febrero 09, 2026

Maternidad y sueño alterado: estudio pionero revela afectación en el sueño de las madres aun hasta cuando sus hijos tienen 10 años

Foto: Rodrigo Viera Amaral

Investigación sobre la calidad del sueño de las madres con criaturas de hasta 10 años muestra que el 85% de ellas duermen entre mal y muy mal, aunque hay fluctuaciones según la edad de sus botijas.

1. El idioma español es maravilloso. Y el español uruguayo también: gracias a él podemos apelar para esta nota a botija para referirnos a las pequeñas y pequeños por igual. El término infante también podría funcionar, pero no suena tan afectuoso ni cercano. Ya que el estudio que reportamos aquí es una muestra de la originalidad y pertinencia de la ciencia uruguaya, apelar a un término local nos parece doblemente tentador.

2. Es sabido que la llegada de una criatura altera la vida de todas las personas que la rodean. Entre la gran maraña de cambios que un nacimiento trae aparejados, es sabido que el sueño de la madre se ve afectado (también puede serlo el de otros integrantes del núcleo familiar). Durante el primer año de vida el sueño es policíclico, es decir que presenta varios ciclos que no coinciden con los de los progenitores o quienes estén cuidando a la criatura. A eso se suman otros factores, como la necesidad de alimentarla, la novedad de una relación en la que todo está por explorarse e incluso otros tales como la cultura en la que vivimos, las convenciones sociales, las condiciones materiales donde duermen y se crían las criaturas y las madres, etcétera.

El tema está muy estudiado, sobre todo en el hemisferio norte. Aun así, poco sabemos sobre cómo el sueño materno se ve impactado a medida que la botijada crece. ¿Retornan las madres a un sueño de calidad cuando sus botijas alcanzan los 2, 3, 5, 7 o 10 años? Por loco que parezca, la pregunta no había sido objeto de investigación científica hasta que un grupo activo de la Facultad de Medicina de la Universidad de la República (Udelar), que lleva tiempo estudiando el sueño materno, decidió abordarlo. ¡Qué maravilla!

Los resultados de su investigación fueron publicados recientemente en un artículo precisamente titulado “El sueño materno durante los primeros diez años de vida del botija” (el título está en inglés y usan la palabra child, que, como botija, aplica a niños y niñas por igual). Sin embargo, lo que revela no es tan maravilloso: apelando a encuestas sobre la calidad de sueño de 1.189 madres con botijas de entre 0 y 10 años, el trabajo muestra que la gran mayoría de las madres de Uruguay –¡más de 8 de cada 10!– está durmiendo mal. Y entre ellas, algunas están durmiendo extremadamente mal: 12% de las madres de bebés-botijas hasta los 2 años, 9% de las de preescolares y 10% de las de escolares obtuvieron puntuaciones que las colocan en la categoría más alta de la peor calidad de sueño.

3. El trabajo, que lleva la firma de Natalia Schwarzkopf, Mayda Rivas, Florencia Peña, Pablo Torterolo y Luciana Benedetto, de la Unidad Académica de Fisiología de la Facultad de Medicina de la Udelar, Andrea Devera, de la Unidad Académica de Neonatología del Hospital de Clínicas de la mencionada facultad, y Ana Hernández, del Área Inmunología de la Facultad de Química de la Udelar (y también de la Facultad de Ciencias y del Instituto de Higiene), no se limita a describir una realidad hasta ahora inexplorada, sino que además indaga en factores que podrían ser protectores para tener un mejor sueño y otros que predicen su deterioro. Sobre algunos se puede intervenir en lo inmediato, mientras que otros tienen que ver con cuestiones más complejas o difíciles de cambiar. Aun así, la ciencia nos vuelve a mostrar su valor: al describir un fenómeno nos ayuda a pensar cómo eso podría ser de otra manera. ¡Aplausos de pie para esta gente, por favor!

Así que más rápido de lo que un botija recién nacido nos saca una sonrisa empática, salimos al encuentro de Luciana Benedetto para conversar sobre este fascinante trabajo.


Una investigación en la que los datos mandan

Al leer esta introducción (o el artículo científico) podemos pensar que el grupo se propuso estudiar el sueño materno hasta los 10 años de sus botijas para llenar un vacío en la ciencia. Pero las cosas nunca son tan lineales ni sencillas como parecen.

“Lo primero que nos propusimos fue estudiar qué pasaba con el sueño de las madres humanas durante los primeros 18 meses o dos años luego del parto”, dice Luciana.

Lo de “humanas” no está de más, porque ella y su grupo vienen estudiando el sueño materno desde hace tiempo pero en un modelo animal, en concreto, en mamás ratas. Por ejemplo, descubrieron que en las madres ratunas la falta de sueño afectaba tanto la composición de la leche como los comportamientos maternales (acicalaban menos a sus crías, entre otras cosas). Tras años de estudiar el sueño materno en ratas, ahora se habían propuesto ver qué pasaba con las madres humanas.

“Empezar a armar la encuesta fue nuestra primera aproximación a estudiar madres humanas. Tras lanzarla, madres con nenes más grandes empezaban a contestar, porque no habíamos puesto un límite de edad, hablábamos simplemente de bebés, niños o niñas. Y entonces se nos hizo evidente que la mala calidad del sueño trascendía el posparto, que es donde la mayor parte de los trabajos se centran”, confiesa Luciana.

Eso además se apoyaba en su propia experiencia como madre. Con su hijo de 7 años, más testimonios recogidos de varias madres por fuera de la encuesta, ya tenían una pauta de que la afectación del sueño iba más allá de esos dos años en que se enfocaba casi toda la literatura científica. El asunto es que, por más que se sabía o se sospechaba, no había datos ni estudios al respecto.

“La literatura es casi infinita sobre el sueño en el posparto, es decir, hasta el año o el año y medio. Sobre el sueño materno que abarque hasta los cuatro o cinco años hay cuatro o cinco artículos, la mayoría de Europa. Con base en las respuestas que íbamos recibiendo de las encuestas, fuimos avanzando de a poquito con las edades y llegamos hasta los 10 años”, sostiene Luciana.

Lo que dice es lógico: no es que cuando sus botijas tienen 10 años las madres ya recuperan la calidad del sueño. Es más, 72% de las madres con hijos o hijas de entre 6 y 10 años reportaron no tener un sueño de calidad.

“El sueño, más allá de la biología del sueño y la estructura biológica de cada uno, es un proceso cultural, está determinado por la geografía donde uno vive y por la cultura en la que uno está. Pero la mayoría de los trabajos sobre el sueño de las madres vienen de Estados Unidos o de Europa, es decir, del primer mundo, así que lo que está reportado no necesariamente es lo sucede en nuestros países”, aclara Luciana.

Ya lo sabemos por la cronobiología: aquí tenemos horarios y particularidades del sueño distintas. Lo normal en un país anglosajón no es lo normal aquí: ellos cenan temprano en la tarde (temprano para nosotros), nosotros por lo general nunca antes de las 20.00 (muy tarde para ellos).

