agosto 26, 2026

Rebecca Solnit: "La credibilidad es una herramienta de supervivencia y de poder que históricamente se le ha negado a las mujeres"




Es algo que ocurre tanto en el ámbito público como en el laboral


Existe una forma de silenciar a una mujer que no consiste necesariamente en mandarla callar. Basta con conseguir que, cuando hable, nadie la considere una fuente fiable. Que sus palabras parezcan exageradas, sus recuerdos confusos, sus argumentos demasiado emocionales o su relato directamente imposible. Porque si nadie cree lo que dices, tu voz puede seguir existiendo y, sin embargo, haber perdido su poder.


Esta es una de las ideas que atraviesa 'Los hombres me explican cosas', el libro de ensayos que la historiadora y activista Rebecca Solnit publicó en 2014 y que se ha convertido en una de las obras de referencia del feminismo contemporáneo. Dos de las ideas más potentes que Solnit desarrolla en sus páginas son que la credibilidad es una forma de poder y que su distribución nunca ha sido completamente neutral.

Solnit define la credibilidad como una "herramienta de supervivencia" porque la capacidad de que una mujer sea considerada creíble constituye un poder fundamental. Y ahí está precisamente la cuestión...


Ser creída no es solo una cuestión de autoestima o de sentirse escuchada: determina quién puede denunciar, quién puede ser escuchado, quién puede ocupar un espacio de autoridad y quién consigue que su versión de los hechos sea tenida en cuenta.


Casandra, la mujer a la que nadie creía

Solnit explica este fenómeno con una poderosa metáfora de la mitología griega. Casandra, hija de Príamo y Hécuba y princesa de Troya, recibió de Apolo el don de la profecía. Podía ver acontecimientos futuros y advertir sobre ellos. El problema era que, después de rechazar al dios, recibió también una maldición: conservaría su capacidad para decir la verdad, pero nadie creería sus palabras.

La paradoja es perfecta porque ejemplifica cómo puedes tener la verdad de tu lado y, aun así, carecer del poder necesario para que esa verdad sea escuchada. De ahí procede el llamado "síndrome de Casandra" al que la autora dedica uno de los ensayos del libro.

En la lectura de Solnit, la metáfora sirve para describir una situación que se repite cuando una mujer cuestiona a un hombre (especialmente cuando ese hombre tiene poder) o a una institución. El problema deja de ser entonces aquello que está denunciando y pasa a ser ella misma.


¿Es demasiado sensible? ¿Está confundida? ¿Exagera? ¿Tiene algún interés oculto? ¿Está siendo maliciosa? ¿Se lo está inventando? La estrategia resulta especialmente eficaz porque desplaza la conversación. Ya no hace falta responder a lo que la mujer esté diciendo si antes conseguimos que el resto de personas deje de considerarla una narradora fiable.


Cuando el problema deja de ser lo que dices y pasa a ser quién eres

Solnit señala precisamente que, cuando una mujer cuestiona una estructura de poder, puede ponerse en duda no solo la veracidad de los hechos que cuenta, sino también su capacidad para hablar y hasta su derecho a hacerlo.

No se trata simplemente de que alguien diga que no está de acuerdo contigo, se trata de convertir a la persona que habla en el problema. De este modo, si una mujer denuncia acoso, el foco puede desplazarse hacia su comportamiento. Si señala una injusticia laboral, hacia su carácter. Si contradice a un hombre en una conversación, puede interpretarse como agresiva o conflictiva. Si insiste en que algo ocurrió, puede ser acusada de estar obsesionada.

La cuestión deja de ser "¿qué ha pasado?" para convertirse en "¿qué le pasa a ella?". Solnit recuerda cómo términos como "histérica" han servido históricamente para asociar determinados comportamientos femeninos con una supuesta incapacidad emocional o racional. Uno de los ejemplos que utiliza es el de Rachel Carson, autora de 'Primavera silenciosa', cuya investigación sobre los efectos de los pesticidas cuestionó los intereses de una poderosa industria.

En lugar de limitarse a discutir sus argumentos científicos, algunos de sus detractores atacaron también su condición de mujer y calificaron su trabajo en términos asociados a la supuesta emocionalidad femenina. Para Solnit, Carson representa así a una de esas Casandras modernas: una mujer que advierte sobre algo que otros no quieren escuchar y cuya autoridad se intenta erosionar desacreditándola.

