octubre 01, 2017

Música. Acuerpar la lucha


Imagen: Constanza Niscovolos

Su rostro que reivindica mestizo K’iche’ brilla en un piercing turquesa y se extiende en perlas que se suman a su boca morada. Sus dedos tienen letras que dibujan hasta su brazo en piel embebida en tinta de poesía. “Somos guerreras”, se lee cuando levanta la mano y desfila sus uñas como garras turquesas. Rebeca Lane se define como un alma mestiza y es un nombre inventado a sí misma para inspirarse en sus ancestras pero no repetir moldes, ni modelos. Ella canta hip hop feminista en Guatemala y decide honrar sus raíces y pelear por un feminismo latinoamericano. Vino a la Argentina a dar una charla sobre el 8 de marzo. El de 2017, cuando la hoguera del machismo se cobró en llamas la vida y/o la salud de 56 niñas, quemadas en la Masacre del Hogar Virgen de la Asunción. “Nosotras vimos las marchas multitudinarias de Argentina y quisiéramos que se acuerparan con lo que pasa en Guatemala”, pide en un continente donde la violencia (también sexual) de las dictaduras trajo la réplica de la violencia contra mujeres y niñas. Rebeca dice acuerpar en un lenguaje que tiene una palabra que conjuga abrazar y poner el cuerpo. El 30 de septiembre, a las 22, va a presentar “Alma mestiza” un recital en el Tano Cabrón en el que, con su voz, va a acuerpar a las mujeres que celebran sus canciones como un grito contra la violencia. “Yo las acuerpo las luchas”, dice Rebeca, con aros de rosas que se pliegan y terminan en anclas que la reinventan en pétalos y en fuerza. “Yo acuerpo el rostro de los desaparecidos en las calles y acuerpo la lucha de las mujeres indígenas en el reconocimiento de la propiedad textual de las textiles y la lucha por los territorios y la naturaleza, no solo la mística y la magia”, desafía. 

Rebeca tiene 32 años y viene de un país con veintitrés idiomas diferentes, pero con uno solo oficial: el castellano. Su nombre oficial es Rebeca Eunice Vargas Tamayac. Y el que la renació Miss Peny Lane. Nació en 1984 y la bautizaron igual que a su tía (Rebeca Eunice Vargas Braghirolly), una estudiante y poeta desaparecida.

¿Cómo te marca llevar el nombre de tu tía desaparecida?

–Mi tía era parte de la Organización del Pueblo en Armas (ORPA), poeta y estudiante. Ella fue detenida en 1981 cuando se desmantela el movimiento urbano de ORPA. Se tuvo contacto durante más de un año porque pedían que la familia entregara a otros compañeros para que la liberaran. Pensamos que fue asesinada en 1982 cuando ya no se tiene comunicación con ella. 

¿Te resultó una carga fuerte esa herencia?

–Sí, pero también es una carga tener el nombre de una persona que murió en condiciones tan dolorosas. Yo crecí con una sombra que no entendía muy bien. A mí no me hablaron del tema hasta los acuerdos de paz, el 29 de diciembre de 1996, en que ya tenía 12 años. La estrategia de mis papás fue refugiarse en la familia y me decían que ella vivía en Estados Unidos. El 29 de diciembre era el cumpleaños de Rebeca y mi abuela lloraba. En ese momento me impactó muchísimo el dolor de mi abuela. Eso me hizo sentir la necesidad de recuperar la memoria.

¿Se volvió un peso reemplazarla?

–Yo escribía y me comparaban con ella. Por eso, en un momento dejé de escribir para decir “no soy ella”. Y cuando empecé a luchar por la memoria histórica me decían “te va a pasar lo mismo que a tu tía” y sentí que me estaban imponiendo demasiado su historia. En ese momento me puse Miss Penny Lane. Ahí me independicé y empecé a pelear por mis propias luchas. Fue importante declarar mi autonomía.

¿Las jóvenes tienen que hacer su propio recorrido y no repetir historias aunque sean heroicas?

–Yo participé en H.I.J.O.S. de Guatemala a partir del 2003. Veníamos con conciencia política y de clase, pero llegamos tarde. Hacíamos cosas arriesgadas como para el 30 de junio, que se celebra el Día del Ejército, llevar flores, tambores y fotos de desaparecidos. La amenaza era muy directa. Pero teníamos cierta romantización de revolucionarios como el Che Guevara. 

¿El machismo existía aún en la rebelión a los militares?

–Siempre me sentí una mujer emancipada, pero después me di cuenta que en el bloque anti imperialista nuestros compañeros replicaban la idea del guerrillero heroico que es muy patriarcal.

¿Cómo se expresaba el machismo?

