junio 29, 2026

América Central cuida con desigualdad y con sistemas débiles


Ana Alvarado cuida desde hace cinco años a su padre, Manuel de Jesús Alvarado, de 85 años, en su vivienda del cantón El Tránsito, en Santa María Ostuma, en el centro de El Salvador, en un contexto donde, en América Central, el peso del cuidado recae mayoritariamente en las mujeres. Imagen: Edgardo Ayala / IPS


Los esfuerzos por establecer políticas sobre cuidados en América Central avanzan lentamente, con rezagos estructurales y sin una red pública de servicios, como centros de cuido para niños y personas mayores, que evite que el peso del trabajo recaiga en su mayor parte en las mujeres.

El financiamiento siempre limitado en las siete naciones centroamericanas impide ampliar esos servicios, de modo que la construcción de un sistema integral de cuidados sigue siendo un objetivo lejano en la región, conformada por Belice, Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua y Panamá.

El istmo está marcado por profundas brechas socioeconómicas, con altos niveles de desigualdad, informalidad laboral y limitaciones fiscales que condicionan la capacidad de los Estados para ampliar sistemas de protección social para una población conjunta de 53 millones.

Detrás de las brechas estructurales en la provisión de cuidados, las dinámicas cotidianas se traducen en arreglos familiares donde la responsabilidad recae de forma desigual en una sola persona, generalmente una mujer cercana al familiar frágil, en el caso de los adultos mayores.


“Tal vez me hubiera gustado tener mis propias cosas, trabajar para tener mi casa, mi familia, pero ya era el destino que me tocaba”: Ana Alvarado.

“Aquí estamos siempre pendientes de mi papá, él es un hombre fuerte, gracias a Dios”, dijo a IPS Ana Alvarado, de 51 años, responsable del cuidado de su padre, Manuel de Jesús Alvarado, de 85 años.

Ana y su padre viven en el cantón El Tránsito, un asentamiento rural del distrito de Santa María Ostuma, en el centro de El Salvador.

Ana relató que ella trabajaba en San Salvador, la capital del país, distante unos 70 kilómetros. Pero hace cinco años asumió el cuidado permanente de su padre, luego de una serie de complicaciones médicas graves que incluyeron múltiples cirugías y una infección que dejó secuelas en el estado de salud de él.

“Casi se nos muere”, contó.

Su padre, sentado a su lado asintió, y comentó: “No todo el tiempo pasa uno con toda la energía de cuando uno es joven, se nota el avance de la edad y los golpes de las enfermedades”.

“Me tocó venirme a mí, porque era la única soltera. Me tocó estar aquí. Mis hermanos aunque quisieran estar aquí no pueden, ellos trabajan en San Salvador y ya tienen su hogar”, dijo Ana entre comprensiva y resignada.
Integrantes del Centro de Estudios de la Mujer de Honduras, una de las organizaciones que impulsan la creación de una ley de cuidados en su país, junto a un cartel con el lema “Hora de Cuidar”. Imagen: Cortesía del CEM
El peso sobre las mujeres

Los cuidados se entienden como el conjunto de actividades necesarias para sostener la vida diaria y el bienestar de las personas, que incluyen desde la atención a niños y personas mayores o enfermas y dependientes hasta el trabajo doméstico asociado a esas tareas.

Según el enfoque de ONU Mujeres, se trata de un trabajo esencial para el funcionamiento de la sociedad y la economía. Comprende tanto el cuidado no remunerado dentro de los hogares como los servicios de cuidado pagados, y que tiende a recaer de forma desproporcionada sobre las mujeres.

Las mujeres del Triángulo Norte de Centroamérica continúan asumiendo la mayor parte del trabajo de cuidados no remunerado, según el informe Estado de situación del sector de cuidados en Guatemala, El Salvador y Honduras, publicado en octubre de 2025.

El reporte establece que en los tres países persisten patrones similares en la organización del cuidado que profundizan las brechas de género.

