agosto 16, 2026

Veró­nica Gago “El femi­nismo ha libe­rado otras for­mas de desear y de amar


La filó­sofa argen­tina denun­cia la ‘fas­cis­ti­za­ción’ de la vida coti­diana: la impo­si­ción polí­tica de una aus­te­ri­dad cruel, opre­siva y vio­lenta

De lejos parece una joven estu­diante de paseo por el Raval bar­ce­lo­nés. De cerca es Veró­nica Gago (Chi­vil­coy, Argen­tina, 1976), una de las pen­sa­do­ras femi­nis­tas que mejor sabe desen­tra­ñar las más­ca­ras con­tem­po­rá­neas del poder. La filó­sofa, poli­tó­loga, inves­ti­ga­dora y acti­vista argen­tina es autora de una decena de obras, muchas fir­ma­das con otros auto­res, como Con­tra el auto­ri­ta­rismo de la liber­tad finan­ciera (2025), junto a Luci Cava­llero, donde ana­li­zan cómo la ultra­de­re­cha entrena a la pobla­ción en el aban­dono de toda espe­ranza social. Antes publicó La razón neo­li­be­ral: Eco­no­mías barro­cas y prag­má­tica popu­lar (2015) o La poten­cia femi­nista o el deseo de cam­biarlo todo (2019), de la edi­to­rial Tinta Limón, con la que cola­bora y cuya misión es visi­bi­li­zar tex­tos rela­cio­na­dos con el dis­curso polí­tico coti­diano. Ade­más, es pro­fe­sora e inves­ti­ga­dora en la Uni­ver­si­dad de Bue­nos Aires y en la Nacio­nal de San Mar­tín.

En pri­ma­vera, la filó­sofa fue una de las par­ti­ci­pan­tes de los Diá­lo­gos Glo­ba­les de la Uni­ver­si­dad de Geor­ge­town, cele­bra­dos en el Cen­tro de Cul­tura Con­tem­po­rá­nea de Bar­ce­lona (CCCB). En un receso del encuen­tro, Gago disec­cionó el Gobierno argen­tino como labo­ra­to­rio de la nueva ultra­de­re­cha mun­dial. Antes de publi­car la entre­vista, actua­li­za­mos la con­ver­sa­ción por video­con­fe­ren­cia, donde revela que ese campo de prue­bas lleva a un pro­ceso de fas­cis­ti­za­ción que trans­forma las frus­tra­cio­nes socia­les en cruel­dad y odio, y que ese es el tema del nuevo libro que ultima estos días.

Pre­gunta. Este año se cum­plie­ron 50 años de la dic­ta­dura argen­tina. ¿Hay para­le­lis­mos con el Gobierno de Milei?

Res­puesta. El ani­ver­sa­rio sirve para tra­zar las con­ti­nui­da­des, y hay muchas. Está el papel que cum­ple la deuda externa como herra­mienta de opre­sión con­tra la pobla­ción en nom­bre de la aus­te­ri­dad, se repite el cie­rre de empre­sas, los recor­tes de los dere­chos y una reforma labo­ral abo­mi­na­ble. Lega­liza jor­na­das de 12 horas, eli­mina licen­cias por cui­da­dos, con­cede a la patroa­te­rri­zar nal el poder de pagar el sala­rio en espe­cies, y prohíbe el dere­cho a huelga en sec­to­res como salud o edu­ca­ción. No es casual. Son los que luchan fuerte con­tra el Gobierno. P. Y este, ¿qué busca?

R. Es un pro­yecto de reforma extrema, quiere anu­lar las dis­tin­tas for­mas de orga­ni­za­ción —obre­ras, de dere­chos huma­nos, movi­mien­tos popu­la­res— que han sido el pilar del fin de la dic­ta­dura. El Gobierno acusa a los femi­nis­mos, a los movi­mien­tos indí­ge­nas, a los jubi­la­dos y jubi­la­das, de hacer polí­tica pre­sen­tán­do­los como sec­to­res para­si­ta­rios, que quie­ren vivir del Estado. En rea­li­dad, son los sec­to­res que orga­ni­zan los terri­to­rios donde el Estado se ha reti­rado, o solo inter­viene de manera repre­siva. P. Lo llama “polí­tica ani­qui­la­cio­nista”. R. Milei es una res­puesta con­tra­rre­vo­lu­cio­na­ria a una manera de hacer polí­tica, y tiene una pul­sión ani­qui­la­cio­nista. Dice que hay pobla­cio­nes que deben ser sacri­fi­ca­das, como las per­so­nas con dis­ca­pa­ci­dad, los eco­lo­gis­tas o las femi­nis­tas.

P. Advierte sobre la bru­ta­li­dad del avance del mer­cado glo­bal de la mano de la extrema dere­cha, que tiene carác­ter trans­na­cio­nal. ¿Es lo que sucede en Gaza o en Irán?