“Entonces, si hubiera un artículo igual al nuestro pero con datos de un país de Europa, de todas maneras es importante hacer estos estudios en nuestra región, en nuestra sociedad, para ver cómo dormimos nosotros y las madres aquí”, puntualiza Luciana. ¡Claro que sí!
¿Tenemos datos de la población general para comparar el sueño de las madres?

El trabajo se centró entonces en ver, encuesta mediante, qué calidad de sueño decían tener las madres, por lo cual sería interesante ver qué diferencias hay entre el sueño de mujeres que no son madres y el de mujeres que lo son, o respecto de los hombres que son padres y los hombres que no lo son. Y el asunto es que no tenemos trabajos que nos digan cómo es la calidad del sueño de los habitantes de Uruguay, menos aún con este índice de Pittsburgh (PSQI, por su sigla en inglés), en el que, recordemos, valores entre 0 y 5 indican buena calidad de sueño, y los de entre 6 y 21 distintos grados de mal sueño. Bueno, en realidad hay uno.

En 2023 se publicó un estudio, en el que participaron tanto Pablo Torterolo como Luciana, ambos autores también de este trabajo, en el que se reportaba, con la misma metodología, la calidad del sueño de la población uruguaya a inicios de la pandemia, en concreto, en mayo de 2020. Allí se reportó que 63% de los encuestados tenía mala calidad de sueño (6 puntos o más). Ese sería nuestro parámetro de comparación, con la salvedad de que se tomó en un contexto de pandemia.

“Lo interesante de ese trabajo es que vimos que toda la población uruguaya, en general, duerme mal. El promedio en este índice de Pittsburgh fue de 7,4. En esa escala de 0 a 5 dormís bien, de 6 en adelante es mala calidad y cuanto mayor el valor, peor dormís”, explica Luciana. “También vimos allí que los hombres dormían mejor que las mujeres”, señala. En efecto, en el trabajo reportan que el promedio de las mujeres fue 8,2 puntos, mientras que el de los hombres fue 6,4. Al inicio de la pandemia las mujeres estaban durmiendo peor que los hombres. Pero ¿serían generalizables esas mediciones pandémicas?

“Ahora mandamos a publicar un nuevo estudio sobre qué pasó con la calidad de sueño después de la pandemia. A modo de adelanto, los valores son prácticamente los mismos”, desliza Luciana. Así que sí, algo para comparar tenemos.

“Pero lo interesante, que trasciende la maternidad, es que si comparás esas puntuaciones con las de otros países, los uruguayos dormimos bastante mal. Hay países en los que el promedio de la población es de 5 o 6, mientras que acá, en ese trabajo durante la pandemia, obtuvimos un promedio de 7,4 y 7,2, respectivamente”, remarca Luciana.

Pues bien, todas las madres, con botijas de entre 0 y 10 años, en promedio puntuaron aún peor: ¡9! Así que podemos decir que el primer gran resultado de ese trabajo que hicieron con madres de botijas de entre 0 y 10 años es que nos permite afirmar que las madres duermen peor que el promedio de las mujeres de Uruguay (9 vs. 8,2 para madres y no madres en el estudio en pandemia).

El presente estudio reporta también que 85% de estas madres obtuvo una puntuación superior a 5, límite de lo que se considera una buena calidad de sueño, cuando sólo 63% de los encuestados durante el inicio de la pandemia obtuvo más de 5 puntos.

El trabajo también arroja que ese sueño no pasa de muy malo en los dos primeros años de la maternidad a mejor a medida que crece la botijada, sino que hay idas y vueltas.
Cambios con la edad

En efecto, en el trabajo reportan que “la calidad del sueño de las madres fue particularmente baja” en las madres con bebés y botijas de hasta 2 años, luego registró “una mejora significativa hacia los 3 años, empeorando de nuevo a los 4 y 5 años, para finalmente mejorar hacia los 8-10 años”.

“Vimos que las madres duermen mal durante los primeros 10 años. Duermen muy mal durante los primeros 2 años, mejoran un poco a los 3, vuelven a empeorar entre los 4 y 5 años, para recién mejorar un poquito a partir de los 8. Pero tampoco es que mejore su calidad de sueño, más bien es como que desempeora”, comenta Luciana sobre este otro gran hallazgo del trabajo.Apoyá nuestro periodismo.
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Si vamos a las tres categorías analizadas en el trabajo, las de madres de bebés-botijas de hasta 2 años, las madres de preescolares (con botijas de 3 a 5 años) y las de escolares (con botijas de entre 6 y 10 años), vemos que las madres de escolares puntuaron en promedio 8 puntos, contra 10 de las madres de bebés-botijas.

Factores que inciden en el sueño de las madres

En el artículo señalan que analizaron “los posibles factores que pueden mejorar o empeorar la calidad del sueño materno en las diferentes etapas de los niños y niñas, incluyendo variables sociodemográficas (edad materna, nivel educativo, ocupación), características del sueño del botija y dinámica familiar nocturna”. ¿Qué vieron?

“Independientemente de la edad del niño, los despertares nocturnos de los niños eran una de las cosas que predisponían más a la mala calidad de sueño de las madres. Fue un resultado interesante porque fue muy significativo en todos los grupos”, comenta Luciana. “Y más interesante aún es que en los niños más grandes el impacto de los despertares nocturnos era mayor en las mamás. Uno pensaría que ocurriría lo contrario, pero el impacto era más fuerte a medida que crecen”.

¿Qué podría estar explicando este dato extraño? “En el primer año de vida de los niños el sueño es policíclico y luego, generalmente, alcanzan un desarrollo neurológico que les permite dormir casi toda la noche de corrido”, comienza diciendo Luciana. “Pero es allí que muchos niños empiezan, por ejemplo, con el miedo a dormir o con el miedo a dormir solos, con los terrores nocturnos. Al mismo tiempo, a medida que empiezan a ser más autónomos, se dan otras cosas, como cambiarse de cama, resistencia a ir a la cama, de manera que no todos los niños logran dormir durante toda la noche de corrido al año por todo este tipo de situaciones. Así que luego de ese sueño policíclico, tras el año, empiezan distintos cambios en el desarrollo del niño que generan que su sueño se vea alterado. Todo eso hace que muchas madres continúen con una mala calidad de sueño más allá del primer año de vida”, ensaya Luciana.

“También vimos que en el caso de las madres con los bebés y niños más chicos impactaba lo que nosotros definimos como ‘la dinámica familiar nocturna’, que incluye cosas como si alguien colabora en los despertares nocturnos o si la mamá comparte la cama con su bebé o niño”, agrega.

“Además vimos que en los casos de los bebés y niños más chicos, en los hogares monoparentales las madres tienden a presentar una peor calidad de sueño. Creo que eso puede estar asociado a que en los hogares monoparentales se tiende a practicar más el colecho”, dice Luciana, embalándonos con un futuro trabajo que abordará justamente eso, el colecho. Pero eso lo veremos cuando publique sus resultados.

