Fútbol, feminismo y burocracia sindical: cuando la igualdad se disfraza para mandar

El debate actual sobre cómo transformar las estructuras oligárquicas mediante la participación de las bases suele pasar por alto una dimensión decisiva: las dinámicas de género. Por lo general, se analiza la burocracia sindical como un problema puramente político o de clase, ignorando cómo el patriarcado cimienta esas jerarquías. Nuestra investigación, publicada recientemente en Gender, Work & Organization, parte de este vacío para destapar una realidad incómoda: las políticas de igualdad, lejos de democratizar las organizaciones, pueden utilizarse como perfectos mecanismos de control para blindar la oligarquía y legitimar sus mecanismos de control organizacional.
El estudio disecciona un caso concreto en el comercio minorista del Conurbano bonaerense (esa inmensa periferia industrial y urbana de Buenos Aires donde se concentran miles de trabajadoras en supermercados, shoppings y cadenas de retail) con un hallazgo central y perturbador: la creación de un equipo de fútbol femenino oficial no fue la culminación de una lucha feminista, sino una estrategia diseñada para neutralizarla. El caso actualiza lo que Antonio Gramsci definió como “revolución pasiva”, es decir, un mecanismo de restauración política mediante el cual la élite o dirección política copta e institucionaliza parte de las iniciativas autónomas para someterlas bajo su orden. El objetivo es claro: integrar la novedad para disolver su potencial antagonista y asegurar así el orden vigente y reproducirlo en el futuro.
Descubrimos que, mientras las trabajadoras jugaban al fútbol sin apoyo del sindicato –autogestionando el alquiler de las canchas, los calendarios y la logística–, construían algo más que un equipo: generaban un espacio político propio e, inesperadamente, potencialmente antagonista. Aquí, el tercer tiempo emergió como el momento decisivo que, lejos de ser una simple charla post-partido, funcionaba como una red de solidaridad crítica fuera del radar de la estructura sindical. Esto contrastaba con la realidad de sus compañeros varones, quienes históricamente disfrutaron de un ocio financiado y promovido por el gremio, con alquiler de canchas, uso de predios sindicales y organización de torneos intersindicales. Al oficializar la práctica de las mujeres, dándoles camisetas, entrenadores y recursos, la burocracia no las estaba empoderando, muy al contrario, las estaba desactivando. Estaba convirtiendo una amenaza política en una actividad recreativa inofensiva y vigilada.
El artículo retoma la Ley de Hierro de la Oligarquía de Robert Michels para exponer una conclusión teórica. A día de hoy, la perpetuación de la élite sindical puede sostenerse sobre una articulación indivisible entre dominación de clase y género. La burocracia sindical puede utilizar el patriarcado como pilar material para blindar sus privilegios políticos de clase, en el sentido Weberiano. Por ello, identificar este tipo de procesos no es un mero ejercicio académico, sino una necesidad política; solo desnudando las revoluciones pasivas podremos construir los marcos necesarios para que los sindicatos rompan con dinámicas y relaciones de dominación, recuperando su potencial de lucha como forma organizativa de la clase trabajadora.
La oligarquía patriarcal: anatomía de un poder desigual
Para comprender por qué la organización de un equipo de fútbol femenino puede convertirse en una cuestión crucial en la reproducción de relaciones de género y de clase es necesario diseccionar primero la materialidad del poder sindical en Argentina. El país ofrece un laboratorio privilegiado para este análisis porque combina dos fuerzas aparentemente contradictorias. Por un lado, cuenta con un Modelo Sindical de una fortaleza institucional única en la región: el monopolio de la representación gremial por rama (el unicato), la administración de obras sociales multimillonarias (como centros deportivos y hoteles), y la capacidad de paralizar la economía mediante huelgas o negociar salarios para todo un sector. Por otro lado, esta potencia institucional convive –y a menudo choca– con luchas feministas que, desde el Ni Una Menos y la lucha por el aborto legal, han desbordado las calles y presionado a las instituciones para que éstas se modernicen. Sin embargo, puertas adentro, esa modernización se enfrenta a un muro de contención estructural.