El trabajo también es un territorio de credibilidad

Por todo ello, esta idea resulta especialmente interesante cuando hablamos de mujer y trabajo. Porque la credibilidad no es cuestión únicamente en los grandes debates políticos o cuando una mujer denuncia una agresión. También aparece en situaciones aparentemente mucho más pequeñas y cotidianas.

¿A quién se escucha primero en una reunión? ¿A quién se atribuye autoridad? ¿Quién tiene que aportar más pruebas para defender una idea? ¿Quién puede equivocarse sin que ese error se convierta en una demostración de incompetencia? ¿Quién es percibido como experto y quién tiene que demostrar constantemente que merece estar en esa posición?

Solnit relaciona precisamente las batallas históricas del feminismo contra la violencia doméstica y el acoso sexual en el trabajo con una cuestión fundamental: hacer que las mujeres fueran creíbles y audibles.


Y esto cambia bastante la forma de entender algunos de los grandes avances feministas. No se trataba únicamente de conseguir nuevas leyes, sino también de conseguir que aquello que las mujeres llevaban años contando pudiera finalmente ser reconocido como un problema real.

Porque durante mucho tiempo, que una mujer dijera que estaba siendo maltratada no significaba necesariamente que las instituciones consideraran que aquello constituía una cuestión que debían investigar. Que denunciara acoso en su puesto de trabajo no implicaba automáticamente que su relato tuviera el mismo peso que el de quien tenía más poder dentro de la organización.

Por eso, la credibilidad es también una cuestión de acceso al poder.

El círculo perfecto del silencio

Hay otra idea especialmente interesante al respecto en 'El síndrome de Casandra' y es que el silenciamiento no comienza necesariamente cuando una mujer abre la boca. Puede empezar mucho antes.

Primero está el miedo, la vergüenza, la confusión o la dificultad para encontrar las palabras. Después pueden aparecer la humillación, el acoso o la violencia que buscan impedir que alguien hable. Y cuando finalmente consigue contar lo ocurrido, puede aparecer una última barrera: poner en duda su relato.

Es un mecanismo perverso porque cada etapa puede alimentar a la siguiente. Si una mujer tarda en hablar, alguien puede preguntarse por qué no lo hizo antes. Si su relato no es perfectamente lineal, puede utilizarse esa falta de precisión para cuestionarlo. Si muestra emociones, pueden considerarse una prueba de que no es objetiva. Si no las muestra, puede parecer fría o distante.

La exigencia de credibilidad puede convertirse así en una especie de examen imposible. Es muy importante tener todo esto presente porque todos atribuimos credibilidad de manera constante. Decidimos quién nos parece competente, quién nos parece exagerado, quién parece saber de lo que habla y quién necesita demostrarlo un poco más. Y esas decisiones están atravesadas por todo tipo de prejuicios y expectativas.

No obstante, Rebecca Solnit plantea que no estamos condenados a repetir la historia. Podemos decidir a quién damos credibilidad y, sobre todo, preguntarnos por qué se la damos a unas personas antes que a otras. Y quizá ahí empieza una forma mucho más profunda de igualdad.

Por María Yuste
Editor Senior
Fuente: Trendencias

agosto 25, 2026

Derechos humanos de las mujeres, igualdad e Inteligencia Artificial

La IA puede reproducir y profundizar desigualdades de género: desde los sesgos algorítmicos y la brecha económica hasta la vigilancia y la violencia digital. Organizaciones feministas llaman a poner los derechos de las mujeres y niñas en el centro de su gobernanza.



La Alianza Global de Medios y Género (GAMAG), la Red UniTWIN de la UNESCO sobre Género, Medios y TIC y la WACC hicieron un llamado conjunto al Diálogo Global de las Naciones Unidas sobre la Gobernanza de la Inteligencia Artificial y a la Cumbre de la IA para el Bien (AI for Good Summit), que tuvieron lugar en la sede de la ONU en Ginebra a inicios de julio, a comprometerse con un sistema de inteligencia artificial al servicio de las mujeres y las niñas.


