mayo 28, 2017

Permiso para la aventura


El problema es tan viejo como el mundo, sólo que ahora la tecnología –además de múltiples discursos sociales y mediáticos que lo avalan– pone al alcance de la mano de cualquiera un inmenso jardín de tentaciones para quienes entienden que el deseo erótico no puede estar atado a la misma persona por demasiado tiempo. Lo cierto es que las parejas monógamas resistiendo al tiempo cada vez son menos y más las que creen que lejos de ocultar la aventura de otros cuerpos es mejor compartirla. Tomándose de la mano para emprenderla, compartiendo relatos, dándose permiso, cambiando los pactos. La pareja ya no es lo que era y tal vez esta definición bien pueda hacerse sin nostalgia.

Virajes sobre la idea de pareja, redefinición de “infidelidad” y nuevos arreglos

Pareciera que cuando se trata de hablar de pareja y sexualidad una cosa son las estadísticas “oficiales”, y otra lo que la gente hace “extraoficialmente”. Por ejemplo según una encuesta de Gallup el 90% de los norteamericanos desaprueba las aventuras por fuera del matrimonio. Sin embargo, al menos un 21% de las personas casadas tienen aventuras con terceros -y probablemente estén subrepresentados. El 95% de las personas dirá que está mal mentir respecto sobre un affaire, pero casi la misma cantidad admitirá que eso es lo que ellos harían en caso de tener una aventura. Asimismo y según estimaciones generales un matrimonio monógamo tiene menos del 20 ó 10% de probabilidades de ser atravesado sin ninguna infidelidad.

No se tata de que las encuestas estén mal hechas o de que seamos mentirosos compulsivos, sino más bien de la ambivalencia a la hora de hablar los deseos y búsquedas personales, y cómo esto suele colisionar contra las ideas que han prevalecido durante buena parte de la historia sobre amor, pareja y sexualidad. En este contexto y gracias por un lado a desplazamientos culturales de la última década que aceleraron el replanteo en torno a la pareja como nunca antes (caída estrepitosa de la nupcialidad, retraso de hitos tradicionales y nuevas adultez, matrimonio gay y nuevas formas de familia), y a las nuevas tecnologías que habilitan -al menos en términos prácticos- una mayor flexibilidad sexoafectiva por otro, cabe preguntarse: ¿qué viene después de la monogamia? Y, si la definición de pareja está cambiando, ¿qué pasa entonces con la de infidelidad? ¿Cómo lo piensan las nuevas generaciones? ¿Acaso la infidelidad sea uno de los últimos tabúes a derribar?

Lo cierto es que hablar del fin de la monogamia no es nada nuevo. Ya en los 70s y 80s se sentaron las bases de lo que luego muchos movimientos de experimentación sexual y relacional tomarían como referencia, incluyendo a Gay Talese y su libro “La esposa de tu vecino” que exploraba el amor libre en plena era Reagan y con el SIDA de trasfondo, o el icónico y muy citado libro del matrimonio Dossie Easton y Janet Hardy “La zorra ética: una guía práctica al poliamor, relaciones abiertas y otras aventuras”. Ni siquiera podríamos decir que es algo que recién ahora arriba al mainstream, con cada vez más productos de cultura pop (desde ”Vecinos con beneficios” a “Yo, tu, ella”(1) el nuevo serial de Netflix) a notas preguntándose sobre el tema (el año pasado la revista TIME lanzó una tapa que decía “¿Se terminó la monogamia?”)(2). Lo que es más, existe un desarrollo conceptual y teórico bastante extenso para quien quiera oír sobre las falacias del modelo actual y los nuevos tipos de vínculos y arreglos alternativos que surgen; incluyendo la “normatividad amatoria” o en inglés amatonormativity (la asunción que privilegia las relaciones románticas monógamas como lo normal y sano)(3) o la idea de la “compersión”, una especie de contracara de los celos aplicada en las relaciones poliamorosas.