En los tres las mujeres dedican entre tres y cinco veces más tiempo al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado que los hombres, lo que se refleja en una menor participación laboral femenina.

Cerca de 70 % de las mujeres guatemaltecas permanece fuera de los sistemas laborales regulados, al igual que 66,7 % de las salvadoreñas y 64,7 % de las hondureñas. Muchas terminan incorporándose a ocupaciones precarias, caracterizadas por bajos ingresos, ausencia de protección social y escasas oportunidades de capacitación.

“En Guatemala, las mujeres continúan asumiendo la mayor parte del trabajo de cuidados no remunerado, lo que les impide incorporarse al mercado laboral, continuar sus estudios o dedicar tiempo a su propio bienestar”, afirmó a IPS Maritza Velásquez, de la Asociación de Trabajadoras del Hogar a Domicilio y de Maquila y de la Red Guatemalteca por los Cuidados.

Velásquez actuó como coordinadora del estudio.

La investigación también encontró que la provisión de cuidados en la región sigue descansando principalmente en arreglos familiares informales, debido a la falta de marcos normativos coherentes y mecanismos de financiamiento sostenibles, un modelo que reproduce desigualdades de género a lo largo del ciclo de vida de las mujeres.

“Hemos visto que las mujeres se dedican definitivamente más tiempo de su vida a cuidar a otros que a cuidarse ellas mismas”, acotó Velásquez.

Ante este panorama, el estudio propone destinar al menos el equivalente a 1 % del producto interno bruto (PIB) a un fondo plurianual de cuidados para ampliar la infraestructura social y reducir el déficit de servicios dirigidos a la primera infancia, personas mayores y población dependiente.

Actividad en un centro diurno en San José de Costa Rica, donde se apoya el cuidado de los adultos mayores, como parte de las mejoras del Sistema Nacional de Cuidados y Apoyos, que se considera el más avanzado hasta ahora en América Central. Imagen: Sinca

Pocos avances reales

El avance de las políticas de cuidados en América Central muestra distintos niveles de desarrollo entre países, con brechas importantes en su institucionalización y alcance.

Mientras Guatemala, Honduras y El Salvador apenas comienzan a construir marcos más sistemáticos para organizar la provisión de cuidados, todavía con iniciativas fragmentadas y limitaciones de financiamiento, Costa Rica se ubica en una etapa más avanzada.

Esa nación aprobó en 2022 la Ley del Sistema Nacional de Cuidados, que dio base legal a su implementación, con una red estatal que articula servicios públicos y privados para personas adultas y en situación de dependencia, a fin de protegerlas y dar apoyo a los cuidadores, remunerados o no, para mejorar la calidad de vida de las dos partes.

En El Salvador, la política de cuidados existe como marco, pero su alcance sigue siendo muy limitado en la práctica.

“Es un instrumento poco conocido y con limitaciones para volverse operativo, pues carece de un presupuesto”, señaló a IPS Carmen Urquilla, de la Organización de Mujeres Salvadoreñas por la Paz, al referirse a la Política Nacional de Corresponsabilidad de los Cuidados, aprobada en el 2023.

Esa iniciativa no es una ley aprobada por la Asamblea Legislativa, sino un instrumento de política pública del Poder Ejecutivo.

Esto significa que no tiene rango legal vinculante, sino que funciona como un marco de orientación para acciones institucionales y programas. Su implementación depende, en la práctica, de la voluntad política y de la asignación de recursos presupuestarios.

La experta salvadoreña explicó que uno de los principales desafíos no está en la definición del problema, sino en la falta de recursos para traducirlo en servicios concretos como centros de atención infantil o espacios de apoyo para personas mayores.

También advirtió que el énfasis del enfoque vigente tiende a centrarse más en quienes reciben cuidados que en la organización del sistema que los sostiene.

En Guatemala, la discusión sobre cuidados se mantiene en una fase inicial y con avances intermitentes.

