noviembre 10, 2017

Entrevista a Manuela Silveira, geógrafa feminista. “El cuerpo es mi primer lugar de resistencia”

Fotografías: Miro Aguilar Villamarín

“Soy geógrafa, soy feminista, soy geógrafa feminista, que sería una tercera cosa”, así se define Manuela Silveira. Manuela a secas, porque en Brasil, su país natal y donde vive ahora, “no se usan los apellidos”, cuenta.

Viene de una familia de izquierda, con todas sus contradicciones (autoritarismo y machismo estuvieron presentes en su casa), y desde joven participó en el movimiento estudiantil. “Yo no cachaba (entendía) lo que era la geografía”, pero la escogió como carrera porque quería ser profe. Dudó entre letras – le encantan los idiomas -, pero se decantó por la geografía porque “era más política”.

Fue al llegar a Quito-Ecuador cuando encontró en el feminismo un aliado. Lo llevaba dentro, pero aquí le puso nombre. Se asume privilegiada en términos de clase y raza, pero su cuerpo está totalmente marcado por las desigualdades de género. “No podía seguir dejando de acercarme a esto”. La Mengana Colectiva fue el grupo en el que se formó y sensibilizó. Manuela fue una de las personas que formó el colectivo de Geografía Crítica, que está cumpliendo 5 años en 2017.

Actualmente es profesora de la universidad Federal Juiz de Fora en Minas, Brasil. “Toda mi vida he tocado el tema de la educación”, dice, pero solo hace un año que está trabajando como profesora en la U.

¿Qué es para ti la geografía feminista?

Es poder mirar las desigualdades que tienen una espacialidad, y también observar como la misma configuración espacial refuerza, reproduce estas desigualdades. O sea, es la posibilidad de analizar las desigualdades desde una perspectiva espacial.

¿Es necesario que tome distancia de la geografía tradicional?

La geografía tradicional en Brasil ya ha sido de alguna manera superada. Tiene muchas líneas de investigación críticas; yo no la llamaría tradicional; pero de alguna manera las cuestiones de género no entran, como tampoco las cuestiones de raza, homosexualidades, intersexualidades,... Es decir: son sujetos que a pesar del cambio de la geografía de la década de los 70s, a pesar de la renovación crítica que hubo, siguen siendo muy marginales. Hay una geógrafa brasilera que dice que “las mujeres fluctuamos, es como si no estuviéramos en el espacio”. La geografía nos ignora, o ignora esta espacialidad/mirada espacial específica, nuestra y de todos los sujetos marginalizados, que de hecho son marginalizadas en las ciencias sociales en general.

Entonces, ¿partes de la geografía crítica para profundizar en la mirada de género?

Sí. Esa es mi cuna. Una vez fui al museo Picasso de Barcelona. Y había cuadros de cuando él era joven y la gente decía “eso no es Picasso”, pero sí es: él aprendió a pintar durante mucho tiempo para después deshacerlo todo. Para mí, es obvio – no estoy diciendo que somos Picasso – que para deconstruir las cosas hay que conocerlas muy bien. Es muy importante entender los conceptos básicos que son manejados en la geografía crítica y agregarle esta otra mirada.

La geografía feminista, para mí, tiene como eje principal que parte del cuerpo. Puede que tenga otras muchas especificidades, pero para mí la más fuerte es que tiene la escala de análisis.

Además de generar conocimiento, ¿cómo se incorporan las luchas y reivindicaciones feministas a este ámbito?

De muchas maneras. Primero, entiendo que es una geografía que no se hace si no es en diálogo con la militancia. No se puede partir solo de la academia. También, entiendo que una no puede alejarse de las luchas feministas y tampoco de los espacios más básicos de formación, porque todos los imaginarios de género que tenemos parten de la escuela. Para mí esto es muy importante de trasladárselo a los alumnos, porque enseño a futuros profes de geografía, y trato de pensar cómo…

En el currículum no se incluyen explícitamente la perspectiva machista u homofóbica, pero el mismo hecho de no hablar de eso (que existen, de cómo ejes de nuestra sociedad) es hablar de eso, es decir, hablar desde un discurso machista y homófobo. Si yo no pongo en el currículum discusiones en torno al género, estoy diciendo que la manera como está organizada nuestra sociedad está bien. Es muy difícil que la gente lo capte.


¿Cuál dirías que es tu objetivo como profesora?

Cuando alumnos o alumnas que nunca se habían planteado esas mirada de género empiezan a buscarme fuera de clase para contarme cosas y están curiosos, porque hay cosas que no entienden, pero tienen interés por entender, para mí es satisfactorio. Ahí siento que estoy haciendo lo que me proponía.

Hay cosas que me han pasado no tan buenas, pero yo sabía que iban a pasar. Por ejemplo, una alumna me buscó para decirme que las violaciones en las fiestas de la universidad son comunes. Y que han denunciado varias veces, pero no pasa nada. La institución alega que no han sido en el campus; además los chicos se ponen “ricos”, argumentando lo típico “que estaban borrachas…” y ellas se quedan bastante aisladas. Esto implica para algunas el abandono de los estudios.