De acuerdo con estas organizaciones, los debates sobre la IA y los derechos humanos de las mujeres no son nuevos. Tanto las discusiones iniciales como las contemporáneas continúan girando en torno al poder, la desigualdad y la discriminación. En la década de 1990, la socióloga Judy Wajcman advirtió que las tecnologías no son dispositivos neutrales, sino espacios mediados por relaciones de poder que refuerzan la desigualdad entre mujeres y hombres. Wajcman subrayaba que la tecnología constituye un territorio dominado por los hombres y por el patriarcado, lo que explica por qué la desigualdad se reproduce y se refuerza a través de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC).

En este contexto, señalan GAMAG, la UNITWIN y WACC, la inteligencia artificial se presenta como el nuevo paradigma capaz de resolver problemas que ni los Estados ni las sociedades han logrado solucionar en materia de derechos humanos. Lejos de ello, la IA ha profundizado la desigualdad social con consecuencias multiples: la erosión del derecho a la privacidad, la profundización de la discriminación y la desigualdad, los riesgos para la libertad de expresión y el acceso a la información, las amenazas a la transparencia y la rendición de cuentas y los daños estructurales a la autonomía y la autodeterminación.

En lo que respecta a los derechos humanos de las mujeres, la IA representa un punto de inflexión crítico con efectos en varias direcciones:

Sesgo algorítmico y discriminación. Los sistemas entrenados con datos históricos reproducen con frecuencia la desigualdad de género en lugar de corregirla. Esto se traduce en resultados discriminatorios para las mujeres en ámbitos clave como los procesos de contratación, el acceso al crédito, el diagnóstico médico y la asignación de recursos.

Desigualdad económica. La automatización impulsada por la IA afecta de manera desproporcionada a los sectores donde las mujeres están sobrerrepresentadas, incluidos los trabajos administrativos y de servicios. Esta dinámica corre el riesgo de ampliar las brechas económicas de género ya existentes y limitar el acceso de las mujeres a empleos bien remunerados.

Vigilancia y afectaciones a la privacidad. Tecnologías como el reconocimiento facial presentan menores niveles de precisión cuando se aplican a mujeres. Estas imprecisiones aumentan la probabilidad de identificaciones erróneas en actividades policiales y otros contextos de alto impacto, socavando el derecho de las mujeres a la privacidad y al debido proceso.

Violencia contra las mujeres y acoso en línea. Las herramientas de IA se utilizan cada vez más para generar imágenes deepfake, automatizar contenidos misóginos y amplificar campañas de acoso dirigido. Estas prácticas amenazan la seguridad, la dignidad y la participación de las mujeres en los espacios digitales. Se han documentado efectos particularmente graves sobre mujeres políticas, defensoras de derechos humanos y periodistas. Esta escalada tiene consecuencias de gran alcance para la participación democrática, la libertad de expresión y la igualdad de género.

Un problema fundamental asociado a los identificados por las organizaciones, es la falta de datos y de mecanismos de rendición de cuentas, lo que dificulta la gobernanza de la IA, cuyos principios deberían situar los derechos humanos de las mujeres en el centro. En este contexto, advirtieron que se presta escasa atención a la relación entre innovación y derechos humanos, cuando la innovación debería entenderse precisamente como un medio para garantizar la protección de estos derechos.

Los problemas están vinculados al incumplimiento, por parte de los Estados, de las convenciones e instrumentos internacionales de derechos humanos destinados a garantizar los derechos fundamentales de todas las mujeres, así como al incumplimiento, por parte de las empresas de medios y tecnología, de las leyes y regulaciones vigentes. La estructura algorítmica está ampliando la opresión, la explotación y la subordinación de las mujeres y las niñas.

Por estas razones, académicas y activistas feministas de esas organizaciones, hicieron un llamado a una revolución de género en la inteligencia artificial y en las tecnologías del futuro, con el fin de impulsar una IA al servicio de las mujeres y las niñas.

Fuente: :La Cadera de Eva

agosto 24, 2026

Defensores de derechos de las mujeres en África coordinan acción contra ofensiva sobre el derecho de familia

Los activistas advierten que los movimientos contrarios a los derechos de las mujeres en África utilizan cada vez más el derecho de familia para cuestionar los derechos de las mujeres a la herencia, la propiedad, el divorcio y la custodia de los hijos.

Mumbi Ngugi, jueza del Tribunal de Apelaciones de Kenia, durante su ponencia durante la Red Africana de Derecho de Familia, celebrada en Nairobi. Imagen: Equality Now

Defensoras de los derechos de las mujeres, jueces y abogados lanzaron una campaña coordinada para reformar las leyes de familia que discriminan a las mujeres y las niñas en África.

