mayo 26, 2018

Liza García Reyes: “El acuerdo de paz en Colombia está en riesgo , como lo está cualquiera que sea incómodo para mantener la guerra”


Liza García Reyes. Foto: Montse Giralt

Liza García Reyes, activista feminista y del movimiento LGTBI, es una de las mujeres que viajaron a la Habana para participar en las negociaciones convertidas, el noviembre de 2016, en un acuerdo de paz para Colombia. “Lo que se ha echado a andar después de 60 años no puede volver atrás”, valora García Reyes, con más deseo que convicción, al preguntarle por las expectativas ante las elecciones presidenciales de este domingo. 

Si atendemos a los sondeos, haber encabezado el diálogo parece ser un capital de bajo rendimiento electoral. Humberto de la Calle, quien fue el jefe negociador con las FARC, se sitúa a la cola en intención de voto. Así, ya en primera vuelta, los comicios pueden reforzar el rechazo a los acuerdos de paz, obtenido ?aunque por poco? en el plebiscito de octubre de 2016. Entonces, el voto ultraconservador fue determinante. Ahora, el candidato favorito de buena parte de la Iglesia, el uribista Iván Duque, es el que encabeza las encuestas. García Reyes advierte en esta victoria un retorno “a la política de la guerra”. 

Has estado en Barcelona en días de visible indignación a raíz de la sentencia del caso conocido como ‘La Manada’. ¿Cómo recibiste la noticia? ¿Participaste de las movilizaciones? 

A la vez que indignadísima, me sentí súper esperanzada. Me emocionó ver a chavalas, de 12 años en adelante, gritando por la lucha feminista en las calles. Feminista es una palabra que ha sido muy estigmatizada históricamente por los fundamentalismos, pero se reconocen en ella. Se sienten parte de ella. Hay que situar la reflexión sobre la sentencia de este caso en las prácticas cotidianas sociales que posibilitan las violencias sexuales y simbólicas hacia las mujeres. Porque nos están matando. No solo en términos de muerte física, literal, sino también de muerte simbólica: matan nuestra libertad y nuestra posibilidad de tener vidas habitables. 

La violencia sexual es una de las caras que ha tomado el conflicto armado en Colombia. ¿La situación ha cambiado desde la firma de los acuerdos de paz? 

Es una de las estrategias de guerra que se usa en todos los conflictos. Y el nuestro no fue la excepción. Por esto decimos que el cuerpo es el primer territorio de paz. Sobre todo los paramilitares, pero también actores armados tanto del Estado como de las guerrillas, usaron la violencia sexual como una forma de control del cuerpo de las mujeres y de sus comunidades. Hay historias atroces de uso de la violencia sexual para disminuir la capacidad política de las mujeres. Casi todas las lideresas de los territorios han sido víctimas de violencias sexuales. Ha sido una manera de controlar nuestra participación política y de desmembrar a las sociedades y los territorios. Puede que haya disminuido, pero ahora estamos en una situación muy grave de conflictos por los territorios y es posible que vuelva a exacerbarse. 

¿Cuál es la situación? 

Son territorios en disputa. En ausencia del Estado, son retomados por las disidencias de las FARC. Hay territorios muy interesados en coaptar las disidencias, pero también con una fuerte articulación del narcotráfico. Quienes llevan la mayor parte de las dificultades son las comunidades y las lideresas. Muchas de las transformaciones que se dan en los territorios son llevadas a cabo por las mujeres, por esto se las pone en un foco de alta vulneración. Sisma Mujer indica que cada ocho horas la vida de una lideresa es amenazada. El desarrollo del acuerdo de paz es clave. Hay que mantenerlo como una agenda dura del desarrollo del país. 

Según las encuestas, mientras que a la cola de la previsión de voto queda quien fue jefe negociador del proceso de paz con las FARC, Humberto de la Calle, a la cabeza anda Iván Duque, que propone modificar el acuerdo.

Hay unas derechas muy consolidadas, con tres cabeza visibles en las elecciones presidenciales, entre las que está Iván Duque. Puede leerse como el títere del expresidente Álvaro Uribe. Su gobierno fue guerra, desigualdad y violencia extrema. Durante el gobierno de Uribe hubo casos atroces como el de los falsos positivos: en un momento en el que el gobierno tenía que mostrar la “efectividad” de la política de guerra, captó jóvenes de lugares muy pobres del país ?el caso más emblemático fue en el municipio de Soacha, muy cercano a Bogotá?, los mató y los puso como si fueran guerrilleros. Las madres de estos chicos han hecho una lucha muy grande por mostrar que fue un crimen de Estado. Que gane Iván Duque es hacer trizas el acuerdo de paz y volver a la política de la guerra; la política de buscar un enemigo común y abrir puertas a la privatización. Un gobierno de derechas sin escrúpulos. 