“El avance es muy incipiente”, afirmó la guatemalteca Velásquez, al señalar que no existe aún una política pública consolidada.

La dirigente señaló que algunos acercamientos institucionales en materia de cuidados fueron impulsados desde la Secretaría Presidencial de la Mujer durante el gobierno de Alejandro Giammattei (2020-2024), pero advirtió que estos procesos han perdido continuidad con el cambio de administración hacia el actual gobierno de Bernardo Arévalo.

La activista agregó que la transición entre ambas gestiones ha implicado la interrupción o ralentización de varias iniciativas previas, lo que ha afectado la posibilidad de darles seguimiento sostenido dentro del aparato estatal.

Según explicó, esa inestabilidad ha dificultado la construcción de un sistema sostenido y con participación formal de las organizaciones sociales.

Velásquez agregó que, aunque se han retomado conversaciones recientes, el proceso sigue sin una hoja de ruta clara y sin mecanismos estables de articulación entre Estado y sociedad civil. En su visión, el país aún se encuentra en una etapa de definición básica de qué tipo de sistema de cuidados se quiere construir.

En Honduras, el debate ha avanzado hacia propuestas más estructuradas, aunque sin aprobación legislativa.

“El país aún no cuenta con una ley aprobada, pero sí con borradores y mesas de trabajo”, explicó a IPS Suyapa Martínez, directora del Centro de Estudios de la Mujer de Honduras.

La especialista explicó que existe una iniciativa de Ley del Sistema Integral de Cuidados presentada por una diputada de oposición, mientras el gobierno trabaja en una propuesta propia, con la intención de fusionarlas y avanzar hacia una normativa común.

Sin embargo, advirtió que el avance de esta agenda ha estado marcado por vaivenes políticos y cambios de prioridades con la llegada de un nuevo gobierno, lo que ha impedido darle continuidad sostenida a los esfuerzos previos y consolidar un marco legal estable para el sistema de cuidados.

Tras el gobierno de Xiomara Castro (2022-2026), en enero de este año llegó a la presidencia de Honduras el ultraconservador Nasry Asfura, promovido por el presidente estadounidense, Donald Trump.

Buenas leyes, pero de momento lejanas

La activista hondureña explicó que la propuesta de sistema integral de cuidados contempla una combinación de transferencias económicas y expansión de servicios públicos, con la creación de bonos para personas cuidadoras y apoyos directos a hogares que realizan estas tareas.

A esto se sumarían centros diurnos para personas mayores, programas de atención domiciliaria y servicios de asistencia para personas con discapacidad, como parte de una red de apoyo que busca reducir la sobrecarga actual en las familias.

La implementación de este esquema, señaló Martínez, requeriría una inversión significativa, estimada en alrededor de 29 millones de dólares en un período de cuatro años, según los estudios preliminares incluidos en la propuesta.

En ese contexto, señaló que una de las principales referencias para el diseño del sistema es la experiencia de Uruguay.

Ese país cuenta desde 2015 con un Sistema Nacional Integrado de Cuidados, que reconoce el cuidado como un derecho humano, en lo que fue un modelo pionero en América Latina que se sustenta en la corresponsabilidad y el financiamiento compartido del Estado, las familias, el mercado y la comunidad.

En 2024, Panamá siguió parcialmente ese modelo al establecer un Sistema de Cuidado de Personas, que “garantiza el derecho al cuidado, el pleno bienestar y el desarrollo de las personas, así como a la protección de su autonomía”, brindando apoyo legal a las personas bajo cuidado y sus cuidadores. Pero el sistema enfrenta aún desafíos en su aplicación.

En el caso hondureño, Martínez advirtió que el proceso aún depende de acuerdos políticos y de la definición de recursos sostenidos para su implementación.

Mientras tanto, la cuidadora salvadoreña, Ana Alvarado, señaló que le habría gustado continuar trabajando o desarrollar un proyecto propio, pero terminó reorganizando completamente su vida para atender a su padre.