–El tema de las mujeres no era parte de nuestra agenda. Se hablaba del imperialismo y la expropiación de tierras que es muy necesaria. Pero si querías ser tenida en cuenta tenías que masculinizarte. Si te vestías muy femenina perdías el respeto. Si no hablabas en voz fuerte e impositiva tampoco te tomaban en cuenta. O si decías algo nadie decía nada y lo decía un hombre y todos lo aplaudían. Y yo me llevaba a ciertos límites como tomar cinco litros de cerveza porque ellos tomaban cinco litros de cerveza y las consecuencias eran peores para mí.

¿Por qué te identificás con un feminismo comunitario?

–El feminismo comunitario es una propuesta que sale de mujeres en pueblos indígenas. Las referentes más conocidas están en Bolivia y Guatemala. Las mujeres de pueblos originarios no se identifican totalmente con el feminismo porque, finalmente, es una construcción occidental y para las mujeres que hemos crecido occidentalizadas que dicen: “Yo quiero ganar como el hombre, quiero una cuota paritaria”. Y desde los feminismos anti capitalistas, en cambio, se proclama: “Yo no quiero ser explotada igual que un hombre para ganar lo mismo que un hombre gana, no quiero entrar en la lógica de un Estado neoliberal, no quiero ejercer el poder como se hace ahora”. 

¿Es una búsqueda de un feminismo más latinoamericano?

–Hay que comprender la cosmovisión. En los pueblos originarios se habla mucho de la complementariedad. Es un feminismo propio que se despoja del feminismo blanco que no representa a la mayoría. 

¿Vos cantás contra la violencia y también sufriste violencia?

–Viví en una relación de abuso de los 15 a los 18 años con un novio mayor que yo. Él tenía 20 y yo 15. La mente de una chica de 15 no funciona igual que la de un hombre de 20. Yo eso lo callé y pensé que había sido consensuado. Hace algunos años me dieron un reconocimiento un grupo de niñas sobrevivientes de violencia sexual. Y cuando las vi me di cuenta que yo era una niña y que, a esa edad, no tenía que haber pasado por lo que pasé. La música me ayudó a sanar esas violencias que había callado.

¿Las habías callado con tu familia y tus compañeras?

–Con todo el mundo, hasta conmigo misma. Los guardé los recuerdos. Y me hizo a mí repetir un patrón de relaciones violentas y posesivas con chicos y chicas. A los 25 tuve una relación de mucha violencia con una chica. De todas maneras, aunque existan los celos y el acoso, un chico no es igual a una chica porque estructuralmente tienen significados distintos. Es un conflicto que todavía estoy pensando y me da vueltas en la cabeza. 

¿Pudiste dar una vuelta al amor después de enfrentar la violencia?

–Sí, enfrentar los distintos tipos de violencia me ayudó a poder construir la relación que ahora tengo con un chico desde un lugar más sano. Hay tensiones y hay que saber negociar como resolver esos enojos: salir a caminar y calmar los ánimos. Hay que aceptar las emociones y los celos. También tuve mi etapa de poliamorosa y de decir “Los celos son una invención de la posesión capitalista”, pero luego te tenés que enfrentar con que vos los sentís y la persona con la que estás los siente y si los negás solo los reprimís y a la larga te hacés daño. El amor se va transformando con una y ahora para mí es muy importante profundizar en la relación que tengo porque es un lugar seguro, es un nido. No quiero involucrar a más personas. Estoy alimentada y alimento algo. El amor va cambiando con las necesidades que una tiene. Pero, para eso, hay que abrir los cajones y conversar. Hubo un momento, cuando tuve que enfrentar lo del abuso, que mi sexualidad se puso reservada y mi compañero lo respetó completamente que sea yo la que tome la iniciativa y que yo dé la pauta si estaba cómoda o no para tener una vida amorosa y erótica mucho más sana.

¿Cuál es el efecto la música para frenar la violencia machista?

–El arte y la música tiene un lenguaje que es muy sensitivo y emotivo. Tu mente te puede engañar pero tu cuerpo no. En tu mente podes decir “ya me trajo flores, no va a volver a pasar”. Pero la música apela a tus sentimientos. La música le habla a tus emociones y las emociones le hablan a tu cuerpo. En el video “Este cuerpo es mío” traté de ser muy amorosa, no culpabilizar, para que las mujeres puedan salir de la violencia. En Guatemala, con una población de 17 millones, matan a 700 mujeres por año por femicidio. En Latinoamérica estamos atravesando múltiples violencias hacia las mujeres que están vinculadas con la violencia que se ejerció durante las dictaduras que creó un ambiente social para que ahora esto sea permitido. 

¿Cómo sigue el proceso por la matanza de niñas el 8 de marzo?

–Yo acompaño a un colectivo que es 8 Tijax que fue la fecha en el calendario maya de la masacre. Todo está en proceso de investigación. Hay evidencias que en la comida de las niñas hubo sedantes y que en la ropa hubo alguna sustancia inflamable. Mi temor es que haya una solución muy solapada y no se vayan a investigar todas las denuncias por prostitución forzada y trata de niños y niñas. Hay un problema con los hogares de menores en Guatemala y eso no se está atendiendo.

Fuente: Página/12