marzo 03, 2026

La lucha mundial por la igualdad de las mujeres y las niñas

Este es un artículo de opinión de Joseph Chamie, demógrafo, consultor independiente y exdirector de la División de Población de las Naciones Unidas.

Las mujeres realizan una cantidad desproporcionada de trabajo no remunerado, lo que dificulta su capacidad para acumular activos o avanzar en sus carreras. Imagen: Manipadma Jena / IPS


La lucha mundial por la igualdad de las mujeres y las niñas lleva siglos y ningún país logró aún la igualdad plena. En muchos países, mujeres y niñas siguen enfrentando discriminación, acoso, trato desigual, injusticia, violencia doméstica y falta de seguridad y protección.

Uno de los objetivos principales de esta lucha es desmantelar la discriminación sistémica y garantizar los derechos humanos básicos de las mujeres y las niñas. Estos derechos incluyen la libertad económica, la independencia social, el derecho al voto y la autonomía corporal.

Si bien hubo avances, la situación global actual en materia de igualdad de género sigue siendo preocupante. Muchas mujeres y niñas aún luchan por sus vidas, sus derechos y su dignidad.

No fue hasta comienzos del siglo XX que los países empezaron a aprobar leyes para garantizar a las mujeres el derecho a votar y a presentarse a elecciones. El primer país en permitir el voto femenino fue Nueva Zelanda en 1893. Aproximadamente una década después, Australia, Finlandia, Dinamarca e Islandia siguieron ese camino.

Hacia mediados del siglo XX, más de la mitad de los países habían otorgado a las mujeres el derecho al voto y hoy ninguno de los casi 200 países del mundo lo prohíbe formalmente. Sin embargo, en algunos países ese derecho se niega en la práctica por la ausencia de elecciones o por regímenes restrictivos.

Encuestas nacionales en distintas regiones del mundo muestran amplias mayorías que apoyan la igualdad de género y consideran muy importante que las mujeres tengan los mismos derechos que los hombres. Ese apoyo va desde más de 90 % en países como Canadá, Suecia y el Reino Unido hasta alrededor de 55 % en Kenia, Rusia y Corea del Sur.

En contraste, una minoría misógina considera a las mujeres inferiores a los hombres. Esa minoría suele tratarlas como propiedad personal, negándoles el control sobre sus vidas y sus cuerpos. Restringe sus derechos políticos, sociales y económicos y con frecuencia las ridiculiza, intimida y agrede físicamente.

Diversos índices y métricas se utilizan para medir el alcance y el progreso de la igualdad de las mujeres entre países. Por ejemplo, el Índice de Mujeres, Paz y Seguridad, basado en 13 indicadores de la situación de las mujeres en 181 países, se centra en inclusión, justicia, derechos, seguridad y protección.

Los cinco países con mejor desempeño en ese índice son Dinamarca, Islandia, Noruega, Suecia y Finlandia. En conjunto, estos cinco países representan aproximadamente 0,3 % de la población femenina mundial. Los países europeos ocupan nueve de los diez primeros puestos y los países nórdicos se mantienen entre los diez primeros desde hace años.

En contraste, los cinco países con peor desempeño en el índice son Afganistán, Yemen, República Centroafricana, Siria y Sudán. Entre los diez países peor clasificados, solo uno, Haití, no se encuentra en África o Asia (Tabla 1)

.
Tabla 1. Clasificación y puntuación del índice de países seleccionados en el índice de Mujeres, Paz y Seguridad: 2024. Fuente: Índice de Mujeres, Paz y Seguridad

Cabe destacar que las diez economías más grandes no figuran entre los países mejor posicionados en el índice. Entre esos diez países, Canadá y Alemania ocupan los lugares más altos, en las posiciones 16 y 21, respectivamente. En cambio, China e India, que concentran cada una cerca de 17 % de la población femenina mundial, se ubican mucho más abajo, en los puestos 89 y 131, respectivamente.

Otra métrica utilizada para evaluar el progreso hacia la igualdad de las mujeres es el Índice de Desigualdad de Género (GII, en inglés) de las Naciones Unidas. Se trata de un indicador compuesto que mide mortalidad materna, nacimientos en la adolescencia, educación secundaria, participación parlamentaria y participación en el mercado laboral.

