abril 20, 2018

Nancy Fraser. Las contradicciones del capital y los cuidados


Fotografía de Manme Amate Ibañez

La «crisis de los cuidados» es en este momento uno de los principales temas de debate público (1). A menudo relacionado con ideas como «pobreza de tiempo», «equilibrio familia- trabajo» y «vaciamiento social», hace referencia a las presiones que desde diversos puntos están actualmente exprimiendo un conjunto clave de capacidades sociales: las disponibles para tener y criar niños, cuidar de amigos y familiares, mantener hogares y comunidades más amplias, y sostener relaciones más en general (2). Históricamente, estos procesos de «reproducción social» han estado considerados trabajo de mujeres, aunque los hombres siempre han realizado también parte de los mismos. Los cuidados, que comprenden tanto trabajo afectivo como material y a menudo se realizan sin remuneración, son indispensables para la sociedad. Sin ellos no podría haber cultura, ni economía, ni organización política. Ninguna sociedad que sistemáticamente debilite su reproducción social logra perdurar mucho. Hoy en día, sin embargo, una nueva forma de sociedad capitalista está haciendo exactamente eso. El resultado es una enorme crisis, no solo de los cuidados, sino también de la reproducción social en su sentido más amplio.
Entiendo esta crisis como uno de los componentes de una «crisis general», que incluye también vectores económicos, ecológicos y políticos, que se entrecruzan y exacerban mutuamente. El aspecto de la reproducción social forma una dimensión importante de esta crisis general, pero a menudo queda olvidado en los actuales debates, que se centran principalmente en los peligros económicos o ecológicos. Este «separatismo crítico» es problemático; el aspecto social es tan fundamental en la crisis en general que ninguno de los otros puede entenderse adecuadamente haciendo abstracción de él. Sin embargo, también puede afirmarse lo contrario. La crisis de la reproducción social no es un elemento independiente y no puede entenderse adecuadamente por sí sola. ¿Cómo deberíamos interpretarla, entonces? Yo sostengo que la «crisis de los cuidados» es mejor interpretarla como una expresión más o menos aguda de las contradicciones socioreproductivas del capitalismo financiarizado. Esta formulación sugiere dos ideas. En primer lugar, las actuales tensiones a las que están sometidos los cuidados no son accidentales, sino que tienen unas profundas raíces sistémicas en la estructura de nuestro orden social, que yo denomino aquí capitalismo financiarizado. No obstante, y este es el segundo punto, la actual crisis de la reproducción social indica que hay algo podrido no solo en la actual forma financiarizada del capitalismo, sino en la sociedad capitalista per se.

Sostengo que toda forma de sociedad capitalista alberga una contradicción o «tendencia a la crisis» socioreproductiva profundamente asentada: por una parte, la reproducción social es una de las condiciones que posibilitan la acumulación sostenida de capital; por otra, la orientación del capitalismo a la acumulación ilimitada tiende a desestabilizar los procesos mismos de reproducción social sobre los cuales se asienta. Esta contradicción socioreproductiva del capitalismo se sitúa en la base de la denominada crisis de los cuidados. Aunque inherente al capitalismo como tal, asume una forma diferente y distintiva en cada forma históricamente específica de la sociedad capitalista: en el capitalismo liberal competitivo del siglo XIX; en el capitalismo gestionado por el Estado de posguerra; y en el capitalismo neoliberal financiarizado de nuestro tiempo. Los déficits de cuidados que experimentamos hoy son la forma que esta contradicción adopta en esta tercera fase, la más reciente, del desarrollo capitalista.

Para desarrollar esta tesis, propongo explicar primero la contradicción social del capitalismo como tal, en su forma general. En segundo lugar, esbozo su evolución histórica en las dos fases anteriores del desarrollo capitalista. Por último, sugiero interpretar los «déficits de los cuidados» de hoy en día como expresiones de la contradicción social del capitalismo en su actual fase financiarizada.