También reportan que el nivel educativo incide en la calidad de sueño. Y ya sabemos que el nivel educativo es un indicador socioeconómico. “Sí, las madres con mayor nivel educativo tenían mejor calidad de sueño, pero eso es bien complejo de analizar. No es que como estudiaron más duermen mejor. Tal vez nos esté diciendo que capaz que no hay un lugar suficiente, un cuarto separado, no hay disponibilidad de otra cama, o es un efecto del estrés laboral, la preocupación por llegar a fin de mes... Son diversos factores los que pueden influir en esto que vemos”, contextualiza Luciana.

Un factor protector del buen sueño resultó ser que las madres hicieran ejercicio al menos media hora entre dos y tres veces por semana. Las madres que hacen ejercicio duermen un poco mejor que aquellas que no hacen. “La actividad física trascendió la edad de los niños, es decir, siempre que la madre hacía ejercicio, independientemente de la edad de su hijo, era un predisponente a una mejor calidad de sueño”, dice Luciana, y agrega que tanto eso como el efecto del nivel educativo ya han sido reportados como predictores de una mejor calidad de sueño en población general.
La importancia de dormir bien durante la maternidad

“El posparto es una ventana para un montón de trastornos emocionales, para agudizar una enfermedad precedente o para generarse una nueva. La mala calidad de sueño de la madre es un factor de riesgo para todo eso. Y eso puede afectar el vínculo que tiene esa madre con su bebé o pequeño, algo que puede terminar repercutiendo en el desarrollo emocional de ese niño. Entonces, la madre que duerme bien tiene muchas más chances de que su niño esté más sano en muchos aspectos”, comenta Luciana. “En este sentido, es importante destacar que las consecuencias de la fragmentación del sueño que experimentan las madres son similares a diversas patologías de sueño, sólo que no se considera una patología. No por ello sus consecuencias desaparecen”, agrega.

Lo que dice se ata con la investigación que acaba de publicar junto con otros colegas, que suma nueva y original evidencia a cómo el mal sueño de las madres puede afectar a las crías, en este caso al sistema inmunológico. La investigación no se realizó en madres humanas, sino en ratas, ya que sería muy poco ético privar a madres de sueño durante toda una semana para ver cómo eso impacta en el sistema inmune y el de sus crías.

El trabajo, titulado algo así como “Efectos diferenciales de la restricción del sueño posparto sobre la inmunidad materna y de la descendencia en la rata”, muestra, por primera vez para la ciencia de aquí y de todas partes, que una madre que duerme mal afecta las defensas de sus crías, en este caso concreto, al disminuir la presencia de determinadas inmunoglobulinas y aumentar la cantidad de linfocitos en sus crías tras haber tenido restricciones de sueño (un día y cinco días, respectivamente). Las ratas no son humanos, pero, dado que somos mamíferos y estamos muy emparentados, se usan justamente de modelo para estudiar cosas que, con alta probabilidad, se dan también en nosotros.

“Florencia Peña, que antes era mi estudiante, ahora como investigadora consolidada se está dedicando a estudiar la parte inmunológica dentro de esta línea de trabajo de cómo afecta la privación del sueño en distintos aspectos de la madre y de las crías”, relata Luciana.

“Sabemos que las madres duermen mal en muchas especies, pasa tanto con las ratas como en los humanos. Pero en nuestro caso eso se ve afectado además por factores sociales. Nosotras al poco tiempo de tener un hijo comenzamos a trabajar, viene el estrés laboral, preocupaciones y distintos factores que hacen que duermas peor todavía. En este trabajo la idea fue agregarle una pequeña restricción de sueño de seis horas a las ratas y ver qué le pasaba a la mamá”, cuenta.

“Vimos que un único día de restricción de sueño alteraba la composición de la leche y que cuando esa restricción de sueño se acumulaba a lo largo de los días, se reducía el comportamiento maternal. Lo interesante es que en los aspectos inmunológicos que estudiamos y reportamos en este trabajo, leucocitos y determinadas inmunoglobulinas, vimos que en la madre no estaban afectadas, pero en las crías sí. Esa afectación del sistema inmunológico de las crías a través de una privación del sueño de las madres nos pareció interesantísima, porque en estos experimentos a las crías no las tocamos”, comenta Luciana.

Esto vuelve a hacer más importante el mensaje de que tenemos que cuidar el sueño de las madres. Se afecta su salud, se afectan sus comportamientos maternales, se afecta la composición de la leche, y ahora sabemos que también se afecta el sistema inmunológico de las crías.

“Se da por hecho el decir que luego del parto la madre duerme mal, que es algo natural, parte de la biología, ya que pasa en todas las especies de mamíferos en las que eso se ha estudiado. Pero eso no quiere decir que no tenga consecuencias, tanto para ellas como para los niños”, enfatiza Luciana.

“No podemos dar por hecho que esto es así y no hacer nada. A la madre se le presta poca atención, pero lo cierto es que muchas están mal dormidas y sintiéndose mal, porque si uno duerme mal, se siente mal. Por más que naturalicemos eso, cosa que no creo que haya que hacer, si nos importa el niño, la niña o la cría, tenemos que partir de la idea de que para que los niños y niñas estén bien, la madre tiene que estar bien”, afirma con lógica irrefutable.
Las que peor duermen

Volvamos a los resultados humanos. Los promedios nos dicen cosas, pero no dejan de ser números que minimizan el impacto entre quienes están en el extremo. El promedio de las más de mil madres encuestadas en esta escala de calidad de sueño fue 9, cuando los valores para una buena calidad de sueño se ubican entre 0 y 5.

Las madres en ese rango de buena calidad de sueño son pocas: 14% entre las que tenían bebés-botijas (cerca de 1 de cada 7), 20% de las que tenían preescolares (1 madre de cada 5) y 29% de las que tenían escolares (menos de una 1 de cada 3).

Por su parte, las que presentaban peor calidad de sueño, es decir, las que puntuaron entre 14 y 21, fueron 12% entre las madres de bebés-botijas (1 de cada 12 madres), 9% entre las de preescolares (casi 1 de cada 10 madres) y 10% entre las de escolares (1 de cada 10 madres). Para todas ellas, más que de sueño, habría que hablar de una pesadilla.

Esto debería llamarnos a la acción. Es decir, si bien dormir mal durante la maternidad parece ser una regla, hay algunas madres que están durmiendo aún peor que otras. Más allá de intentar mejorar el sueño de todas, ese grupo de las que peor duermen debiera llevarnos a pensar estrategias para cambiar, cuanto antes, esa situación. Una de cada diez madres tiene un sueño ya no malo, sino pésimo. Si actuáramos en ese extremo, bajaríamos el promedio también.

“Es interesante, porque es como mirarlo de otra manera. Siempre me centré en ver que el grueso de la población puntuaba entre 6 y 14. Entre 60% y 70% de la población en cada uno de los grupos estaba ahí. Pero esos extremos como que los dejé medio de lado. Está bueno pensar qué pasa si intervenimos ahí”, dice Luciana.