Ningún país alcanzó la igualdad plena y las mujeres siguen enfrentando amenazas de discriminación, acoso y violencia de género. En muchos países en desarrollo, mujeres y niñas continúan sufriendo graves injusticias, como el matrimonio forzado y altos niveles de violencia doméstica y sexual.

Según el GII, los cinco países con mayor igualdad son Dinamarca, Noruega, Suecia, Suiza y los Países Bajos. En el extremo opuesto se encuentran Yemen, Nigeria, Somalia, Chad y Afganistán. Otros rankings, como el Índice de Brecha de Género del Foro Económico Mundial y la clasificación Best Countries de U.S. News, muestran resultados similares.

Diversos factores contribuyen a la falta de igualdad y a la discriminación contra mujeres y niñas. Entre ellos se destacan leyes restrictivas, normas discriminatorias, estereotipos culturales, riesgos de violencia y desigualdades educativas que valoran más a hombres y niños. Estas barreras misóginas se refuerzan por sesgos inconscientes, débil aplicación de políticas, disparidades económicas y desventajas estructurales (Tabla 2)

.
Tabla 2. Principales factores que contribuyen a la falta de igualdad de las mujeres. Fuente: Amnistía Internacional

A los hombres y los niños se les asignan con frecuencia más educación, poder, recursos y oportunidades. Además, las normas tradicionales o religiosas suelen presentar a los varones como dominantes y a las mujeres como subordinadas. Aunque estas normas suelen afirmar la igualdad espiritual, a menudo perpetúan desigualdades sociales e institucionales por interpretaciones tradicionales de textos sagrados.

La discriminación, el acoso, la falta de derechos, el acceso limitado a la salud, la desigualdad en el acceso a recursos, educación y poder político, las altas tasas de violencia, los matrimonios forzados y la preferencia cultural por hijos varones contribuyen al trato desigual hacia niñas y mujeres.

Además, las mujeres realizan una cantidad desproporcionada de trabajo no remunerado, lo que limita su capacidad de generar activos o progresar en sus carreras. Perciben salarios más bajos por el mismo trabajo y suelen concentrarse en ocupaciones peor remuneradas. En muchos países también enfrentan restricciones para acceder a la propiedad de la tierra, al crédito, a los servicios financieros y a la protección legal en igualdad de condiciones.

Las crisis humanitarias, el cambio climático y las pandemias tienden a afectar de manera desproporcionada a las mujeres, lo que agrava las desigualdades existentes. Los Estados frágiles y los países en conflicto también suelen mostrar peores resultados en materia de igualdad de género.

La desigualdad de género también varía dentro de los países. Por ejemplo, aunque las mujeres representan 50 % de la población de Estados Unidos, la desigualdad persiste en los ámbitos social, económico y político. Según 17 indicadores clave, los cinco estados con mejores resultados son Hawái, Nevada, Maryland, Maine y Oregón, mientras que los cinco con peores resultados son Utah, Texas, Idaho, Arkansas y Luisiana (Tabla 3)

.
Tabla 3. Clasificación de los diez estados de Estados Unidos con mayor y menor igualdad de las mujeres: 2025. Fuente: WalletHub

Quedan unos cinco años para que el mundo cumpla las promesas de igualdad de género de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible. Alcanzar esa igualdad no solo es lo correcto, sino que es esencial para el desarrollo sostenible.

La igualdad de las mujeres es un derecho humano fundamental y la base de un mundo pacífico y sostenible. Hubo avances en las últimas décadas, pero el mundo no está encaminado a lograr la igualdad de género para 2030.

En los años restantes se identificaron once grandes desafíos que deben abordarse para avanzar en la igualdad de las mujeres. Entre ellos figuran la discriminación, las desigualdades, el acceso insuficiente a educación y salud, la baja participación en el liderazgo político, la violencia contra mujeres y niñas, la pobreza y la falta de oportunidades económicas (Tabla 4)

.
Tabla 4. Los 11 mayores obstáculos para la igualdad de las mujeres para 2030. Fuente: ONU Mujeres

Las mujeres y las niñas enfrentan discriminación que limita su acceso a educación, empleo, salud y protección legal. El trato injusto y la negación de derechos básicos generan sociedades injustas.

