digo Mi cuerpo es un arma hablo del cuerpo y de la imagen que se reproduce de ese cuerpo a través de los medios, de Internet... Esa silueta se vuelve un arma y se lee como tal. Hay muchas imágenes por todos lados. En “Guerrillas” usé grabaciones antiguas que encontré en la televisión, las filmaciones que los guerrilleros kurdos hacen con sus GoPro, los habitantes también se registran. Y debo admitir que las películas del Estado Islámico están bien hechas y se puede acceder a ellas. Otro ejemplo: estoy casada con un hombre de origen kurdo, tenemos dos hijos, y un día estábamos en Facebook y vimos imágenes de un ex vecino que forma parte de la guerrilla y que en un exceso de locura atacó la comisaría... Y había una persona ahí, filmándolo todo.

¿Cómo es vivir en París hoy, después del llamado “11 de septiembre francés”?

–Francia se encuentra en un contexto poscolonial. Las tensiones sociales existen desde hace mucho sólo que ahora se volvieron visibles a través de los atentados. Pero siempre estuvieron presentes. Por ejemplo, por la guerra de Argelia no hubo procesos. Y personas como Le Pen o su hija siguen siendo personajes políticos reconocidos. Los atentados fueron cerca de mi casa, ocurren en lugares donde hay cierta mezcla. Mi barrio es un barrio de migrantes, muchos duermen en la calle, solos o con familias enteras, y se van desplazando porque los echan de un lugar y buscan otro.

Por María Mansilla
Fuente: Página/12