febrero 12, 2017

La La Land y los privilegios

Este musical se alzaba hace unas semanas como el gran ganador de los Globos de Oro (los siete a los que optaba) y ahora se postula también como una de las películas favoritas a los Óscar. Con un público que se ha lanzado casi unánimemente a abrazar las rodillas de la última creación de Damien Chazelle (Whiplash, 2014, entre otras), nos atrevemos aquí a esbozar un análisis más pausado de la misma (contiene ‘spoilers’).


Imagen de cartel de la película

Con una estética que nos recuerda a la obra de Edward Hooper, canciones pegadizas (aunque no entraré aquí en la valoración técnica de las voces y las dotes en danza de Ryan Gosling y Emma Stone ya que no soy una experta en la materia), una fotografía impresionante, muchas referencias a la época dorada de Hollywood, un vestuario que hace las delicias de los y las amantes de lo vintage y mucho aroma a vainilla; cualquier trama romántica resultaría efectiva.

Si obviásemos el hecho de que se trata de una historia de amor heteronormativa, podríamos incluso aceptar el principio de la historia entre Mia (Stone) y Sebastian (Gosling). Ambos se apoyan mutuamente en sus aspiraciones artísticas de convertirse en una actriz afamada y montar un garito de jazz “puro”, respectivamente.

Sin embargo, la mesa empieza a cojear en el momento en el que Mia le dice a Seb que odia el jazz y éste se pasa gran parte de la película explicándole a ella lo que es y lo que no es el jazz e intentando convencerle de debe gustarle; cosa que, por supuesto, consigue. La situación va un paso más allá, y es que Seb también sabe más de cine, la especialidad de Mia. Incluso es él quien la lleva a ver Rebelde sin causa porque ella (aspirante a actriz profesional y escritora) no la ha visto nunca. En definitiva: un mansplaining en toda regla.

El lenguaje corporal dice mucho

A partir de aquí, la trama de Seb se desarrolla en torno a la búsqueda del éxito profesional y la de Mia a apoyar la carrera de él. Es cierto que es Seb quien insta a Mia a escribir su propia obra: un monólogo con un solo personaje femenino que ella misma interpreta. Sin embargo, se le dedican escasos minutos de metraje a mostrar el proceso y resultado de dicha pieza, mientras que son constantes las apariciones artísticas de Seb. Por si fuera poco, en el estreno de la primera obra escrita e interpretada por Mia, Seb no aparece. Aunque sí que vemos varias escenas en las que ella asiste a conciertos, grabaciones o ensayos de su pareja. La trama del personaje de Stone se centra más en ser una buena novia que en ser una buena profesional (¿os suena el cuento?).

A lo largo de la película, aprendemos mucho de jazz y vemos a Seb discutir con otras personas sobre su concepción acerca de este tipo de música. En ningún momento vemos a Mia teorizando sobre interpretación o dramaturgia. No sabemos qué le interesa, no sabemos qué géneros prefiere. Tampoco sabemos nada de la obra que escribe.

Cuando al final la pareja se rompe porque ambos deciden perseguir sus propios sueños, llega el colofón final, el giro que tanta polémica ha causado y que algunos y algunas defienden como innovador. Seb ha conseguido montar su local de jazz y tiene un éxito espectacular. Ella también ha alcanzado su sueño de ser actriz y aparecer en carteles gigantescos y deslumbrantes (ni rastro de la Mia dramaturga). No contenta con tener éxito en lo profesional, Mia también aparece casada y con una hija aunque a lo largo de la película jamás expresa tener este tipo de aspiraciones; deducimos que le vienen de fábrica. De la vida amoroso-sexual-reproductiva de Seb no se nos muestra ni un ápice. En los últimos minutos, mientras éste nos deleita con su música una vez más, asistimos a una visión de Mia que nos muestra cómo habría sido su vida si la relación con Seb hubiese seguido adelante: exactamente igual a diferencia de que comparte su vida de madre y esposa con Seb en lugar de con el otro tipo.

A pesar de todo, muchos de los defensores de La La Land argumentarán que es un fiel reflejo de Los Ángeles en 2017, aunque siendo así, no entendemos por qué no aparece ni una sola persona que se salga de lo cisheteronormativo en la variopinta ciudad de LA que la película endulza. Con la cantidad de extras que aparecen bailando en la canción que abre la película, ¿tan difícil era mostrar esta variedad?

Queremos también sumarnos a las quejas de la comunidad negra sobre el tratamiento y la representación de la misma en la obra. ¿La comunidad afroamericana inventa el jazz pero tiene que venir un hombre blanco con sus ideas puristas a salvarlo? Si bien es cierto que John Legend tiene varias escenas deslumbrantes en su interpretación de Keith, el amigo de Seb, al final se ve reducido a un esperpento que traiciona al jazz a la primera de cambio para hacer de este estilo algo más vendible y más cercano al pop.

Y por último, mención especial a la moraleja de La La Land: si lo intentas con muchas ganas, conseguirás alcanzar tus sueños. Esta moraleja se nos presenta incluso cruel en el mundo tan precarizado que habitamos los y las jóvenes actualmente y en el que incluso el mayor de los esfuerzos puede no ser suficiente. Mia y Seb no nos representan, y el sueño americano tampoco. ¿Será que Mia cuenta con el apoyo económico de sus padres? ¿Cómo si no iba a permitirse vivir en Los Ángeles, ir a fiestas privadas o tener coche trabajando de camarera?

Buen intento, Hollywood, casi nos la cuelas para al final quedarte en el mismo despliegue de privilegios de siempre. Seguiremos intentándolo.


Por Raquel Silva León, traductora y escritora. 
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Fuente: Pikara