Ocho horas para ellos, jornadas infinitas para nosotras
Las mujeres, desde las primeras civilizaciones sedentarias, como tendencia estructural, fuimos encerradas en los hogares y especializadas en las tareas reproductivas y de cuidados —cocinar, limpiar, criar, sostener emocionalmente, cuidar enfermos y ancianos—, tareas que no son plenamente susceptibles de mercantilización. En muchas de ellas hay un elemento esencial que no puede comprarse ni venderse: el afecto. El amor no es una mercancía. Tampoco pueden acotarse en franjas horarias rígidas las necesidades que estas tareas exigen cada día, porque la vida no funciona por turnos ni por convenios.
Se suele afirmar que la esclavitud fue abolida globalmente a lo largo del siglo XIX. Sin embargo, esta lectura es formal, androcéntrica y profundamente misógina. Para las mujeres, la esclavitud no desapareció: adoptó otras formas socialmente legitimadas. Muchos hogares, los prostíbulos o la industria de la explotación reproductiva siguen siendo espacios donde el trabajo y el cuerpo femenino se apropian sin límite ni derechos. La pregunta no es si la esclavitud fue abolida, sino si estamos dispuestas a abolirla materialmente para las mujeres en el siglo XXI.
Es importante tener claro que la jornada laboral de ocho horas fue una conquista histórica del movimiento obrero masculino. Tras décadas de lucha, se acordó que trabajar más de ocho horas diarias era incompatible con una vida digna. Se acotó la jornada semanal, se establecieron descansos, vacaciones, bajas por enfermedad y jubilación. Pero cuando estos consensos se alcanzaron, nosotras no formábamos parte de la masa obrera reconocida: nuestro trabajo ya existía, sostenía la reproducción social, pero no contaba como trabajo ni como la contribución social esencial que es.
La jornada limitada de los varones sólo fue posible gracias a la existencia de un trabajo femenino ilimitado. Mientras ellos negociaban su derecho al descanso, nosotras les garantizábamos la reproducción diaria de la vida: comida, cuidados, descanso y disponibilidad para volver a producir. Y así su jornada se cierra; la nuestra queda estructuralmente abierta. A quién le importa si sólo somos mujeres.
Cuando nos incorporamos al mercado laboral, no lo hicimos sustituyendo unas tareas por otras, sino sumándolas. El trabajo reproductivo y de cuidados no desapareció ni se redistribuyó: se quedó aquí, dentro de nuestros hogares. En un espacio privatizado, despolitizado y feminizado. Un espacio que no computa como trabajo, aunque sea imprescindible para que el trabajo productivo pueda existir.
Nuestro derecho al descanso nunca ha estado sobre las mesas de negociación colectiva. Ni el descanso diario, ni el semanal, ni el anual, ni el derecho al reposo en la enfermedad, ni el descanso definitivo en la vejez. Para nosotras, el tiempo libre ha sido históricamente un residuo: condicionado, interrumpible y atravesado por la culpa. Incluso cuando no trabajamos fuera, nunca dejamos de estar disponibles.
Si un varón ya ha trabajado sus ocho horas, el sistema asume que no puede —o no es justo exigirle— hacerse cargo de las tareas reproductivas. Su jornada está completa. Si además participa puntualmente en alguna de ellas, el imaginario social le concede la medalla al “feministo del año”. Así, en los conflictos de pareja es frecuente que el entorno lo vanaglorie y tome partido en su defensa: “siempre está sonriente”, “es muy educado”, “da los buenos días con amabilidad”, “sujeta la puerta del portal”… En cambio, ella es “una amargada”, “siempre está gruñendo”. ¿Alguien se parará a pensar algún día que tras estos contrastes hay una cruda realidad material brutal que los explica?
Así que, cuando la jornada productiva termina, ¿quién queda para sostener lo que la vida exige cada día? Nosotras, que trabajamos ocho horas fuera y asumimos una segunda —o tercera— jornada dentro.
La jornada de ocho horas nunca ha sido universal: es masculina. Nuestra incorporación al empleo no vino acompañada de una reorganización social de los cuidados, sino de una intensificación de nuestra explotación. El sistema no liberó tiempo de las jornadas masculinas ni redistribuyó responsabilidades; simplemente incorporó una nueva fuente de trabajo barato y devaluado, en parte porque la sobrecarga estructural de los cuidados limita nuestras condiciones de negociación. Se nos exige “ser capaces”, “igualar la productividad masculina”, cargando al mismo tiempo con el lastre de las segundas y terceras jornadas.
