febrero 26, 2017

Cultura feminista: mancharse las manos, reconstruir y nombrar

La cultura ignora, olvida y aparta a las mujeres. Pero no solamente, también minusvalora aquello que se asocia con ellas”. Rehacer una historia paralela y ocupar espacios, redefinirlos y regirlos por otras maneras de funcionar son las estrategias seguidas por los feminismos como respuesta a la ‘monocultura’ institucional y patriarcal. Este reportaje forma parte del proyecto ‘Nosotras / Gu geu’.

Maruja Mallo vista y recordada por P.nitas.

Sin ellas la historia está incompleta.

Así reza el subtítulo del documental sobre ‘Las SinSombrero’, que rescata a las artistas que participaron en la estudiada ‘Generación del 27’ y que han sido obviadas durante décadas. No sólo en su aporte individual a la historia y a la cultura, sino también como parte de un colectivo del que sólo se resaltó la figura de los hombres.

Sin ellas la cultura está incompleta, hay que añadir.

“Todo el mundo llevaba sombrero. Era algo así como un pronóstico de diferencia social. Pero un buen día, a Federico, a Dalí, a Margarita Manso y a mí se nos ocurrió quitarnos el sombrero y, al atravesar la puerta del Sol, nos apedrearon llamándonos de todo”, recordó tiempo después la pintora Maruja Mallo, perteneciente a la ‘Generación del 27’. Ella es una ‘sinsombrero’, una silenciada.

Ellos fueron nombrados y reconocidísimos. Ellas han tenido que ser rescatadas de la memoria para situarlas donde se merecen, donde siempre debieron estar; o, tal vez, donde estaban pero no se las mencionaba. Ernestina de Champourcín, María Teresa León, Concha Méndez, Maruja Mallo, María Zambrano, Rosa Chacel, Josefina de la Torre y Marga Gil Roësset son las renombradas por el proyecto transmedia de ‘Las Sinsombrero’. Pero podrían ser otras más, como Remedios Varo, Elena Fortún, Carmen Conde o Rosario Pi.

“‘Las Sinsombrero’ son todas las mujeres que tomaron la decisión de irrumpir en un mundo tan masculinizado como el arte y en un modelo cultural que las relegaba a la sección femenina o, como mucho, al arte para mujeres”, explica la coordinadora del proyecto, Tania Balló, en eldiario.es

“¿Cómo se juzga la nómina de una generación? ¿A partir de lo que un historiador dijo, escribió o sentó… o a partir de lo que produjeron esas personas?”, se pregunta por su parte Ana Rodríguez Fischer, profesora de la Universidad de Barcelona y escritora. La cuestión podría ser más amplia: ¿Cómo se juzga qué es cultura y qué no?, ¿dependiendo de su autor? (aquí el uso del masculino genérico es intencionado y preciso).
Una araña protectora

“La cultura ignora, olvida y aparta a las mujeres. Pero no solamente, también minusvalora aquello que se asocia con ellas”, responde a Pikara Magazine Semíramis González. Para esta comisaria de arte contemporáneo, un claro ejemplo de esta afirmación son todas las artistas que han trabajado con tejidos o “manchándose las manos”, como hizo por ejemplo Louise Bourgeois, quien llegó a afirmar que “tenía la sensación de que la escena artística pertenecía a los hombres y que yo estaba, en cierto sentido, invadiendo sus dominios”.

Autora de obras tan icónicas como la gran araña que forma parte de la exposición permanente del Museo Guggenheim de Bilbao, titulada ‘Maman’ en referencia a su madre, tejedora de profesión, Bourgeois es catalogada como una artista feminista. Ella no lo afirma tal cual, aunque tampoco lo niega; lo que está claro, como recoge la tesis doctoral ‘La expresión plástica de Louise Bourgeois. Estrategias feministas para una praxis terepeútica’, de Isabel María Jiménez Arenas, es que su obra se acerca y se sumerge en muchos de los planteamientos sugeridos desde los feminismos: “Su mirada hacia el feminismo no es una sola y la tejeduría, el acto mismo de coser, es para Bourgeois una forma de unir el cuerpo fragmentado, a su vez símbolo de dolor y mapa del pensamiento feminista”.

Semíramis González ofrece otro ejemplo de infravaloración: Clara Peeters, pintora y pionera de bodegones y autorretratos, una de las pocas mujeres artistas activas en Europa en el siglo XVII; “un olvido que se intenta subsanar ahora”. Peerters ha sido la primera mujer protagonista de una exposición en el Museo del Prado. ¡Ha habido que esperar hasta octubre de 2016!
Cultura feminista

“La cultura nos mueve”, afirma, en conversación con Pikara Magazine, la artista y activista cultural Anna Fando, quien personalmente considera cultura “lo que hay a mi alrededor, lo que se produce en una época, de lo que se habla, lo que se pone en cuestión”. Por tanto, una cultura que varía según las esferas en las que se la inserte y quién decida sobre ella. “La desigualdad en la cultura, como en todos los campos, ha beneficiado a quien domina el canon, impregnado de ese patriarcado que se cuela en todo”, añade por su parte la comisaria González.

El feminismo pone también en cuestión lo cultural. El Museo Reina Sofía acogió hace un tiempo un taller sobre producción cultural y crítica feminista, en el que se ahondaba sobre la construcción de las relaciones sociales de género y de poder, que responden “a lógicas o a ‘intuiciones’ conservadoras que actúan reorganizando el trabajo artístico y la producción de valor simbólico, a partir de postulados neoliberales de negocio y eficiencia económica, así como criterios implícitos o explícitos de excelencia masculina”. También se recordaba que la postura feminista cuestiona, en referencia a la producción cultural, “las temáticas y sus protagonistas, pero también la autoridad, el reparto del tiempo y del dinero, las fronteras entre lo que es arte y cultura y lo que no lo es, la definición de la autoría”.

