junio 24, 2018

¿Cómo participa usted en aquello de lo que se queja?

Si el patriarcado se empeñó en incidir en las diferencias entre los sexos, que no serían tan profundas de no haber triunfado en su empeño por ahondarlas –la derecha sigue imponiendo estas diferencias entre el hombre-hombre y la mujer-mujer –, está claro que una sociedad más igualitaria habría de esforzarse por no mantener esta intencionada diferenciación.

El patriarcado es un sistema universal de dominación diseñado para satisfacer las necesidades afectivo-sexuales de los hombres, sometiendo al conjunto de las mujeres para que hagan realidad sus deseos. Las necesidades afectivas se cubren mediante el mito del amor maternal sin ambivalencia, que supuestamente garantiza a los hijos (las hijas saben pronto que no son el objeto de deseo absoluto de sus madres) un amor incondicional sine die; el mito del amor romántico como sentido último de la vida de las mujeres, que lo colocan como base de su autoestima; o la imposición de la monogamia y de la fidelidad, que deja siempre fuera a los hombres, al proporcionarles salidas a sus urgencias sexuales fuera de la pareja. Mitos e instituciones que garantizan las necesidades afectivas de los hombres.

Por otra parte, el sistema de prostitución les procura la satisfacción de un deseo sexual supuestamente imperioso, que debería ser cuestionado a la luz de la realidad actual como una construcción interesada, un obsoleto pivote de la masculinidad hegemónica que desfallece (des-fallece, se desmaya) a pasos agigantados: los hombres no desean siempre, así lo demuestran con sus, cada vez más frecuentes, disfunciones eréctiles.

El patriarcado es, pues, un sistema de dominación institucional y discursivo que se instala mediante una invisible violencia simbólica, hasta una visible violencia letal, en los cuerpos y en los cerebros, naturalizando unas diferencias que no son sino construcciones sociales impuestas desde el pensamiento hegemónico.

Esto ha sido así, y solo ahora parece que sus cimientos se agrietasen con el terremoto de las luchas por la igualdad de las mujeres.
Pero, imaginemos un poco, ¿cómo sería una sociedad diseñada por nosotras?, ¿una sociedad donde fuese nuestro deseo desplegado el sujeto a quien servir (como el patriarcado ha servido al deseo de los hombres), creando un sistema social que diese respuesta a nuestras necesidades? Para empezar, ¿cuáles son nuestras necesidades?

El patriarcado es, pues, un sistema de dominación institucional y discursivo que se instala mediante una invisible violencia simbólica, hasta una visible violencia letal, en los cuerpos y en los cerebros, naturalizando unas diferencias que no son sino construcciones sociales impuestas desde el pensamiento hegemónico.

Sin caer en respuestas esencialistas, que no añaden nada sino que idealizan la misma diferencia masculino/femenino, naturalizándola; diferencia, como dijimos cuya genealogía puede describirse y explicarse como cultural; sin esencialismos, insisto, tendríamos que convenir que, con la certidumbre de la maternidad –recordemos que las mujeres parimos y la paternidad de los hombres solo es una ficción legal, como decía en el Ulises James Joyce–, la línea de transmisión de la propiedad estaría plenamente garantizada, luego la monogamia sería accesoria. ¿Seríamos, pues, monógamas, poliándricas?

¿Criaríamos a nuestros hijos solas o mediante grupos femeninos comunitarios de ayuda mutua?,¿necesitaríamos convivir con los hombres bajo el mismo techo o nos mantendríamos cerca de otras mujeres, con relaciones esporádicas de placer con el partenaire sexual?

La mayoría de las discusiones que afectan a las parejas tienen que ver con la distribución de las tareas domésticas pero, prerrogativa que nos ha procurado el patriarcado, las mujeres podemos gobernarnos solas en esos asuntos, ¿sería necesaria la convivencia con un hombre cuando los vínculos afectivos pasasen por una sororidad que el patriarcado quiso expulsar del universo femenino para mantenernos desunidas?

Pero, más allá de estas circunstancias: ¿qué sujeto psíquico querríamos producir en una sociedad igualitaria?¿El mismo individuo narcisista y pretendidamente autosuficiente que ya tenemos? ¿Para eso nos hemos dado tanto trabajo?