Conviene ser claras con las falsas soluciones neoliberales. La mercantilización de las tareas reproductivas no resuelve este conflicto: lo desplaza sobre otras mujeres, generalmente más pobres. Prácticas de explotación reproductiva como la mal llamada gestación subrogada o la venta de óvulos, y de explotación sexual como la prostitución y la pornografía, son aberraciones que los Estados deberían acordar impedir.
Esta lógica se ha visto reforzada por corrientes que el neoliberalismo vende como “feminismo”. En nombre de la flexibilidad, la vocación y la autorrealización, se impone una dedicación total que no es otra cosa que disponibilidad permanente. Las horas extras no pagadas, la hiperconectividad y la disolución de los límites entre trabajo y vida penalizan especialmente a quienes sostenemos cuidados.
El teletrabajo es un ejemplo paradigmático. Lejos de liberarnos tiempo, ha colonizado nuestros hogares, ha invadido los espacios de descanso y ha diluido el final de la jornada. Bajo el discurso de la conciliación, nuestro tiempo se devalúa: como “estamos en casa”, se presupone que podemos con todo. El trabajo mercantil se superpone al reproductivo sin solución de continuidad. Una vez más, la posmodernidad borra los límites y, una vez más, el capital sale beneficiado sacrificando especialmente a las mujeres.
Por eso, si hablamos de una integración real y no ficticia en el mercado laboral, no basta con apelar a la “conciliación”, un concepto tramposo que traslada el problema al ámbito individual. Es imperativo reducir drásticamente la jornada laboral para toda la sociedad, muy por debajo de la actual, estableciendo una cota máxima de seis horas diarias —treinta semanales—. No como un privilegio, sino como una condición material mínima para repartir el trabajo productivo y reproductivo y para que la vida pueda ser vivida.
La crisis de natalidad no es un misterio ni el resultado de decisiones individuales aisladas. La tasa de fertilidad se desploma porque el horizonte vital que se nos ofrece cuando somos madres es disuasorio: sobrecarga, empobrecimiento, culpa, precariedad y aislamiento. No es que no queramos tener hijos; es que el precio que se nos exige es demasiado alto y se paga en soledad.
A esto se suma una mística de la maternidad cada vez más exigente y culpabilizadora, promovida desde corrientes ideológicas retrógradas. Se idealiza nuestra entrega total mientras se recortan servicios públicos, se precariza el empleo y se mantiene intacta la desigual distribución del tiempo.
Nuestra supervivencia como especie no pasa por exprimir aún más el crecimiento económico, sino por cuestionarlo. ¿Puede sostener el planeta la competitividad desbocada en la producción que venimos desarrollando? El decrecimiento no es una amenaza: es una necesidad. Y la reducción de la jornada laboral sería una de sus aportaciones más directas y transformadoras. Menos horas de trabajo mercantil significan menos destrucción, mayor reparto del trabajo y la riqueza, más igualdad y más tiempo para cuidar, para crear vínculos y para imaginar proyectos vitales que merezcan la pena.
Mientras el trabajo reproductivo y de cuidados siga siendo invisible, feminizado y no repartido, la igualdad será una ficción funcional al capitalismo y al patriarcado, y la maternidad seguirá operando como castigo social. Esta organización del tiempo no es un accidente: beneficia al capital, que se ahorra costes, y al orden patriarcal, que descarga sobre las mujeres la sostenibilidad de la vida. Por eso cualquier redistribución real del tiempo encontrará resistencias económicas, políticas y culturales.
Reorganizar el tiempo no es una cuestión técnica ni individual: es un conflicto político de primer orden que enfrenta la sostenibilidad de la vida con los intereses del capital y del orden patriarcal. Es una cuestión de supervivencia, de justicia social y de proyecto civilizatorio.
Link original de la nota: https://elcomun.es/2026/01/12/ocho-horas-para-ellos-jornadas-infinitas-para-nosotras/?amp
Por Eva Neila Ausín (Presidenta de Amables Titulares de Derechos)
Fuente: El Común.es

