enero 23, 2018

De Blanca Nieves a Marcela Lagarde: así acaba el "cuento" de la rivalidad femenina




Existe una curiosa palabra en el Diccionario de Oxford. Se escribe catfight y, para desgracia de los amantes de videos felinos en Youtube, no tiene nada que ver con la idea de dos gatos subidos a un ring.

Según la definición, catfight significa «una pelea entre mujeres». Una pelea de gatas, que diríamos en España. La diferencia es que en Oxford han elevado el cliché a la categoría de entrada de diccionario.

Siempre ha sido así. Desde el principio de los tiempos, tradición y religiones se han encargado de asignar a las mujeres lo mejorcito del mundo animal (víboras, zorras, arpías, gatas rabiosas), sobre todo para describir las relaciones entre ellas.

Ya lo advirtió Schopenhauer: «La mujer es enemiga de la mujer». Porque, como otros hombres de su tiempo, consideraba a sus compañeras «un sujeto intermedio entre el niño y el hombre».

Hoy la idea de que las mujeres no pueden ser amigas, que lo peor para una mujer es otra mujer, todavía sigue aferrada al inconsciente colectivo. Como el estribillo pegadizo de una mala canción del verano. Pero si la envidia y la rivalidad no tienen género; si la bilis se produce en el hígado y no en los genitales, ¿de dónde viene el mito de la rivalidad femenina?

En el año 2002, la ex ministra de cultura Carmen Alborch publicó el libro Malas: rivalidad y complicidad entre las mujeres, en el que disecciona las relaciones históricas entre ellas, empezando por algunas enemigas de relumbrón como las actrices Bette Davis y Joan Crawford o las soprano María Callas y Renata Tebaldi.

«Nos hicieron creer que éramos enemigas por naturaleza de la misma manera que quisieron que creyéramos en nuestra inferioridad natural», defiende este ensayo.

Una vez descartada la existencia de un extraño fallo congénito que programa a las mujeres para odiarse entre sí, es fácil entender que se trata de una rivalidad aprendida. Inducida por «un sistema patriarcal que subordina a las mujeres, las divide y las enfrenta entre sí». Alborch escribe: «Vivimos inmersas en la comparación, midiéndonos constantemente. Aprendemos a competir para sobrevivir, siempre desde la escasez».

Y todo empieza mucho antes de que nos salgan los dientes. «Forma parte de los roles tradicionales de género», explica la psicóloga Irene Solbes, especializada en el estudio de los prejuicios y actitudes sociales en la infancia. «Desde niñas, los productos culturales reproducen el esquema de mujeres cosificadas por su belleza o atractivo, que pelean por seducir al príncipe azul. Desde el prisma de princesa se entiende mejor esa competencia».

Al final resulta que el cuento de la rivalidad femenina nos lo han ido contando noche tras noche antes de dormir. Si lo analizamos fríamente, Blancanieves no deja de ser la historia de cómo una mujer es capaz de matar a otra por el simple hecho de ser más bella. Visto así es normal que la muchacha prefiriese quedarse con un grupo de enanos desconocidos antes que fiarse de otra mujer.

«Así es cómo el machismo se nos mete en la piel casi sin darnos cuenta», señala Gema Otero, experta en género e igualdad y colaboradora del Instituto Andaluz para la Mujer. «Los niños son socializados para tener éxito y poder social. Las niñas, en cambio, son socializadas para tener éxito en el amor; deben competir para ser más bellas y deseadas. La rivalidad masculina invita al crecimiento personal y colectivo; la rivalidad femenina invita a la individualidad y la crítica destructiva».
¿Por qué Pitufina nunca tuvo amigas?

Si eres mujer, hazte esta pregunta: ¿alguna vez has dicho eso de «me llevo mejor con los hombres»? Como si fuera un signo de distinción, como si no tuvieras nada que ver con aquellas que comparten tus mismas hormonas.

Estos son algunos resultados de un sondeo informal entre varias amigas y compañeras:

«Sí lo he dicho. Supongo que con ellos me siento más cómoda, sin juicios».

«Me siento más comprendida por los chicos; me parecen mucho más sencillos y honestos».

«La mujer suele ser muy crítica con otras mujeres».

No pretende ser nada representativo. Solo son respuestas sinceras respecto a un tema sobre el que casi siempre nos duele reflexionar. Tampoco se trata de cuestionar las relaciones de amistad entre hombres y mujeres.

