diciembre 27, 2016

Epifanias Ecofeministas


Termina 2016 y marcan los cánones que es hora de glosar objetivos alcanzados para unos e incumplidos para otras.

Son comunes estos días los corrillos familiares para decidir las compras navideñas y también los mensajes que nos previenen de los riesgos de un consumo irresponsable y del despilfarro que tanto nos daña a nosotras y al planeta.

Quisiera si me permitís ir donde a mí me gusta, o sea un paso más allá, y lejos de advertiros dónde realizar las compras, como garantía de altermundismo y sostenibilidad, proponeros unas sugerencias para el buen vivir y mejor amar. 

Con respecto a los regalos, os propongo uno unisex, asentado sobre la base del diálogo, la escucha y la negociación. Sirve para encontrar un modelo de vida que permita tener además de una vida profesional, una personal y familiar. 

Sabéis que dentro del ámbito público, en la empresa, la conciliación se entiende como el conjunto de acciones dirigidas a favorecer la vida de l@s emplead@s . Son medidas que permiten flexibilizar la jornada laboral: que las personas puedan atenderse a sí mismas, a las de su entorno próximo, su vida social, la participación política o actualizarse profesionalmente. Estas medidas, a priori sin marca de género, orientadas a conciliar vida profesional y personal, están demandadas mayoritariamente por mujeres.

Frente al fenómeno de la conciliación tenemos el de la corresponsabilidad en el ámbito del hogar, de lo doméstico. Es el acuerdo entre dos personas adultas que tienen que compartir las actividades necesarias para mantener su hogar, de forma equivalente. 

La corresponsabilidad está influenciada por las medidas de conciliación. Sin suficientes medidas de conciliación, la corresponsabilidad se resiente. Sin permisos de paternidad y maternidad iguales; sin horarios escolares compatibles con los laborales (vacaciones escolares) o sin servicios de transporte, en los insuficientes centros de día, donde atienden a nuestras personas mayores ¿cómo vamos a conciliar? Por no hablar de los horarios comerciales que no solo afectan a tiendas o súper mercados, hay actividades profesionales con horarios incompatibles con las administraciones públicas, por ejemplo.

Y aquí llega la primera pregunta: ¿Tenemos una sociedad organizada para la conciliación laboral? La respuesta es no.

¿Y en el ámbito privado? Es poco frecuente que en el primer estadio de la convivencia las parejas dialoguen y pacten condiciones del reparto de responsabilidades domésticas.

Aunque ya se ve con normalidad establecer condiciones en lo referente a bienes materiales es poco común, como cita la socióloga Capitolina Díaz, acordar un contrato convivencial.

Los usos del tiempo muestran como las mujeres que viven en pareja monógama y heterosexual, con hij@s o sin ell@s, trabajando fuera de casa a tiempo completo, dedican casi el doble de tiempo al trabajo de la casa que sus compañeros varones.

Y llega la segunda pregunta: ¿Existe entonces la corresponsabilidad? Pues parece que tampoco. El contexto claramente no la favorece, no nos preparamos para alcanzarla y no forma parte de nuestro acervo cultural. 

La tercera cuestión sería: ¿Es posible alcanzar un trato igualitario, equitativo, cuando fallan la conciliación y la corresponsabilidad?

El camino a la igualdad tampoco puede pasar por igualar las maratonianas jornadas laborales de los hombres para las mujeres, no sería sostenible. ¿Quién cuidaría entonces de las personas que precisan cuidados si tod@s estamos al servicio de la productividad en la fábrica o la oficina? ¿No sería más sensato apuntar en la dirección del reparto de los trabajos del cuidado y el empleo remunerado?

Necesitamos un nuevo modelo socio político y económico que ponga la vida en el centro; mientras este no sea posible, seguiremos luchando por los cambios en las normativas de conciliación y que se apliquen las que ya tenemos. Ha de ser también una prioridad, establecer acuerdos de corresponsabilidad con nuestra pareja. Ese bien pudiera ser un magnífico regalo estas próximas fiestas. Si lo consigues habrás cumplido con el plan perfecto de amor y paz que marcan estas fechas, además de haber dado un gran paso en la transformación de tu propia vida.

Asistimos a una gravísima crisis ecológica a la vez que nos cuesta terriblemente corresponsabilizarnos, como acabamos de leer, en los cuidados que aseguran la supervivencia. Pareciera que desde la política, la economía y la propia concepción de lo humano, hemos declarado la guerra a las bases sobre las que se construye la vida.