Contrario a lo que se plantea en ciertos círculos intelectuales y académicos de que los nuevos arreglos siguen siendo marginales o poco visibles, la prensa de estos supuestos márgenes es cada vez mayor, y su popularidad, aunque habría que distinguir si hablamos de verdaderas innovaciones o “tuneos” de lo previo, se encuentra en alza sobre todo entre las nuevas generaciones. En este sentido como plantea un extenso estudio del New York Times(4) de este mismo mes -no se consigue más mainstream que eso- sobre los matrimonios abiertos y nuevas formas de familia (casados con intervención de terceros por ejemplo), puede que la “nueva monogamia” o “no monogamia” sea una adaptación de esquemas viejos con alguna vuelta de tuerca aquí y allá (después de todo puede incluir matrimonio y convivencia) pero sin dudas está habiendo un replanteo de las bases de la pareja tal cual la conocemos. Y esto, figure o no en las estadísticas que a los especialistas les gusta tanto considerar, es señal de que contra todo prejuicio o pereza mental el tópico se está visibilizando e instalando.

“Es como todo lo que viene surgiendo en este último siglo: no es que antes no existía, sino que no se divulgaba, por falta de herramientas tecnológicas, por tabúes, por falta de información, por presión social, por falta de introspección”, explican desde ALA (Amor Libre Argentino)(5), una ONG que toma por objetivo informar y difundir distintas formas de relacionarse, y cuyo grupo de Facebook tiene casi 15.000 miembros.
Lo que viene después de la monogamia

Gracias a una mayor libertad sexual y afectiva muchas parejas se están animando a explorar de qué se tratan otros tipos de relaciones y nuevos “arreglos”, y qué beneficios a largo plazo puede traer para sus vidas, aunque no siempre se haga público.

Mark A. Michaels y Patricia Johnson son una pareja peculiar, autores del libro Relaciones de diseño: una guía a la monogamia feliz, el poliamor positivo y relaciones abiertas optimistas (2015), se dedican a escribir y enseñar sobre relaciones, sexualidad y tantra. Para ellos la monogamia no es algo monolítico sino más bien facetado, que incorpora componentes prácticos, sociales, emocionales y sexuales que pueden ensamblarse a gusto, como una ensalada o el tour de tus vacaciones. Al fin y al cabo, vivimos en la era de la customización, ¿por qué deberían las relaciones ser la excepción? En este mismo espíritu de conformación ad hoc de los vínculos, la filósofa, ensayista y millennial Courtney E. Martin, escribe en “Reinventando el sueño americano” (2016) sobre cómo las nuevas generaciones están reconfigurado la forma de pensar los hogares(6), las familias, los trabajos y hasta la seguridad social. En lo relacional Martin que viven una comunidad cerrada en donde el trabajo cotidiano y el cuidado de los niños se hace de forma conjunta mientras que cada vivienda/familia mantiene su independencia, enfatiza la noción de que hemos tomado de nuestros abuelos inmigrantes la organización cuasi tribal, en grupo, que hoy reconfigurada para la modernidad plantea nuevas variantes socioafectivas.

“Lo que se plantea desde el amor libre va mucho más allá de la pareja: lo fundamental en un vínculo, sea cual sea, es la capacidad de diálogo y de reformular los contratos existentes por el bien de todos, sean conflictos de celos, inseguridades, dependencia. Por otro lado, la idea que prevalece dentro del amor libre es de desapropiación del otro: nuestros padres, nuestros amigos, nuestras parejas, nuestros compañeros de trabajo, no son nuestra propiedad sino que son personas independientes, autónomas y libres que eligen tener un vínculo particular con nosotros mismos y viceversa”, explican desde el colectivo ALA. 

Por tanto, hablar de amor libre o poliamor implica ante todo una renuncia a ciertos conceptos enraizados en la cultura, entre ellos el de propiedad en los vínculos, y también otras estetizaciones perniciosas como que los celos son un reflejo del compromiso o testimonio de intensidad. Otras normas implícitas son el conocimiento y consentimiento de todas las partes involucradas, y por ende, una honestidad y comunicación directa. Contrario a lo que se cree, el concepto del poliamor tiene que ver con mucho más que el aspecto sexual, y por eso los practicantes se apresuran a explicar que la decisión de abrir una pareja o empezar una abierta no tiene que ver solamente con la liberación sexual, sino también emocional y psicológica.



