febrero 27, 2026

Detrás de Breakfast at Tiffany's: la vida de Hepburn como activista

Hollywood la convirtió en ícono, pero antes y después del glamour, Audrey Hepburn fue espía, sobreviviente del nazismo y defensora de la infancia en el mundo.

Desde hace un par de años, en redes sociales corría el rumor de la posible realización de una película basada en la vida de la actriz belga-británica, Audrey Hepburn. 

Entre fan casts y debates sobre quién debía interpretar al personaje, el nombre de Lily Collins se posicionó durante años como el favorito. No solo por sus habilidades actorales, sino también por el notable parecido físico señalado por las y los aficionados. Hoy, esa expectativa dejó de ser un deseo, pues este 23 de febrero, la propia Collins anunció que protagonizará una película basada en la vida de la actriz.

“Tras casi 10 años de desarrollo y toda una vida de admiración y adoración por Audrey, finalmente puedo compartir esto. Honrada y extasiada, no alcanzan para expresar lo que siento…”, dijo Lily Collins en una publicación en Instagram. 

Esta nueva producción no es un remake ni una biografía tradicional de Audrey Hepburn, sino que se basa en un guión de Alena Smith, que retoma el libro de no ficción Fifth Avenue, 5 A.M.: Audrey Hepburn, Breakfast at Tiffany’s and the Dawn of the Modern Woman, escrito por el autor Sam Wasson.

La película explorará el detrás de cámaras de la película de 1961, Breakfast at Tiffany’s (Desayuno con Diamantes), detallando desde los conflictos de producción hasta las decisiones creativas que definieron el filme, pues en él, se narran las tensiones que surgieron al inició de la producción, como el hecho de que Truman Capote, autor de la novela original, quería que Marilyn Monroe protagonizara la cinta en lugar de Hepburn.

Esta noticia, aunque en un comienzo emocionó a las y los seguidores de Audrey Hepburn, también puso al centro de la conversación un posible sesgo en la película: la invisibilización de su trabajo como activista y estratega durante la Segunda Guerra Mundial. 

Por ello, y para que no se te pase, aquí te contamos cómo es que Audrey Hepburn dedicó su vida al activismo. 


Espía y estratega durante la Segunda Guerra Mundial

Más allá de su estatus como ícono de Hollywood, la vida de Audrey Hepburn estuvo profundamente marcada por su experiencia durante la Segunda Guerra Mundial y su posterior labor humanitaria, la cual se convirtió en su principal propósito tras retirarse de la actuación.

Audrey nació en Bruselas en 1929, hija de una baronesa holandesa y un banquero británico. A pesar de que sus padres fueron simpatizantes del fascismo en la década de 1930, un hecho que ella nunca perdonó a su madre, Audrey se convirtió en una ferviente colaboradora de la resistencia holandesa tras la invasión nazi en los Países Bajos.

Su convicción fue tan grande que desempeñó actividades como espía, y es que, debido a su apariencia supuestamente inofensiva causada, en parte, por la desnutrición, solía entregar mensajes, comida y dinero a las tropas aliadas, ocultando notas incluso en sus calcetines. 


Tal fue, no solo su compromiso, si no su necesidad de sobrevivir, que en una ocasión, evitó ser descubierta por soldados alemanes fingiendo ser una niña indefensa y ofreciéndoles flores.

Durante su tiempo como aliada, utilizó sus habilidades como bailarina para organizar conciertos clandestinos con el fin de recaudar fondos para la resistencia, actuaciones se realizaban en casas con las ventanas cerradas y el público no podía aplaudir para evitar ser detectados por los nazis.

Audrey Hepburn fue víctima del fascismo arrasador de la época; durante los años de 1944 y 1945 una severa hambruna causada por un bloqueo alemán arrasó en los Países Bajos, territorio ocupado por nazis durante la Segunda Guerra Mundial, dejando a más de 20 mil personas en situación de muerte debido a la escasez crítica de alimentos y combustible.