“Hay muchos trabajos que tratan de ver distintas intervenciones para mejorar el sueño de la madre. De hecho, la primera autora del trabajo, Natalia Schwarzkopf, está viendo justamente cómo la incorporación del padre a la dinámica familiar nocturna logra mejorar la calidad de sueño de la madre. Ella es médica y consultora de sueño infantil, por lo que le llegan familias que ya no saben qué hacer porque están con problemas serios de sueño del niño. La idea es ver cómo mejorar la calidad de sueño de esa familia”, dice en ese sentido.

Parte del trabajo científico es mostrarnos qué está sucediendo. Sólo sabiendo dónde estamos parados podemos intervenir para cambiar las cosas.

“Sí, lo importante de este trabajo es tratar de describir esta realidad. Tenemos madres mal dormidas. La mayoría está trabajando, o están en su casa haciendo todas las tareas mal dormidas, con las consecuencias que puede tener eso en la madre, en el niño, en accidentes laborales, en accidentes en la casa, etcétera”, dice Luciana.

Y encima a esto le agregamos otra capa: la tasa de natalidad en Uruguay está bajando. Cada vez tenemos menos niños y niñas. Se ha dicho que ante ese escenario deberíamos dedicar más recursos y atención al desarrollo de cada uno de ellos. Si sabemos que las madres están durmiendo mal, que eso afecta la calidad de su leche, su comportamiento y el sistema inmunológico de sus hijos e hijas, deberíamos tomar eso en consideración para pensar una batería de herramientas sociales y de salud para atenuar el impacto.

“Sí. Una de las cosas que hablamos justamente es de las licencias maternales y paternales. Las licencias paternales son muy cortas, de no más de 20 días, cuando en realidad la crianza tiene que hacerse en equipo. La cría humana está muy poco desarrollada, necesita tantos cuidados desde los primeros meses, que realmente hace la diferencia ser dos”, dice Luciana. “Tener políticas públicas que permitan el descanso, no tener que salir a trabajar enseguida y demás sería valioso”, agrega.

Le pregunto qué le gustaría que pasara con este trabajo.

“Lo que primero queríamos hacer era caracterizar la situación, ver dónde estamos parados. Nuestra intención es, de a poco, tomar las preguntas que tenemos respondidas a nivel preclínico, en animales de laboratorio, y ver qué pasa en las madres humanas, para ir haciendo algo más traslacional”, sostiene.

“Si a alguien le interesan estos datos que arroja el estudio para hacer colaboraciones como para poder llevar esto al ámbito de las políticas públicas y de salud, sería fantástico. Nosotros somos muy bichos de laboratorio, como que nos cuesta un poco salir. Pero sin dudas, si alguien se interesa en todos estos resultados, nos encantaría ayudar desde nuestro lado”, redondea Luciana.

Claro que los datos son de profundo interés. Y en una sociedad justa y organizada, los bichos de laboratorio, como se define Luciana, son tan valiosos como las cosas que nos hacen ver. “Hasta donde sabemos, este es el primer reporte que hace foco en el sueño materno hasta los 10 años de edad del niño”, dicen en el trabajo. Primero, no sólo acá, sino en la ciencia publicada a nivel internacional. ¡Chapeau! Quien quiera hacer algo tiene en este grupo de investigadoras e investigadores gente que pierde el sueño pensando en la calidad del sueño materno.

Publicación: Sleep Medicine (noviembre de 2025)
Autores: Natalia Schwarzkopf, Mayda Rivas, Florencia Peña, Andrea Devera, Pablo Torterolo, Ana Hernández y Luciana Benedetto.

Publicación: Brain Behavior and Immunity (diciembre de 2025)
Autores: Florencia Peña, Claudio Rodríguez, Ana Hernández, Mayda Rivas, Anderson Saravia, Diego Serantes, Juan Pedro Castro, Pablo Torterolo, Teresa Freire y Luciana Benedetto.

Publicación: Anales de la Facultad de Medicina (2023)
Autores: Pablo Torterolo, Luciana Benedetto, Noelia Copiz y Santiago Peyrou.

Claves de esta investigación
  • Existe mucha literatura científica sobre cómo duermen las madres humanas durante los primeros meses después del parto, pero pocos trabajos abordan el tema más allá del año y medio o dos de las criaturas. Salvo un trabajo de Brasil, nada se ha estudiado sobre el sueño materno en América Latina.
  • El grupo de investigación se propuso estudiar la calidad del sueño de las madres de botijas de 0 a 10 años y los factores socioculturales asociados en Uruguay.
  • Recurrieron a una encuesta en línea llevada a cabo entre diciembre de 2022 y junio de 2023, en la que participaron 1.189 madres de botijas de 0 a 10 años.
  • La encuesta incluía preguntas del índice de calidad del sueño de Pittsburgh, en el que la puntuación de 0 a 5 implica un buen sueño, mientras que los valores del 6 a 21 reflejan un deterioro creciente de esa calidad.
  • El primer dato preocupante es que “la puntuación media del índice para todas las madres fue 9”, mientras que 85% obtuvo una puntuación superior a 5, límite de lo que se considera una buena calidad de sueño.
  • Las madres de niños de hasta 10 años estarían durmiendo peor que la población general, ya que otro estudio arrojó en 2020 que 63% de los encuestados estaba por encima de los 5 puntos (siendo la puntuación promedio 7).
  • La mala calidad del sueño de las madres varió de acuerdo a la edad de sus botijas: “fue particularmente baja” en las madres con botijas de hasta 2 años, luego registró “una mejora significativa hacia los 3 años, empeorando de nuevo a los 4 y 5 años, para finalmente mejorar hacia los 8-10 años”.
  • Para el análisis se dividió a las madres en tres categorías: las que tenían bebés o botijas de hasta 2 años, las que eran madres de preescolares (3 a 5 años) y las de escolares (entre 6 y 10 años).
  • Las madres que presentaban peor calidad del sueño (puntuación entre 14 y 21) fueron 12% de las de bebés-botijas, 9% de las de preescolares y 10% de las de escolares.
  • Al analizar qué factores incidían, reportan que “un mayor nivel educativo y realizar actividad física aumentaron la probabilidad de tener una buena calidad de sueño”.
  • Por su parte, “los despertares nocturnos de los botijas aumentaron consistentemente la probabilidad de que la madre tuviera una mala calidad de sueño” en todas las edades, siendo “la fuerza de esta asociación mayor en las madres de botijas mayores”.
  • En el caso de las madres con botijas pequeños, “otros aspectos” de su sueño “y la dinámica familiar social y nocturna”, como la “organización para dormir, la composición familiar y la colaboración de otro adulto durante el cuidado nocturno del botija”, también fueron factores predictores de la calidad de sueño.
  • Así, concluyen que “las alteraciones del sueño materno se extienden mucho más allá del posparto” y que, por lo tanto, “es crucial generar conciencia en el público general y en profesionales de la salud para brindar un mejor apoyo a las mujeres que experimentan afectaciones del sueño durante la maternidad”.
  • También señalan que, hasta donde saben, este “es el primer reporte que hace foco en el sueño materno hasta los 10 años de edad del botija”.