Contó que ella recibe apoyo financiero de sus hermanos para medicamentos y otros gastos de su padre, ellos se mantienen muy pendientes de él, pero el cuidado cotidiano recae casi por completo en ella.

“Tal vez me hubiera gustado tener mis propias cosas, trabajar para tener mi casa, mi familia, pero ya era el destino que me tocaba”, afirmó Ana.

Fuente: IPS

junio 28, 2026

Sonia Correa: “No son antiderechos: disputan la definición misma de los derechos”

Detrás de los liderazgos disruptivos de la nueva derecha hay una trama intelectual que disputa el significado de la democracia, la ley y los derechos humanos. En esta entrevista, Sonia Corrêa recorre las raíces históricas y filosóficas de ese proyecto político y analiza por qué su avance no puede comprenderse sólo como una reacción coyuntural.

Foto de portada: archivo Mujeres bacanas

Sonia Corrêa vive en Río de Janeiro y es una referencia para cualquier persona interesada en no improvisar interpretaciones sobre las dinámicas y disputas de esta fase de la ultraderecha, en especial en lo que concierne a su manifestación como políticas antigénero. Investigadora y activista feminista, de una erudición genial, es reconocida más allá de su Brasil natal por su trabajo en los campos de género, sexualidad y derechos humanos. En más de cuatro décadas fue cincelando un campo de reflexión crítica sobre las políticas de sexualidad y sobre las disputas contemporáneas en torno a los derechos humanos. Siempre disponible para la charla en cafés, sobremesas, livings y chats, en esta entrevista desarma algunos lugares comunes con los que solemos pensar los autoritarismos actuales.

—En los últimos años vemos que la ultraderecha disputa la noción de democracia y se apropia del lenguaje de los derechos humanos. ¿Qué significa eso?

—Primero hay que distinguir dos cosas que suelen mezclarse: la disputa sobre democracia y la disputa sobre derechos humanos. Están relacionadas, pero no son idénticas. La manera en que la ultraderecha opera respecto de la democracia no es exactamente la misma que respecto de los derechos humanos. En ambos casos hay apropiación, pero las estrategias son distintas. Y para entender eso necesitamos mirarlo desde una perspectiva histórica. Lo que está ocurriendo hoy no puede leerse sin mirar los fascismos históricos. Eso no significa que estemos repitiendo los años 30. Hay diferencias muy importantes. Pero también hay trazos comunes, especialmente en los discursos sobre género, natalidad, familia y nación, aunque no exclusivamente. Antes de avanzar, sin embargo, es importante aclarar que lo que describo se sitúa en la geografía de las Américas y Europa, no puede ser transportado automáticamente para otros contextos. 

La filósofa italiana María Antonietta Macciocchi escribió en los ‘70 sobre los fascismos históricos europeos. Los describió como una “política emocional” y “epidemia familista”, es decir fuerzas que arrastraban una concepción de la nación como gran molécula familiar volcada a la procreación. Esa idea resuena muchísimo con el actual resurgimiento natalista y con la centralidad que adquiere la familia como núcleo político moral de los giros actuales a la ultraderecha. Pero hay diferencias fundamentales a subrayar: hoy no estamos ante partidos únicos fascistas clásicos, con sus milicias uniformadas de camisas negras, o verdes como eran las fardas del Integralismo brasilero. Vivimos un momento fascista del neoliberalismo y lo que asistimos es resultado de un largo proceso de reorganización, aprendizaje y reconfiguración de las fuerzas reaccionarias. 

—¿En qué sentido aprendieron?