Durante esos años, Hepburn sufrió de anemia severa debido a la falta de comida. Esta debilidad física hizo que su sueño original de convertirse en una bailarina de ballet profesional no se convirtiera en realidad, lo que finalmente la llevó a dedicarse a la actuación.

Más allá de Breakfast at Tiffany's: una vida de activismo

La conocemos por su trabajo en algunas de las películas más emblemáticas del Hollywood clásico como Vacaciones en Roma (1953), Sabrina (1954) y My Fair Lady (1964), sin embargo, detrás de las películas y la extravagante industria del cine estadounidense, Hepburn dedicó su vida al activismo y la filantropía. 

Realizó numerosos viajes de campo a regiones afectadas por la sequía, el conflicto civil y la pobreza, visitando países como Etiopía, Sudán, Vietnam, El Salvador y Bangladesh. Hepburn se involucraba activamente en proyectos de alfabetización femenina, vacunación contra la polio y suministro de agua potable.


Utilizó su fama para testificar ante el Congreso de los Estados Unidos y participar en la Cumbre Mundial en favor de la Infancia pues defendía que quienes poseen recursos tienen la obligación moral de ayudar a quienes no tienen nada. A lo largo de su vida, trabajó con la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y en 1988 fue nombrada Embajadora de Buena Voluntad de UNICEF, cargo que ocupó hasta su muerte.

En 1992, a pesar de estar ya enferma de cáncer, continuó viajando a Kenia, Somalia y Francia para cumplir con sus compromisos humanitarios. Ese mismo año recibió la Medalla Presidencial de la Libertad, el honor civil más alto de los Estados Unidos, antes de fallecer en Suiza en enero de 1993.

Así, la vida de Audrey Hepburn trasciende las pantallas del cine y deja un legado como una aliada de los derechos humanos.


Fuente: La Cadera de Eva

febrero 26, 2026

Informe del Banco Mundial 2026: Las leyes referidas a las oportunidades económicas de las mujeres se aplican solo a medias en todo el mundo



Tan solo el 4 % de las mujeres del mundo vive en economías que ofrecen una igualdad legal casi plena


Las leyes diseñadas para garantizar la igualdad de oportunidades económicas de las mujeres se aplican, en promedio, solo a medias en todo el mundo, lo que indica que los obstáculos que les impiden contribuir plenamente al crecimiento y la prosperidad son mucho más graves de lo que se pensaba, según un nuevo informe del Grupo Banco Mundial. Incluso si esas leyes se aplicaran en su totalidad, las mujeres aún tendrían apenas dos tercios de los derechos legales de los hombres.

Por primera vez, en la versión más reciente del informe
se evalúa no solo el grado de igualdad en las leyes en el papel, sino también la medida en que se cumplen. Los expertos en derecho encuestados estimaron que las leyes que alientan la plena participación económica de las mujeres se aplican solo a medias, lo que pone de manifiesto que los Gobiernos tienen aún un largo camino por recorrer. Incluso si muestran avances en la promulgación de nuevas leyes dirigidas a lograr la igualdad de oportunidades, las economías cuentan, en promedio, con menos de la mitad de las políticas y los servicios necesarios para su aplicación. Solo el 4 % de las mujeres de todo el mundo vive en economías que ofrecen una igualdad legal casi plena. Eso impide a las economías desplegar todo su potencial para crecer y crear empleo.

“En el papel, la mayoría de los países muestran un panorama razonablemente positivo: el país promedio obtiene una puntuación de 67 sobre 100 en cuanto a la idoneidad de las leyes que posibilitan la igualdad económica entre mujeres y hombres”, señaló Indermit Gill, economista en jefe y vicepresidente sénior de Economía del Desarrollo del Grupo Banco Mundial. “Pero en lo que respecta al cumplimiento de las leyes, el puntaje promedio cae a 53. Y cuando se evalúan los sistemas necesarios para ejercer esos derechos, la calificación es de solo 47. Estas cifras reflejan enormes brechas de oportunidad, y las observaciones incluidas en este documento proporcionan a los responsables de la formulación de políticas información útil para revertir la disminución del potencial de crecimiento de las economías en desarrollo”.