Como sostiene Carmen Alborch, el problema es la idea general de que las mujeres «son más malas, críticas y retorcidas. Es una barbaridad del sistema patriarcal que nos dice indirectamente que ellos son mejores, que ellos van de frente y nosotras no». El estigma bíblico de la primera Eva repetido millones de veces hasta nuestros días.

María Luisa Posada Kubissa, filósofa y teórica feminista, lo explica de esta otra forma: «El mundo masculino es el que tiene la autoridad y el que da el reconocimiento. Por eso cuando una mujer busca reconocimiento lo busca en ese ámbito simbólico».

En el cine lo llaman el síndrome de la Pitufina. Un concepto creado en 1991 por la ensayista norteamericana Katha Pollit para describir cómo en la mayoría de ficciones infantiles y juveniles, los protagonistas suelen ser grupos de amigos masculinos entre los que se incluye la figura de la chica. Así, en singular.

Lo ejemplifica con esa mujercilla azul, con falda y tacones. La única mujer dentro de un poblado cargado de testosterona. Lo mismo ocurre en Las Tortugas Ninja, Los Teleñecos, Doraemon o en Big Bang Theory (al menos hasta la tercera temporada).

«Es como un sistema por cuotas. Tenemos grupos de chicos a los que les pasan cosas, luchan contra el malo, viven aventuras… Cuando solo tienes una chica, es imposible ver cómo se relaciona con las demás», apunta María Castejón, especialista en representaciones de género en el audiovisual y editora del blog Las princesas también friegan.

«El mensaje es claro. Los chicos son la norma, las chicas la excepción; los niños son centrales, las niñas periféricas; los chicos definen el grupo, su historia y su código de valores. Las chicas existen solo en relación con los niños», decía hace ya 27 años Katha Pollit.
Un cuento distinto: la sororidad

En los años 70, feministas de Estados Unidos acostumbraban a firmar sus cartas con una expresión: «In sisterhood». Años después, la antropóloga mexicana Marcela Lagarde la tradujo al castellano como sororidad, del latín soror, que quiere decir hermana. La sororidad es hermandad entre mujeres, el equivalente femenino de la fraternidad.

Hasta hace poco se trataba de un concepto solo utilizado en manuales feministas, pero durante el último año –sobre todo a raíz del movimiento #Metoo en apoyo a las víctimas de abuso sexual en Hollywood– se ha filtrado al lenguaje popular. En 2017 la palabra sororidad fue googleada tres veces más que el año anterior. En el 90% de los casos, para buscar lo que significa. La Fundación del Español Urgente la define como una «relación de solidaridad entre mujeres».

La RAE, de momento, no la incluye en su diccionario de uso. Por eso el año pasado un grupo de mujeres de Cabanillas del Campo, en Guadalajara, inició una campaña de firmas para pedir a la Real Academia que abra sus puertas a esta nueva palabra. Si ya lo ha hecho con postureo, ¿por qué no con sororidad? «Es algo simbólico. Para que la realidad de las mujeres sea visible, hay que incorporar esa realidad al lenguaje», defiende Ana Rosa Escribano, del Consejo de Mujeres de Cabanillas.

Según la propia Lagarde, la sororidad es sobre todo un pacto político entre mujeres para reivindicar la igualdad de todas, con indiferencia de clase social, nacionalidad, minoría o religión. «Qué sería de las mujeres sin el aliento y el apoyo de otras tantas», mantiene la antropóloga mexicana.

Un cuento distinto que, poco a poco, también se cuela en la ficción, donde hemos pasado de la rivalidad por Harrison Ford en Armas de mujer a la alianza por la supervivencia en El cuento de la criada. «Cada vez prima más la representación positiva de la amistad entre mujeres. Es el camino que ya abrió Thelma y Louise. Se ha convertido en un tema reconocido por el público», reflexiona María Castejón.

Tal y como recuerda la teórica feminista María Luisa Posada, «sororidad es praxis en común, es aprender a dar autoridad a otras mujeres, pero no ser idénticas». Es decir, la hermandad no implica que todas las mujeres deban pensar igual; ni si quiera tienen por qué caerse bien. Como dice el libro Malas, «ni amigas ni enemigas por naturaleza».

Más bien se trata de desprogramar viejos prejuicios; de asumir que los celos y la envidia no vienen de serie como la menstruación; de ser conscientes de que el peor enemigo de una mujer no es otra mujer, sino esos estereotipos machistas que también calan en nosotras.

Por María José Carmona
Fuente: Yorokobu