—Aprendieron que el recurso abierto a la violencia ya no es necesariamente el primer paso. La estrategia ahora es llegar al poder por vía democrática y, una vez allí, transformar las reglas desde adentro. En América Latina, además, hay una particularidad: nosotros sí tuvimos movimientos fascistas fuertes en los años ‘30 y luego dictaduras militares en los ‘60 y ‘70. Eso nos diferencia de Estados Unidos, donde el fascismo como forma política clásica no tuvo arraigo masivo. Por eso me parece problemático el uso indiscriminado del término “populismo” que llega desde el norte como si fuera sinónimo de fascismo contemporáneo. Nuestros populismos tienen otra historia, otra genealogía. 

Volviendo la mirada hacia el escenario de las América y de Europa, los escenarios de hoy son el resultado acumulativo de un largo proceso de reorganización que empieza en los años ‘60 y ‘70 de manera dispersa. Uno de sus nudos seminales se identifica en la virulenta reacción de las corrientes católicas integristas a las reformas doctrinales en pro de la justicia social y de una crítica, aunque velada, a la explotación capitalista adoptadas por el Concilio Vaticano II. En Estados Unidos, ese momento seminal no fue predominantemente religioso, pero sí una reacción más bien secular a los avances legales y cambios culturales resultantes de la lucha antiracista, en especial las decisiones progresistas de llamada Corte Warren. 

Sólo más adelante esa movida se mezclaría con fuerzas religiosas para contestar la insurgencia frente a la guerra del Vietnam y sobre todo la llamada revolución cultural de 1968. En ese pasaje, el fundamentalismo evangélico fue atraído para esa nueva formación política bajo el paraguas del Moral Majority Movement, una cruzada orquestada por líderes no religiosos del Partido Republicano para combatir lo que veían como secularización excesiva, pérdidas de valores tradicionales y hasta una amenaza a civilización americana. 

A pesar de muchas diferencias, ese repudio visceral a 1968 de parte de la ultraderecha norteamericana, convergiría con la reconstrucción de la extrema derecha secular en Europa, la cual también veía como “desorden” y “amenaza civilizatoria” a la rebelión juvenil. Aunque fue dominante en el Norte Atlántico, esa dinámica tuvo muchas ramificaciones en América Latina, menos conocidas y debatidas. 

—Muchas veces estos liderazgos parecen coyunturales o marginales. ¿Hay una estructura intelectual detrás?

—Sí, y es un error enorme no verla. Uno mira a Trump, Bolsonaro o Milei y tiende a enfocarse en el estilo disruptivo, en la provocación de esas figuras individuales. Pero detrás o debajo de ellos hay una infraestructura epistémica sólida y compleja. Hay intelectuales de muchos tenores, juristas, estrategas culturales y desde los ‘90 tecnólogos de la revolución informacional. Aun cuando pueda parecer insólito, la literatura disponible nos enseña que en ese largo ciclo de reorganización muchos de esos intelectuales reaccionarios leyeron a Marx, a Gramsci a la Escuela de Frankfurt. Comprendieron que la disputa en torno al orden de las sociedades y del mundo no es sólo económica sino cultural, simbólica, subjetiva. A lo que asistimos, por lo tanto, nos es a una “guerra cultural” sencilla y dicotómica entre agentes conservadores y activistas que actúan en el campo del género y de la sexualidad (como se suele describir). Es una trama amplia de campos múltiples y sobrepuestos de disputa ideológica y epistémica: disputas por la producción de sentido, por la definición de lo que es o no políticamente legítimo y por la interpretación de constituciones y derechos, sean ellos derechos ciudadanos o derechos humanos. No estamos sólo ante la fuerza bruta de políticos grotescos e improvisados, como suele parecer. Estamos ante un campo organizado que decidió disputar corazones y mentalidades para sedimentar su hegemonía cultural y política. Y como se ha dicho tantas veces, esa “revolución conservadora” que también tomó las calles se ha aprovechado con mucha eficacia de la plataformización o digitalización de la política. 


“Lo que está ocurriendo hoy no puede leerse sin mirar los fascismos históricos”

—En ese contexto, ¿por qué apropiarse del lenguaje de la democracia?