Aprovechándose del mundo de vida

La mayoría de los estudiosos de la crisis contemporánea se centran en las contradicciones internas del sistema económico capitalista. En el núcleo de este, afirman, radica una tendencia innata a la autodesestabilización, que se expresa periódicamente mediante crisis económicas. Este punto de vista es acertado hasta cierto punto, pero no aporta una imagen completa de las tendencias inherentes del capitalismo a la crisis. Al adoptar una perspectiva economicista, interpreta el capitalismo de manera excesivamente restrictiva como un sistema económico simpliciter. Por el contrario, asumiré una interpretación ampliada del capitalismo, que abarca tanto su economía oficial como las condiciones contextuales «no económicas» de la misma. Dicho punto de vista nos permite conceptualizar y criticar toda la gama de tendencias del capitalismo a las crisis, incluidas las que afectan a la reproducción social.

Mi argumento es que el subsistema económico del capitalismo depende de actividades de reproducción social externas a él, que constituyen una de las condiciones primordiales que posibilitan su existencia. Otras condiciones primordiales son las funciones de gobernanza desempeñadas por los poderes públicos y la disponibilidad de la naturaleza como fuente de «insumos productivos» y como «sumidero» de los residuos de la producción (3). Aquí me centraré, sin embargo, en el modo en el que la economía capitalista depende —podría decirse que se aprovecha sin coste alguno— de actividades de reposición, prestación de cuidados e interacción que producen y sostienen vínculos sociales, aunque no les asigna valor monetario y los trata como si fuesen gratuitos. Denominada de diversas formas («cuidados», «trabajo afectivo» o «subjetivación»), dicha actividad forma los sujetos humanos del capitalismo, sosteniéndolos como seres naturales personificados, al tiempo que los constituye como seres sociales, formando sus habitus y el ethos cultural en los que se mueven. El trabajo de traer al mundo y socializar a los niños es fundamental para este proceso, al igual que cuidar a los ancianos, mantener los hogares, construir comunidades y sostener los significados, las disposiciones afectivas y los horizontes de valor compartidos que apuntalan la cooperación social. En las sociedades capitalistas, buena parte de esta actividad, aunque no toda, se efectúa al margen del mercado: en viviendas, barrios, asociaciones de la sociedad civil, redes informales e instituciones públicas tales como los colegios; y una parte relativamente pequeña de la misma adopta la forma de trabajo asalariado. La actividad de reproducción social no asalariada es necesaria para la existencia del trabajo asalariado, para la acumulación de plusvalor y para el funcionamiento del capitalismo como tal. Ninguna de estas cosas podría existir en ausencia del trabajo doméstico, la crianza de niños, la enseñanza, los cuidados afectivos y toda una serie de actividades que sirven para producir nuevas generaciones de trabajadores y reponer las existentes, así como para mantener los vínculos sociales y las mentalidades compartidas. La reproducción social es una condición de fondo indispensable para la posibilidad de la producción económica en una sociedad capitalista (4).

Al menos desde la era industrial, sin embargo, las sociedades capitalistas han separado el trabajo de reproducción social del trabajo de reproducción económica. Asociando el primero con las mujeres y el segundo con los hombres, han remunerado las actividades «reproductivas» con la moneda del «amor» y la «virtud», al tiempo que compensaban el «trabajo productivo» con dinero. De este modo, las sociedades capitalistas crearon una base institucional para formas nuevas y modernas de subordinación de las mujeres. Separando el trabajo reproductivo del universo de las actividades humanas en general, en el que antes el trabajo de las mujeres ocupaba un lugar reconocido, lo relegaron a una «esfera doméstica» de nueva institucionalización, en la que la importancia social de dicho trabajo quedó oscurecida. Y en este mundo nuevo, en el que el dinero se convirtió en el principal medio de poder, el hecho de no estar remunerado selló la cuestión: quienes efectúan dicho trabajo están estructuralmente subordinadas a aquel os que reciben salarios en metálico, aunque su trabajo proporcione una precondición necesaria para el trabajo asalariado, e incluso mientras está siendo también saturado de nuevos y falseados ideales domésticos de feminidad.