Aproximadamente una de cada tres mujeres, unos 840 millones en el mundo, sufrió violencia de pareja o sexual a lo largo de su vida. Solo en los últimos 12 meses, 316 millones de mujeres, 11 % de las mayores de 15 años, fueron víctimas de violencia física o sexual por parte de una pareja.

Entre los principales factores que explican la falta de igualdad se encuentran las leyes restrictivas, las normas discriminatorias, los estereotipos culturales, los riesgos de violencia, la débil aplicación de políticas, la desigualdad educativa, las disparidades económicas, el acceso insuficiente a la salud, la falta de representación política, la segregación laboral, la brecha salarial, la carga del trabajo de cuidados no remunerado y la distribución desigual de las tareas domésticas.

Lograr la igualdad de las mujeres requiere un enfoque integral. Esto implica garantizar sus derechos humanos básicos, aplicar protecciones legales contra la discriminación y la violencia, asegurar igualdad salarial, acceso a la educación, empoderamiento económico y oportunidades, promover su participación en puestos de liderazgo, desmontar estereotipos misóginos, impulsar políticas inclusivas, apoyar instituciones lideradas por mujeres y fomentar la corresponsabilidad en el hogar.

Este enfoque también exige acciones proactivas de gobiernos, organizaciones no gubernamentales, empresas, escuelas, organizaciones comunitarias, familias e individuos para asegurar igualdad de oportunidades, libertad frente a la violencia y el pleno ejercicio de los derechos humanos de mujeres y niñas.

Joseph Chamie es demógrafo y consultor, exdirector de la División de Población de las Naciones Unidas y autor de numerosas publicaciones sobre temas de población, incluido su libro más reciente: “Niveles de población, tendencias y diferenciales”.


Consultor independiente y exdirector de la División de Población de las Naciones Unidas.
Fuente: IPS
Fuente: IPS

marzo 02, 2026

El nuevo código penal talibán legaliza la violencia contra las mujeres y las sitúa por debajo de los animales




Mujeres afganas caminan por una calle en Kandahar, Afganistán. EFE/EPA/QUDRATULLAH RAZWAN

La nueva normativa penal impuesta por el régimen talibán en Afganistán ilustra con crudeza el lugar que ocupan las mujeres en el país y consolida un modelo legal que institucionaliza el apartheid de género y legaliza la violencia de género: la violencia física grave contra una esposa apenas acarrea quince días de cárcel mientras obligar a animales a pelear se castiga con hasta cinco meses de prisión.

Esta diferencia, recogida en varios artículos del reglamento, simboliza, según denuncia un análisis del Georgetown Institute for Women, Peace and Security, una estructura legal diseñada para normalizar la subordinación femenina y convertir la violencia de género en una práctica impune.

El contraste más simbólico aparece al comparar sanciones previstas en distintos artículos: mientras el artículo 70 establece cinco meses de prisión para quien obligue a animales como camellos o aves a pelear, el artículo 32 fija una pena de apenas quince días de cárcel para el marido que golpee a su esposa hasta causarle fracturas o lesiones visibles, siempre que ella logre demostrarlo ante un juez.
Una código penal que legaliza la violencia machista

Para la autora del texto que publica Georgetown Institute for Women, Peace and Security, la investigadora Belquis Ahmadi, esta diferencia refleja una jerarquía legal que minimiza y justifica la violencia contra las mujeres.

"Esta desigualdad constituye discriminación por razón de sexo y socava el derecho de las mujeres a una protección igual ante la ley", señala el informe, que advierte de que rebajar jurídicamente la violencia doméstica contribuye a un patrón más amplio de persecución de género cuando se aplica como política de Estado.

La regulación, firmada el 7 de enero de 2026 por el líder supremo talibán y compuesta por 119 artículos, fue conocida públicamente semanas después tras su publicación en lengua pastún por la organización Rawadari.

Según el análisis difundido el 30 de enero por el instituto vinculado a la Universidad de Georgetown, el texto va más allá de una reforma procesal y consolida un sistema de control ideológico que afecta de forma directa a las mujeres, en un contexto marcado por años de restricciones crecientes.