En el informe La mujer, la empresa y el derecho se evalúa el estado de la participación económica de las mujeres en todo el mundo en 10 áreas clave, entre las que se incluyen la seguridad frente a la violencia, el acceso al cuidado infantil, el empresariado, la protección laboral, la propiedad de activos y la seguridad de la jubilación. En el documento se identifica la seguridad frente a la violencia como una deficiencia crucial, que reduce la capacidad de las mujeres para trabajar de manera constante. “La verdadera igualdad comienza con la seguridad. Ya sea en el hogar, en el trabajo o en el espacio público, las mujeres merecen protección para prosperar”, afirmó Norman Loayza, director del Grupo de Indicadores de Políticas del Banco Mundial. “A nivel mundial, estamos rezagados. Tenemos solo un tercio de las leyes sobre seguridad que necesitamos, y aun si existen, el 80% de las veces su aplicación es deficiente”.

Tea Trumbic, gerente del proyecto La mujer, la empresa y el derecho y autora principal del informe, dijo: “En los próximos 10 años, 1200 millones de jóvenes (la mitad de ellos, mujeres) estarán listos para formar parte de la población activa. Muchos alcanzarán la mayoría de edad en regiones donde las mujeres enfrentan los obstáculos más importantes y donde el impulso al PIB que resultaría de su participación es más necesario. Garantizar la igualdad de oportunidades para las mujeres aquí y en todas partes beneficia a las sociedades en su conjunto, no solo a las mujeres. En síntesis, es un elemento económico imprescindible, no solo deseable”.

El empresariado es otro aspecto donde la puntuación es baja, según el informe. Si bien en casi todas las economías las mujeres pueden poner en marcha negocios en las mismas condiciones legales que los hombres, solo en alrededor de la mitad se promueve la igualdad en el acceso al crédito, lo que deja a las emprendedoras sin posibilidades de recibir financiamiento.

El cuidado infantil representa una oportunidad crucial para los encargados de formular políticas. Los servicios de cuidado infantil asequibles y confiables tienden a ser uno de los factores que predicen con mayor firmeza si los padres —en particular, las madres— pueden trabajar o pasar a empleos de mayor productividad. Sin embargo, menos de la mitad de las 190 economías analizadas en el informe cuentan con leyes que proporcionan apoyo financiero o tributario a las familias. Y en ellas, solo se ha implementado el 30 % de las políticas necesarias para respaldar servicios de cuidado infantil asequibles y de calidad. En las economías de ingreso bajo, se ha establecido apenas el 1 % de los mecanismos de apoyo al cuidado infantil.

Pese a estas condiciones, se están logrando avances en la promulgación formal de leyes de igualdad de oportunidades: En los últimos dos años, 68 economías han introducido 113 reformas legales positivas en la mayoría de las áreas de la vida económica de las mujeres; los avances más significativos corresponden a las áreas de empresariado y seguridad frente a la violencia. Siete países también ampliaron la licencia por paternidad para ayudar a redistribuir las tareas de cuidado y apoyar el empleo de las mujeres. En África subsahariana en los últimos dos años se implementaron 33 reformas, más que en cualquier otra región. Madagascar y Somalia levantaron las prohibiciones que impedían a las mujeres trabajar en sectores como la construcción, las manufacturas y la agricultura.Egipto, Jordania y Omán también mostraron avances. Egipto fue el país del mundo que más reformas ha introducido en los últimos dos años, y ha mostrado un aumento de casi 10 puntos en la calificación de la igualdad legal. Con las reformas recientes se amplió la licencia parental remunerada de 90 a 120 días para las madres y se estableció 1 día de licencia remunerada para los padres, se exigió la igualdad salarial y se permitió solicitar modalidades de trabajo flexibles.


