enero 26, 2026

Cómo sobrevive un comedor. El hambre y el avance narco: la resistencia de las cocineras en la 1-11-14

A pesar de sostener la red de contención social en los barrios más vulnerables, el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires persiste en no reconocer a las cocineras comunitarias como trabajadoras formales, otorgándoles apenas un subsidio mínimo que no cubre sus necesidades básicas. En este contexto de precarización extrema, el comedor “Guerreras” del Bajo Flores lucha por no cerrar sus puertas frente al aumento de los alquileres, la falta de alimentos y un entorno donde la ausencia del Estado le cede terreno al narcotráfico.


"Guerreras" es uno de los primeros comedores del Frente de Organizaciones en Lucha (FOL) (Gala Abramovich)


“Guerreras” es uno de los primeros comedores del Frente de Organizaciones en Lucha (FOL). Abrió sus puertas en 2018, en el corazón de la villa 1-11-14, en el barrio de Bajo Flores. Desde entonces, han tenido que mudarse de espacio en varias ocasiones porque los costos de los alquileres se volvieron imposibles de sostener. A pesar de las dificultades, el espacio creció y fundaron un bachillerato popular al que concurren los vecinos del barrio. Sin embargo, la crisis no da tregua: de los seis comedores que funcionaban en la organización, hoy quedan solo cuatro en pie. El principal escollo es la falta de presupuesto para sostener los locales.

Aunque reciben mercadería y alimentos del Gobierno de la Ciudad, el Estado continúa sin reconocer a las cocineras comunitarias como trabajadoras. Sus únicos ingresos provienen del programa Potenciar Trabajo, que es de apenas 78 mil pesos. “Estamos sobreviviendo. Tuvimos que cerrar muchos comedores y espacios como jardines y guarderías porque no podíamos pagar los alquileres, y de eso el Gobierno de la Ciudad tampoco se hace cargo. No pudimos solventar más los gastos. En los espacios que resisten, la remamos todos los días, pero a veces pensamos que no vamos a poder más porque pagamos casi un millón de pesos de alquiler”, relata una de las referentes.


Todo el trabajo se realiza a pulmón. Organizan rifas, bingos y diversas actividades para recaudar fondos; incluso, en ocasiones, las trabajadoras ponen dinero de sus propios bolsillos para evitar el cierre. La pelea es diaria y desigual.

El comedor abrió sus puertas en 2018, en el corazón de la villa 1-11-14 (Gala Abramovich)

Nuevos rostros en la fila del hambre

Desde la asunción del gobierno de Javier Milei, el perfil de quienes asisten al comedor cambió drásticamente. Antes, el lugar era frecuentado principalmente por vecinxs de la villa; hoy llegan personas de otros barrios, jubiladxs, personas con discapacidad y trabajadores con empleo formal que no llegan a fin de mes. “Muchos niños vienen con el informe social de la salita médica por cuadros de malnutrición; a ellos los tenemos que recibir sí o sí. Esto antes no pasaba. Éramos pobres, pero teníamos para alimentarnos bien. Ahora los niños se están alimentando demasiado mal”, cuenta una de las responsables del comedor, quien solicita preservar su identidad por temor a las represalias de los grupos narcos que operan en la zona.

La referente relata, además, que se acercan personas que votaron al actual presidente y hoy expresan su arrepentimiento: “He hablado con muchos jubilados que me decían: ‘Toda mi vida trabajé, pude vivir de mi sueldo y nunca pensé pisar un comedor’. Ahora están en la fila. Algunos lloran y otros sienten mucha vergüenza por haberlo votado”.

Para sostener la olla, las cocineras deben multiplicar sus esfuerzos, ya que todas tienen otros empleos informales. La jornada en el comedor comienza a las nueve de la mañana con la recepción de alimentos frescos y secos. A las 13 horas se inicia la cocción para entregar la merienda y la cena a unas 350 personas. Dependiendo del día, el equipo se compone de unas siete cocineras que sirven, según la disponibilidad, leche, té o mate cocido con galletitas y después la cena.

El Gobierno de la Ciudad continúa sin reconocer a las cocineras comunitarias como trabajadoras (Gala Abramovich)

El repliegue del Estado y el avance del narcotráfico

Mientras el Gobierno Nacional acusa a las organizaciones de gestionar “comedores fantasmas” y la ministra de Capital Humano, Sandra Pettovello, mantiene frenada la entrega de alimentos —pese a los fallos judiciales en contra—, el territorio queda desprotegido. “El gobierno de Milei debería ponerse las pilas porque nos están ganando los narcotraficantes. Muchos compañeros y jóvenes que estudiaban y trabajaban acá se fueron. Estaban a punto de recibirse, algunos de enfermeros, pero se fueron porque no podían solventar sus vidas y regresaron a lo que nosotros llamamos ‘las malas andanzas’”, advierte la referente.