En general, por lo tanto, las sociedades capitalistas separan la reproducción social de la producción económica, asociando la primera con las mujeres, y oscureciendo su importancia y su valor. Paradójicamente, sin embargo, hacen depender sus economías oficiales de los mismísimos procesos de reproducción social cuyo valor rechazan. Esta peculiar relación de separación-dependencia-rechazo es una fuente inherente de inestabilidad: por un lado, la producción económica capitalista no es autosuficiente, sino que depende de la reproducción social; por otro, su tendencia a la acumulación ilimitada amenaza con desestabilizar los mismísimos procesos y capacidades reproductivas que el capital necesita (y también el resto de nosotros). Con el tiempo la consecuencia puede ser, como veremos, la de hacer peligrar las condiciones sociales necesarias para la economía capitalista. Se trata, en efecto, de una «contradicción social» inherente en la estructura profunda de la sociedad capitalista. Como las contradicciones económicas resaltadas por los marxistas, también esta cimienta una tendencia a las crisis. En este caso, sin embargo, la contradicción no se sitúa «dentro» de la economía capitalista, sino en la frontera que simultáneamente separa y conecta producción y reproducción. Ni intraeconómica ni intradoméstica, es una contradicción entre dos elementos constituyentes de la sociedad capitalista. A menudo, por supuesto, esta contradicción es silenciada, y la tendencia correspondiente a las crisis permanece oculta. Se agudiza, sin embargo, cuando la tendencia del capital a ampliar la acumulación se desancla de sus bases sociales y se vuelve contra ellas. En dicho caso, la lógica de la producción económica se antepone a la de la reproducción social, desestabilizando los mismísimos procesos de los que depende el capital, y haciendo peligrar las capacidades sociales, tanto domésticas como públicas, necesarias para sostener la acumulación a largo plazo. Destruyendo las propias condiciones de posibilidad, la dinámica de acumulación del capital se muerde de hecho su propia cola.

Realizaciones históricas

Esta es la estructura de la tendencia general del «capitalismo como tal» a la crisis social. Sin embargo, la sociedad capitalista solo existe en formas históricas precisas o regímenes de acumulación también específicos. La organización capitalista de la reproducción social ha experimentado de hecho grandes cambios históricos, a menudo como resultado de la protesta política; en especial en periodos de crisis en los que los actores sociales luchan por los límites que separan la «economía» de la «sociedad», la «producción» de la «reproducción» y el «trabajo» de la «familia», y en ocasiones consiguen trazarlos de nuevo. Estas «luchas por los límites», como yo las llamo, son tan fundamentales para las sociedades capitalistas como la lucha de clases analizadas por Marx, y los cambios que producen marcan transformaciones que hacen época (5). Una perspectiva que sitúe en primer plano estos cambios puede distinguir al menos tres regímenes de reproducción social asociados a modelos específicos de producción económica en la historia del capitalismo.

El primero es el régimen de capitalismo competitivo liberal del siglo XIX. Combinando explotación industrial en el núcleo europeo con la expropiación colonial en la periferia, este régimen tendía a dejar a los trabajadores reproducirse de manera «autónoma», fuera de los circuitos del valor monetizado, mientras los Estados se mantenían al margen. Pero también creó un nuevo imaginario burgués de domesticidad. Catalogando la reproducción social como territorio de las mujeres dentro de la familia privada, este régimen elaboró el ideal de «esferas separadas», al tiempo que privaba a la mayoría de las condiciones necesarias para realizarlo.

El segundo régimen es el capitalismo gestionado por el Estado propio del siglo XX. Basado en la producción industrial y en elevados niveles de consumo familiar en los países más desarrollados de la economía-mundo capitalista y sustentado por la continuación de la expropiación colonial y poscolonial en la periferia, este régimen organizó la reproducción social a través de la provisión estatal y corporativa de bienestar social. Al modificar el modelo victoriano de esferas separadas, promovió el ideal aparentemente más moderno del «salario familiar», a pesar de que, de nuevo, relativamente pocas familias lograron alcanzarlo.