R. Hay un tér­mino que se usa en Argen­tina y es el de zonas de sacri­fi­cio. Se llama así a lo que hacen algu­nos nego­cios extrac­ti­vis­tas. Dicen que hay que sacri­fi­car el terri­to­rio, sacri­fi­car el agua y des­pla­zar a sus pobla­cio­nes. Y arman maqui­na­rias de gobierno para ges­tio­nar esas zonas de sacri­fi­cio. Es la pla­ta­for­mi­za­ción del Estado, que se pone al ser­vi­cio de los nego­cios extrac­ti­vos.

P. Tam­bién denun­cia usted la fas­cis­ti­za­ción de la vida coti­diana.

R. Hay pro­ce­sos por los que cier­tas pro­pues­tas de la ultra­de­re­cha ter­mi­nan siendo escu­cha­das a pesar del daño que cau­san en la vida mate­rial de las pobla­cio­nes. Es una radi­ca­li­za­ción de la vio­len­cia a tra­vés de la cruel­dad y de la impo­si­ción de la aus­te­ri­dad. Ese tipo de argu­mento empieza a for­mar parte de la racio­na­li­dad popu­lar cuando dicen “bueno, es que los jubi­la­dos están cobrando mucho”. Es la idea de que la aus­te­ri­dad solo se con­si­gue a tra­vés de la cruel­dad. P. Denun­cia el anti­fe­mi­nismo esta­tal. R. El anti­fe­mi­nismo ha for­mado parte de la cam­paña polí­tica de Milei. Les dice a los varo­nes jóve­nes que la culpa de que no ten­gan hori­zonte labo­ral y de vivienda es que las femi­nis­tas se han que­dado con sus dere­chos. Ese dis­curso des­pués se con­vir­tió en polí­tica de Estado, anu­lando pro­gra­mas con­tra la vio­len­cia de género, por ejem­plo.

P. ¿Por qué es el femi­nismo el ene­migo a batir?

R. El femi­nismo sigue siendo un movi­miento masivo muy crí­tico con el neo­li­be­ra­lismo y las jerar­quías. Tam­bién ha libe­rado otras for­mas de desear y de amar. Las nue­vas gene­ra­cio­nes tie­nen otras per­cep­cio­nes, otros modos de vin­cu­larse, y eso es tam­bién una trans­for­ma­ción del sen­tido común. El femi­nismo cues­tiona todo el sis­tema: la vivienda, la deuda, la fami­lia. Son crí­ti­cas trans­ver­sa­les y, al mismo tiempo, loca­les. Com­bina el pen­sa­miento y la acción entre lo sis­té­mico y lo con­creto, a par­tir de lo que pasa en una escuela o en un barrio.

P. El femi­nismo lati­noa­me­ri­cano pone el foco en las desi­gual­da­des socia­les.

R. Ante las dife­ren­tes for­mas de pre­ca­rie­dad, el neo­li­be­ra­lismo pro­pone un modelo de res­pon­sa­bi­li­za­ción indi­vi­dual. El femi­nismo señala su carác­ter estruc­tu­ral, rompe el hechizo de la supuesta cul­pa­bi­li­za­ción y com­pe­ten­cia indi­vi­dual, plan­teando estra­te­gias colec­ti­vas que bus­can.
P. Usted habla de “deseo de teo­ría”.

R. Cier­tos movi­mien­tos socia­les sepa­ran la teo­ría de la prác­tica, como si la rea­li­dad estu­viese des­po­jada de con­cep­tos. No es así. Los femi­nis­mos tra­ba­jan nue­vas narra­ti­vas, abren la ima­gi­na­ción y la per­cep­ción social. Se decía “cri­men pasio­nal”, hoy femi­ni­ci­dios.

P. Parece que en el hori­zonte solo está el apo­ca­lip­sis.

R. La ultra­de­re­cha glo­bal existe por­que actúa frente a las expe­rien­cias de libe­ra­ción social. Incluyo las Pri­ma­ve­ras Ára­bes, las revuel­tas en Amé­rica Latina con­tra el neo­li­be­ra­lismo o las revuel­tas trans­fe­mi­nis­tas.

P. Con­cede un gran papel a la per­se­ve­ran­cia, como la de las madres y abue­las de mayo, que ahí siguen, cada jue­ves en la plaza.

R. Lo que apren­di­mos de ellas tan­tas gene­ra­cio­nes es esa per­sis­ten­cia. Es una tec­no­lo­gía polí­tica que parece sen­ci­lla —cami­nar jun­tas en ronda— y que aloja otras luchas. Es un lugar de hos­pi­ta­li­dad, de ir a bus­car fuerza, de estar jun­tos sin afi­lia­ción bio­ló­gica.

P. ¿Ese espa­cio com­par­tido tiene valor más allá de lo reso­lu­tivo?
R. Sí, la efi­ca­cia pro­duc­ti­vista es una idea capi­ta­lista. Del argu­mento catas­tró­fico “hay mil mar­chas, pero no cam­bia nada”. La narra­ción del poder busca infil­trar impo­ten­cia, es clave salir del para­digma uti­li­ta­rista.

Por Mar Padi­lla
Fuente: El País

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