En estos cuatro años, desde el 15 de agosto de 2021, los talibanes han impuesto una serie de restricciones que excluyen sistemáticamente a las mujeres de la vida pública y las despojan de todos sus derechos y libertades: han prohibido la educación secundaria y universitaria, el trabajo en ONGs, en la ONU y en la mayoría de sectores. También han impuesto el uso obligatorio del burka, prohibido la voz de las mujeres en público, restringido la movilidad sin tutor masculino y aplicado una estricta segregación por sexo.

A ello se suma la prohibición de la educación secundaria para niñas, que ha dejado a 2,2 millones fuera del sistema escolar en cuatro años.

Institucionalización del castigo por apostasía femenina

La nueva normativa penal también limita la libertad de movimiento de las mujeres. El artículo 34 considera delito que una esposa abandone su casa sin permiso del marido y prevé hasta tres meses de prisión tanto para ella como para los familiares que la acojan si se niegan a devolverla tras una orden judicial.

Otra medida especialmente severa aparece en el artículo 58, que establece cadena perpetua y diez latigazos cada tres días para las mujeres acusadas de apostasía con el objetivo explícito de forzarlas a aceptar el islam. El informe señala que esta disposición institucionaliza un castigo basado en el género, ya que solo se aplica a las mujeres, y podría facilitar detenciones arbitrarias, dado que las acusaciones de apostasía suelen apoyarse en pruebas débiles o interpretaciones subjetivas.


"En conjunto, estas disposiciones reducen a las mujeres a la condición de dependientes bajo el control masculino, les niegan autonomía sobre sus cuerpos, movimientos y creencias, e institucionalizan la violencia como herramienta de disciplina social. El reglamento no reconoce a las mujeres como titulares de derechos, sino como sujetos que deben ser controlados, castigados y devueltos, por la fuerza si es necesario", denuncia Georgetown Institute for Women, Peace and Security.

Además de las restricciones directas contra las mujeres, el reglamento introduce un sistema jerárquico que agrava la discriminación social. El artículo 9 clasifica a la población en cuatro categorías (eruditos religiosos, élites, clase media y clase baja) y establece sanciones más duras, incluidos azotes y amenazas, para quienes se sitúan en los niveles inferiores.

El artículo 15 reconoce expresamente la existencia de personas "libres o esclavizadas", lo que, según el análisis, contradice principios fundamentales del derecho internacional.
Vigilancia constante contra mujeres y niñas

El texto también amplía el alcance del control social al permitir que cualquier musulmán castigue con pistola eléctrica o tasser lo que considere un "pecado" en nombre de la prevención del vicio. Del mismo modo, los esposos tienen la facultad explícita de castigar a sus esposas.

Esta delegación de poder, combinada con artículos que penalizan a quien no denuncie reuniones consideradas subversivas, crea un entorno de vigilancia constante que afecta especialmente a mujeres y niñas, al aumentar el riesgo de denuncias y represalias en la vida cotidiana.

Por su parte, la ONG afgana Rawadari ha denunciado que el documento "no es compatible con ninguno de los estándares básicos de un juicio justo", al vulnerar principios como la igualdad ante la ley, la presunción de inocencia, la prohibición de la tortura o el derecho a una defensa efectiva.

"El contenido es sumamente preocupante y está en claro conflicto con las normas internacionales de derechos humanos y los principios fundamentales del juicio justo, porque según este documento se han oficializado y legalizado la discriminación contra las minorías religiosas y la supresión de las libertades fundamentales de las personas, incluidas las violaciones de la dignidad humana, las violaciones de la libertad de expresión y de pensamiento y las detenciones y castigos arbitrarios", lamentan.


Fuente: Efeminista 

marzo 01, 2026

Sólo 4 directoras que han ganado el Goya en 40 años: Alauda Ruiz de Azúa señala la brecha de género en los premios


Alauda Ruiz de Azúa con su Goya 2026



La ganadora del Goya a Mejor dirección en estos premios destaca cómo, en las cuatro décadas de historia de los Goya, sólo hubo otras tres mujeres en recibir este galardón. 

Los domingos de Alauda Ruiz de Azúa se ha convertido en la máxima sensación de la 40 edición de los Premios Goya, que se celebraron anoche en Barcelona. La cinta llegó a alzarse con cinco galardones, de las 13 nominaciones de las que partía siendo la favorita de la gala.

Entre ellos, Los domingos se llevó el Goya a: Mejor actriz de reparto para Nagore Aranburu, Mejor actriz principal para Patricia López Arnaiz, Mejor película y Mejor guion original para Alauda Ruiz de Azúa, quien también ganó el premio a Mejor dirección.