Si bien la última década trajo importantes avances jurídicos en algunos países, el progreso también estuvo marcado por el estancamiento y los retrocesos. Cada vez más actores influyentes contrarios a los derechos, que suelen contar con abundantes recursos y estar muy bien coordinados, promueven ideologías conservadoras regresivas que buscan derogar las protecciones legales existentes y obstaculizar las reformas destinadas a fortalecer los derechos de las mujeres y las niñas.

El derecho de familia regula algunos de los aspectos más importantes de la vida cotidiana, como el matrimonio, el divorcio, la custodia de los hijos, la herencia y los derechos de propiedad. Aunque las constituciones nacionales y los tratados regionales de derechos humanos garantizan numerosas protecciones para las mujeres y las niñas, esas garantías suelen verse socavadas por leyes discriminatorias, contradicciones entre las normas consuetudinarias y las leyes escritas, y una aplicación deficiente.

Las defensoras de los derechos advierten que el derecho de familia se convirtió en un objetivo clave de campañas coordinadas contrarias a los derechos que promueven interpretaciones restrictivas de la familia, los roles de género y los «valores tradicionales», porque determinar quién tiene derechos dentro de la familia establece las bases para decidir qué derechos son finalmente reconocidos y protegidos en toda la sociedad.

«Entienden que, si controlan la familia, controlan la sociedad», afirmó Irene Mbengue, asesora jurídica principal de la oficina de la relatora especial de la Comisión Africana sobre los Derechos de las Mujeres en África, durante la conferencia inaugural de la Red Africana de Derecho de Familia, celebrada en Nairobi, Kenia, del 4 al 6 de agosto. Mbengue habló en representación de la comisionada Janet Ramatoulie Sallah-Njie.

«Si se define quién forma parte de una familia, quién tiene derechos dentro de ella y quién puede tomar decisiones en la familia, se modifica todo el orden social”, agregó.

Esta disputa se está desarrollando en Uganda, donde las defensoras de los derechos sostienen que las modificaciones propuestas a la legislación matrimonial podrían dejar a muchas mujeres divorciadas con escasos derechos sobre los bienes acumulados durante los años que dedicaron a criar a sus hijos, administrar sus hogares y sostener a sus familias.

Jackie Bless Pinyoloya, coordinadora nacional de la Iniciativa Estratégica para las Mujeres en el Cuerno de África (Siha, en inglés) en Uganda, explicó que el proyecto de ley no garantiza una división equitativa de los bienes adquiridos durante el matrimonio y obliga a las mujeres a demostrar el valor de su trabajo de cuidado no remunerado para poder reclamar su parte.

«En el momento del divorcio, a una mujer le dicen que solo se va con aquello a lo que contribuyó económicamente… Pero ¿quién tiene en cuenta los años que dedicó a cuidar a su familia?», señaló.

Pinyoloya afirmó que la débil aplicación de las protecciones existentes también dejaba a las mujeres en una situación de vulnerabilidad. Los casos de violencia doméstica suelen resolverse de manera informal por las familias o los líderes comunitarios, en lugar de llegar a los tribunales, mientras que las sanciones leves no logran disuadir a los agresores.

Un estudio regional de Igualdad Ahora de 2024 sobre las leyes de familia en 20 países africanos encontró que esta disputa en torno a los bienes matrimoniales se extiende más allá de Uganda. En países como Kenia, Nigeria y Tanzania, la insistencia de los tribunales en demostrar una contribución económica directa perjudica sistemáticamente a las amas de casa, mientras que los jueces tienen dificultades para asignar un valor económico al trabajo de cuidado no remunerado.

El estudio también determinó que muchos países mantienen leyes desiguales en materia de herencia y propiedad, permiten el matrimonio infantil mediante excepciones legales, no tipifican como delito la violación conyugal y siguen reconociendo normas consuetudinarias y religiosas que discriminan a las mujeres y las niñas.

Rehema Namukose, responsable regional sénior de programas para África subsahariana de Musawah, un movimiento mundial por la igualdad y la justicia en las leyes de familia musulmanas, señaló que expresiones como «valores familiares» suelen plantear interrogantes sobre a quiénes representan esos intereses y quiénes tienen la potestad de definirlos.