¿Y las otras cabezas de la derecha?

Con un porcentaje mínimo, pero importante en términos simbólicos, está Viviane Morales. Fue una de las abanderadas en hablar de la imposición de la “ideología de género” y de estar en contra de la adopción por parte de parejas homosexuales y personas solteras. Su candidatura presidencial está basada en fundamentalismos. Y Germán Vargas Lleras: fue ministro del Gobierno de Santos e impulsó desde su ministerio una política importante de vivienda social. Así hacía candidatura, dando casas por todo el país. Pertenece a un partido que se llama Cambio Radical pero que no tiene nada que ver con este nombre tan interesante… Muchos de sus representantes están presos por corrupción. Vargas Lleras se lanza como presidenciable a través de conseguir firmas de la ciudadanía. Muchas fueron recogidas de manera irregular, aprovechando la maquinaria clientelista. En segunda vuelta, estas fuerzas van a unirse y podrían obtener un porcentaje del 60 o 70% de los votos. Es decir, arrasarían con todo. Es muy posible que el proceso de paz se venga abajo. 

En el plebiscito sobre el acuerdo de paz, en el que, aunque por poco, se impuso el “no”, explicas que operaron tres grandes miedos entre la población: el comunismo, el castrochavismo y la “ideología de género”. ¿Operan de la misma manera en la orientación del voto en las elecciones presidenciales? 

En este momento tiene mucha fuerza el miedo al castrochavismo, por nuestra cercanía con Venezuela. Somos el principal país receptor de migración venezolana. Ese miedo se ha posicionado particularmente en una de las campañas, la de Gustavo Petro, que es el candidato que, según las encuestas, va primero en el otro lado que no es derecha… que no le llamo izquierda porque no considero que exista todavía. El miedo a la “ideología de género” no ha tenido tanta relevancia como tuvo en el plebiscito en 2016. Que en algún momento pueda llegar a tenerlo es uno de mis miedos personales más fuertes.

¿Cómo se explica que se usara esta carta, la de la “amenaza” a la familia tradicional y el rechazo a la diversidad de género y de sexualidades, cuando los puntos del acuerdo de paz no tienen nada que ver con esto? 

No se perdió el plebiscito por usar la ideología de género como caballo de batalla, pero sin el voto fundamentalista no hubiera ganado el voto en contra del acuerdo. El de Colombia es el único acuerdo de paz del mundo que tiene enfoque de género transversalizado, de arriba a abajo. Esto es un trabajo del movimiento feminista. Se creó la subcomisión de género, un grupo del gobierno y otro de las FARC, y trabajaron para meterlo en cada punto. Este también era el primer acuerdo del mundo que hablaba de las personas lesbianas, gais, bisexuales y trans, sujetos históricamente invisibilizados. El acuerdo de paz es un proyecto político de una nación nueva; de construir una nueva realidad para un país en guerra. Y en ese país en guerra cabíamos esos ‘monstruos’. Por eso creo que llega a tener tanta relevancia, porque no solo esos que estaban en el monte matando iban a ser parte de la sociedad. También íbamos a entrar otros sujetos, que para los fundamentalistas somos sujetos inviables, que atentan contra los valores tradicionales. Desde una estrategia de marketing político, se ve que esto puede generar mucho miedo y resistencia. Y se aprovecha para generar rechazo hacia el proceso de paz. Generó movilizaciones bárbaras en agosto de 2016. Imagínate un 8 de marzo pero de la otra orilla… promoviendo discursos de odio hacia lesbianas, gais, bisexuales y trans. Fue violento y horrible. Lo que decían esas manifestaciones es que desaparezcamos. 

¿Marca un antes y un después para el activismo LGTB? 

Nos mostró como nuestras ganancias formales en términos de derechos no habían contribuido a la transformación del plano social. Fue muy doloroso ver que el odio estaba presente hacia nosotras y nosotros. No teníamos consciencia de cuan fuerte era… Esto fue capitalizado en el escenario de votación del plebiscito. Si bien movió las emociones, se sintieron atacados en su estructura más íntima y salieron a la calle indignados, su fuerza política no es la que creían, viendo los resultado de las elecciones [legislativas, celebradas en marzo].

¿Tuvo el colectivo LGTBI un espacio reconocido en la negociación del acuerdo de paz? 