El caso del comercio minorista ilustra genuinamente esta tensión. Hablamos de una de las ramas más grandes y dinámicas de la economía, donde la fuerza de trabajo está fuertemente feminizada. No obstante, nuestra investigación revela que la estructura de mando opera como una pirámide invertida de exclusión. Si bien los sindicatos han incorporado formalmente el cupo femenino del 30 % en sus listas, el poder real no se ha democratizado para toda la plantilla. Al analizar la composición de las secretarías, nos encontramos con una segregación de manual: las mujeres son sistemáticamente relegadas a áreas blandas (e.g., Acción Social, Turismo, Actas), mientras que el núcleo duro de la organización (i.e., las secretarías General, Gremial, de Organización y de Finanzas, allí donde se decide el dinero y la estrategia política) permanece blindado entre un 80 % y 90 % en manos de varones.
Desde una perspectiva de clase, esta distribución no es accidental ni fruto de simples prejuicios machistas. La burocracia sindical se ha construido históricamente a imagen y semejanza del varón proveedor: un militante de tiempo completo, capaz de asistir a reuniones interminables, participar y organizar en las comidas y cenas del sindicato, congresos lejanos, etc., donde una retaguardia doméstica invisible garantiza la reproducción de sus hogares. Por lo tanto, la Ley de Hierro de la Oligarquía no es neutra, sino que está atravesada por el género. La exclusión de las mujeres de los espacios de decisión real es un requisito material para la estabilidad de los dirigentes: al restringir el acceso a quienes cargan con la doble jornada (trabajo asalariado más cuidados), la dirección reduce drásticamente la competencia política y asegura su propia perpetuación en el poder.
Pero el filtro no es solo de cómo se organizan los horarios dentro y fuera del centro de trabajo; la forma en la que se reparten las tareas también expresa relaciones de carácter profundamente políticas. Nuestra investigación retoma la idea de que la cúpula sindical actúa como una clase para sí: un estamento diferenciado de la base, con intereses propios y privilegios materiales que busca proteger a toda costa a través de la promoción de una cultura masculina que garantiza su cohesión interna y hegemonía. La lealtad y la confianza política de esta élite no se tejen en las asambleas abiertas, sino en espacios de informalidad excluyente regidos por dinámicas de complicidad masculina. El género funciona como el pegamento de la oligarquía asegurando que el círculo de decisión permanezca estrecho, cerrado y protegido de cualquier competencia externa.
La disputa por el tiempo: autonomía y clase
Frente a este panorama de exclusión sistemática, la organización de los partidos por parte de las trabajadoras funcionó como una herramienta para romper la fragmentación impuesta por la empresa. Es importante aclarar que el caso analizado no era una excepción, sino la expresión local de un fenómeno de autoorganización que comenzaba a extenderse por distintos centros de trabajo del sector. En este contexto, el desafío real no era alquilar una cancha de fútbol –algo sencillo en sí mismo–, sino la compleja tarea de coordinar a las compañeras de trabajo que sufrían no solo la fragmentación dentro de los centros de trabajo, sino también fuera de él.
Por un lado, las trabajadoras habitualmente separadas por secciones y diferentes turnos, tuvieron que tejer una red de comunicación interna para poder coincidir a la hora de establecer un día y lugar para jugar a fútbol. Esa gestión subterránea para coordinarse implicó, en la práctica, cuestionar la atomización de la plantilla y construir un vínculo horizontal allí donde la empresa solo fomentaban la separación. Además, para poder jugar, las trabajadoras debieron negociar cambios de turno y permisos con encargados y jefes, enfrentando muchas veces resistencias que sus compañeros varones no padecían. Esta experiencia de negociación colectiva funcionó como un punto de inflexión, ya que al perder el miedo a plantear exigencias ante la jerarquía para algo propio, también ganaron seguridad para otros conflictos. El proceso generó tal empoderamiento que, según reconoció el propio representante sindical de la empresa, se evidenció poco después en una participación mucho más activa de las trabajadoras en las asambleas generales.