«Cuando utilizan estas palabras, también hay que preguntarse cuál es el parámetro para definir qué es una familia. ¿Cómo están definiendo palabras como familia? ¿Valores?», afirmó.

Para las defensoras de los derechos, la disputa no se limita a determinadas leyes, sino que también gira en torno a quién tiene el poder de definir la familia que esas leyes buscan proteger.

«Para los actores contrarios a los derechos, los valores familiares significan que el único tipo de familia que debería existir es una familia nuclear, patriarcal y heteronormativa, formada por un hombre, una mujer y sus hijos», sostuvo Deborah Nyokabi, gerenta asociada de Justicia Económica y Derecho de Familia de Igualdad Ahora, conocida en inglés como Equality Now.

Nyokabi agregó que estos argumentos se utilizan para justificar restricciones a la autonomía reproductiva de las mujeres y a sus derechos al divorcio, la herencia y la propiedad, al tiempo que se excluye a las minorías sexuales del reconocimiento legal.

Las personas que participaron de la conferencia de la Red Africana de Derecho de Familia dejaron en claro que defender los avances legales existentes requerirá una mayor coordinación regional, litigios estratégicos y una labor sostenida de promoción de derechos.

Anna Mutavati, directora regional de ONU Mujeres para África Oriental y Meridional, habló sobre la necesidad de tomar la iniciativa y establecer la agenda. «No deberíamos estar tratando de ponernos al día ni tampoco deberíamos estar a la defensiva», explicó.

Mutavati instó a las defensoras de los derechos a coordinarse entre los distintos países para hacer frente a movimientos contrarios a los derechos cada vez más organizados y destacó la necesidad de «…seguir impulsando más derechos y ampliándolos, en lugar de limitarnos a proteger lo que ya tenemos», ya que defender los avances legales del pasado ya no es suficiente.

El mayor desafío ahora es garantizar que las protecciones legales lleguen a las mujeres a las que están destinadas, agregó.

Robert Eno, secretario del Tribunal Africano de Derechos Humanos y de los Pueblos, explicó que muchas de las protecciones legales más sólidas de África para las mujeres y los niños todavía no se traducen en la vida cotidiana, ya que las garantías constitucionales y los tratados regionales a menudo no consiguen modificar lo que sucede dentro de las familias.

«Existen importantes reformas consagradas en disposiciones constitucionales, leyes y compromisos regionales», afirmó Eno. «Sin embargo, en muchas comunidades, la distancia entre la ley y la realidad cotidiana sigue siendo considerable”.

Señaló como ejemplo el histórico fallo del Tribunal Africano contra Mali, que rechazó el argumento del Gobierno de que las leyes consuetudinarias o religiosas podían prevalecer sobre sus obligaciones en virtud del Protocolo de Maputo. El fallo confirmó que el matrimonio requiere el consentimiento libre de ambos cónyuges y que la igualdad dentro de la familia no puede separarse de la igualdad ante la ley.

Integrantes de la Red Africana de Derecho de Familia durante su conferencia celebrada en Nairobi, la capital de Kenia. Imagen: Chemtai Kirui / IPS

Sin embargo, las sentencias judiciales por sí solas no podían desmantelar la discriminación arraigada, afirmó ante IPS Mumbi Ngugi, jueza del Tribunal de Apelaciones de Kenia.

«La legislación avanzó considerablemente. La jurisprudencia favorece los derechos de las mujeres y de los niños. El problema es la aplicación», señaló.

Muchas mujeres, particularmente en las comunidades rurales, desconocían que esos derechos existían o no podían afrontar los costos de hacerlos valer, explicó. Agregó que las garantías constitucionales tenían poco significado si las mujeres no podían acceder a los tribunales o ejercer los derechos que ya tenían.

Chikwangu Katana, un anciano de la aldea de la subdivisión de Digirikani, en el condado keniano de Kilifi, afirmó que muchas familias seguían resolviendo sus conflictos mediante sistemas consuetudinarios.

«Las personas tienen que entender por qué las cosas están cambiando. Si no lo entienden, no lo van a aceptar», sostuvo.

Nyokabi señaló que para convertir las protecciones legales en una realidad cotidiana será necesario que los gobiernos y la sociedad civil trabajen con líderes religiosos y tradicionales y, al mismo tiempo, fortalezcan las redes regionales, como la Red Africana de Derecho de Familia, que permite a las defensoras compartir estrategias jurídicas y promover leyes de familia más igualitarias y compatibles con las sociedades africanas.