Esta posición y la necesidad de recuperación de la memoria han provocado, por ejemplo, que las instituciones poco a poco remuevan archivos y dediquen algunas muestras a autoras como la pintora Clara Peeters o la fotógrafa Eulalia Abaitua. Bajo el hashtag #misinsombrero, el citado proyecto transmedia invitó a que la gente recordara en redes sociales a mujeres anónimas que no habían obtenido el reconocimiento merecido. Abaitua, fotógrafa vasca pionera del retrato natural, fue una de las mencionadas.
Eulalia Abaitua. /Imagen del proyecto ‘Nosotras / Gu geu’

Su perfil también es destacado por el proyecto ‘Nosotras / Gu geu’, de las librerías La Vorágine, de Santander, y Louise Michel, de Bilbao. “Eulalia ha sido una gran desconocida para el público en general. Sólo tras seis exposiciones sobre su obra empieza a conocerse quién era”, recoge el proyecto. Y es que, a pesar de lo pionero de su trabajo, usando una técnica, la fotografía, absolutamente nueva y desconocida a finales del siglo XIX, su legado apenas han sido referenciado: “Ha pasado a la historia sin el debido reconocimiento, infravalorada e invisibilizada; y su vida, circunstancias y el contexto en el que se produjo su labor artística están, todavía, llenos de incógnitas”.
Nombrar y romper

Escritoras, periodistas, científicas, políticas, empleadas, madres, hijas, hermanas, primas, abuelas y nietas, médicas, profesoras, pintoras, tejedoras, niñas, jóvenes y ancianas, músicas, investigadoras, fotógrafas, actrices, campesinas o mineras han sido apartadas de la historia narrada y de la cultura mayoritaria, incompletas sin estos referentes. La revisión historiográfica y la reconstrucción no son sólo una necesidad, sino un proceso imprescindible para rescatar y divulgar esa parte que no se ha querido contar. Dedicarles espacio, poniendo espejos a sus vidas o reproduciendo su legado, es una tarea fundamental.

La cultura feminista, recuerda Semíramis González, ha querido enfrentarse a esto desde distintos puntos de vista: con teóricas que defienden que es necesario crear una historia en paralelo porque la oficial nunca incluirá a las mujeres por ser patriarcal; y por otro lado, con la defensa de la necesidad de deconstruir ese entramado y obligar a que los cánones sean vistos como construcciones privilegiadas de unos pocos.

A través de sus dibujos, la ilustradora y activista feminista P.nitas está “reconociendo y recuperando la memoria de las mujeres represaliadas por el franquismo, porque conocer su lucha me da fuerzas y me está marcando artísticamente”, explica a este medio. De Maruja Mallo [imagen que ilustra este reportaje] destaca y lamenta, por ejemplo, cómo se destruyó toda su obra cerámica y el dolor que tuvo que suponer para ella.

Anna Fando apuesta en cambio por ocupar espacios, redefinirlos y regirlos por otras maneras de funcionar, “desde el anticapitalismo, la autogestión y las prácticas feministas”. Así hacen en la muestra de arte ‘Fem Art’, de la que forma parte. Este espacio nació hace unos años como plataforma para mujeres artistas que quedaban totalmente fuera de los circuitos artísticos y ha evolucionado hacia un espacio que reflexiona sobre la producción artística que promueve debates feministas, actitudes radicales contra el patriarcado y nuevos paradigmas de relación. Por tanto, tiene la voluntad de ser “la alternativa a la cultura hegemónica promovida desde las estructuras de poder artístico, la burocracia pública o la jerarquizada organización del mercado artístico”.
Monocultura

“Preferiría sentarme a vender tortillas en el suelo del mercado de Toluca, en lugar de asociarme con esta mierda de ‘artistas’ parisienses, que pasan horas calentándose los valiosos traseros en los “cafés”, hablan sin cesar acerca de la ‘cultura’, el ‘arte’, la ‘revolución’, etcétera. Se creen los dioses del mundo…”.

Tortillas o cafés. Mercado o arte. Toluca o París.

Muchas frases de Frida Khalo se han rescatado y repetido, pero pocas ponen de relieve de manera tan sencilla qué se entiende habitualmente por cultura y arte y qué no. La pintora mexicana, a pesar de posicionarse al lado de sus paisanas, da por hecho que la cocina tradicional no es cultura. Tampoco arte. ¿Podrían vivir o sobrevivir “esta mierda de ‘artistas’ parisienses” sin comer, ya sean las tradicionales tortillas o cualquier típico plato francés cocinado por mujeres y que han aprendido de sus ancestras?

No.

El debate sobre cultura crítica y feminista debe incluir también los saberes de las periferias, fracturar las relaciones Norte-Sur, desdibujar el clasismo marcado por las elites culturales y romper “con los modos occidentales modernos de pensar y actuar”, en palabras del sociólogo Boaventura de Sousa Santos, quien critica la ‘monocultura’.

Como diría Julia Cabaleiro, autora de Sabers femenins a l’Europa moderna, “en las sociedades patriarcales se ha definido lo que puede ser considerado como saber y lo que forma parte de la cultura, dejando fuera de esta definición actividades y conocimientos, como los que han formado y forman parte habitual de la vida de las mujeres”.

Las mujeres que venden tortillas en Toluca se manchan las manos.


Periodista. Aprendiz. Caminante. Web: www.desplazados.org
Este reportaje forma parte del proyecto ‘Nosotras / Gu geu’ de las librerías La Vorágine, de Santander, y Louise Michel, de Bilbao.
Fuente: Pikara