Fuente: La Diaria.es

febrero 08, 2026

Cumbres Borrascosas: por qué releer el clásico desde el feminismo hoy

La nueva adaptación de Cumbres Borrascosas invita a releer el clásico de Emily Brontë como una historia sobre deseo, violencia y supervivencia en un mundo patriarcal.



Probablemente leíste Cumbres Borrascosas en la adolescencia o en la juventud. Tal vez fue una lectura obligatoria en la escuela, un libro heredado o un clásico que prometía una gran historia de amor. Quizá lo recuerdas como intenso, oscuro, incómodo… o directamente como una tragedia romántica.

Hoy, casi dos siglos después de su publicación, ese mismo clásico vuelve a colocarse en el centro de la conversación porque está a punto de invadir nuestras pantallas nuevamente. Emerald Fennell, la mente detrás de Saltburn, estrena el 12 de febrero una nueva adaptación protagonizada por Margot Robbie y Jacob Elordi.

Aunque la elección del elenco ha desatado críticas porque Margot tiene 35 años y Catherine muere antes de los 18, y porque Elordi no refleja los rasgos oscuros y racializados de Heathcliff (perdón por el spoiler), la directora aseguró que su objetivo es capturar esa oscuridad que a muchas personas nos impactó en la adolescencia. Pero antes de correr al cine, te contamos por qué es importante analizar este clásico.

¿De qué trata Cumbres Borrascosas?

Publicada en 1847 por Emily Brontë bajo el seudónimo masculino de Ellis Bell, la novela es una de las obras fundamentales de la literatura inglesa. Se desarrolla en los páramos salvajes de Yorkshire y sigue la vida de dos familias, los Earnshaw y los Linton, cuyas historias quedan marcadas por la llegada de Heathcliff. Y aquí van spoilers (ups).


Más que un romance, la novela explora:

  • El vínculo entre Heathcliff y Catherine Earnshaw: una relación intensa, obsesiva y destructiva, donde Catherine afirma que ambos comparten la misma alma.
  • El conflicto de clase: Catherine ama a Heathcliff, pero decide casarse con Edgar Linton para asegurar estabilidad económica y estatus social.
  • La venganza como proyecto de vida: Heathcliff regresa años después convertido en un hombre rico y dedica su existencia a destruir a quienes lo humillaron.
  • El ciclo de violencia heredado: la crueldad se extiende a la siguiente generación hasta que, parcialmente, se rompe con la relación entre la joven Cathy y Hareton.
  • La novela no idealiza el amor: lo exhibe como una fuerza capaz de volverse posesión, castigo y aniquilación.

Emily Brontë: la mujer detrás del mito

Emily Brontë nació en 1818 en una casa parroquial rodeada de páramos. Fue una mujer reservada, marcada por la muerte temprana de su madre y de dos de sus hermanas mayores. Charlotte Brontë describía a Emily como alguien en cuyos sentimientos no se podía “inmiscuir sin permiso”, de acuerdo con el artículo Amor portentoso, más allá de la muerte. 175 años de extrañar a Emily Brontë de Isabel del Valle.

Como muchas escritoras del siglo XIX, Emily publicó bajo un nombre masculino para ser tomada en serio. Murió a los 30 años por tuberculosis sin saber que su única novela se convertiría en un clásico incómodo, radical y profundamente político.

Desde la crítica literaria, investigadoras como Beatriz Dávilo, en su tesis Subjetividad femenina y literatura en la Inglaterra decimonónica. Una lectura de Cumbres Borrascosas, sostienen que Brontë dio un “colosal salto en el vacío” frente a sus contemporáneos al otorgarles a sus personajes femeninos el derecho de narrarse y explorar una subjetividad desgarrada.

Una relectura feminista: el amor como dispositivo de poder

Pensar Cumbres Borrascosas hoy implica dejar de entender el amor solo como una emoción intensa y empezar a mirarlo como una estructura que organiza la vida, los cuerpos y las jerarquías. La escritora Aura García-Junco propone en Cuando hablamos de amor que el amor funciona como un “dispositivo de organización social”, una arquitectura invisible que distribuye poder.

En ese sentido, Coral Herrera advierte en Lo romántico es político que el mito del “amor que todo lo puede” opera como una religión: promete salvación mientras oculta desigualdades, dependencias y violencias. Brigitte Vasallo nombra las consecuencias de estos modelos con una imagen brutal: vínculos que dejan “cadáveres emocionales”.

Leída desde aquí, Cumbres Borrascosas no cuenta una historia romántica, sino el despliegue de un modelo de amor basado en posesión, sacrificio, dependencia y crueldad.

Esta es nuestra relectura feminista de la novela: una mirada que no separa a los personajes, sino que los entiende como parte de un mismo entramado de violencias, jerarquías y resistencias.

Catherine Earnshaw suele leerse como una heroína romántica caprichosa, pero vista hoy aparece más bien como una mujer atrapada entre deseo y supervivencia. Sabe que amar a Heathcliff implica pobreza y exclusión, y que casarse con Edgar le garantiza estabilidad.

Como señala Beatriz Dávilo, su famosa “traición” no es moral, sino estructural: es el resultado de una sociedad que no ofrece a las mujeres autonomía económica. Su rebeldía —su carácter feroz, su vínculo con los páramos, su negativa a ser dócil— es una forma de resistirse al molde que intenta domesticarla.

Isabella Linton encarna la parte más brutal de ese mismo sistema. Cree que el amor puede salvarla y huye con Heathcliff, solo para descubrir que es utilizada como instrumento de venganza. Su historia muestra cómo el matrimonio puede convertirse en una trampa legalizada de abuso y aislamiento. Que Isabella escape y críe sola a su hijo no es un detalle menor: es uno de los gestos más claros de ruptura con el destino que se le había asignado.

Masculinidades rotas

La novela también deja al descubierto cómo el patriarcado no solo oprime a las mujeres, sino que fabrica masculinidades atravesadas por la violencia.

Heathcliff es construido desde el inicio como el otro: un niño racializado, sin linaje ni pertenencia, despojado de educación y tratado como animal. Desde la lectura ecofeminista de María Isabel Romero-Pérez en “El modelo del amo en Cumbres Borrascosas de Emily Brontë: una lectura ecofeminista”, encarna la figura del esclavo frente al amo.

Cuando adquiere poder, no rompe el sistema que lo violentó: aprende sus reglas. Usa la ley, la propiedad y el dinero para vengarse, y termina convirtiéndose en un nuevo tirano. Su historia muestra cómo la violencia estructural produce sujetos que reproducen aquello que los destruyó.