El tercer régimen es el capitalismo financiarizado y globalizador del momento actual. Este régimen ha deslocalizado los procesos de producción, trasladándolos a regiones de bajos salarios, ha atraído a las mujeres a la fuerza de trabajo remunerada y ha promovido la desinversión estatal y corporativa en bienestar social. Al externalizar el trabajo de los cuidados a familias y comunidades, ha disminuido simultáneamente la capacidad de ambas para efectuarlo. El resultado, en medio de una creciente desigualdad, es una organización dualizada de la reproducción social, mercantilizada para aquel os que pueden pagarla, privatizada para aquellos que no pueden, todo ello disimulado por el ideal aún más moderno de la «familia con dos proveedores».

En cada régimen, por lo tanto, las condiciones socioreproductivas para la producción capitalista han asumido una forma institucional diferente y materializado un orden normativo diferente: primero «esferas separadas», después «el salario familiar» y ahora la «familia con dos proveedores». En cada uno de estos casos, también, la contradicción social de la sociedad capitalista ha asumido un aspecto distinto, encontrando expresión en un conjunto distinto de fenómenos de crisis. En cada régimen, por último, la contradicción social del capitalismo ha incitado diferentes luchas sociales: lucha de clases, sin duda, pero también luchas por los límites, ambas entremezcladas también con otras que buscaban la emancipación de las mujeres, de los esclavos y de los pueblos colonizados.

Relegación de las mujeres al hogar

Considérese, en primer lugar, el capitalismo competitivo liberal del siglo XIX. En esa época, los imperativos de la producción y de la reproducción parecían situarse directamente en contradicción directa. En los primeros centros fabriles del núcleo capitalista, los industriales, hambrientos de mano de obra barata y manifiesta docilidad, atrajeron a mujeres y niños a fábricas y minas. Con un salario de miseria y obligados a trabajar largas jornadas en condiciones insalubres, estos trabajadores se convirtieron en iconos del desprecio del capital por las relaciones y las capacidades sociales que sostenían su productividad (6). El resultado fue una crisis al menos en dos planos: por una parte, una crisis de la reproducción social entre las clases pobres y trabajadoras, cuya capacidad de sustento y de reposición se tensaron hasta llegar al borde del punto de ruptura; por otra, un pánico moral entre las clases medias, a las que les escandalizaba lo que consideraban la «destrucción de la familia» y la «desexualización» de las mujeres proletarias. Tan desesperada llegó a ser la situación, que hasta críticos tan perspicaces como Marx y Engels confundieron este conflicto directo inicial entre producción económica y reproducción social con el punto final del mismo. Imaginando que el capitalismo había entrado en su crisis terminal, creyeron que, al destruir la familia de clase obrera, el sistema estaba también erradicando la base de la opresión de las mujeres (7). Pero lo que de hecho ocurrió fue exactamente lo contrario: con el tiempo, las sociedades capitalistas encontraron recursos para gestionar esta contradicción mediante la creación de «la familia» en su forma restringida moderna, la invención de nuevos e intensificados significados de la diferencia de género y la modernización de la dominación masculina.
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El proceso de ajuste empezó, en el núcleo europeo, con una legislación proteccionista. La idea era estabilizar la reproducción social limitando la explotación de mujeres y niños en el trabajo fabril (8). Encabezada por los reformadores de clase media en alianza con las nacientes organizaciones obreras, esta «solución» reflejaba una compleja amalgama de motivos diferentes. Uno de los objetivos, célebremente puesto de relieve por Karl Polanyi, era el de defender la «sociedad» contra la «economía» (9). Otro era el de apaciguar la ansiedad por la «nivelación de género». Pero estos motivos estaban también relacionados con algo más: la insistencia en la autoridad masculina sobre mujeres y niños, en especial dentro de la familia (10). Como resultado, la lucha por garantizar la integridad de la reproducción social acabó ligada a la defensa de la dominación masculina.