Uno de estos esfuerzos ya está en marcha a través del Comité de Derecho de Familia de la East African Law Society. Abogados de ocho países están documentando desafíos jurídicos comunes, desde disputas transfronterizas por la custodia de los hijos y adopciones hasta tecnologías de reproducción asistida, mediación y arbitraje, con el objetivo de elaborar recomendaciones para los organismos de reforma legislativa de toda la región.

Patricia Mundia, presidenta del comité, señaló que el proceso también ayudará a los profesionales a desarrollar enfoques comunes frente a cuestiones de derecho de familia que cada vez trascienden más las fronteras nacionales.

Sin embargo, mantener estos esfuerzos requerirá recursos, en un contexto en el que las organizaciones de derechos de las mujeres compiten por fondos de donantes cada vez más escasos.

Rose Buabeng, responsable sénior de programas de financiamiento del Fondo Africano para el Desarrollo de las Mujeres, afirmó que el financiamiento destinado a los derechos de las mujeres y al activismo feminista se estaba volviendo cada vez más limitado en medio de una creciente reacción contra estos avances. A

Agregó que el AWDF adaptó sus procesos de financiamiento para responder con mayor rapidez a las necesidades de las organizaciones defensoras de los derechos de las mujeres.

Fuente: IPS

agosto 23, 2026

¿Por qué yo no hablo la lengua de mi madre?, la pregunta que dio origen a Leche de Silencio


Con esa duda, proveniente de la memoria enraizada en el silencio, la escritora mexicana Socorro Venegas construye una revolución atravesada por la dignidad de una vida en los márgenes, la revaloración de las lenguas originarias, el diálogo colectivo del duelo, la infancia como territorio trágico y el misterio de las maternidades.


Socorro Venegas Sebastian Freire


En el nuevo libro de la escritora, Leche de silencio, (editado por Páginas de espuma), la también editora y profesora universitaria oscila entre la memoria poética, el ensayo y la autobiografía para recuperar un territorio de voces y experiencias atravesados por el dolor, la lucha y la resistencia. Venegas desnuda el lingüisticidio de un país que se cree monolingüe pero en el que todavía conviven 68 lenguas originarias.

“Yo tenía 9 años cuando por primera vez escuché a mi madre hablar en una lengua que no comprendía. Estaban hablando mi madre y mi abuela materna y me parecían tan lejanas, estaban tan altas como si fueran dos pájaros volando sobre mi cabeza y yo no podía alcanzar ese canto ni comprenderlo, ni dilucidar qué es lo que estaba sucediendo y ese momento convirtió mi vida en un antes y un después, porque aunque era solo una niña, ahí me di cuenta de que había algo que me separaba de mi madre y esa experiencia se fue guardando en mí con el tiempo”, cuenta Socorro a Las12.


Esta experiencia de recuperar la lengua materna tiene que ver también con la recuperación del territorio común, ¿no es cierto?

-Sí, era como si hubiera vuelto a conocer a mi madre en su pueblo, un pueblo indígena de México, en el que aparentemente se conquistó el derecho a trabajar la tierra, luego de revolución mexicana con su lema Tierra y Libertad. Se decía: “la tierra es de quien la trabaja” Y quienes la trabajaban eran estos campesinos, personas indígenas como mis abuelos y toda la familia de mi madre, pero trabajaban en unas condiciones en las que no se garantizaba que solo con el trabajo ellos pudieran realmente hacer una vida. Tenían todas las carencias que siguen rodeando a la gente que trabaja la tierra, por eso también siguen siendo tan vulnerables.

Socorro Venegas Sebastian Freire

¿Defender un territorio, en este caso también es defender la lengua, el derecho a aprender la lengua materna?

-Sí, es un libro que puede leerse como una novela, la novela de la vida de mi madre y de la mía también. Quería saber cómo había sido su propia infancia y trabajé con historias que conocía bien, o que creía conocer muy bien, porque esa es la ilusión que tenemos de conocer a nuestros padres a la perfección y resulta que un día nos sentamos, como me ocurrió a mí, a conversar con ella y fuimos volviendo a contarnos, a repasar la vida juntas y fue como volver a conocernos. Entonces ahí supe más de esa niña que con solo 9 años, la misma edad en la que yo descubro que ella habla otra lengua, dejó su pueblo sola, tomó de la mano a una mujer a la que le pide ayuda para que se la lleve de allí. En esta conversación, fui descubriendo que además de la pobreza, del hambre, había otras razones que la empujaron a irse. Imaginen a una niña que tiene que dejar el único mundo que conoce, el único hogar al que pertenece.