A su vez, cabe distinguir los distintos tipos de relaciones que entran dentro del amor libre, que es un término paraguas que abarca el poliamor jerárquico (priorización de las distintas relaciones en base a la dedicación sobre cada una), el poliamor autónomo (con énfasis en la persona y su autonomía), la anarquía relacional (con reglas formales sobre distinción entre relaciones), la polifidelidad (relaciones sexoafectivas múltiples dentro de un grupo puntual), el unicornio (persona que sale con parejas), la relación abierta (toda relación sexual no monógama), y muchos otros. No se contempla la poligamia por no concebir la libertad de todos los miembros involucrados.
Repensando la infidelidad

La frase engaño ético pareciera un oxímoron. Sin embargo, cada vez más gente se pregunta qué pasaría si se buscaran otras alternativas en las que el engaño no fuera algo reprobable sino parte de lo cotidiano. El creador del sitio OpenMinded.com(7), Brandon Wade, explica que “existe un número creciente de personas que son capaces de ser honestas con su pareja acerca de que este modelo tradicional no está funcionando. El engaño ético implica decirle a tu esposa que vas a ser infiel o incluirla en nuevas relaciones extramatrimoniales”, y busca diferenciarse de otros servicios orientados a los “piratas” como AshleyMadison.com o Second Love, manifestando un compromiso al operar un negocio ético, es decir, previo blanqueamiento sobre las relaciones con terceros. La tecnología por su parte, ha llevado la flexibilidad y dinamismo relacional propio de la escena gay al ámbito hetero (recordemos que Tinder fue copiado a imagen y semejanza de servicios del estilo Grindr que ya existían antes para la comunidad LGBT). Y hoy es posible encontrar tanto las categorías como “no monógamos”, “pansexuales" o "heteroflexibles" en sitios tradicionales como OK Cupid(8) o match.com., o utilizar apps masivos como Happn para búsquedas sexuales en pareja. Hasta aquí, las volteretas del lenguaje y algunos intentos en lo contemporáneo por reapropiarse y reconnotar los términos del contrato. Son estas categorías y nuevos léxicos, y su institucionalización al figurar como opciones, lo que marca el ritmo de los nuevos tiempos.

Pero no son sólo los jóvenes quiénes están aprovechando las virtudes del lenguaje para nuevas configuraciones, según OK Cupid en la franja etaria de los 40 a los 50 que se identifican como “no monógamos” un 16% son casados. En los últimos años el viraje de esquemas tradicionales a otros modelos (matrimonios abiertos, sabáticos matrimoniales, vivir en casas separadas) ha producido algunos libros al respecto: la mayoría están escritos por mujeres en sus cuarenta, replanteándose sus propios matrimonios y bagajes, desde “Abierto: amor, sexo y vida en un matrimonio abierto” de Jenny Block, a “El proyecto Wild Oats: la búsqueda de una mujer por pasión a cualquier costo” de la escritora Robin Rinaldi(9), quien ante la imposibilidad de ser madre se dedicó a explorar su sexualidad, abrió su matrimonio durante un año y registró sus experiencias (“Menos dependés de alguien, más podés quererlos y desearlos, en vez de necesitarlos”).

Es sabido que las elementos que fortalecen el amor (la reciprocidad, la cercanía, la sensación de seguridad) son las mismas cosas que pueden, irónicamente, bajar la libido. La psicoterapeuta Esther Perel, autora de “Inteligencia erótica” (2006) y a punto de sacar uno titulado sugestivamente “El estado de los affairs: repensando la infidelidad”, da cuenta de este proceso en viralizadas charlasTED (10). Gran parte de la tesis de Perel pasa por preguntarse cómo se sostiene el deseo en el tiempo, ahora que por primera vez en la historia de la humanidad elegimos tener sexo por mero placer. ¿Por qué la seguridad y la intimidad en una pareja anulan la pasión, y cómo se reconcilia el erotismo con la domesticidad? “Los seres humanos tenemos dos necesidades opuestas: la necesidad de la seguridad y la estabilidad, y por otro lado, la búsqueda de la aventura, el riesgo, la novedad. Nunca hemos tratado de encontrar en la misma relación esas dos necesidades”.