El efecto pretendido, sin embargo, era el de silenciar la contradicción social en el núcleo capitalista, incluso mientras la esclavitud y el colonialismo la elevaban a un tono extremo en la periferia. Creando lo que Maria Mies denominó la «housewifization», esto es, la relegación de las mujeres al hogar, como la otra cara de la colonización (11), el capitalismo competitivo liberal elaboró un nuevo imaginario de género centrado en esferas separadas. Presentando a la mujer como «el ángel del hogar», sus defensores pretendían crear un lastre estabilizador contra la volatilidad de la economía. El feroz mundo de la producción debía estar flanqueado por un «refugio en un mundo despiadado» (12). Mientras cada parte se atuviese a la esfera que se le había asignado como propia y sirviese de complemento de la otra, el potencial conflicto entre ellas se mantendría oculto.

En realidad, esta «solución» demostró ser muy inestable. La legislación proteccionista no podía garantizar la reproducción del trabajo cuando los salarios se mantenían por debajo de lo necesario para sostener una familia; cuando los bloques de viviendas atestados y rodeados de contaminación impedían la intimidad y dañaban los pulmones; cuando el propio empleo (si es que se tenía) estaba sometido a salvajes fluctuaciones debido a las quiebras, los desplomes bursátiles y los pánicos financieros. Y esas soluciones tampoco satisfacían a los trabajadores. Luchando por mejoras salariales y mejores condiciones de trabajo, formaron sindicatos, acudieron a la huelga y se afiliaron a partidos obreros y socialistas. Desgarrado por un conflicto de clase de amplio espectro y cada vez más agudo, el capitalismo no parecía tener el futuro asegurado.

Las esferas separadas resultaron igual de problemáticas. Las mujeres pobres, racializadas y obreras no estaban en condiciones de satisfacer los ideales victorianos de domesticidad; si bien la legislación proteccionista mitigó su explotación directa, no proporcionó respaldo material o compensación por los salarios perdidos. Y tampoco las mujeres de clase media que podían acomodarse a los ideales victorianos estaban siempre satisfechas con su situación, que combinaba confort material y el prestigio moral con la minoría de edad jurídica y la dependencia institucionalizada. Para ambos grupos, la «solución» de las esferas separadas se produjo en gran medida a expensas de las mujeres. Pero también las enfrentó entre sí: véanse los debates del siglo XIX por la prostitución, que alineaban las preocupaciones filantrópicas de las mujeres victorianas de clase media contra los intereses materiales de sus «hermanas caídas» (13).

Una dinámica distinta se desplegó en la periferia. Allí, mientras el colonialismo extractivo devastaba las poblaciones sometidas, ni las esferas separadas ni la protección social disfrutaban de influencia alguna. Lejos de intentar proteger las relaciones de reproducción social autóctonas, las potencias metropolitanas promovían activamente su destrucción. Se saqueaba a los campesinos, se destrozaban sus comunidades, para obtener los alimentos, los textiles, los minerales y la energía baratos sin los que la explotación de los trabajadores industriales de la metrópoli no habría sido rentable. En las Américas, por su parte, las capacidades reproductivas de las mujeres esclavizadas eran instrumentalizadas para los cálculos de beneficio de los plantadores, que de manera sistemática separaban a las familias esclavas vendiendo sus miembros a diferentes propietarios (14). Los niños nativos eran también arrancados de sus comunidades, recluidos en colegios de misioneros y sometidos a disciplinas de asimilación coercitivas (15). Cuando hacían falta racionalizaciones, el estado «atrasado, patriarcal» de las organizaciones de parentesco precapitalistas de los indígenas era muy útil. También aquí, entre los colonialistas, las filántropas encontraron una plataforma pública, animando «a los hombres blancos a salvar a las mujeres de piel oscura de los hombres de piel oscura» (16).