En Brasil hay una ola conservadora muy fuerte – más fuerte desde el golpe del año pasado -, y hay una resistencia muy fuerte al tema de género. Como esto viene desde un nivel institucional, los hombres se sienten cobijados y apoyados. Ellas vinieron a buscarme diciéndome: “tú eres la única que habla de género”.

Es fuerte que tengan que acudir a una profesora y que la universidad no responda…

A mí me parece una mierda, me da mucha tristeza, porque una se ve en esta situación y no tenemos herramientas suficientes. Todos estos temas son muy personales, y es un tipo de abordaje que no puede ser objetivo: a mí el tema de género me atraviesa, he sufrido intentos de violación, y encontrarme con mi alumna en esa situación fue muy duro. Pero, de ahí surgió algo bonito: estamos armando una campaña en contra de la cultura de la violación. Esto para mí es importante. Y no es que voy a ser yo, o las alumnas, sino que la institución tiene que bancarla y decir “esto no está bien”. No digo que es la solución, porque yo no creo que las soluciones pasen por la institución, pero es necesario que esta lo asuma como un reto para todos.

Antes de que yo llegue, hubo un caso de violación en una fiesta en la universidad, y lo que hicieron fue prohibir las fiestas dentro del recinto. Y yo —irónicamente— pienso “ay, que genial, solucionaron el problema, se lo quitaron de encima”. Como pasa en el metro en Rio: en horas pico hay un vagón exclusivo para mujeres. Eso debe ser muy bueno para ellas cuando viajan, pero ¡no soluciona nada!

El espacio y entorno propio se nos ha negado a las mujeres. ¿Qué herramientas se pueden proponer para re-apropiarnos del espacio público?

Hay muchas posibilidades para darnos cuenta de esa espacialidad desigual, que pueden ser desde mapas de nuestro cuerpo como ese espacio de invasiones, pero también de resistencia. También mapas de los barrios, o esos lugares vivenciados, vividos, en los que una circula; y empezar a darnos cuenta de que no son iguales para unas y para otros. A mí me gusta mucho hacer estas dinámicas en grupos mixtos, porque al hacerlo también los hombres nos vamos dando cuenta de las diferencias de los mapas que hace cada unx: hay espacios en que las mujeres nos sentimos inseguras, sentimos miedo, nos sentimos acosadas, y los hombres no. Otra que me gusta mucho hacer es partir de un mapa nacional donde se reflejan datos -como el que lanzó el colectivo de Geografía Crítica con las cifras de feminicidios y llevarlo a las comunidades para pensar desde ahí las formas de violencia más micros.

A parte de analizar, hay maneras de accionar contra eso. Pienso en un barrio, se podría hacer un mapeo de los espacios inseguros para mujeres, exponer eso en la plaza pública y discutir qué sucede. Hay diversas formas de combatirlo, según cómo nos sentimos más cómodas. Hay mujeres que se paran y dicen “yo no me voy a sentir incómoda en la calle, y salen caminando de noche, por ejemplo, por el centro de Quito y dicen ´este es mi espacio y a mí no me van a limitar´”. Es una acción de coraje, pero yo no podría hacerlo. Ya lo he hecho y me han pasado cosas horribles. Al final depende de cuánto una está dispuesta a exponerse. Y eso no define qué tan involucrada estás, porqué yo me siento muy implicada. Me parece que repensar las relaciones desde las aula, ya es mucho.

¿Es posible que los hombres formen parte de este cambio?

Yo sí creo que hay que involucrar a los hombres, pero entiendo que hay diferentes perspectivas, y son legítimas y válidas. Por ejemplo, decidir: nos cuidamos entre nosotras y no necesitamos a los hombres porque nada va a cambiar… son diferentes perspectivas, y no son excluyentes. Además, tienen que ver con las posibilidades de cada una en su entorno.

Creo mucho en la educación; aunque veo sus límites. Tenía una clase de puros hombres, y ahí si hubo una resistencia tenaz, casi ni me dejaban hablar: viene una profe, mujer, joven, hablando de género… Creo en la educación, pero a veces hay límites que no sé cómo superar.

A nivel epistemológico también hemos sido excluidas. ¿Cómo intentar imponer las voces de estos colectivos que generan conocimientos pero que han sido apartados?

Yo creo que es una pelea constante. Primero por los temas, que no son de interés, incluso si piensas en becas, por ejemplo, no hay o no es común un curso en el pregrado que sea de geografía feminista, ¿en qué vas a dar clase? Si tú te haces todo el camino especializándote en estos temas, pero después solo vas a dar clase de asignaturas optativas… Y en la educación hay poco espacio también. Es estar ahí, recordando por qué es importante abordarlo, por qué tiene sentido.

Yo tengo mucho camino por delante, y todavía no me ha pasado eso, pero veo muchas profesoras a quien no se les dan las asignaturas principales, que quieren tratar el feminismo y sus materias nunca son aprobadas. Solo basta con mirar los syllabus de los cursos… y eso no te estimula mucho. No hay espacio, no es importante, esta construcción teórica es marginal, aún.

