abril 09, 2017

Cuidados para unas ciudades en común

El espacio público de nuestras ciudades hace tiempo que dejó de fomentar el encuentro. Sin embargo, hay lugares en el ámbito de los cuidados que sí lo propician y además ofrecen nuevas posibilidades para superar discriminaciones y exclusiones en el terreno urbano.


Hace unos años descubrí que mi distrito es el que tiene más habitantes de origen migrante de la ciudad. Suponen casi una cuarta parte del total de vecinas y vecinos que vivimos en él. Y aunque se pudiera pensar otra cosa, no existe una convivencia real entre la población de origen local y la extranjera. Esto ha sido el centro de múltiples conflictos en el distrito, y de hecho muchas ONG y organizaciones han centrado algunas de sus líneas de actividad en ellos.

En la mayoría de las ciudades en las que vivimos en Occidente, se privilegian las actividades y espacios de producción por encima de los pertenecientes al ámbito reproductivo y vinculadas a los cuidados. La parte más relacional queda arrinconada en plazas donde se echan en falta cada vez más bancos, en calles oscuras que hacen que la noche sea más dura para unas que para otros, en el acerado que no permite un acceso para aquellas que no estén en pleno uso de sus capacidades, y en el sinfín de elementos que componen el paisaje urbano en el que vivimos.

Cada una una de esas circunstancias generan dinámicas excluyentes en la ciudad. Y se reproducen porque hay sectores que ven en ella posibilidades de negocio. Ahí se abre un repertorio de prácticas que pueden ir desde la gentrificación, hasta la ocupación del espacio público con fines publicitarios privados. El derecho a la ciudad se vulnera una vez más.


Imagen incluida en Entornos habitables, de Col-lectiu Punt 6

Un ejemplo concreto en mi vecindario son las terrazas de bares que suelen ocupar las aceras y plazoletas y que se llenan hasta rebosar los días soleados y, siendo un barrio del sur, es bastante a menudo. El encuentro entre la población en estos espacios suele estar mediado por el consumo, y por lo tanto, resulta excluyente para algunos grupos. Por un lado, debes estar dispuesto o poder permitirte consumir. Por otro, en estos espacios no suelen confluir diferentes tipos de habitantes. Mi distrito está fragmentado en varias barriadas. Aunque es cierto que en todas suelen vivir vecinas y vecinos de distintos orígenes, la población migrante se concentra en barriadas concretas del distrito. En ellas abren bares y comercios en los que predominan los productos de sus países de procedencia.

El resultado acaba siendo que las personas extranjeras se refugian en sus comunidades y en el resto de espacios donde pueden ganar una presencia mayoritaria. Además, ciertas zonas del barrio poseen una carga identitaria y simbólica importante para las ‘autóctonas’, lo que no favorece la presencia de otras personas. Y por supuesto, esa simbología actúa también como elemento excluyente hacia quienes no se sienten interpelados por ella.

Toda esta amalgama de factores consigue que la convivencia y que la interacción social queden relegadas a espacios cotidianos puntuales. En uno de los corazones de mi distrito existe uno bastante significativo por su potencial transformador.Se trata de un colegio cuyo alumnado está formado por un 50 por ciento aproximadamente de niñas y niños de origen extranjero, y la Asociación de Madres y Padres de Alumnos (AMPA) del centro refleja esta realidad. Desde el punto en común, que son las criaturas en este caso, madres y padres se organizan, se encuentran y conviven en torno a las actividades de sus hijas e hijos y del colegio. Los niños y niñas que crecen en ese colegio no atienden a nacionalidades, por lo que acaban forzando a sus padres a afrontar esas diferencias desde experiencias comunes e integradoras. Y esos encuentros repercuten poco a poco en el afuera del centro; en el barrio.

Fàbia Díaz-Cortés y Maria Dolors Garcia-Ramon hablan, en el libro Espacios públicos, género y diversidad. Geografías para unas ciudades inclusivas, de espacios como el de este colegio, y señalan la forma en la que alcanzan a desdibujar las líneas entre lo que habitualmente consideramos como público y privado. Los llaman microespacios, y su fuerza radica en que ofrecen lugares de resistencia a la exclusión que predominan en los espacios tradicionales. Se originan en la cotidianidad y en ellos se propician unas condiciones que fomentan una alta sociabilidad mientras además se rompe con la dualidad público-privado. Los autores los asocian a situaciones donde predomina un carácter más lúdico e informal, como el que se da en talleres de labores y manualidades u otras actividades organizadas, por ejemplo, por el distrito. También pueden estar relacionados con el ámbito formativo, como las escuelas públicas o las asociaciones de madres y padres, y a menudo se expanden por el tejido asociativo vecinal.

Imagen incluida en Entornos habitables, de Col-lectiu Punt 6

Frente al carácter más cerrado al cambio social que presenta el espacio público tradicional, los microespacios logran generar mecanismos que resquebrajan y rompen con las prácticas y espacios poco inclusivos, brindando alternativas esperanzadoras. En el entorno del colegio esos horizontes comienzan a vislumbrarse. Por las tardes tras la jornada escolar, muchas madres y padres llevan a sus hijas a la cancha de baloncesto del centro. Allí se congregan compañeras y compañeros que comparten clase, pero también otros de la zona que se abandonan a los ritmos del balón. Mientras, algunos progenitores se quedan para hablar y ponerse al día con los asuntos relacionados con los últimos deberes de clase. Tras la actividad, probablemente algunas de esas niñas continúen la tarde juntas, y puede que al final, alguna cene en casa de otra de ellas compartiendo mantel con el resto de la familia.

Las dinámicas que se dan en los microespacios nacen de lo reproductivo y lo desbordan, dispersándose por el resto de la sociedad. Tampoco hay que ignorar que la presencia de las mujeres en la vida cotidiana sigue siendo mayoritaria y que se siguen reproduciendo roles de género. Solo hay que mirar cuántas madres respecto a padres se ocupan de sus hijos e hijas en el ámbito escolar. Aún así, es importante reconocer la potencialidad que representan estos espacios invisibles para trabajar y superar la exclusión tanto social como espacial.


El papel de las mujeres, quienes tradicionalmente han asumido los trabajos de cuidados, es crucial como motor de cambio en los espacios hiperlocales, y no está reconocido. Es en esos microespacios que ellas protagonizan donde se generan relaciones más igualitarias desde las situaciones que propician la vida cotidiana. Desde ese lugar común e informal del “mamá ¿se puede venir Yasmine a hacer los deberes a casa?”, se abre una puerta que acabará repercutiendo beneficiosamente en el resto de la sociedad. Porque la cotidianidad, desde lo relacional, ofrece un marco para trabajar y superar discriminaciones y exclusiones en el terreno urbano.

Al final de cada jornada, madres y padres se agolpan a la salida del colegio. Muchos se saludan porque se conocen; sus hijas son amigas y juegan juntas también fuera de los muros del centro. ¿Serán las puertas del colegio, en las que las madres y padres esperan, el lugar ideal para urdir una sociedad en común?

Esta escuela es uno de esos lugares que he localizado, pero hay muchos más que quiero descubrir en mi barrio. Para ello hay prestar atención a la cotidianidad y a los espacios que genera. Y en tu vecindario ¿cuántos conoces?


Fuente: Pikara