Para descargar el Informe: Aquí


COMUNICADO DE PRENSA N.º 2026/030/DEC


Contacto
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febrero 25, 2026

El velo, el Estado y la ilusión de la liberación

El debate actual no trata sobre las mujeres, sino sobre el persistente control religioso de la intimidad. Bajo el velo de la protección, se oculta la vieja disputa patriarcal por el dominio de los cuerpos.

Mujer con niqab. Fotografía de RTVE.

“No puedes confiar en tus ojos cuando tu imaginación está desenfocada”. Mark Twain. La escena que tenía ante mí era una de las mayores yuxtaposiciones hechas carne que había presenciado jamás. Un aula compuesta casi en su totalidad por mujeres —mujeres brillantes, ambiciosas— deseosas de aprovechar una grieta recién abierta en el muro de adobe de las normas tribales que, por primera vez, les permitía estudiar junto a los hombres. Un primer paso audaz, casi subversivo, hacia la adquisición de una lengua que podría proporcionarles la llave para estudiar en el extranjero, para convertirse en las médicas, abogadas y educadoras que un país tambaleándose al borde de sí mismo necesitaba con desesperación. Mujeres que soñaban, abiertamente, con regresar para ayudar a transformar su país. Y, sin embargo, el único rasgo que podía distinguir de aquellas valientes mujeres, silenciosamente revolucionarias, eran sus ojos: dos puntos oscuros de luz detrás de una rendija de tela negra no más ancha que la ranura de un buzón.

Cuando se carece de una lengua común, el cuerpo se convierte en el diccionario al que se recurre primero. Pero los gestos con las manos son cosas traicioneras, volubles. Son embajadores mercuriales capaces de transmitir mensajes completamente distintos dependiendo del lado de la frontera en el que uno se encuentre. Los ojos, en cambio, son otra cosa. Son el único elemento del rostro humano que ha resistido todos los intentos —culturales, teológicos o sartoriales— de volverlo opaco. Delatan la alegría antes de que la boca haya decidido sonreír. Confiesan la confusión mucho antes de que la voz esté dispuesta a admitirla. Y expresan compromiso antes de que pueda asentarse la duda.

En aquella aula de Saná, Yemen, aprendí a leerlos como nunca antes había necesitado hacerlo. Y lo que leí allí nunca me ha abandonado del todo. Dentro de su represión, utilizaban cualquier herramienta que les permitiera superar las barreras patriarcales que se les imponían. Si eso significaba llevar una cortina negra, que así fuera.

Y, sin embargo, la experiencia complica la certeza. Porque cuando observo el debate que hoy se desarrolla en España —un debate formulado en el confiado vocabulario de la liberación, la prohibición y el orden público— no puedo evitar pensar en aquella aula de Saná y en las decenas de jóvenes que navegaban un mundo mucho más restrictivo de lo que Europa podría imaginar. Recuerdo cómo algunas reían en voz alta y sin disculparse, incluso quitándose el velo una vez cerrada la puerta del aula. Recuerdo cómo otras discutían con ferocidad sobre ejercicios de gramática, sobre política, sobre si debían solicitar becas en el extranjero. Y recuerdo, sobre todo, la incómoda constatación de que la tela negra que a mí me parecía el símbolo más visible de su restricción no siempre era la restricción que más definía sus vidas.

Esto no convierte la prenda en inocente. Aunque algunas mujeres puedan reivindicarla como una elección personal, su origen y su uso continuado como instrumento de control del cuerpo femenino no pueden ignorarse. El burka y el niqab no surgieron de un despertar feminista ni de ningún florecimiento espontáneo de autonomía femenina. Histórica y sociológicamente, son inseparables de los sistemas patriarcales que buscaron —y siguen buscando— regular el movimiento, la visibilidad y la presencia social de las mujeres. Negarlo es entregarse a una ficción reconfortante. Pero otra ficción, igualmente conveniente y cada vez más de moda en Europa, es la creencia de que el Estado puede emancipar a las mujeres simplemente prohibiendo lo que muchas de ellas visten. La suposición de que la prohibición es liberación revela, quizá, más sobre la imaginación política de las sociedades occidentales que sobre las mujeres cuyas vidas están siendo legisladas. Podría pensarse que la historia ya realizó ese experimento.