La mujer señala una transformación alarmante en la estructura delictiva del barrio: “Antes decíamos que había solo ‘soldaditos’. Ahora hay mujeres, mamás que trabajan para los narcos; algunas eran compañeras nuestras. Todos se están dedicando a eso porque es lo más fácil. Con esa plata ilícita pagan sus gastos lícitos: el alquiler, la comida, el calzado de sus hijos”.

La retirada del Estado deja a los comedores como el único espacio de contención, pero estos pierden fuerza ante la falta de recursos. “Acá te tenés que matar todo el día por un plato de comida porque no nos pagan un sueldo. Eso no te alcanza para comprarle zapatillas a tus hijos. Entonces se van por el lado malo. El avance es peligroso para toda la sociedad, no solo para el barrio. Hay más personas con problemas de consumo en la calle, incluso niños de 10 o 12 años. Es muy triste, la sociedad se está degradando totalmente”, lamenta.

La vocación de ayudar frente al sacrificio físico y emocional

El peligro no es solo social, sino también institucional. Algunos comedores de la zona ya han sido cooptados por grupos narcos que donan mercadería para ganar influencia. “Incluso jóvenes que trabajaban con nosotras y ahora están con los narcos quieren venir a ayudarnos con plata para que sigamos adelante, pero nunca aceptamos”, asegura la referenta.

El desgaste físico es otro factor determinante. De las 60 cocineras que supo tener el comedor, hoy solo queda la mitad. “Las que se quedaron son las que realmente aman ayudar y piensan en el prójimo. Es mucho sacrificio: te arruinás la columna cargando ollas pesadas. En invierno tenés que cortar pollos congelados y te duelen las manos por el frío y los problemas de huesos. Psicológicamente también afecta ver a jóvenes que habíamos logrado sacar adelante y que ahora retroceden. Es un dolor inmenso, a veces lloramos entre nosotras porque esas vidas ya no se recuperan”.

El único ingreso de las cocineras comunitarias es de 78 mil pesos del programa Potenciar Trabajo (Gala Abramovich)

La referente llegó a la Argentina hace 15 años desde Perú, escapando de la violencia de género de su ex pareja. “Si me quedaba allá, hoy estaría muerta”, confiesa. Con un hijo de 22 años que estudia arquitectura y otro de 10, ella trabaja como auxiliar de kinesiología y masajista profesional, haciendo malabares para cumplir con sus profesiones y su labor comunitaria.

Hoy, el comedor tiene una lista de espera de 100 personas. El problema no es solo la comida, sino la falta de manos: necesitan que el Gobierno de la Ciudad las reconozca como trabajadoras para sumar más cocineras. “Nosotros somos una organización social y al comedor llegan casos de violencia de género, de salud y de vivienda. Vienen madres con chicos con problemas de consumo o compañeros con alcoholismo. No es solo dar comida, es una contención integral. Lo que no hace el Estado lo hacemos nosotras, pero la situación empeora. Incluso entre nosotras, hay hijos de compañeras que están cayendo en la droga porque no hay trabajo ni changas para los hombres”.

El panorama que describen los jóvenes del barrio es el reflejo más crudo de esta realidad. La referente suele visitar las escuelas secundarias para escuchar a lxs adolescentes: “Es horrible escuchar a chicas de 14 o 15 años decir que a lo único que aspiran es a ser ‘la prostituta de un narco’, y los varones aspirar a ser ‘soldaditos’. Que no tengan visión de futuro ni deseos de estudiar me hace muy mal”.

La referente cuenta otra de las problemáticas que atraviesan: a la falta de trabajo se le suma la violencia policial hacia los sectores más humildes. Las cocineras comunitarias que trabajan en los comedores intentan subsistir vendiendo ropa en ferias o mercadería en la calle, pero denuncian constantes robos de la mercadería por parte de la Policía de la Ciudad. “Les quitan lo poco que tienen para vender. No los dejan trabajar, no podés ser mantero. Parece que los están empujando a que la única opción sea la delincuencia”, concluye.


Sí a la Diversidad Familiar!
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