En ambos escenarios, la periferia y el núcleo, los movimientos feministas se encontraron sorteando un campo de minas político. Rechazando la dependencia de la mujer casada y las esferas separadas y, al mismo tiempo, exigiendo el derecho a votar, a negarse a mantener relaciones sexuales, a disponer de propiedades, a firmar contratos, a ejercer profesiones y a controlar sus propios salarios, las feministas liberales parecían valorar la aspiración «masculina» a la autonomía sobre los ideales «femeninos» de la crianza. Y en este punto, aunque en pocos más, sus homólogas feministas socialistas se mostraban completamente de acuerdo. Concibiendo la entrada de las mujeres en el trabajo remunerado como la ruta hacia la emancipación, también estas últimas preferían los valores «masculinos» asociados con la producción a los asociados con la reproducción. Estas asociaciones eran ideológicas, sin duda, pero tras ellas radicaba una intuición profunda: a pesar de las nuevas formas de dominación que traía consigo, la erosión de las relaciones de parentesco tradicionales provocada por el capitalismo contenía un impulso emancipador.

Atrapadas en una doble pinza, muchas feministas encontraban escaso consuelo en cualquiera de los dos lados del doble movimiento de Polanyi: ni el de la protección social, con su adscripción a la dominación masculina, ni el de la mercantilización, con su descuido de la reproducción social. Incapaces de rechazar o asumir sin más el orden liberal, necesitaban una tercera alternativa, que llamaron emancipación. En la medida en la que las feministas lograron personificar el término, aprovecharon de hecho la dualista figura polanyiana y la sustituyeron por lo que podríamos denominar un «triple movimiento». En este conflicto a tres bandas, los partidarios de la protección y los partidarios de la mercantilización no solo chocaron mutuamente, sino que también lo hicieron con los defensores de la emancipación: con las feministas, sin duda, pero también con socialistas, abolicionistas y anticolonialistas, todos los cuales se esforzaban por enfrentar entre sí las dos fuerzas polanyianas, al mismo tiempo que chocaban entre ellos. Por muy prometedora que fuese en teoría, dicha estrategia era difícil de llevar a la práctica. En la medida en la que los esfuerzos por «proteger la sociedad de la economía» eran identificados con la defensa de la jerarquía de género, podía deducirse fácilmente que la oposición feminista a la dominación masculina respaldaba las fuerzas económicas que hacían estragos en la clase trabajadora y en las comunidades periféricas. Estas asociaciones demostrarían ser sorprendentemente duraderas, hasta mucho después de que el capitalismo competitivo liberal se hundiera bajo el peso de sus múltiples contradicciones, en los estertores de las guerras interimperialistas, las depresiones económicas y el caos financiero internacional, dando lugar a mediados del siglo XX a un nuevo régimen, el del capitalismo gestionado por el Estado.


Notas:

