¿Por qué yo no hablo la lengua de mi madre?, la pregunta que dio origen a Leche de Silencio
Con esa duda, proveniente de la memoria enraizada en el silencio, la escritora mexicana Socorro Venegas construye una revolución atravesada por la dignidad de una vida en los márgenes, la revaloración de las lenguas originarias, el diálogo colectivo del duelo, la infancia como territorio trágico y el misterio de las maternidades.

Socorro Venegas Sebastian Freire
En el nuevo libro de la escritora, Leche de silencio, (editado por Páginas de espuma), la también editora y profesora universitaria oscila entre la memoria poética, el ensayo y la autobiografía para recuperar un territorio de voces y experiencias atravesados por el dolor, la lucha y la resistencia. Venegas desnuda el lingüisticidio de un país que se cree monolingüe pero en el que todavía conviven 68 lenguas originarias.
“Yo tenía 9 años cuando por primera vez escuché a mi madre hablar en una lengua que no comprendía. Estaban hablando mi madre y mi abuela materna y me parecían tan lejanas, estaban tan altas como si fueran dos pájaros volando sobre mi cabeza y yo no podía alcanzar ese canto ni comprenderlo, ni dilucidar qué es lo que estaba sucediendo y ese momento convirtió mi vida en un antes y un después, porque aunque era solo una niña, ahí me di cuenta de que había algo que me separaba de mi madre y esa experiencia se fue guardando en mí con el tiempo”, cuenta Socorro a Las12.
Esta experiencia de recuperar la lengua materna tiene que ver también con la recuperación del territorio común, ¿no es cierto?
-Sí, era como si hubiera vuelto a conocer a mi madre en su pueblo, un pueblo indígena de México, en el que aparentemente se conquistó el derecho a trabajar la tierra, luego de revolución mexicana con su lema Tierra y Libertad. Se decía: “la tierra es de quien la trabaja” Y quienes la trabajaban eran estos campesinos, personas indígenas como mis abuelos y toda la familia de mi madre, pero trabajaban en unas condiciones en las que no se garantizaba que solo con el trabajo ellos pudieran realmente hacer una vida. Tenían todas las carencias que siguen rodeando a la gente que trabaja la tierra, por eso también siguen siendo tan vulnerables.
Socorro Venegas Sebastian Freire
¿Defender un territorio, en este caso también es defender la lengua, el derecho a aprender la lengua materna?
-Sí, es un libro que puede leerse como una novela, la novela de la vida de mi madre y de la mía también. Quería saber cómo había sido su propia infancia y trabajé con historias que conocía bien, o que creía conocer muy bien, porque esa es la ilusión que tenemos de conocer a nuestros padres a la perfección y resulta que un día nos sentamos, como me ocurrió a mí, a conversar con ella y fuimos volviendo a contarnos, a repasar la vida juntas y fue como volver a conocernos. Entonces ahí supe más de esa niña que con solo 9 años, la misma edad en la que yo descubro que ella habla otra lengua, dejó su pueblo sola, tomó de la mano a una mujer a la que le pide ayuda para que se la lleve de allí. En esta conversación, fui descubriendo que además de la pobreza, del hambre, había otras razones que la empujaron a irse. Imaginen a una niña que tiene que dejar el único mundo que conoce, el único hogar al que pertenece.
¿Y fue cuando tuvo que irse que dejó de hablar su lengua?
-Supo que tenía que abandonar su lengua para no sufrir la discriminación que hay contra los pueblos indígenas en su propio país. Tuvo como que silenciar ese territorio de la lengua al mismo tiempo que se apartaba del territorio del hogar.
También cuenta que se fue porque no tenía qué darles de comer a sus hermanos, como si fuera una responsabilidad suya...
-Ella era la única niña entre varios hermanos varones y parecía corresponder, como todavía hasta nuestros días, que el cuidado de ellos era suyo, como que tenía asignada esa tarea. Ella casi no pudo ir a la escuela porque tenía que cuidar al hermano más chiquito, ayudarle a su mamá en la cocina y con las tareas domésticas por ser mujer. Sus hermanos tenían una libertad que ella no podía gozar. Y luego también, por mucho que tu madre te ame, hay ciertas estructuras patriarcales que en estas sociedades es muy difícil cambiar. Mi abuela materna, por ejemplo, terminó heredando las tierras de su padre que fue revolucionario zapatista en México y cuando hace su testamento, cuando decide qué va a dejarle a sus hijos, los deja más protegidos a ellos que a sus tres hijas, incluyendo a mi madre y mi mamá siempre resintió mucho eso, lo guardó en su corazón.
¿Cómo fue el desarrollo de esa lengua?
-Mi madre supo desde la escuela que si hablaba su lengua, el nahuatl, podía ser castigada, incluso físicamente entonces son lenguas que han ido desapareciendo. Ahora depende de estas subversiones individuales, personales, que se pueda seguir hablando, que se mantenga viva la lengua. Esta revisión vital que hemos hecho juntas para el libro, de alguna manera siento que me ha habilitado para emprender también mi propia revolución, mi propia subversión que es aprender esta lengua y poder tener con mi madre una conversación en nahuatl.
¿Y qué dijo ella cuando le contaste que estabas escribiendo sobre ella?
-Lo supo desde el principio porque le pedí que conversáramos. Aunque yo había escuchado muchas veces esta historia, quería que me la contara ella, quería ser la interlocutora en la que confiara. Ella supo siempre que esas conversaciones eran grabadas para este libro. También le dije que iba a escribir y que si había algo con lo que no se sentía cómoda, me lo dijera y lo sacábamos. Siempre he pensado que un libro no tiene que pasar por encima del corazón de nadie, y en este caso era mi madre. La gran fortuna fue que ella no quiso retirar nada aun cuando su historia fue muy fuerte, viviendo en contra de una sociedad racista, machista, clasista, con una valentía, una fuerza y un apego a la vida tremendos. Al contrario, ella cree que es un libro para ser leído porque sabe que las violencias siguen lastimando a las mujeres y que hay una vulnerabilidad especial entre las que quieren, con todo el derecho, hablar en su lengua, mantener una forma de pensar, de encontrarse en el mundo, que nos enriquece a todas y a todos.
