junio 12, 2018

Microagresiones de género en el entorno STEM

Hace unas semanas se publicó un estudio interesante sobre las microagresiones de género en universidades y centros de investigación de Estados Unidos. El trabajo está firmado por Yang Yang y Doris Wright Carroll, de la Universidad Estatal de Kansas, y se centra en las microagresiones a las mujeres en instituciones, tradicionalmente dirigidas por hombres, como son las que practican las disciplinas STEM (Science, Technology, Engineering, Mathematics). Las microagresiones suponen, para las científicas, experimentar un sesgo sutil y la discriminación asociada que se basa en el género.


En general, las microagresiones son acciones dirigidas a individuos de diversos grupos que están marginados, infrarrepresentados o son minoría por diversos motivos como raza, religión, orientación sexual o discapacidad. Las microagresiones de género son intercambios cotidianos, matizados y de baja intensidad, breves, sexistas, que denigran o desaíran a las mujeres. Por ejemplo, pueden ser formas matizadas de insultar en el trato cotidiano.

Se transmiten por la palabra, la expresión, la mirada y los gestos, y son sutiles, a veces expresados inconscientemente, y pueden causar daño psicológico o, sencillamente, incomodidad. Se incluyen en lo que se denominan micromachismos, término que llega desde las investigaciones sobre violencia de género.

Fue el psicólogo Luis Bonino quien definió los micromachismos en la década de los noventa y, en la introducción de uno de sus escritos, fechado en 1996, se lee:


Mujeres maltratadas, varones violentos: dos dramáticos aspectos de las asimétricas relaciones de género. En todo el mundo occidental, la violencia (masculina) hacia las mujeres se torna evidente y se deslegitima de forma creciente. Cada vez más, los dispositivos jurídicos y sanitarios ejercen acciones sobre las personas involucradas, y el campo de la salud mental no es ajeno a ello.

Sin embargo, la deslegitimación y los abordajes legales y terapéuticos se han realizado casi exclusivamente sobre las formas evidentes, máximas y trágicas de dicha violencia y sus efectos. Pero, si pensamos que la violencia de género es toda acción que coacciona, limita o restringe la libertad y dignidad de las mujeres, podemos comprobar que quedan ignoradas múltiples prácticas de violencia y dominación masculina en lo cotidiano, algunas consideradas normales, algunas invisibilizadas y otras legitimadas, y que por ello se ejecutan impunemente.

Desconocedores de ellas, muchas mujeres, profesionales de la salud y familiares (y a veces los varones, ya que muchas de ellas son no conscientes) no las perciben, o lo hacen acríticamente, con lo que contribuyen a perpetuarlas.

Mi propósito en estas líneas es poner en evidencia estas prácticas, a las que algunos autores llaman pequeñas tiranías, terrorismo íntimo o violencia “blanda” y yo, desde 1991, he denominado “micromachismos”.

Son, los micromachismos, prácticas de dominación y violencia masculina en la vida cotidiana, casi imperceptibles, en el límite de la evidencia. Muchas son las conductas interpersonales de este tipo que impregnan el comportamiento masculino. Son formas de presión de baja intensidad, sutiles, que aparecen, a menudo inconscientemente, en la conducta masculina. Pueden no ser deliberadas, incluso sin voluntad consciente, pero se deben a las estructuras patriarcales interiorizadas, según los estereotipos de género que se dan en la vida cotidiana. Incluyen el imponer y mantener el dominio, reafirmarlo o recuperarlo, resistir a que la mujer se rebele, y aprovecharse del entorno cuidador que la sociedad atribuye a la mujer.

Una definición más amplia nos la dan Magaly Benalcázar y Gina Venegas, de la Universidad Técnica de Cotopaxi, en Ecuador, que escriben que los micromachismos son “las cotidianas agresiones machistas de baja intensidad, sin secuelas ni evidencias físicas, cometidas tanto por hombres como por mujeres, y que no son cuestionadas debido a la naturalización de los esquemas inequitativos de género.”

Por tanto, los micromachismos crean un ambiente que atrapa a la mujer, incluso sin que se dé cuenta. No parecen muy dañinos, incluso intrascendentes, normales y habituales pero, también, son reiterativos y destructores a medio y largo plazo.

Para Bonino, hay tres categorías de micromachismos: los coercitivos o directos, los encubiertos o de control oculto e indirecto, y los de crisis. Magaly Benalcázar y Gina Venegas añaden una cuarta categoría extraída de los encubiertos y que llaman utilitarios: no es lo que se hace sino lo que se deja de hacer y se delega en la mujer.

Imagen creada con Wordle a partir de algunas de las palabras clave de este artículo.

En el estudio de Yang y Wright Carroll participan 259 científicas de varias universidades y centros de investigación, con diferentes niveles en sus carreras académicas y profesionales. Trabajan en dieciseis disciplinas y la mayoría de ellas, excepto las relacionadas con la biología, son dirigidas por hombres. Las disciplinas son, en orden alafabético, Agricultura, Arquitectura, Bioquímica y Biofísica Molecular, Economía, Estadística, Estudios Aeroespaciales, Física, Geografía, Geología, Ingeniería, Kinesiología, Matemáticas, Química, Tecnología de la Aviación y Veterinaria.

Las participantes responden a un cuestionario enviado por internet. Tiene veinticinco preguntas, se tarda unos quince minutos en responderlo y las respuestas se puntúan, desde desacuerdo total hasta acuerdo total, del 1 al 7. Incluye aspectos sobre la mujer como objeto sexual con estereotipos de atractivo físico, la marginación de las mujeres en el trabajo, su representación como mujer fuerte, de carácter e independiente y con un exceso de autoridad (se supone que para ser mujer). Además, se incluyen preguntas sobre sentimientos, detectados en el trabajo, de inferioridad, de sentirse de segunda clase, de que no se tienen en cuenta sus ideas y aportaciones, de ser diferente o de trabajar en un entorno frío y distante.

El 31% de las científicas que responden se han sentido alguna vez un objeto en su lugar de trabajo por su atractivo físico o por algún estereotipo relacionado. El 73% se han sentido tratadas como un objeto en algún momento de su vida profesional. No hay que olvidar que el entorno de trabajo se refiere a centros de investigación y universidades.

El 76% se han sentido, en algún momento y en algún aspecto, ignoradas, silenciadas o marginadas. También el 76% han notado que se les acusaba de ser demasiado directas o autoritarias para ser mujeres, en una microagresión típica respecto a las mujeres con carácter fuerte. Casi el 70% ha sufrido microagresiones en su puesto de trabajo y han sido tratadas injustamente. Por ejemplo, “algunos asumen que mi trabajo es inferior al de algún hombre”.

Otro dato de este estudio es que, en los resultados de la encuesta, no influye ni la disciplina académica ni el nivel jerárquico que han alcanzado las científicas encuestadas. Da igual que sea contratada o catedrática (Full Professor).

En conclusión, las científicas que participan en esta investigación han experimentado los cuatro tipos de microagresión: sentirse un objeto sexual, ser silenciadas o marginadas, ser tratadas como mujeres de excesivo carácter y sufrir microagresiones sutiles en el entorno de trabajo. No hay que olvidar que estas microagresiones de Yang y Wright Carroll son, como he dicho antes, micromachismos en la psicología relacionada con la violencia de género.

Referencias


Sobre el autor

Eduardo Angulo es doctor en biología, profesor de biología celular de la UPV/EHU retirado y divulgador científico. Ha publicado varios libros y es autor de La biología estupenda.

Fuente: Mujeres con Ciencia