(1) Una traducción al francés de este ensayo se pronunció en París el 14 de junio de 2016 en forma de Conferencia Marc Bloch de la École des Hautes Études en Sciences Sociales, en cuya página digital está disponible. Debo dar las gracias a Pierre-Cyrille Hautcoeur por invitarme a dar la conferencia, a Johanna Oksala por estimular los debates, a Mala Htun y Eli Zaretsky por sus útiles comentarios, y a Selim Heper por su ayuda con la investigación.
(2) Véanse, entre otros muchos ejemplos recientes, Ruth Rosen, «The Care Crisis», The Nation, 27 de febrero de 2007; Cynthia Hess, «Women and the Care Crisis», Institute for Women’s Policy Research, Briefing Paper nº. 401, abril de 2013; Daniel Boffey, «Half of All Services Now Failing as UK Care Sector Crisis Deepens», The Guardian, 26 de septiembre de 2015. Respecto a la «pobreza de tiempo», véanse Arlie Hochschild, The Time Bind, Nueva York, 2001; Heather Boushey, Finding Time, Cambridge (MA), 2016. Respecto al «equilibrio familia-trabajo», véanse Heather Boushey y Amy Rees Anderson, «Work-Life Balance», Forbes, 26 de julio de 2013; Martha Beck, «Finding Work–Life Balance»,Huffington Post, 10 de marzo de 2015. Respecto al «vaciamiento social», véase Shirin Rai, Catherine Hoskyns y Dania Thomas, «Depletion: The Cost of Social Reproduction», International Feminist Journal of Politics, vol. 16, núm. 1, 2013.
(3) Las condiciones políticas primordiales necesarias para una economía capitalista se analizan en Nancy Fraser, «Legitimation Crisis?»,Critical Historical Studies, vol. 2, núm. 2, 2015. Las condiciones ecológicas se analizan en James O’Connor, «Capitalism, Nature, Socialism: A Theoretical Introduction», Capitalism, Nature, Socialism, vol. 1, núm. 1, 1988; y en Jason Moore, Capitalism in the Web of Life, Londres y Nueva York, 2015.
(4) Muchas teóricas feministas han planteado versiones de este argumento. Desde la perspectiva de las formulaciones feministas-marxistas, véase Lise Vogel, Marxism and the Oppression of Women, Boston, 2013; Silvia Federici, Revolution at Point Zero, Nueva York, 2012 [ed. en cast.: Revolución en punto cero, Madrid, 2013]; y Christine Delphy, Close to Home, Londres y Nueva York, 2016. Otra elaboración convincente es la de Nancy Folbre, The Invisible Heart, Nueva York, 2002. Desde la perspectiva de la «teoría de la reproducción social», véanse Barbara Laslett y Johanna Brenner, «Gender and Social Reproduction», Annual Review of Sociology, vol. 15, 1989; Kate Bezanson y Meg Luxton (eds.),Social Reproduction, Montreal, 2006; Isabella Bakker, «Social Reproduction and the Constitution of a Gendered Political Economy», New Political Economy, vol. 12, núm. 4, 2007; Cinzia Arruzza, «Functionalist, Determinist, Reductionist», Science & Society, vol. 80, núm. 1, 2016.
​(5) Nancy Fraser, «Tras la morada oculta de Marx», NLR 86, mayo-junio de 2014, analiza las luchas por los límites y critica la concepción del capitalismo como una economía.
(6) Louise Til y y Joan Scott, Women, Work, and Family, Londres, 1987.
(7) Karl Marx y Friedrich Engels, Manifesto of the Communist Party, en The Marx-Engels Reader, Nueva York, 1978, pp. 487-488 [ed. cast.:Manifiesto del partido comunista, Madrid, 1997]; Friedrich Engels, The Origin of the Family, Private Property and the State, Chicago, 1902, pp. 90-100 [ed. cast.: El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, Madrid, 2006].
(8) Nancy Woloch, A Class by Herself, Princeton, 2015.
(9) Karl Polanyi, The Great Transformation, Boston, 2001, pp. 87, 138-139, 213 [ed. cast.: La gran transformación, Barcelona, 2016].
(10) Ava Baron, «Protective Labour Legislation and the Cult of Domesticity», Journal of Family Issues, vol. 2, núm. 1, 1981.
(11) Maria Mies, Patriarchy and Accumulation on a World Scale, Londres, 2014, p. 74.
(12) Eli Zaretsky, Capitalism, the Family and Personal Life, Nueva York, 1986; Stephanie Coontz, The Social Origins of Private Life, Londres, 1988.
(13) Judith Walkowitz, Prostitution and Victorian Society, Cambridge, 1980; Barbara Hobson, Uneasy Virtue, Chicago, 1990.
(14) Angela Davis, «Reflections on the Black Woman’s Role in the Community of Slaves», The Massachusetts Review, vol. 13, núm. 2, 1972.
(15) David Wallace Adams, Education for Extinction, Kansas, 1995; Ward Churchil, Kill the Indian and Save the Man, San Francisco, 2004.
(16) Gayatri Spivak, «Can the Subaltern Speak?», en Cary Nelson y Lawrence Grossberg (eds.), Marxism and the Interpretation of Culture, Londres, 1988, p. 305.

Por Nancy Fraser
Fuente: Cuadernos Rebeldes
New Left Review (edición española). Número 100, septiembre/octubre, 2016, pp. 111-132.