¿Y fue cuando tuvo que irse que dejó de hablar su lengua?

-Supo que tenía que abandonar su lengua para no sufrir la discriminación que hay contra los pueblos indígenas en su propio país. Tuvo como que silenciar ese territorio de la lengua al mismo tiempo que se apartaba del territorio del hogar.

También cuenta que se fue porque no tenía qué darles de comer a sus hermanos, como si fuera una responsabilidad suya...

-Ella era la única niña entre varios hermanos varones y parecía corresponder, como todavía hasta nuestros días, que el cuidado de ellos era suyo, como que tenía asignada esa tarea. Ella casi no pudo ir a la escuela porque tenía que cuidar al hermano más chiquito, ayudarle a su mamá en la cocina y con las tareas domésticas por ser mujer. Sus hermanos tenían una libertad que ella no podía gozar. Y luego también, por mucho que tu madre te ame, hay ciertas estructuras patriarcales que en estas sociedades es muy difícil cambiar. Mi abuela materna, por ejemplo, terminó heredando las tierras de su padre que fue revolucionario zapatista en México y cuando hace su testamento, cuando decide qué va a dejarle a sus hijos, los deja más protegidos a ellos que a sus tres hijas, incluyendo a mi madre y mi mamá siempre resintió mucho eso, lo guardó en su corazón.

¿Cómo fue el desarrollo de esa lengua?

-Mi madre supo desde la escuela que si hablaba su lengua, el nahuatl, podía ser castigada, incluso físicamente entonces son lenguas que han ido desapareciendo. Ahora depende de estas subversiones individuales, personales, que se pueda seguir hablando, que se mantenga viva la lengua. Esta revisión vital que hemos hecho juntas para el libro, de alguna manera siento que me ha habilitado para emprender también mi propia revolución, mi propia subversión que es aprender esta lengua y poder tener con mi madre una conversación en nahuatl.

¿Y qué dijo ella cuando le contaste que estabas escribiendo sobre ella?

-Lo supo desde el principio porque le pedí que conversáramos. Aunque yo había escuchado muchas veces esta historia, quería que me la contara ella, quería ser la interlocutora en la que confiara. Ella supo siempre que esas conversaciones eran grabadas para este libro. También le dije que iba a escribir y que si había algo con lo que no se sentía cómoda, me lo dijera y lo sacábamos. Siempre he pensado que un libro no tiene que pasar por encima del corazón de nadie, y en este caso era mi madre. La gran fortuna fue que ella no quiso retirar nada aun cuando su historia fue muy fuerte, viviendo en contra de una sociedad racista, machista, clasista, con una valentía, una fuerza y un apego a la vida tremendos. Al contrario, ella cree que es un libro para ser leído porque sabe que las violencias siguen lastimando a las mujeres y que hay una vulnerabilidad especial entre las que quieren, con todo el derecho, hablar en su lengua, mantener una forma de pensar, de encontrarse en el mundo, que nos enriquece a todas y a todos.

¿Vos también sufriste esa discriminación?

-Sí, yo recibí también discriminación ya en un momento en el que por supuesto no había castigos físicos en la escuela, pero tenía 12 o 13 años -lo cuento en el libro- cuando mi profesora quiso en una clase que le diéramos un ejemplo de qué era ser bilingüe. Y entonces yo levanté la mano y le dije, “Mi madre es bilingüe porque habla español y habla nahuatl”. Y entonces un niño allí en la clase gritó, “Tu mamá no es bilingüe. Tu mamá es una india.” Lo dijo con toda la carga racista y despectiva que podía haber en esas palabras, porque se sintió autorizado por todo un país, por toda una sociedad que mira de esa manera a los indígenas, como si fuéramos personas de otra clase, por supuesto inferiores, y que solo puede haber bilingüismo si se consideran las lenguas hegemónicas.

¿Cómo fue recibida la idea de escribir este libro en la editorial?