Porque no puedo olvidar que las alumnas más decididas que he enseñado jamás —las que llegaban antes, se marchaban más tarde y exigían más tareas— lo hacían vestidas con prendas que muchos observadores europeos interpretarían como el emblema mismo de su sumisión. No eran libres gracias a la tela, pero tampoco estaban enteramente definidas por ella. Y es precisamente esa incómoda ambigüedad, aprendida en aquella pequeña aula de Yemen hace años, la que hace que el debate actual en España sea mucho más complejo de lo que cualquiera de los dos bandos está dispuesto a admitir.

Porque, en realidad, ojalá este debate tratara verdaderamente de la libertad y la liberación de las mujeres. Ojalá formara parte de un esfuerzo serio por liberar a la humanidad de la larga tiranía de las certezas de la Edad de Hierro, las mismas que convencieron a nuestros antepasados de que terremotos y tormentas eran castigos por la inserción de penes en orificios “prohibidos” o de que las enfermedades eran producto de pensamientos impuros en lugar de, simplemente, no lavarse las manos. Pero la actual representación de indignación no trata, en el fondo, principalmente de las mujeres. Trata de algo más antiguo y más incómodo: el poder persistente de la autoridad religiosa para reclamar jurisdicción sobre los territorios más íntimos de la vida humana —lo que comemos, cómo nos vestimos, a quién amamos e incluso qué se nos permite pensar.

Se trata de quienes creen que su deidad es el único Dios verdadero y que todos los demás aspirantes al trono son imaginarios. Y lo que resulta aún más inquietante es la asombrosa afirmación, repetida durante siglos con desarmante seguridad, de que ellos, y solo ellos, saben exactamente cuáles son los caprichos de ese ser celestial. Estos individuos —invariablemente hombres muy terrenales— están convencidos de poseer el conocimiento exclusivo de Sus preferencias, Sus irritaciones y Sus castigos. La arrogancia de tal afirmación sería cómica si sus consecuencias no fueran con tanta frecuencia coercitivas. Sistemas legales enteros, estructuras educativas y expectativas sociales completas se han construido sobre la insistencia de que alguien, en algún lugar, ya ha recibido las instrucciones definitivas sobre cómo debemos vivir todos.

Y aquí reside la ironía final. Los herederos políticos de movimientos que en su día trataron a las mujeres como dependientes legales, de ideologías que las consideraban demasiado frágiles para el sufragio, demasiado emocionales para poseer propiedades, demasiado intelectualmente sospechosas para la educación superior, se presentan ahora como los vigilantes guardianes de la dignidad femenina. Proclaman su disposición a defender la libertad de las mujeres, siempre que, por supuesto, esa libertad se exprese de formas que ellos consideren estética y culturalmente aceptables. Libres para mostrar tanto escote como deseen, siempre que obedezcan la Epístola a los Efesios y se sometan a sus maridos, mientras pasan convenientemente por alto la admonición de la Primera a los Corintios según la cual toda mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta deshonra su cabeza.

Lo que está en juego, entonces, en el debate español sobre la prohibición del burka y el niqab no es una simple confrontación entre feminismo y misoginia, ni entre modernidad y medievalismo, sino una cuestión mucho más incómoda: si una sociedad liberal defiende la autonomía de las mujeres ampliando la esfera de la elección personal o reduciéndola en nombre de una intención ilustrada. Una prenda que surgió indudablemente de tradiciones patriarcales no deja de ser patriarcal simplemente porque se prohíba, ni una política gubernamental se convierte en emancipadora solo porque se justifique en el lenguaje de la liberación.

