febrero 21, 2018

Mar Gallego: “Me gustaría un feminismo rural, de calle, de verbenas, de vecinas y a la fresquita”

“Combato la ‘andaluzofobia’ principalmente aportando estas miradas, tanto al proyecto como a mis trabajos como periodista o tallerista. Politizando la alegría”

Mar Gallego, impulsora del proyecto “Feminismo andaluz y otras prendas que tú no veías”.

Desde los patios de Chiclana a la fresquita hasta las conferencias en aulas magnas, Mar Gallego es la impulsora del manifiesto Como vaya yo y lo encuentre… y del proyecto “Feminismo andaluz y otras prendas que tú no veías”. Escribe en Pikara Magazine, traduce por “poderío” el manido empoderamiento, categoriza el “miralá cara a cara” al nivel del semita panim el panim, reivindica los pipazos con las amigas, la semiótica de resistencia de las mal llamadas “folkróricas”, la noción de comunidad en el materialista “poquito de hierbabuena” y en el periférico locus enuntiationis de “a la fresquita”. Resignifica a nuestras abuelas enlutadas, resabiás, currantes, cuidadoras, las cinco patas de la cultura andaluza, las alegrías en las fatiguitas y el ritmo maravilloso de nuestros acentos en la rapidez del habla y la calle. Sabe politizar la alegría, hacerla supervivencia.

¿Y tú de quién eres?

De Antonia, una mujer chiclanera que creció en un patio de vecinas en los que vivían familias enteras en una habitación. Un ejemplo de cómo la pobreza ha afectado a las mujeres andaluzas. Detrás de la figura de las madres hay todo un universo político de valores para la construcción de un mundo con menos egos, más ternura, más comunidad… También soy de Manué. Mi padre ha sido un gran maestro en mi vida. Me ha enseñado el arte de la alegría y es el ejemplo más cercano de cambio de roles que he vivido.

¿Qué nos puedes contar del proyecto Feminismo Andaluz?

El proyecto nace en 2012 cuando me falta ‘algo’ para contextualizar sentimientos de inferioridad que tengo. En 2016 me digo: “¡Coño, es que esto no es lo mismo!”. Fui consciente de que mi tierra tenía una mirada que era otra cosa y que no podía ser analizada desde un discurso extranjero. Dos ejemplos, la fiesta como resistencia política, creatividad, un derecho a hablar —el carnaval de Cádiz— y el hecho de que las mujeres andaluzas de clase pobre trabajaron y trabajan fuera de casa y que los feminismos hegemónicos no podían representarlas del todo. Ellas no solo se han ocupado del ámbito privado. El feminismo es clave para contextualizar la situación de la pobreza de las mujeres y entender que existen discursos que la justifican. Porque, si no contextualizamos, es revictimizante. Y poderío tenemos, claro.

¿Qué tiene que ver el proyecto con otros feminismos? ¿Y con los decoloniales?

El proyecto bebe de muchos feminismos, pero me gustaría situarlo más en lo local, lo provinciano. Un feminismo rural, de calle, de verbenas, de vecinas y a la fresquita. También del decolonial. Pero siendo conscientes de los privilegios por pertenecer a un estado considerado europeo. Aunque seamos las personas andaluzas las que trabajemos en la vendimia en Francia. Ramón Grosfoguel afirma que aquí empezaron las estrategias de persecución de la diferencia que luego se exportarían contra los pueblos indígenas. Lo ocurrido contra la población de judíos y musulmanes en la conquista de al-Andalus representa el primero de los cuatro epistemicidios más importantes de la historia. Esto implica una conspiración de invisibilidad —expresión de Alejandra Pizarnik— contra el pueblo andaluz y su conocimiento.

Hablas de la “Generación Susurro”. ¿Qué es esa generación?

Es esa generación andaluza de clase obrera, en la que me incluyo, que tuvo el primer título académico de su historia familiar, pero que se ha criado entre los susurros de “¿qué vamos a comer mañana?”. Vive entre dos mundos, se ve obligada a elegir entre tener raíces o tener alas. Es prima hermana de la pobreza, pero que no la reconoce muchas veces.

¿Qué es para ti la ‘andaluzofobia’? ¿Cómo la combates?

Este fue un término que aportó Ana Burgos, una activista feminista y antropóloga onubense. Es un proceso de desempoderamiento histórico y deposición de autoestima que ha sufrido durante siglos el pueblo andaluz y que nos lleva, por ejemplo, a disimular nuestro acento cuando no estamos en nuestra tierra. La combato principalmente aportando estas miradas, tanto al proyecto como a mis trabajos como periodista o tallerista. Politizando la alegría.

Por David Monthiel
Fuente: elsaltodiario.com