Hindley Earnshaw, hermano de Catherine, encarna otra expresión de esta masculinidad: la del hombre incapaz de tramitar el dolor. Tras la muerte de su esposa, se hunde en el alcohol y descarga su frustración sobre Heathcliff y sobre su propio hijo, Hareton. Su figura deja ver cómo el patriarcado genera hombres emocionalmente mutilados, que transforman la pérdida en crueldad.

Edgar Linton representa una cara distinta del mismo sistema: la del privilegio respetable. Es educado, correcto y aparentemente amable, pero su poder descansa en la herencia, el dinero y el estatus. Su vínculo con Catherine está atravesado por la expectativa de que ella encaje en el ideal de esposa dócil, ordenada y contenida.

Esta lógica no es exclusiva del siglo XIX. En esta nota, Luz Galindo y Tania Meléndez analizan la masculinidad como una construcción social basada en mandatos de género que legitiman la violencia y exigen una profunda desconexión emocional. Las autoras explican que la sociedad organiza un sistema binario donde lo masculino ocupa un lugar de superioridad, creando relaciones de dominación que vuelven “normal” el ejercicio de la violencia.

Al respecto, Jorge Zetina, responsable de prevención en GENDES —organización que trabaja con hombres para construir relaciones igualitarias—, señala en esta nota que esta supresión emocional no es accidental: es una herramienta que sostiene al sistema patriarcal y que moldea desde edades tempranas la forma en que los hombres aprenden a sentirse y a vincularse.

La masculinidad hegemónica funciona, así, como una especie de “arte de no sentir”: a los varones se les enseña a desechar sus emociones para mostrarse fuertes, invulnerables, dominantes y agresivos. Quienes se salen de ese guion —los etiquetados como “afeminados” o “poco hombres”— enfrentan sanciones sociales que van desde la burla hasta la exclusión y la violencia directa.

Entonces, ¿cómo mirar la nueva película?

Cuando vayas a ver la adaptación de Emerald Fennell, tal vez convenga no buscar un romance gótico, sino una historia sobre deseo, rabia, clase y supervivencia.

Cumbres Borrascosas no es una fantasía de amor eterno. Es el retrato de lo que ocurre cuando el amor se confunde con posesión en un mundo profundamente desigual.

Y quizás por eso, casi dos siglos después, sigue siendo tan incómoda.



Fuente: La Cadera de Eva

febrero 07, 2026

¿Qué son los micromachismos y por qué no deben considerarse «micros»?



En nuestra vida cotidiana, existen pequeños gestos, comentarios y actitudes que parecen inofensivos pero que esconden una realidad más compleja y preocupante. Estas conductas sutiles, que muchas veces pasan desapercibidas, son conocidas como micromachismos, y aunque su nombre incluya el prefijo «micro», su impacto en la vida de las mujeres es todo menos pequeño.

Definición y origen del término micromachismo

El término «micromachismo» fue acuñado en 1991 por Luis Bonino Méndez para describir lo que él llamó «pequeñas tiranías» o «violencia blanda» contra las mujeres. Estas conductas, actitudes y gestos sutiles son casi imperceptibles en el día a día, pero reflejan y perpetúan la dominación histórica masculina que ha caracterizado nuestras sociedades durante siglos.

Los micromachismos no son actos aislados ni inofensivos que ocurren por casualidad. Forman parte integral de un sistema patriarcal profundamente arraigado que limita sistemáticamente la libertad, la autonomía y la capacidad de decisión de las mujeres en todos los ámbitos de su vida.

La mayoría de estas conductas son inconscientes, producto de una socialización de género que hemos internalizado desde la infancia. Tanto hombres como mujeres las reproducen sin cuestionarlas, porque forman parte de lo que consideramos «normal» en nuestras interacciones sociales. Sin embargo, esta normalización es precisamente lo que las hace más peligrosas y difíciles de erradicar.

Por qué los micromachismos no son «micro»

El uso del prefijo «micro» puede ser engañoso y hasta contraproducente. Aunque estas conductas parezcan pequeñas o insignificantes de manera individual, su efecto acumulativo es profundo, sostenido en el tiempo y verdaderamente devastador para la vida de las mujeres. Es como las gotas de agua que caen constantemente sobre una piedra: cada gota parece inofensiva, pero con el tiempo pueden erosionar incluso la roca más dura.

Estos comportamientos refuerzan sistemáticamente los roles de género tradicionales, invisibilizan las contribuciones y capacidades de las mujeres, y perpetúan desigualdades estructurales en todos los niveles de la sociedad. Minimizar estos actos como «micro» es, en realidad, un eufemismo peligroso que oculta la violencia simbólica y real que generan día tras día.

Tipos de micromachismos y ejemplos cotidianos

Cada categoría de micromachismos tiene características específicas, pero todas comparten el objetivo común de mantener o reforzar la subordinación de las mujeres de manera sutil. Por eso es fundamental cómo se manifiestan en nuestra vida diaria.

Micromachismos utilitarios: consisten en asignar a las mujeres tareas de cuidado, administrativas o de servicio sin que sea su función, aprovechándose de la socialización femenina orientada al cuidado de otros.

Ejemplos: pedir sistemáticamente a una compañera que tome notas en reuniones, aunque no sea su rol, o esperar que las mujeres organicen eventos sociales de la oficina. En casa, asumir que la mujer es la responsable natural de la limpieza o la cocina, mientras el hombre solo «ayuda» cuando se le pide explícitamente, como si fuera un favor y no una responsabilidad compartida.

Micromachismos de invisibilización: estas conductas tienen como objetivo minimizar, ignorar o apropiarse del trabajo, las ideas y las contribuciones de las mujeres, manteniéndolas en un segundo plano invisible.

Ejemplos: interrumpir constantemente a las mujeres en conversaciones o reuniones (fenómeno conocido como «manterrupting«), ignorar o restar valor a las propuestas o logros de las mujeres mientras se atribuyen a colegas hombres, o simplemente no reconocer el trabajo doméstico o de cuidado como trabajo real que requiere tiempo, energía y habilidades específicas.

Micromachismos simbólicos: estos operan principalmente a través del lenguaje, las representaciones y los símbolos culturales que refuerzan estereotipos de género y perpetúan la desigualdad de manera casi invisible.

En el lenguaje: llamar «señorita» a una mujer adulta (cuando no existe el equivalente «señorito» para hombres), usar sistemáticamente el masculino genérico para referirse a grupos mixtos invisibilizando la presencia de mujeres, o hacer comentarios paternalistas como «eres muy valiente por hacer eso» ante acciones que serían consideradas normales en un hombre.

En los medios: las imágenes sexistas en publicidad que muestran a mujeres siempre en roles de cuidado o como objetos decorativos, mientras los hombres aparecen en posiciones de poder y toma de decisiones.

Micromachismos coercitivos: Estos son quizás los más dañinos psicológicamente, pues implican formas sutiles de manipulación emocional y control sobre las mujeres que pueden pasar completamente desapercibidas.

Manipulación emocional: Invalidar sistemáticamente los sentimientos de una mujer diciéndole que «está exagerando» o «es muy sensible», culparla por situaciones completamente fuera de su control, o hacerla dudar de su propia percepción de la realidad (gaslighting sutil, luz de gas).