La verdadera prueba de una sociedad libre es si posee la confianza necesaria para enfrentarse a las ideas opresivas sin adoptar, de manera refleja, los métodos coercitivos de las mismas tradiciones que afirma combatir.

Una sociedad libre no se protege vigilando los armarios de la gente; se protege insistiendo en que la autoridad de las creencias termina donde comienzan los derechos de los demás. La libertad religiosa debe seguir siendo innegociable, pero no puede funcionar como un pasaporte diplomático que exima a ninguna idea del examen ni a ninguna práctica o superstición de la crítica. La fe no es un amuleto contra el escrutinio, ni debería permitirse que migre sin oposición desde la esfera privada de la convicción hacia la maquinaria pública de la ley, la educación y la política cívica. La respuesta adecuada a las doctrinas basadas exclusivamente en la revelación no es la prohibición, sino la exposición: la comprobación constante y sin disculpas de las afirmaciones en el aire abierto de la evidencia, la razón y el debate democrático.

Si el objetivo es realmente ampliar la libertad de las mujeres, la tarea es menos teatral y mucho más exigente que prohibir prendas. Exige construir la infraestructura silenciosa de la emancipación: educación accesible, protecciones legales confidenciales, programas de independencia económica, formación lingüística, refugios, vías de becas y servicios sociales que permitan a cualquier persona que desee abandonar entornos coercitivos hacerlo sin temor a la indigencia o al aislamiento. La liberación no se alcanza únicamente retirando una pieza de tela; se alcanza garantizando que, en el momento en que una mujer decide quitársela, o desafiar a cualquier autoridad que la obligue a llevarla, no esté dando un paso hacia el vacío.

Pienso a menudo en aquellas valientes mujeres de Saná, que empujaban contra los límites de su mundo con las herramientas que tenían a su alcance, a veces en silencio, a veces con desafío, siempre con valentía. La responsabilidad de las sociedades liberales no es reproducir la coerción bajo un estandarte supuestamente más ilustrado, sino asegurarse de que, cuando las mujeres decidan dar ese mismo valiente paso hacia la autonomía, todas las puertas institucionales se abran en lugar de cerrarse. Solo entonces podremos afirmar, con algo de seriedad, que lo que se está defendiendo no es el simbolismo de la liberación, sino la liberación misma.

Fuente: El Salto

febrero 24, 2026

La CEPAL expuso sobre derecho al cuidado en el Primer Seminario Interamericano de Derechos Humanos de la Corte Interamericana de Derechos Humanos


La Directora de la División de Asuntos de Género de la CEPAL, Ana Güezmes, integró el panel en el que se abordó el derecho al cuidado desde una perspectiva regional y de derechos humanos, en diálogo con los avances normativos y los compromisos adoptados por los Estados de América Latina y el Caribe.



La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) representada por Ana Güezmes García, Directora de la División de Asuntos de Género (DAG) de la Comisión, participó en el Seminario Interamericano de Derechos Humanos – I Edición: “Derechos Humanos y sus Desafíos. Diferentes Miradas”, organizado por el Tribunal Interamericano de Derechos Humanos (IDH), en su sede en San José, Costa Rica.

La jornada se inició con las palabras inaugurales del Presidente de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, juez Rodrigo Mudrovitsch, quien destacó la importancia del diálogo interamericano para fortalecer la protección de los derechos humanos y responder a los desafíos estructurales que enfrenta la región.

En ese marco, Ana Güezmes, Directora de la División de Asuntos de Género de la CEPAL, participó en el primer panel del Seminario, titulado “El derecho al cuidado y sus desafíos para América Latina”, moderado por el juez Diego Moreno Rodríguez, de la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

El panel contó además con la participación de la ministra Morgana de Almeida Richa, del Tribunal Superior del Trabajo de Brasil, de Gabriela Mata Marín, Coordinadora de Programas de ONU Mujeres en Costa Rica, y de la ministra Loretta Ortiz Ahlf, de la Suprema Corte de Justicia de la Nación de los Estados Unidos Mexicanos, quienes abordaron el derecho al cuidado desde perspectivas jurídicas, institucionales y de política pública.