¿Vos también sufriste esa discriminación?
-Sí, yo recibí también discriminación ya en un momento en el que por supuesto no había castigos físicos en la escuela, pero tenía 12 o 13 años -lo cuento en el libro- cuando mi profesora quiso en una clase que le diéramos un ejemplo de qué era ser bilingüe. Y entonces yo levanté la mano y le dije, “Mi madre es bilingüe porque habla español y habla nahuatl”. Y entonces un niño allí en la clase gritó, “Tu mamá no es bilingüe. Tu mamá es una india.” Lo dijo con toda la carga racista y despectiva que podía haber en esas palabras, porque se sintió autorizado por todo un país, por toda una sociedad que mira de esa manera a los indígenas, como si fuéramos personas de otra clase, por supuesto inferiores, y que solo puede haber bilingüismo si se consideran las lenguas hegemónicas.
¿Cómo fue recibida la idea de escribir este libro en la editorial?
-Tuve una conversación con mi editor, Juan Casamayor de Páginas Espuma y le conté un poco sobre lo que quería escribir, un ensayo sobre el lingüisticidio, sobre cómo se mata las lenguas indígenas, pero también quería escribir sobre esa experiencia desde la propia vida de mi madre y mostrar qué pasa en la vida de una persona, de alguien sobre la que parece que no hay nada que contar y el editor se entusiasmó mucho con la idea. La verdad es que he tenido mucha suerte de que abrazara este proyecto con tanto cariño y tanta generosidad.
Es recuperar tu identidad
-Sí, escribí este libro para que la gente sepa quién soy, de dónde vengo. Ha sido como un trabajo de arqueología, de buscar en mis orígenes, en mis madres, lo digo en plural, tan lejos como pude mirar. Mi abuela trabajó en el campo, lavó ropa en el río para ella, para sus hijos, para alimentarlos. Cuando mi abuelo desapareció en este país donde ahora sufrimos el flagelo de las desapariciones forzadas, fue uno de los primeros desaparecidos. Y sobre eso también me pregunto, ¿cómo se puede borrar así a una persona?, ¿Cómo se puede borrar también una lengua? ¿Cómo se puede querer borrar toda una cultura, una cosmovisión?
Además de escribir, das clases en la Universidad de México reivindicando la literatura de los pueblos originarios
-Sí, sobre todo como editora he buscado mostrar que México no es un país monolingüe, porque en todos los espacios públicos y privados a veces funcionamos como si lo fuéramos, pero es un país en el que se hablan 68 lenguas originarias y publicamos en una sola. Me parece muy importante que procuremos la edición bilingüe y algo que me parece esencial y que hemos ido incorporando en los libros que publicamos en la universidad es que se puedan escuchar en las voces de sus autores y autoras por eso ponemos un código QR para que los lectores y las lectoras puedan escanearlo y puedan escucharlos en las voces de sus autores y autoras. Lo hemos hecho en una colección de poesía y aparecen estas lenguas que han sobrevivido gracias justamente a la transmisión oral, que vienen de muy lejos y han subsistido porque se siguen hablando, porque hay esfuerzos heroicos de personas que han resistido a la eliminación y han mantenido viva su lengua trasladándola a sus hijos. Mi madre estaba muy sola con eso, como muchas personas, y para proteger a sus hijos de la discriminación tuvo que ocultar esa lengua. Pero ahora estamos yendo en la dirección opuesta hablando de lo que significó ese borramiento, esa renuncia a la lengua y al mismo tiempo con decisiones individuales para recuperarla.
¿Recuperarlas desde ediciones nuevas?
-Me parece muy importante que estos esfuerzos no sean condescendientes. Durante mucho tiempo me ha parecido que cuando se hacen estas ediciones destinadas a difundir la literatura en lenguas indígenas, muchas veces son descuidadas, y yo he querido pensar que podemos ir en la dirección contraria, cuidar más esos libros, que sean bellos y que sean dignos precisamente porque nos trasladan a un tesoro lingüístico vivo que es nuestro patrimonio. Entonces en mis clases he procurado hacer visibles otras ausencias. Dirijo la colección Vindictas, donde estamos recuperando escritoras latinoamericanas del siglo XX que fueron marginalizadas, que quedaron fuera del canon a pesar de la gran calidad literaria de su obra y preguntarles a mis estudiantes si de verdad habremos leído ya lo mejor de la literatura latinoamericana cuando se invisibilizó a la mitad de la humanidad.
¿Qué otros mensajes te gustaría que llegaran con tu libro?
-Yo no quería que fuera una denuncia, ni un discurso para decirle a nadie lo que tenía que pensar. Quería mostrar nuestra historia y que se fuera adentrando en el imaginario de las lectoras y de los lectores para pensar que podemos acompañarnos y comprendernos en una historia como esta que podría ser mucho más cercana de lo que pensamos porque no necesariamente tenemos que tener en común una lengua indígena o una lengua distinta, a veces es reflexión puede centrarse en ese idioma, en esos códigos familiares, en esas conversaciones que no hemos tenido con nuestros padres. Un libro como este pone de relieve que las preguntas pueden ser interesantes y fructíferas y lo mucho que podemos aprender si tratamos de recuperar el léxico familiar del que hablaba Natalia Ginzburg, por ejemplo, el tejido inestable entre la ficción y la memoria.
Fuente: Las/12