Control sobre el cuerpo: comentarios como «si no quieres que te miren, no te pongas escote» que responsabilizan a las mujeres por las acciones de otros, o bromas sexistas que normalizan la desigualdad y el acoso haciéndolas pasar por humor inofensivo cuando en realidad perpetúan violencia simbólica.

Micromachismos en el entorno laboral

El ámbito laboral es un terreno especialmente fértil para los micromachismos, donde se manifiestan de múltiples formas que limitan el desarrollo profesional de las mujeres y perpetúan la desigualdad entre éstas y los hombres en las organizaciones.

Diferencias en el saludo: saludar con dos besos a la mujer mientras se da solo la mano al hombre marca una diferencia de trato que posiciona a las mujeres en un plano más informal o personal, mientras los hombres reciben un trato más profesional.

Códigos de vestimenta sexistas: exigir vestimenta distinta según el sexo, como pantalón largo obligatorio para hombres mientras las mujeres «pueden» usar falda, refuerza estereotipos y a menudo implica mayor vigilancia sobre el cuerpo de la mujer.

Mansplaining constante: explicar condescendientemente a una mujer algo que ella domina perfectamente, asumiendo que por ser mujer necesita que se le explique, es una forma de invalidación profesional muy común.

Asignación estereotipada de tareas: encargar sistemáticamente a mujeres tareas administrativas, de organización o cuidado en la oficina (preparar café, decorar espacios, coordinar eventos) limita su desarrollo en áreas estratégicas.

Ignorar propuestas de mujeres: desestimar las propuestas de mujeres en reuniones para luego valorar positivamente la misma idea cuando la presenta un hombre minutos después es una forma brutal de invisibilización.

Impacto real de los micromachismos en la vida y el trabajo

En el ámbito laboral, los micromachismos contribuyen significativamente a la persistente brecha salarial de género y a la menor presencia de mujeres en puestos de liderazgo y toma de decisiones, incluso cuando están igualmente o mejor cualificadas que sus colegas hombres.

El desgaste emocional y psicológico constante provoca frustración crónica, desmotivación profunda y, en muchos casos, el abandono laboral de mujeres talentosas que se cansan de luchar contra un sistema que las invalida constantemente. Es una pérdida enorme de talento y potencial humano que afecta no solo a las mujeres, sino a toda la sociedad.

Por qué es importante visibilizar y combatir los micromachismos

Detectar y nombrar los micromachismos es el primer paso fundamental para erradicarlos y avanzar hacia una verdadera igualdad entre los sexos. No reconocerlos perpetúa no solo la desigualdad material y económica, sino también la violencia simbólica que opera todos los días contra millones de mujeres. Este tipo de violencia es insidiosa porque se presenta disfrazada de costumbre, tradición o simple cortesía, cuando en realidad está limitando sistemáticamente las oportunidades y el bienestar de más de la mitad de la población.

Las empresas y la sociedad en general tienen la responsabilidad de crear espacios inclusivos que cuestionen activamente estas conductas, implementen políticas claras contra ellas y promuevan una cultura organizacional basada en el respeto y la igualdad real. La igualdad de género no es solo una cuestión de justicia social, sino que beneficia a todos: mejora el clima laboral, aumenta la productividad, fomenta la innovación y construye sociedades más justas y prósperas.

Una herramienta extremadamente efectiva para detectar micromachismos es el método de inversión de roles. Consiste en imaginar la misma situación con los géneros invertidos y observar si la conducta sigue pareciéndonos normal o aceptable. Este ejercicio mental puede revelar de manera sorprendente los sesgos de género que operan en nuestras interacciones cotidianas.

No basta con ser pasivamente «no machista»; debemos ser activamente antimachistas, cuestionando y desafiando estas conductas cuando las observamos, tanto en otros como en nosotros mismos. Cada vez que identificamos un micromachismo, cada vez que decidimos no reproducirlo, cada vez que educamos a otros sobre estas conductas, estamos contribuyendo a construir un mundo más justo.


Fuente: La Costilla Rota
Imagen generada para uso editorial por LCR

febrero 06, 2026

Campamentos de brujas, cuando las creencias son más fuertes que las leyes

En el norte de Ghana hay mujeres condenadas por temores ancestrales. Se las acusa de brujas. Si un vecino de Matis Awola sueña que lo persigue una vaca con la cara de Matis, la vida de ésta corre peligro.
Mujeres exiliadas

Matis, viuda de sesenta años, no tenía a ningún hombre que la defendiera. En cuestión de días, su vida se convirtió en una pesadilla; la echaron de su comunidad, su hijo la llevó a Gambaga, uno de los seis «campamentos de brujas» del país. En la actualidad, esta mujer vive allí, en una pequeña choza sin ventanas junto a otras ochenta mujeres acusadas de brujería.

Recinto en el campamento de brujas de Gambaga. Wikimedia Commons.

Aunque estas acusaciones son comunes en Ghana y en muchos otros países de África, sobre todo en Nigeria, la República Democrática del Congo, Tanzania, Sudáfrica, Mozambique…, desterrar a las mujeres a asentamientos es poco común. Para cientos de mujeres el exilio comienza con un susurro que cree haber oído alguien, un sueño como el del vecino o una desgracia inexplicable: una muerte en la familia, una mala cosecha, una enfermedad, etc. En Ghana, la creencia en la brujería alcanza unos porcentajes altísimos. Para las culpables, el destierro a un «campamento de brujas» es la única manera de sobrevivir; en sus aldeas las lincharían o serían repudiadas.

Algunas veces, antes de marchar, las mujeres consideradas brujas tienen un juicio para probar la veracidad de la acusación: se mata a un pollo o a una gallina y dependiendo de cómo caiga al morir, la mujer será culpable o inocente. Pero en muchos casos, la simple acusación decide el destierro de una mujer, independientemente del resultado del ritual; se desobedece a los espíritus que hablaron a través del sacrificio del pollo.
Los campos de desterradas

La vida en los campamentos se caracteriza por penurias incesantes. Las mujeres viven en la pobreza, marginadas incluso por sus propias familias. Duermen en suelos de tierra, dependen de donaciones esporádicas y tienen un acceso precario a agua potable, atención médica o alimentos.

Bachalbanueya, de ochenta años, ha pasado más de 45 en el campamento de Gambaga. Fue desterrada porque una vecina la acusó de la muerte de su esposo. Su historia no es única; si tienes la mala suerte de que se muera tu esposo, te acusan de haberlo matado.

Quedan seis «campamentos de brujas» no oficiales en el norte de Ghana, situados cerca de aldeas como Gambaga, Kpatinga, Gnani y Kukuo. Aunque estos asentamientos pueden ofrecer refugio ante el peligro inmediato, también son un duro recordatorio de la exclusión social y la injusticia no resuelta que las mujeres siguen enfrentando. No son ni un refugio ni una prisión, son algo intermedio. No hay vallas ni muros, pero las barreras culturales y psicológicas impiden que las mujeres intenten irse. Muchas creen que si regresan a casa les caerá una desgracia, enfermarán o incluso morirán. Se les hace creer que si abandonan el campamento, los espíritus van a matarlas.