Durante su discurso recogiendo el Goya a Mejor dirección, Alauda Ruiz de Azúa hizo un repaso a la historia de la gala, que cumplía 40 años este 2026, y estacaba un dato sorprendente para la industria de nuestro país:

"En 40 años de Goyas solo habían ganado tres mujeres en la categoría de dirección: Pilar Miró, Icíar Bollaín e Isabel Coixet -esta última en dos ocasiones-”.

Estas son las 4 directoras que han ganado el Goya en 40 años

Pilar Miró fue la primera mujer en ganar un Goya a mejor dirección por El perro del hortelano (1996), seguida por Icíar Bollaín con Te doy mis ojos (2003) e Isabel Coixet con La vida secreta de las palabras (2006) y La librería (2018).

Ahora, Alauda Ruiz de Azúa se suma a esta irregular lista de las únicas mujeres ganadoras del Goya a Mejor dirección con Los domingos, tras haber triunfado en 2022 como Mejora directora novel en los premios por Cinco lobitos.

Con el Goya en la mano, Alauda Ruiz de Azúa agradeció el premio “a todas las personas que han entendido que el talento no entiende de género, pero que las oportunidades, históricamente, sí”, y también quiso dedicárselo “a las personas que trabajan para que esa desigualdad quede atrás”.


Fuente:Hobby Consolass

febrero 28, 2026

Margaret Mead, la antropóloga que demostró que los roles de género son una construcción cultural

Cuando la ciencia defendía que las diferencias entre hombres y mujeres eran biológicas, viajó al Pacífico para observar otras formas de vida y lo que encontró, transformó el debate: los roles masculinos y femeninos no eran universales, sino culturales.

Por Marta Cuadras

Margaret Mead (1901-1978) fotografiada con una colección de máscaras, en 1928.Granger NY/Album

Cuando Margaret Mead comenzó sus investigaciones en el Pacífico Sur en los años veinte, la ciencia occidental estaba convencida de que las diferencias entre hombres y mujeres respondían a la biología. El temperamento masculino parecía inseparable de la agresividad, el liderazgo o la ambición; el femenino, de la ternura, la dependencia o el cuidado. Sin embargo, Mead fue una de las primeras voces en cuestionar esa supuesta evidencia natural. Sin utilizar todavía el término “género” en su sentido actual, sus estudios sentaron las bases de una idea revolucionaria: los roles masculinos y femeninos no son universales, sino construcciones culturales.


Durante buena parte del siglo XX, Mead se convirtió en una de las intelectuales más influyentes de Estados Unidos. Antropóloga, divulgadora y figura pública, logró acercar el estudio de las culturas humanas al gran público como pocas científicas de su época. A su muerte, en 1978, era la antropóloga más famosa del mundo y una de las mujeres más conocidas del país. Pero su legado va mucho más allá: transformó la manera en que Occidente pensaba sobre la adolescencia, la sexualidad y las diferencias entre los sexos.

UNA VIDA DEDICADA A COMPRENDER OTRAS CULTURAS

Margaret Mead nació en Filadelfia en 1901, en el seno de una familia profundamente ligada al mundo académico. Su padre era profesor de economía y su madre había sido maestra con formación en sociología. Creció en un entorno intelectual que estimuló su curiosidad desde muy joven. Tras iniciar sus estudios universitarios en DePauw University, se trasladó al Barnard College y más tarde ingresó en la Universidad de Columbia, donde se formó bajo la influencia de Franz Boas y Ruth Benedict, dos figuras fundamentales de la antropología cultural.


Boas defendía que no existe una única forma correcta de organizar la vida social: cada cultura debía comprenderse desde sus propios valores y no desde los prejuicios occidentales. Mead adoptó esa perspectiva y la aplicó a uno de los temas más debatidos de su tiempo: la adolescencia.

SAMOA Y EL MITO DE LA ADOLESCENCIA TURBULENTA

En 1925, con apenas 24 años, Mead viajó a la isla de Tau, en Samoa, para estudiar a un grupo de jóvenes mujeres en plena transición hacia la vida adulta. Su objetivo era responder a una pregunta que parecía científica, pero que en realidad escondía un profundo conflicto cultural: ¿es la adolescencia una etapa inevitablemente tormentosa?

