Margaret Mead, la antropóloga que demostró que los roles de género son una construcción cultural
Cuando la ciencia defendía que las diferencias entre hombres y mujeres eran biológicas, viajó al Pacífico para observar otras formas de vida y lo que encontró, transformó el debate: los roles masculinos y femeninos no eran universales, sino culturales.
Por Marta Cuadras

Margaret Mead (1901-1978) fotografiada con una colección de máscaras, en 1928.Granger NY/Album
Cuando Margaret Mead comenzó sus investigaciones en el Pacífico Sur en los años veinte, la ciencia occidental estaba convencida de que las diferencias entre hombres y mujeres respondían a la biología. El temperamento masculino parecía inseparable de la agresividad, el liderazgo o la ambición; el femenino, de la ternura, la dependencia o el cuidado. Sin embargo, Mead fue una de las primeras voces en cuestionar esa supuesta evidencia natural. Sin utilizar todavía el término “género” en su sentido actual, sus estudios sentaron las bases de una idea revolucionaria: los roles masculinos y femeninos no son universales, sino construcciones culturales.
Durante buena parte del siglo XX, Mead se convirtió en una de las intelectuales más influyentes de Estados Unidos. Antropóloga, divulgadora y figura pública, logró acercar el estudio de las culturas humanas al gran público como pocas científicas de su época. A su muerte, en 1978, era la antropóloga más famosa del mundo y una de las mujeres más conocidas del país. Pero su legado va mucho más allá: transformó la manera en que Occidente pensaba sobre la adolescencia, la sexualidad y las diferencias entre los sexos.
UNA VIDA DEDICADA A COMPRENDER OTRAS CULTURAS
Margaret Mead nació en Filadelfia en 1901, en el seno de una familia profundamente ligada al mundo académico. Su padre era profesor de economía y su madre había sido maestra con formación en sociología. Creció en un entorno intelectual que estimuló su curiosidad desde muy joven. Tras iniciar sus estudios universitarios en DePauw University, se trasladó al Barnard College y más tarde ingresó en la Universidad de Columbia, donde se formó bajo la influencia de Franz Boas y Ruth Benedict, dos figuras fundamentales de la antropología cultural.
Boas defendía que no existe una única forma correcta de organizar la vida social: cada cultura debía comprenderse desde sus propios valores y no desde los prejuicios occidentales. Mead adoptó esa perspectiva y la aplicó a uno de los temas más debatidos de su tiempo: la adolescencia.
SAMOA Y EL MITO DE LA ADOLESCENCIA TURBULENTA
En 1925, con apenas 24 años, Mead viajó a la isla de Tau, en Samoa, para estudiar a un grupo de jóvenes mujeres en plena transición hacia la vida adulta. Su objetivo era responder a una pregunta que parecía científica, pero que en realidad escondía un profundo conflicto cultural: ¿es la adolescencia una etapa inevitablemente tormentosa?

Margaret Mead durante su estancia en Samoa, en 1926.
Library of Congress
En Estados Unidos se había popularizado la idea de que la juventud era, por naturaleza, un periodo de crisis, rebeldía y angustia. Psicólogos como Stanley Hall defendían que esos conflictos eran biológicos e inevitables. Mead sospechaba lo contrario: quizá esas tensiones no pertenecían a la naturaleza humana, sino a la sociedad industrial moderna.
El resultado fue Adolescencia, sexo y cultura en Samoa (1928), un libro que se convirtió en un éxito editorial. Mead describía una adolescencia muy distinta a la occidental: en Samoa, las jóvenes crecían en un ambiente comunitario, flexible y poco obsesionado con la competencia. La familia no era una unidad cerrada, sino una red extensa de parientes donde los conflictos podían diluirse sin dramatismo. La sexualidad, además, no estaba rodeada del mismo silencio moralista que en Occidente. Las experiencias afectivas y sexuales prematrimoniales eran comunes y no generaban culpa ni trauma.
Para Mead, la conclusión era clara: la adolescencia no era necesariamente una etapa de crisis biológica. Podía ser serena o conflictiva dependiendo del entorno cultural. Lo que Occidente consideraba “natural” era, en realidad, el resultado de unas condiciones sociales concretas.
NUEVA GUINEA: CUANDO LOS ROLES SE INVIERTEN
Pocos años después, Mead amplió esta línea de investigación al terreno de los roles de género. En la región del Sepik, en Nueva Guinea, estudió tres sociedades y publicó Sexo y temperamento en tres sociedades primitivas (1935). Lo que encontró desafiaba los supuestos occidentales. Entre los arapesh, hombres y mujeres compartían un temperamento cooperativo y pacífico. Entre los mundugumor, ambos sexos eran descritos como agresivos y competitivos. Y entre los tchambuli (hoy llamados chambrí), los papeles parecían invertidos respecto al modelo occidental: las mujeres ocupaban posiciones dominantes y organizadoras, mientras los hombres mostraban mayor dependencia emocional
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Margaret Mead con su esposo, Gregory Bateson, trabajando cerca de Sepik River, en Nueva Guinea, donde realizaban estudios sobre la población de Iatmul.
Library of Congress
A partir de estas observaciones, Mead sostuvo que los rasgos considerados “masculinos” o “femeninos” no eran inherentes al sexo biológico, sino patrones culturales variables. No existía una única forma “natural” de ser hombre o mujer. El patriarcado, por tanto, no podía presentarse como una consecuencia inevitable de la biología, sino como una organización social específica. Esta distinción entre sexo biológico y género como construcción social fue revolucionaria para su tiempo. Aunque el término “género” aún no estaba plenamente teorizado, Mead anticipó debates que décadas más tarde se volverían centrales en los estudios feministas.
UN LEGADO VIGENTE
Su trabajo abría la posibilidad de imaginar otras configuraciones sociales y cuestionar la supuesta universalidad de la dominación masculina. No faltaron críticas. Algunos contemporáneos consideraron que sus conclusiones estaban excesivamente alineadas con su marco teórico. Más tarde, el antropólogo Derek Freeman cuestionó la exactitud de sus observaciones en Samoa. Sin embargo, más allá de los debates metodológicos, el impacto de Mead fue indiscutible: situó la cultura en el centro de la explicación del comportamiento humano.
Mead no fue una investigadora encerrada en la universidad. A lo largo de su vida combinó el trabajo científico con una intensa vocación divulgativa. Escribió en revistas, dio conferencias, apareció en televisión y aplicó su mirada antropológica a cuestiones contemporáneas como la crianza, la moral sexual, los derechos de las mujeres o la política estadounidense.
Margaret Mead murió en 1978, pero sus preguntas siguen vivas. Si la adolescencia no es inevitablemente conflictiva, si la sexualidad no se vive igual en todas partes, si la masculinidad y la feminidad cambian según el contexto, entonces muchas de las jerarquías que se presentan como naturales son, en realidad, construcciones culturales.
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Por Marta Cuadras
Fuente: National Geographic