¿Son útiles los mapas, como herramienta para las geografías feministas? O ¿hay que subvertir esa mirada?

Los mapas son esenciales para la geografía. El problema es que nuestra idea sobre qué es un mapa es muy limitada. El mapa “de siempre”, político administrativo, con las fronteras fijas… Incluso estos podemos usar, para darles vuelta. Todo lo que fue el mapa sobre el feminicidio en Ecuador, usando datos reales, de los medios, lo pusieron sobre un mapa formal, y con todo, tuvo una repercusión tan grande, que ya se le dio la vuelta. Los mapas pueden servirnos para representar opresiones, y no solo divisiones que nos tienen que parecer naturales. Actualmente hay muchas maneras de usar los mapas. Yo entiendo que sí podemos usarlos para darles vuelta.

Lo que quizás es más importante es aprender a mapear, y a intentar ver la espacialidad que tienen los procesos sociales. Pero también que el mapa es una representación, no es la verdad. Es como aprender a fotografiar, o hacer cine. Lo que uno piensa es que un documental es “la verdad”, porque está documentando una realidad; pero lo que hay que aprender es que es una versión de una realidad, de algo que existió, pero relatado desde un punto de vista. El hecho de aprender a hacer mapas, como el mapa de tu cuerpo, con tus recuerdos, tus opresiones, las alegrías, puede ser el mapa de tu barrio o tu territorio… y cuando los vas entendiendo, te das cuenta que esto no es la verdad, sino una representación. Te das cuenta que el espacio no es fijo: yo puedo intervenir en él; soy una actora social que va construyendo todo el tiempo; y si puedo hacer eso puedo cuestionar las configuraciones espaciales asociadas a roles de género que no me parecen justas.

Es interesante cómo cuentas esta interacción el cuerpo con el espacio, como somos constructoras de nuestro entorno y al mismo tiempo este nos afecta. ¿Cómo abordas el concepto cuerpo-territorio, que los feminismos comunitarios y el ecofeminismo están usando mucho?

Yo tomo el cuerpo como el primer lugar de resistencia. Es donde están las marcas, donde está lo vivido. La idea de que lo personal es político, que es clave en los feminismos, aquí toma forma: es mi cuerpo, que yo considero mi territorio, desde donde resisto, y el primer lugar del que me apropio para poder construir.

Ahí hay un juego de escalas, de como yo actúo hacia fuera y trabajo por cambiar las políticas públicas, pero también como me veo a mí como sujeta. Por ejemplo, nosotras como mujeres que estamos tratando de luchar contra la violencia de género, pero al mismo tiempo muchas de nosotras son violentadas en su intimidad. En mi experiencia personal, yo he vivido esto en mi casa. Mi mamá era feminista, una de las personas que me hizo contactar con el feminismo, pero a la vez era agredida por mi papá. Hace falta fortalecernos desde este espacio que es nuestro, es el primer lugar donde deberíamos llevar la lucha. No quiere decir que solo vayamos a cuidar nuestra vida personal, pero sí llevar a cabo ese diálogo.

Es el primer lugar del que nos apropiamos, ¿pero también del que se apropian?

Obvio. Porque esas mismas políticas públicas que estamos demandando y cuestionando se reflejan en el cuerpo. Es el cuerpo de la mujer el que va a ser controlado, que va a ser detenido por hacerse un aborto. Todo sale de aquí, también la resistencia. Para mí estas cosas no pueden venir separadas.

En el contexto latinoamericano, se asocia la tierra con el cuerpo femenino; y cuando se vulnera a una, eso atraviesa también a las mujeres.

Eso a veces me conflictúa un poco, porque puede ser esencialista. Porque la tierra, la naturaleza, es la mujer… yo no sé si voy por ahí. Más bien creo que la mujer y la naturaleza están puestas en el mismo lugar dentro de esta sociedad patriarcal, dentro de la lógica dicotómica que diferencia y jerarquiza entre mente/cuerpo, masculino/femenino, razón/emoción… y todo eso se va articulando a un imaginario.

La potencia que veo de esa articulación y que no se puede subyugar es que todo eso está asociado a lo femenino, y que no se puede cuestionar el control de los cuerpos feminizados sin a la vez cuestionar el control sobre la naturaleza que viene dado por este modelo de sociedad patriarcal y capitalista. No puede venir separada la lucha feminista de la lucha por la naturaleza, porque estamos hablando de deconstruir un paradigma que nos coloca en el mismo lugar de control y sumisión, incluso como armas de guerra para perjudicar a los hombres.


Periodista feminista, reportera y fotógrafa en prensa y medios digitales. Máster en Género y Comunicación. freelance precaria. Nacida en Barcelona, Cataluña; actualmente vive en Quito. Colabora por convicción y compromiso con el periodismo crítico y de profundidad.
Fuente: La Periódica.net 
Periódico Digital Feminista