-Tuve una conversación con mi editor, Juan Casamayor de Páginas Espuma y le conté un poco sobre lo que quería escribir, un ensayo sobre el lingüisticidio, sobre cómo se mata las lenguas indígenas, pero también quería escribir sobre esa experiencia desde la propia vida de mi madre y mostrar qué pasa en la vida de una persona, de alguien sobre la que parece que no hay nada que contar y el editor se entusiasmó mucho con la idea. La verdad es que he tenido mucha suerte de que abrazara este proyecto con tanto cariño y tanta generosidad.

Es recuperar tu identidad

-Sí, escribí este libro para que la gente sepa quién soy, de dónde vengo. Ha sido como un trabajo de arqueología, de buscar en mis orígenes, en mis madres, lo digo en plural, tan lejos como pude mirar. Mi abuela trabajó en el campo, lavó ropa en el río para ella, para sus hijos, para alimentarlos. Cuando mi abuelo desapareció en este país donde ahora sufrimos el flagelo de las desapariciones forzadas, fue uno de los primeros desaparecidos. Y sobre eso también me pregunto, ¿cómo se puede borrar así a una persona?, ¿Cómo se puede borrar también una lengua? ¿Cómo se puede querer borrar toda una cultura, una cosmovisión?

Además de escribir, das clases en la Universidad de México reivindicando la literatura de los pueblos originarios

-Sí, sobre todo como editora he buscado mostrar que México no es un país monolingüe, porque en todos los espacios públicos y privados a veces funcionamos como si lo fuéramos, pero es un país en el que se hablan 68 lenguas originarias y publicamos en una sola. Me parece muy importante que procuremos la edición bilingüe y algo que me parece esencial y que hemos ido incorporando en los libros que publicamos en la universidad es que se puedan escuchar en las voces de sus autores y autoras por eso ponemos un código QR para que los lectores y las lectoras puedan escanearlo y puedan escucharlos en las voces de sus autores y autoras. Lo hemos hecho en una colección de poesía y aparecen estas lenguas que han sobrevivido gracias justamente a la transmisión oral, que vienen de muy lejos y han subsistido porque se siguen hablando, porque hay esfuerzos heroicos de personas que han resistido a la eliminación y han mantenido viva su lengua trasladándola a sus hijos. Mi madre estaba muy sola con eso, como muchas personas, y para proteger a sus hijos de la discriminación tuvo que ocultar esa lengua. Pero ahora estamos yendo en la dirección opuesta hablando de lo que significó ese borramiento, esa renuncia a la lengua y al mismo tiempo con decisiones individuales para recuperarla.

¿Recuperarlas desde ediciones nuevas?

-Me parece muy importante que estos esfuerzos no sean condescendientes. Durante mucho tiempo me ha parecido que cuando se hacen estas ediciones destinadas a difundir la literatura en lenguas indígenas, muchas veces son descuidadas, y yo he querido pensar que podemos ir en la dirección contraria, cuidar más esos libros, que sean bellos y que sean dignos precisamente porque nos trasladan a un tesoro lingüístico vivo que es nuestro patrimonio. Entonces en mis clases he procurado hacer visibles otras ausencias. Dirijo la colección Vindictas, donde estamos recuperando escritoras latinoamericanas del siglo XX que fueron marginalizadas, que quedaron fuera del canon a pesar de la gran calidad literaria de su obra y preguntarles a mis estudiantes si de verdad habremos leído ya lo mejor de la literatura latinoamericana cuando se invisibilizó a la mitad de la humanidad.

¿Qué otros mensajes te gustaría que llegaran con tu libro?

-Yo no quería que fuera una denuncia, ni un discurso para decirle a nadie lo que tenía que pensar. Quería mostrar nuestra historia y que se fuera adentrando en el imaginario de las lectoras y de los lectores para pensar que podemos acompañarnos y comprendernos en una historia como esta que podría ser mucho más cercana de lo que pensamos porque no necesariamente tenemos que tener en común una lengua indígena o una lengua distinta, a veces es reflexión puede centrarse en ese idioma, en esos códigos familiares, en esas conversaciones que no hemos tenido con nuestros padres. Un libro como este pone de relieve que las preguntas pueden ser interesantes y fructíferas y lo mucho que podemos aprender si tratamos de recuperar el léxico familiar del que hablaba Natalia Ginzburg, por ejemplo, el tejido inestable entre la ficción y la memoria.

Fuente: Las/12

Sí a la Diversidad Familiar!
The Blood of Fish, Published in