Por otro lado, ganar el tiempo en el comercio no bastaba, había que disputarlo también en casa. Aquí se libraba un segundo combate, más silencioso, pero no menos complejo: la lucha contra la asignación patriarcal de los cuidados y el disfrute del ocio. Para estas mujeres, ir a la cancha implicaba romper con el mandato de disponibilidad permanente para el hogar. Los testimonios recogidos dan cuenta de tensiones familiares agudas: parejas que recriminaban el abandono de los hijos, discusiones por llegar tarde a cocinar y la culpa inducida por ejercer el derecho al ocio, especialmente uno que era practicado especialmente por hombres. Poder ir a jugar a fútbol requirió, entonces, desarrollar una ingeniería de cuidados alternativa, es decir, la de tejer redes de apoyo con abuelas, tías o vecinas para cubrir su ausencia durante los partidos. En otros casos, también lograron que fueran los propios hombres los que realizaran las tareas reproductivas.
En cualquier caso, al conseguir ir a jugar al fútbol, politizaron lo doméstico. Demostraron que su tiempo libre no era un derecho garantizado, sino un territorio que debían arrebatarle, hora a hora, a la estructura de la familia tradicional. A su vez, también evidenciaron que, aún saliendo victoriosas en algunas de estas disputas, la ausencia de una mujer en el hogar seguía cubriéndose con el trabajo de otra.
Tras librar estas batallas en la empresa y en el hogar por el derecho al ocio, la amenaza real para la dirección patriarcal del sindicato se materializó, paradójicamente, una vez terminados los partidos. Durante el tercer tiempo. Aquí, la interacción informal entre las compañeras emergió como un factor clave en la subversión de las estructuras de poder; espacios de encuentro ganados a pulso, libres de la vigilancia de delegados y dirigentes sindicales. Allí, mientras compartían una cerveza en el borde de la cancha, la conversación derivaba inevitablemente hacia problemas comunes a todas ellas: desde conflictos salariales y abusos por parte de sus jefes, hasta las tensiones familiares o las dificultades que suponía la vida en el conurbano. Lejos de ser un simple momento de relax, el tercer tiempo funcionaba como una asamblea invisible donde se socializaba el malestar, se compartían estrategias de supervivencia y se gestaba una identidad colectiva propia. Sin la institucionalidad que suponía normalmente la acción sindical, ellas mismas habían creado lo que la oligarquía más teme: un espacio de deliberación política no controlado.
La revolución pasiva: inclusión como forma de sumisión
Frente a esta vieja, pero para estas personas nueva, dinámica de autoorganización, la respuesta de la burocracia sindical no fue la censura, sino una operación de manual para su desmovilización, estrategia que Gramsci en su día calificara como “revolución pasiva”. Conscientes de que la represión directa era inviable, incluso contraproducente si tenemos en cuenta el contexto de auge del movimiento feminista (contexto muy disputado en estos momentos por el gobierno de Milei), los dirigentes del sindicato activaron una maniobra para desactivarlas políticamente bajo la apariencia de una acción para el beneficio colectivo. Al organizar un equipo oficial de mujeres, el sindicato no solo aportó recursos materiales para que las mujeres jugaran, sino que capturó el proceso de toma de decisiones. Lo que antes era una construcción colectiva y horizontal, donde las trabajadoras definían sus propias reglas, pasó a ser una actividad reglamentada y administrada verticalmente por el sindicato. Se consumó así una transferencia de poder decisiva: las trabajadoras dejaron de ser organizadoras activas para convertirse en usuarias pasivas de un servicio institucional.
Esta oficialización no implicó reconocer al grupo existente, sino reconfigurarlo bajo una lógica opuesta, la de la meritocracia deportiva. El sindicato impuso un proceso de selección a cargo de un director técnico, desplazando el criterio participativo (juegan todas) por uno competitivo (juegan las mejores), donde precisamente eran hombres los que poseían el conocimiento específico. La instauración de pruebas y listas de convocadas introdujo jerarquías inmediatas, creando rivalidades allí donde antes había cooperación. Las jugadoras seleccionadas accedieron a permisos para ausentarse del trabajo y viajes para competir, creando una brecha inmediata con quienes quedaron fuera. Pero la división más sutil operó sobre la gestión del tiempo. Aquel ocio que las trabajadoras habían construido a pulso, disputando cada hora contra la empresa y el mandato doméstico, fue reemplazado por la tutela burocrática y, aparentemente, aséptica de los entrenadores de fútbol. Ya no era necesario tejer redes de apoyo ni confrontar con la empresa por los turnos de trabajo, ahora el sindicato administraba los cronogramas y otorgaba las licencias. La capacidad de autoorganización se volvió innecesaria ya que el derecho a jugar dejó de ser una conquista de base para transformarse en una concesión administrada.