Quizás no se trata de “pedirle demasiado al amor o la pareja”, como algunos analistas proclaman mientras otros hablan de “falta de compromiso” en las nuevas generaciones, sino de esperar demasiado de un modelo que nunca estuvo pensado para durar mucho, con esperanzas de vida menores y otras posibilidades a disposición de ambos sexos. Esto no significa que la inclusión de terceros sea siempre la solución para una relación en crisis. Después de todo, no se trata de que las parejas abiertas en cualquier de sus variantes no experimenten ningún tipo de celos o inseguridad, sino cómo las trabajan. Gracie X, la autora de “Al descubierto: mis aventuras en el poliamor, el matrimonios abierto y amar en mis propios términos” explica que la noción de compersión (11) -tan nueva que ni figura en los diccionarios- consiste en disfrutar en vez de padecer la posibilidad de que el otro obtenga placer por fuera de la pareja. Adultos que entienden que como individuos podemos tener necesidades sexuales y emocionales divergentes que no deben ser saciadas por la misma persona, y que esto cual combustible avive la llama en vez de apagar el fuego.
El doble estándar y la lucha feminista

“¿Millones de años de evolución, y para los hombres se trata de sexo, pero para las mujeres se trata de seguridad y compromiso? Si uds los hombres supieran…”, reflexiona irritada el personaje de Nicole Kidman ante la mirada impávida de su marido en el transgresor film “Ojos bien cerrados” de Kubrick. Y es que mientras las ideas en torno a qué es la monogamia o a las relaciones pueden estar en plena transformación, ciertas concepciones estereotipadas sobre el deseo y los géneros prevalecen.

Aunque muchas mujeres no tienen problema en liberar su sexualidad y actuar por fuera de cierta expectativa cultural sobre el género, a otras les cuesta más o lo padecen incapaces de superar siglos de opresión conceptual; a su vez el hombre, se acomoda como puede ante el avance de la mujer, el corrimiento de roles y una nueva ética femenina que pone el placer propio a la cabeza. ¿Otro lugar común? Que la iniciativa de abrir una pareja suele venir del lado masculino.

Los humanos están entre el 3 y el 5% de los mamíferos que practican la monogamia. Ante la pregunta formulada incansablemente respecto de si nuestra tendencia a tener múltiples compañeros sexuales no está codificada en la especie, lo que hay para corregir es que se pensaba que para el hombre el impulso “natural” era engañar, rebajando la posibilidad de concebir a la mujer como un ser sexual con peso propio. Nuevos descubrimientos en torno a la sexualidad femenina están obligando a actualizar inclusive este tipo de explicaciones cientificistas: las mujeres también pueden estar “biológicamente inclinadas” a buscar compañeros por fuera de un vínculo central.

En cuanto al feminismo, la observación y el análisis en este ámbito parece un poco quedada, si bien se está desplazando de planteos históricos como pensar la monogamia como forma de explotación capitalista y patriarcal y mecanismo de control de la mujer (sobre todo el marxismo feminista), para abrir el juego a otras temáticas actuales: la lucha por el matrimonio gay, los propios replanteos desde la militancia LGBT de estas posturas por considerar que abonan a un régimen opresor y desigual(12), las nuevas formas de familia y distribución del trabajo(13), y hasta la idea más radical de suprimir el estatus especial que confiere el matrimonio y dar entidad y derechos a todos por igual(14); esto incluye a los solteros, una fuerza con cada día más peso político, o como dice la ensayista Vicky Larson (“El nuevo ‘sí, quiero’: reformulando el matrimonio para escépticos, realistas y rebeldes”, 2014), “una nueva especie recientemente descubierta, los singles”.

En el bestseller “El arte de dormir sola”, Sophie Fontanel(15), la novelista y editora de Elle de cincuenta y pico cuenta su experiencia de celibato durante gran parte de su vida adulta, y afirma que saber cómo vivir solos y felices es algo muy importante. Tal vez éste sea el denominador común entre los planteos millennial y boomer, que el aprendizaje no se realiza sólo en plano de lo sexual, sino también en relación a nuestra propia individualidad, preconceptos y deseos. O como dice la propia Robin Rinaldi, “la pasión no es algo que sucede sólo en el marco de la pareja o el matrimonio, pero en una persona: hay que encontrar pasión por la vida. Cuánto más sentido y pasión tenés por tu propia vida, menos esperás que alguien te provea de eso”. No somos una isla, pero todo sin dudas empieza por nosotros mismos.

Por Laura Marajofsky
Fuente: Página/12

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