Porque esa reconfiguración epistémica también implicó el reconocimiento de que en contextos cada vez más numerosos se hacía cada vez menos viable posicionarse contra las reglas democráticas, que aseguran la legitimidad política con base en el voto. El campo reaccionario al mismo tiempo que hace lo que hemos nombrado como giro gramsciano –o sea la inversión robusta en disputas culturales por hegemonía que nombran como “metapolítica”– también ha dejado atrás su lógica previa de que si el orden es amenazado “haremos un golpe”. Ahora se mueve por el camino de la política electoral, o sea ganar elecciones, nutrir y sostener una base sólida de apoyo que en algunos casos no sobrepasa el 30 por ciento del electorado, pero es suficiente para anclar su “revolución continuada” con vistas a la destrucción, pari y pasu, de instituciones democráticas. Como se ha visto en la Hungría de Orbán, en el Brasil bajo Bolsonaro y ahora se manifiesta de manera aún más brutal en Argentina y Estados Unidos.

Además, su discurso sobre democracia es vendido al sentido común como si fuera sinónimo de soberanía nacional, que se hace urgente para hacer frente al “globalismo”. En ese registro, por ejemplo, los organismos como la ONU son presentados como aparatos volcados a imponer valores externos e incompatibles con las sociedades nacionales. Cuando propagan esa crítica anti-globalista de la ONU como supuesta promotora de “nuevos derechos” para decirle a los países cómo deben vivir, lo que hacen en concreto es disputar la autoridad moral de los consensos internacionales sobre derechos humanos, que en las últimas décadas del siglo XX se han ido sedimentando como parámetros de arquitecturas democráticas por todo el mundo, pero en especial en América Latina. O sea, no estamos frente a una mera apropiación semántica en abstracto a la democracia: es efectivamente una redefinición epistémica, o sea de su significado.

—Con relación a como atacan los derechos humanos, ¿es correcto llamarlos “antiderechos”?

Desde mucho, quizás unos cinco años, tengo dicho que esa nomenclatura es insuficiente, problemática. Es cierto que las fuerzas de las que estamos hablando atacan lo que ellas mismas denominan como “nuevos derechos”, que son sobre todo los derechos relacionados a género y sexualidad, pero no exclusivamente. Eso no significa, sin embargo, que el proyecto político de esas fuerzas no cuente con una concepción propria de derechos incluso de derechos humanos. 

Acá es productivo rescatar la elaboración de Wendy Brown en el artículo “American Nightmare”, de 2006, que examina los efectos de la imbricación entre la racionalidad neoliberal y el ultra conservadurismo religioso. Según Brown esa combinación estaba reduciendo los derechos democráticos a su expresión más simple –tener propriedades, votar y consumir– e incitando a formas variables de docilidad política. Pero en nuestro tiempo la concepción regresiva de “derechos”, en especial cuando se tratan de los derechos relacionados a género y sexualidad, tiene raíces más profundas de las cuales es también necesario hablar. 

En el campo progresista, una muy antigua narrativa sedimentó la noción de que la Iglesia Católica se opuso sistemáticamente a los derechos humanos desde la Revolución Francesa hasta el giro del Concilio Vaticano II, en los años ‘60. Efectivamente, fue sólo a partir de ahí que la terminología de los derechos humanos sería abiertamente incorporada a la gramática institucional del Vaticano. Pero esa versión de la historia deja escapar elementos genealógicos muy importantes, como por ejemplo que la concepción misma de los “derechos del hombre” del siglo XVIII no sólo tenía raíces en concepciones anteriores de derecho natural, como que luego de legitimada seria re-cristianizada como se puede verificar en una elaboración robusta de Hegel en La filosofía del Derecho.