Para “SER” necesitamos nacer, necesitamos cuidados, respirar, alimentarnos, beber agua. Todo, absolutamente todo lo que te rodea en este momento proviene de la Naturaleza: la energía de la que te sirves, los materiales necesarios para la construcción tanto de las grandes obras como de los pequeños electrodomésticos o los muebles de tu casa, con lo que se confecciona la ropa que llevas puesta, los transportes que utilizas a diario. Como seres humanos que somos formamos parte de la Naturaleza, ni podemos vivir al margen ni separados de ella. Somos, como cita la antropóloga Yayo Herrero, RADICALMENTE ECODEPENDIENTES.

Ser ecodepediente significa que a la fuerza no podemos cerrar los ojos a los límites, aunque demasiado a menudo es más cómodo mirar en otra dirección. Límites que ponen el foco en la certeza de que nuestro planeta posee unos bienes que no se renuevan, que son finitos como los recursos fósiles y los minerales; otros bienes que llamamos renovables, que son los que la Naturaleza puede regenerar a través de sus ciclos dinámicos, como el agua, pero que por desgracia son susceptibles de agotarse porque la extracción de sus cuencas funciona a una velocidad muy superior a la de su tasa de regeneración. Y un tercer límite, los sumideros del planeta, los procesos biogeoquímicos que permiten degradar las basuras que generamos y que también se ven superados por la ingente cantidad de residuos que producimos, originándose como resultado los procesos de contaminación del agua, del aire o de los suelos. 

Con el modelo económico que tenemos, la Naturaleza y el planeta -del que dependemos para vivir- sufren una vulneración sistemática que pone en riesgo la vida. Sobre una base físicamente limitada no podemos crecer de forma ilimitada.

Si hemos hablado de ecodependencia es preciso hablar también, y lo hacíamos al principio cuando citábamos la conciliación y la corresponsabilidad, de interdependencia.

No existe un solo ser humano que pueda vivir en solitario de forma absolutamente individual. La vida humana es radicalmente INTERDEPENDIENTE.

Primero alguien nos tiene que parir, y después especialmente en los estadios de la infancia y la vejez, alguien tiene que cuidarnos. Vivimos en un cuerpo orgánico, dependiente y vulnerable, que nace, envejece y muere. Un cuerpo con el que transcurrimos la vida, que precisa alguien que lo acoja, lo alimente, lo mueva, lo asee. La vida es imposible sin alguien al lado, sobre todo en la etapa temprana de la vida, en la vejez y en las personas que nacen o desarrollan diversidades o discapacidades. En suma antes o después, todas las personas somos interdependientes, y con el aumento de la esperanza de vida y la tasa de envejecimiento todavía más.

Lo que ha ocurrido históricamente con respecto a este cuidado necesario para la vida en casi todas las culturas es que quienes mayoritariamente se han ocupado de ello han sido las mujeres. Y lo han hecho en espacios invisibles para la política y la economía, lo han hecho en sus hogares, verdaderos núcleos de producción de bienes y servicios imprescindibles para que pueda existir la vida humana.

Y han sido las mujeres, no porque estén dotadas mejor genéticamente para ello o para el desempeño de las tareas amorosas del cuidado (como si los hombres no estuvieran igualmente dotados para la ternura) sino porque la sociedad patriarcal en la que vivimos -a través de los procesos de socialización, educativos, de pensamiento o desde la lógica del miedo- ha asignado a las mujeres, desde la infancia, determinados tipos de tareas en la división sexual del trabajo.

Así que, nos guste escucharlo o no, lo bien cierto es que vivimos de espaldas a la ecodependencia y a la interdependencia, obviando el planeta, la vulnerabilidad de la vida y a sus cuidadoras, generando un marco cultural y una economía que invisibiliza e ignora elementos que son esenciales para el desarrollo de la vida.

Dice el artículo I de la Declaración de los Derechos Humanos: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. La economista feminista Cristina Carrasco, el historiador ambiental Enric Tello y la antropóloga Yayo Herrero le han dado una vuelta a este artículo y aquí os lo dejo a modo de cierre y para la reflexión:

“Todos los seres humanos nacemos vulnerables e indefensos en el seno de una madre y llegamos a ser libres e iguales en dignidad y derechos, siempre y cuando recibamos una cantidad ingente de afectos, atenciones y cuidados que debieran ser proporcionados por hombres y mujeres en una tarea civilizatoria sin la cual nuestra especie no sobrevivirá. En el caso de recibirlos, llegaremos a estar dotados de la razón que nos permita vivir fraternalmente a unas personas junto a otras, conscientes de habitar un planeta que tiene límites físicos, que compartimos con el resto del mundo vivo y que estamos obligados a conservar”.

Por Concha Martínez Giménez
Humana activista ecofeminista.
La Ciudad de las Diosas


Esta reflexión se ha realizado sobre la base de los trabajos de la socióloga Capitolina Díaz y la antropóloga Yayo Herrero.





¿Qué es lo primero que un ser humano necesita cuando nace? RESPIRAR


Continuo si se me permite con más preguntas