Finalmente, el aparato sindical avanzó sobre el espacio que había probado ser el más subversivo de todos: el tercer tiempo. Al institucionalizarse y hacerse oficial el equipo de fútbol, los espacios de socialización, de protesta y de formación de nuevas solidaridades pasaron a ser cenas formales o eventos institucionales, donde solían contar con la participación de la propia comisión directiva del sindicato, de nuevo, predominantemente masculina. La presencia física de la autoridad sindical en estos espacios inhibió la crítica y reorientó las conversaciones hacia temas inocuos o puramente deportivos: ya no se charlaba sobre los problemas familiares o del barrio, y mucho menos de los laborales. Así, y con cierta elegancia vestida de morado, se consumó la revolución pasiva: el sindicato integró a las mujeres en su foto oficial, pero vació de política su palabra.
Conclusiones
El análisis de este caso nos obliga a reformular la teoría de Robert Michels: la burocracia sindical no es un bloque estático, sino una organización.
patriarcal-oligárquica dinámica, que muta para defenderse y perpetuarse a través de diferentes procesos de resistencia. Lo que observamos es que el acto de organizar partidos de fútbol sin supervisión, así como los lazos solidarios del tercer tiempo, funcionaron como espacios de disenso que, por limitados que parecieran, subvertían el orden establecido, dentro y fuera del trabajo. En este proceso, la doble condición de ser mujer y trabajadora dejó de ser un impedimento para convertirse en la condición estructural de una posible renovación política y sindical. Las trabajadoras demostraron que la autonomía es posible allí donde la estructura solo ve y busca obediencia.
Sin embargo, la respuesta de la dirección sindical revela la sofisticación de sus mecanismos de defensa. Para neutralizar esta amenaza, la élite desplegó un abanico de tácticas de control que operaron simultáneamente, expandiendo su dominio sobre el tiempo de ocio, desmantelando los espacios informales de participación y, fundamentalmente, dividiendo los intereses colectivos a través de la introducción de relaciones de competencia mediadas por expertos. Al sustituir la lógica participativa por una administración vertical y selectiva, la burocracia logró expropiarles el control real de su actividad y solidaridad emergente. Fue una maniobra de manual de contrainsurgencia, donde se utilizaron estrategias feministas para socavar las redes de solidaridad emergentes mediante la fragmentación y la tutela institucional.
La lección final es una advertencia para el futuro. Nuestro examen crítico demuestra que las lógicas opresivas son altamente adaptables e inventivas; se remodelan constantemente para mantener la hegemonía ante nuevos desafíos. Esto nos exige una profunda autocrítica y creatividad, apuntando a que las estrategias feministas y socialistas no pueden limitarse a pedir mayor inclusión en las viejas estructuras, ya que corren el riesgo de reforzar las desigualdades que buscan combatir. Al contrario, democratizar sindicatos u otras organizaciones políticas requiere, entonces, abandonar las fórmulas convencionales y atreverse a construir nuevas formas organizativas donde la solidaridad de clase y género no sea una consigna retórica, sino una práctica que subvierta la Ley de Hierro y su gran capacidad de adaptación.
* Este artículo es una síntesis del texto “Gendering the Iron Law of Oligarchy. Or how organizing an official football team became a strategy of passive revolution”, publicado en la revista académica Gender, Work & Organization.
Por Jon Las Heras es Profesor de la Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsistatea @jonlhc
Ignacio Messina es Profesor en la Universidad de Zaragoza.
Fuente: VIENTOSUR Nº 201,