Margaret Mead durante su estancia en Samoa, en 1926.


Library of Congress

En Estados Unidos se había popularizado la idea de que la juventud era, por naturaleza, un periodo de crisis, rebeldía y angustia. Psicólogos como Stanley Hall defendían que esos conflictos eran biológicos e inevitables. Mead sospechaba lo contrario: quizá esas tensiones no pertenecían a la naturaleza humana, sino a la sociedad industrial moderna.

El resultado fue Adolescencia, sexo y cultura en Samoa (1928), un libro que se convirtió en un éxito editorial. Mead describía una adolescencia muy distinta a la occidental: en Samoa, las jóvenes crecían en un ambiente comunitario, flexible y poco obsesionado con la competencia. La familia no era una unidad cerrada, sino una red extensa de parientes donde los conflictos podían diluirse sin dramatismo. La sexualidad, además, no estaba rodeada del mismo silencio moralista que en Occidente. Las experiencias afectivas y sexuales prematrimoniales eran comunes y no generaban culpa ni trauma.


Para Mead, la conclusión era clara: la adolescencia no era necesariamente una etapa de crisis biológica. Podía ser serena o conflictiva dependiendo del entorno cultural. Lo que Occidente consideraba “natural” era, en realidad, el resultado de unas condiciones sociales concretas.

NUEVA GUINEA: CUANDO LOS ROLES SE INVIERTEN

Pocos años después, Mead amplió esta línea de investigación al terreno de los roles de género. En la región del Sepik, en Nueva Guinea, estudió tres sociedades y publicó Sexo y temperamento en tres sociedades primitivas (1935). Lo que encontró desafiaba los supuestos occidentales. Entre los arapesh, hombres y mujeres compartían un temperamento cooperativo y pacífico. Entre los mundugumor, ambos sexos eran descritos como agresivos y competitivos. Y entre los tchambuli (hoy llamados chambrí), los papeles parecían invertidos respecto al modelo occidental: las mujeres ocupaban posiciones dominantes y organizadoras, mientras los hombres mostraban mayor dependencia emocional

.

Margaret Mead con su esposo, Gregory Bateson, trabajando cerca de Sepik River, en Nueva Guinea, donde realizaban estudios sobre la población de Iatmul.


Library of Congress

A partir de estas observaciones, Mead sostuvo que los rasgos considerados “masculinos” o “femeninos” no eran inherentes al sexo biológico, sino patrones culturales variables. No existía una única forma “natural” de ser hombre o mujer. El patriarcado, por tanto, no podía presentarse como una consecuencia inevitable de la biología, sino como una organización social específica. Esta distinción entre sexo biológico y género como construcción social fue revolucionaria para su tiempo. Aunque el término “género” aún no estaba plenamente teorizado, Mead anticipó debates que décadas más tarde se volverían centrales en los estudios feministas.

UN LEGADO VIGENTE

Su trabajo abría la posibilidad de imaginar otras configuraciones sociales y cuestionar la supuesta universalidad de la dominación masculina. No faltaron críticas. Algunos contemporáneos consideraron que sus conclusiones estaban excesivamente alineadas con su marco teórico. Más tarde, el antropólogo Derek Freeman cuestionó la exactitud de sus observaciones en Samoa. Sin embargo, más allá de los debates metodológicos, el impacto de Mead fue indiscutible: situó la cultura en el centro de la explicación del comportamiento humano.

Mead no fue una investigadora encerrada en la universidad. A lo largo de su vida combinó el trabajo científico con una intensa vocación divulgativa. Escribió en revistas, dio conferencias, apareció en televisión y aplicó su mirada antropológica a cuestiones contemporáneas como la crianza, la moral sexual, los derechos de las mujeres o la política estadounidense.


Margaret Mead murió en 1978, pero sus preguntas siguen vivas. Si la adolescencia no es inevitablemente conflictiva, si la sexualidad no se vive igual en todas partes, si la masculinidad y la feminidad cambian según el contexto, entonces muchas de las jerarquías que se presentan como naturales son, en realidad, construcciones culturales.




Por Marta Cuadras
Fuente: National Geographic

Sí a la Diversidad Familiar!
The Blood of Fish, Published in