Durante su intervención, Ana Güezmes subrayó que el cuidado debe entenderse como una necesidad, un derecho humano, un bien público global y un trabajo clave para dinamizar la economía, en un contexto marcado por múltiples crisis entrelazadas que profundizan desigualdades históricas en América Latina y el Caribe. En ese sentido, advirtió que el aumento sostenido de las demandas de cuidado, asociado al envejecimiento poblacional, las transformaciones demográficas, las tendencias epidemiológicas y los efectos del cambio climático, supera la actual capacidad de personas, servicios e infraestructura disponibles para responder a dichas necesidades, documentada ampliamente por la CEPAL como crisis del cuidado

Asimismo, destacó que la propuesta de sociedad del cuidado que América Latina y el Caribe aporta al mundo es un nuevo paradigma para el desarrollo sostenible, la igualdad y la paz, que prioriza la sostenibilidad de la vida y el cuidado de las personas y del planeta, y que exige políticas y sistemas integrales de cuidado basados en la corresponsabilidad social y de género, las generación de empleo y el trabajo decente y el reconocimiento del trabajo remunerado y no remunerado que sostiene la vida y la economía.

Ana Güezmes enfatizó que el derecho al cuidado implica garantizar las tres dimensiones del cuidado: cuidar, ser cuidado y ejercer el autocuidado, y que su reconocimiento requiere articular las políticas sociales, ambientales y económicas, fortalecer la gobernanza pública y avanzar hacia sistemas integrales de cuidados que respondan a las necesidades de las personas a lo largo del ciclo de vida y de quienes cuidan, en su mayoría mujeres.

En ese contexto, destacó el rol del sistema interamericano y señaló que la Opinión Consultiva 31 de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, primer tribunal internacional que reconoce el derecho al cuidado como un derecho humano autónomo, indispensable para la sostenibilidad de la vida y condición para el ejercicio efectivo de otros derechos, estableciendo principios como la corresponsabilidad, la igualdad y la no discriminación, así como obligaciones claras para los Estados. Señaló además que el reconocimiento del cuidado como derecho humano ha tenido una evolución significativa en el marco internacional de derechos humanos y América latina y Caribe ha sido clave para que esto ocurra a lo largo de los 50 años de la Conferencia Regional sobre las Mujeres, y principalmente después del Consenso de Brasilia en 2010 donde se nombra por primera vez el derecho al cuidado en un acuerdo intergubernamental y se desarrolla en el Compromiso de Buenos Aires en 2022. para profundizar su reconocimiento como derecho humano autónomo en el Compromiso de Tlatelolco en 2025. 

Subrayó que este reconocimiento jurídico dialoga y aporta directamente al Compromiso de Tlatelolco, aprobado en la XVI Conferencia Regional sobre las Mujeres de América Latina y el Caribe, que acoge esta opinión consultiva y establece una década de acción para acelerar el logro de la igualdad sustantiva de género y la sociedad del cuidado, mediante acuerdos en materia de marcos normativos, institucionalidad, financiamiento, participación, fortalecimiento de capacidades estatales y sistemas de información, seguimiento y rendición de cuentas.

Finalmente, Ana Güezmes señaló que avanzar en la garantía del derecho al cuidado constituye una condición clave para enfrentar las trampas del desarrollo en la región, reducir las desigualdades de género y promover un desarrollo sostenible centrado en la sostenibilidad de la vida y el cuidado de las personas y del planeta.

El Seminario Interamericano de Derechos Humanos reunió a representantes de altos tribunales, organismos internacionales, academia y sociedad civil, y fue transmitido en vivo a través de las redes sociales del Tribunal y de su canal Corte IDH TV.

Fuente: Asuntos de género, CEPAL

Sí a la Diversidad Familiar!
The Blood of Fish, Published in