La transversalización de la perspectiva de género en el acuerdo de paz permitía visibilizar que lesbianas, gais, bisexuales y trans por razón de orientación sexual e identidad de género habían sido víctimas del conflicto armado. Cuando gana el ‘no’ al plebiscito, empieza una revisión del acuerdo de paz para eliminar nuestra presencia. El gobierno nunca nos recibió. Nosotras lo que hicimos es estar en todos los espacios: de mujeres, de sindicalistas, de campesinos… Siempre buscábamos que alguna de nosotras o nosotros estuviera allí dialogando.

¿Contabais con la complicidad de los otros colectivos?

Si no la teníamos, la buscábamos. En un primer momento todo el mundo tenía mucho miedo de que estuviéramos allí, porque “estábamos poniendo en riesgo el acuerdo”. ¡Imagínate lo que significa poner en riesgo la paz de tu país! Había mucho temor en todos los movimientos, pero sí que había complicidades. Siempre alguien nos avisaba de que había una reunión en tal sitio y entonces corríamos a buscar a alguien de nosotras para que fuera y así incluir las reivindicaciones del movimiento LGTBI. Todo lo pensábamos para hacernos visibles. Siempre había alguien con la bandera, para hacerse la foto, aunque Santos no nos quisiera recibir. 

¿Y con las FARC? ¿Hubo un espacio dedicado a las personas LGTBI?

Nos recibieron y nos escucharon. Discutimos durante al menos seis horas. Hicimos un minuto de silencio con ellos, que han sido victimarios de lesbianas, gais y trans. Emitimos un comunicado conjunto entre el movimiento LGBT y las FARC en el que se comprometieron a mantenernos en el acuerdo. 

¿En los acuerdos finales, por lo tanto no se perdió el reconocimiento de la violencia contra las personas LGTBI?

Se perdió simbólicamente. En el acuerdo final para la construcción de la paz hay algunos puntos en los que “personas LGTBI” se ha substituido por “personas en situación de vulnerabilidad” o “personas históricamente discriminadas”. 

Lo que sí se reconoce plenamente es el papel que las mujeres han jugado y juegan en la construcción de la paz.

No es que el reconocimiento les venga de la sociedad, sino que es fruto de dar codazos para estar visibles en el proceso. En lo cotidiano, son las que construyen la paz en el país, por dos condiciones: los que han muerto en la guerra son los hombres, como en todas las guerras. Ellas son las que se quedan construyendo sus comunidades o reconstruyéndolas. Y, además, ellas tienen el papel de sostener, el cuidado y la cultura. Este país no se levanta sin mujeres. Por eso hay tantísimas lideresas.

Pero, como comentabas al inicio, a pesar de la firma de los acuerdos de paz, las vidas de las defensoras y los defensores de derechos humanos se mantiene en peligro. 

Es muy importante que 8.000 armas se hayan callado. Son 8.000 armas menos matando. Pero la desatención del Estado a sus compromisos y la ineficiencia para asumir la implementación del acuerdo es atroz. Se vio, primero de todo, en las zonas veredales de transición a la vida civil, a las que iban los pertenecientes a la guerrilla. A veces no tenían ni baños. Por una parte, creo que es una falta de toma de decisiones, pero también es un proceso muy, muy complejo. El Estado no ha hecho presencia en los territorios abandonados por las FARC, han quedado vacíos, y son territorios con una gran biodiversidad y tierra, y esto implica que los quieran tomar las disidencias y el narcotráfico. La lucha por el territorio es muy importante en Colombia, porque implica acceso a recursos. Hay empresas que quieren tomar ciertos territorios para cultivar ciertas cosas. Líderes y lideresas que están en ellos quedan completamente vulnerables. 

El activista Edilberto Daza ha estado medio año acogido en Catalunya y, en una entrevista a El Salto, afirmaba que “Los acuerdos de paz han parado los bombardeos, pero a nosotros nos siguen matando porque denunciamos que no se están cumpliendo los puntos de los acuerdos de la Habana”

La muerte de líderes sociales ha sido sistemática aunque el gobierno lo niegue. Sobre todo entre los que luchan por el territorio. Parte de la implementación del acuerdo de paz es que las personas puedan volver a su territorio. Pero esos territorios están tomados y no quieren que sean retomados por la población. Ha habido amenazas a todos los líderes visibles de todos los movimientos, incluido el movimiento LGTB. El acuerdo de paz no es la paz. Es un inicio. Y está en riesgo en este instante, como lo está ?o estamos? cualquiera que sea incómodo para mantener la guerra y las estructura que tiene detrás: el narcotráfico, la corrupción y el clientelismo.

Por Meritxell Rigol
Fuente: La Marea