Antes de llegar allí, algunas fueron atacadas, agredidas y abandonadas en el bosque. Otras fueron expulsadas de forma discreta por familiares para librarse de un supuesto peligro espiritual. En cada caso se esconde una visión profundamente patriarcal, en la que se ataca a las mujeres, especialmente a las viudas o a las que no cuentan con la protección masculina.

Fusheina, viuda y madre de cinco hijos, ha pasado los últimos seis años en el campamento de Gnani. El jefe de su aldea la acusó de brujería después de la repentina muerte de su sobrino, y fue expulsada de inmediato. Ahora vive sola. «No soy feliz porque mis hijos no están conmigo», dice en voz baja. «Solo quiero volver a casa». Pero regresar es impensable; teme que los aldeanos le hagan daño.

Presuntas brujas en el campamento de brujas de Gambaga. Wikimedia Commons.

La explotación de las mujeres exiliadas es un problema severo. En algunos campamentos, se las obliga a trabajar sin remuneración para los líderes comunitarios, acarreando agua o en la agricultura. Existen informes fidedignos de abusos y agresiones sexuales. La ayuda humanitaria no siempre se distribuye de forma justa, y se acusa a líderes de desviar alimentos o fondos para uso personal. Administrar un «campamento de brujas» se ha convertido en un negocio.
Superstición e injusticia hacia las más vulnerables

Esta violencia contra las mujeres va dirigida hacia las más vulnerables: ancianas, pobres, viudas y sin hijos capaces o dispuestos a defenderlas; se maltrata a las que no tienen voz. A veces, las acusaciones terminan en muerte. En julio de 2020, Akua Denteh, de 90 años, fue linchada en un mercado público tras ser acusada de brujería. Su asesinato, filmado y difundido, conmocionó al país y desató demandas de reformas legales. Se convirtió en un símbolo de la intersección entre la superstición y la violencia de género.

Aunque los hombres también pueden ser acusados, las acusaciones caen mayoritariamente sobre las mujeres. Parece que los brujos usan sus poderes para el bien. «Cuando los hombres son espiritualmente fuertes, se dice que protegen a la comunidad», declaró Lamnatu Adam, directora ejecutiva de la organización de derechos de las mujeres Songtaba. «Cuando las mujeres son espiritualmente fuertes, se dice que traen enfermedades y desastres».

Las motivaciones para acusar de brujería a las mujeres tienen que ver tanto con el control como con las creencias. «Es la teoría de conspiración más antigua de la humanidad», dice John Azumah, director ejecutivo del Instituto Sanneh en Accra. A veces acusan a mujeres para expulsarlas de la comunidad y luego apropiarse de sus tierras. En otros casos, incluso los hijos pueden creer que sus madres están saboteando sus vidas.
Un atisbo de esperanza

Durante décadas, la Iglesia Presbiteriana de Ghana ha apoyado a las mujeres acusadas de brujería, proporcionándoles comida, ropa y atención médica básica, a la vez que les ayuda para que puedan volver con sus familias. La reverenda Gladys Lariba Mahama, que lleva visitando el campamento desde 1997, conoce a las mujeres por su nombre. Quiere que vuelvan a su vida de antes: ha conseguido que algunas visiten a sus familias o que sus familiares vengan a verlas.

Mujeres en el campo de brujas de Tindaanzee,

Sin embargo, para la mayoría, el estigma persiste. Regresar a casa requiere someterse a un ritual de «purificación», a menudo el sacrificio de un carnero y un pollo, para absolver a las acusadas de brujería. Esto puede costar más de 1000 cedis ghaneses (unos 100 dólares), una suma prohibitiva para mujeres sin ingresos. Incluso después del ritual, muchas familias siguen sin aceptarlas. «Una vez bruja, bruja para siempre», dijo Azumah.

Ama Somani, madre de ocho hijos, pasó cuatro años en Gambaga tras ser acusada por su sobrina. En abril de 2025, con la ayuda de la reverenda, volvió con su familia. La iglesia financió el ritual. Ama se ha reunido con sus hijos y, aunque la vida sigue siendo difícil, está con ellos.

En los últimos 15 años, ONGs como ActionAid Ghana y Songtaba han ayudado a reintegrar a cientos de mujeres. En 2014, el campamento de Bonyasi se clausuró tras la reintegración de todas sus residentes mediante un programa coordinado de sensibilización comunitaria, eventos públicos y apoyo a las mujeres que volvían a casa.

Un proyecto de ley

En marzo de 2025, el Parlamento de Ghana reintrodujo el Proyecto de Ley contra la Brujería, una legislación histórica que tipificaría como delito acusar a alguien de brujería, prohibiría las consultas espirituales que a menudo dan lugar a acusaciones, exigiría responsabilidades legales a los que dirigen los campos y crearía programas de reintegración para las supervivientes.

Esta no es la primera vez que se presenta el proyecto de ley. En julio de 2023, fue aprobado por el Parlamento como enmienda a la Ley de Delitos Penales de 1960, pero el que era presidente de Ghana se negó a promulgarlo. Ahora, bajo una nueva administración, está previsto que se debata de nuevo, en lo que los defensores consideran una segunda oportunidad crucial.

El objetivo es acabar con las desafortunadas creencias y mentalidades de algunas comunidades que llegan al linchamiento, como el de Akua Denteh. Organizaciones de la sociedad civil, como ActionAid Ghana, Songtaba y el Instituto Sanneh, llevan mucho tiempo luchando por estas reformas, realizando campañas de concienciación pública, ofreciendo viviendas seguras y abogando por la protección legal. Amnistía Internacional también ha instado al Parlamento a actuar con rapidez porque, si no es así, la demora deja a cientos de mujeres en peligro.

Sin embargo, la resistencia sigue siendo fuerte. Jefes y líderes religiosos de ciertas regiones se oponen al proyecto de ley, y algunos políticos temen distanciarse de sus electores. Azumah cree que hay figuras religiosas poderosas y algunos jefes trabajando entre bastidores para bloquear el proyecto de ley. Estas preocupaciones se extienden a la administración actual.

Pero la ley por sí sola no erradicará el problema. Desmantelar creencias arraigadas, heredadas de generación en generación, requerirá años de educación pública y cambio cultural. En Gambaga, a Matis Awola no le interesa el proyecto de ley y la política que lo rodea. Piensa en sobrevivir como pueda durmiendo sobre una estera en su choza. Lo que quiere es volver a casa y estar con su familia de nuevo.

Referencias



Por Marta Bueno Saz
Licenciada en Física y Graduada en Pedagogía por la Universidad de Salamanca. Actualmente investiga en el ámbito de las neurociencias.
Fuente: Mujeres con Cienciaa

Sí a la Diversidad Familiar!
The Blood of Fish, Published in