Son muchas preguntas, lo sé, pero merece la pena pensarlas sin concluir.

En otro orden de cosas, ¿sancionaríamos las desviaciones de la norma con la justicia punitiva propia del patriarcado: el castigo, la reclusión, la reinserción siempre en entredicho? ¿O apostaríamos, más bien, hacia una justicia restaurativa que intentase reparar también el daño psíquico infligido con la vergüenza y arrepentimiento del agresor, con el perdón de la víctima? Una justicia como la que suturó, con sus deficiencias, en Sudáfrica la herida del appartheid mediante la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación que dirigió Desmond Tutú.

¿Cómo sería nuestro deseo sin el cauce de ese sistema de dominación que lo quiso silente, deseo de deseo, anhelo de ser deseadas y amados por el otro y no deseo explorador, deseo agente?

Maria Tsviataieva, en unas cartas a Natalie Clifford Barney, afirma “se puede prescindir del hombre, pero no del hijo”, y no sabemos si su afirmación es un gesto de libertad deseante o de inclusión inconsciente y profunda en el mandato patriarcal de su época. Así de difícil es identificar nuestra escurridiza verdad. ¿Es la maternidad, el deseo de hijo, como quería Freud, el más profundo anhelo de la mujer? Hoy sabemos que no, pero ¿cuáles son nuestros deseos? Repito.

Cuando comencé a estudiar psicoanálisis, la primera interrogación que me sedujo intelectualmente fue la pregunta que Freud les hacía a sus pacientes. A las famosas histéricas, esas feministas reprimidas, mujeres de acción que tenían que doblegarse al patriarcado, y cuya revuelta y sufrimiento se expresaba en sus propias carnes, Freud les arrostraba: ¿Cómo participa usted en aquello de lo que se queja?

Lacan llamó a esa reflexión, incómoda y comprometida, “rectificación subjetiva”, y sigue siendo una pregunta revolucionaria que apunta a nuestra complicidad con el sistema de sumisión, a la servidumbre voluntaria que, como dijo La Boitié, se instala al hacer participar a los oprimidos en el poder, de forma, hoy diríamos, que inconsciente.

Las mujeres hemos participado en el patriarcado, hemos sido quienes educamos en él a nuestras hijas e hijos, y ha llegado la hora de que reflexionemos sobre nuestra participación en aquello de lo que nos quejamos. Para no repetirlo, para salir de la inercia que nos conduce al abandono del cuidado y nos empuja hacia la deshumanización que el vínculo patriarcado-capitalismo está produciendo en nuestras sociedades agresivas. Para educar a nuestros hijos e hijas de otra manera y establecer relaciones significativamente distintas en todos los ámbitos.

El patriarcado es inconsciente y rizomático y, de momento, ha conseguido que el camino de la igualdad afronte sus primeros pasos con una particular y peligrosa “masculinización” de las mujeres que hemos comenzado a andarlo. Una masculinización que impone una subjetividad única, masculina porque es más afín al poder y, como tal: exculpatoria (la culpa es del otro), reactiva y no reflexiva, que niega los vínculos, la fragilidad y los afectos, y se afirma en una fantasía de invulnerabilidad, una autarquía y autosuficiencia coherentes con las necesidades del neoliberalismo del mercado, del capitalismo de rapiña que nos gobierna por encima de los estados, imponiéndose a estos.

No queremos aspirar a repetir el mismo sujeto en la sociedad igualitaria por la que luchamos. Queremos que se reconozca nuestra vulnerabilidad, la fragilidad ontológica del ser humano que, para Marta Nussbaum, Norbert Elías y tantos otros, está en el origen de la moralidad. Una moralidad que el individualismo nos hace perder a pasos agigantados.

En la sociedad igualitaria que deseamos, apostamos por un nuevo sujeto moral, mestizo y plural, que retome lo mejor de lo que llamamos “masculino” y “femenino” y lo integre en una subjetividad híbrida, flexible, autorreflexiva, mejor.

¿Es una utopía?

Psicoanalista. Escritora. Autora de "Lazos de sangre" ( Páginas de espuma), o "Cada noche, cada noche" (Siruela)
Fuente. Tribuna Feminista