enero 12, 2018

Vendedores de feminismo, traficantes de machismo



En la lucha por la reivindicación de nuestros derechos es que han aparecido al camino un sin fin de modas y vanguardias que hacen eco de los movimientos feministas. Cómo olvidar, por ejemplo, el look adquirido por las sufragistas en Europa cuando pretendían suavizar su imagen y conseguir más adeptos; o cuando Carolina Herrera rigidizó su estilo para dar un fuerte mensaje sobre el poder de las mujeres. Sin embargo, ¿Qué pasa cuando esto se banaliza? ¿Qué obtenemos para el movimiento cuando lo volvemos una moda de vitrina?

En la lucha por la reivindicación de nuestros derechos es que han aparecido al camino un sin fin de modas y vanguardias que hacen eco de los movimientos feministas. Cómo olvidar, por ejemplo, el look adquirido por las sufragistas en Europa cuando pretendían suavizar su imagen y conseguir más adeptos; o cuando Carolina Herrera rigidizó su estilo para dar un fuerte mensaje sobre el poder de las mujeres. Sin embargo, ¿Qué pasa cuando esto se banaliza? ¿Qué obtenemos para el movimiento cuando lo volvemos una moda de vitrina?

Hemos visto cómo en los últimos años, las luchas feministas han ido tomando mayor espacio y con ello, el sistema de mercado no ha querido quedarse atrás: poleras de retail fabricadas por mujeres explotadas, prendas ideologizadas exhibidas en maniquíes talla XS, mensajes llamándonos a vernos bonitas luchando, peinados de cabellos masculinizados hechos a la medida solo de aquellas que sean angulosas, y un sin fin de patrones que nos llaman a levantar una alerta: ¿Cuánto revoluciona si ya no molesta? ¿Cuánto deconstruye si se vuelve chic? Cuando el mercado lo pone de moda sin antes incorporar en sus propios espacios de poder, medidas como la igualdad salarial, la promoción de la corresponsabilidad paternal o la deconstrucción de estereotipos de belleza, cabe preguntarse cuán cierta es esa lucha, y cuánto de estratégica tiene esa moda como antagonista a los intereses del propio movimiento.

Cuando nos vemos lindas luchando, cuando nuestro labial combina con la polera que nos llama a dejar estereotipos o cuando nuestro peinado poco femenino lo llevamos sólo porque va bien con nuestra figura, entonces tenemos una lucha vacía que ha entrado en la lógica del consumo y nos ha vuelto presas otra vez de aquello que nos condena al yugo, porque solo cuando dejamos de ser parte de ese círculo es que podemos ser una real amenaza al sistema por vencer.

Lo que subyace a la comercialización del feminismo es un machismo solapado que oprime a las mujeres en la misma cadena de producción de lo que vende y, de manera oculta, reproduce los estereotipos que los mensajes explícitos buscan derribar.

Sabido es que patriarcado y capitalismo son amigos inseparables que tienen como fin una alianza perpetua y perversa en la explotación de todas y todos, ya que la mano obrera da sustento al modelo, y a su vez, el sistema descansa en los hombros de las mujeres, pues nuestro rol histórico radica en hacernos cargo de la vida privada y doméstica para que los hombres puedan producir.

El objetivo de todo movimiento social es aportar a un cambio de paradigma que venga a ampliar derechos, lo que en ningún caso significa mantenernos en eterna disidencia, pero requiere que el tránsito desde la resistencia a la estructura se haga sin caer en facilismos -como la moda- sino que incorporándonos al sistema luego de haber realizado la deconstrucción necesaria y suficiente para reivindicar aquello por lo que se pelea.

Así las cosas, tenemos un sistema que ve en nuestra lucha un atractivo producto de consumo pero que no nos deja incidir en las lógicas que le enriquece. Hoy por hoy, se vende feminismo y se trafica machismo, siendo siempre el negocio el que aumenta los bolsillos hegemónicos y el tráfico el que solidifica la estructura que les da de comer.

Sin pretender ser anacrónica, se hace imprescindible que el movimiento feminista no se acomode a la estructura, sino que impacte en ella y pueda incidir en cambios reales que alteren el curso de la sociedad actual, pues es sólo bajo esa senda que podemos apostar a acabar con el modelo que nos aplasta.


Por Francisca Millán Zapata
*Abogada en DDHH y Género, feminista, de izquierda. Chilena, 31 años
Fuente: Diario Digital Femenino