Además, cuando revisamos el proceso de redacción de la Declaración Universal de 1948, esa huella cristiana y sobre todo católica es también evidente, especialmente en lo que concierne a la concepción de dignidad humana que, como sabemos, sigue siendo nodal en los debates actuales sobre derechos humanos. Por ejemplo, como relata en detalle Patrick Moyn en su genealogía de como los derechos humanos han sido recreados en la post II Guerra, el comité de redacción de la DUDH fue dominantemente compuesto por hombres cristianos (un único miembro judío). No sólo eso sino también que el intelectual católico Jacques Maritain tuvo un rol central en ese complejo proceso de elaboración, sobre el concepto de dignidad humana. 

Eso implica reconocer que el ambiente de hoy no es de conflicto entre fuerzas pro y antiderechos, pero sí refleja una batalla feroz entre concepciones distintas de derechos. Como he analizado en un corto ensayo sobre la Declaración Dignitas Infinita proclamada por Bergoglio al final de su papado, uno de los nodos cruciales de esos embates se da justamente en torno diferencias radicales en torno a definiciones epistémicas de dignidad.

—¿Dónde están las diferencias y tensiones más significativas?

Sin dudas, la disputa en curso se da en torno a parámetros y definiciones epistémicas, como es el caso de la acusación de que los derechos humanos serían una imposición globalista anti-soberanista. Esto responde a esfuerzos de muchas décadas para sedimentar la legitimidad y aceptación de la premisa de universalidad. Pero también, las diferencias de visión epistémica sobre el significado de dignidad. Pienso que es útil ver las diferencias, yo diría insuperables, en lo que concierne a la heurística o sea los parámetros de interpretación de derechos humanos que no están disociados de la lógica interpretativa del constitucionalismo democrático que también ha ganado legitimidad en las décadas siguientes a la adopción de la Declaración Universal de 1948.

Desde los años ‘50, especialmente en Estados Unidos –en base a las decisiones de la llamada Corte Warren que responde a demandas antiracistas del movimiento por los derechos civiles– se consolida una heurística expansiva, que retomó la idea seminal de “ley viva” elaborada por el juez Brandeis, de la Suprema Corte, en el comienzo el siglo XX. En el cierne de esa lógica interpretativa está el principio de que los derechos pueden y deben ser ensanchados en base a interpretaciones ancladas en los principios de igualdad y libertad. 

Lo que pasó en EEUU tenía similitud con dinámicas entonces en curso en varias cortes constitucionales europeas, así como en el Sistema Internacional de los Derechos Humanos. Más adelante esos parámetros interpretativos serían extendidos a los países del sur global que se estaban redemocratizando, en especial América Latina. Esto puede ser ilustrado por el párrafo X de la Opinión Consultiva 24/178 sobre Identidad de Género, Igualdad y No Discriminación emitida por la Corte Interamericana en 2017: “…los tratados de derechos humanos son instrumentos vivos, cuya interpretación debe acompañar la evolución de los tiempos y las condiciones de vida actual”. 

Las fuerzas de la ultraderecha y ultra conservadoras de estos tiempos neofascistas accionan la categoría “nuevos derechos” para rechazar no solamente algunos contenidos sustantivos del andamio de los derechos humanos tal como se ha desarrollado desde 1948, pero sobre todo, esas premisas heurísticas, ese método interpretativo. Su proyecto contiene la propuesta de retorno a la lectura literalista u originalista de los textos jurídicos, descartando todo lo que no estaba escrito originalmente. Se trata por lo tanto de una restauración interpretativa, claramente ejemplificada por una afirmación muchas veces repetidas por el juez ultraconservador Anthony Scala, de la Suprema Corte Norteamericana: “La Constitución no es un documento vivo… Está muerta. Muerta, muerta, muerta”. En 2025, cuando la Corte se subordinó totalmente a los designios de Donald Trump, el juez Clarence Thomas, también ultra conservador, retomó esa idea al declarar que “los precedentes deben respetar nuestra tradición jurídica, nuestro país y nuestras leyes, y deben basarse en algo, no sólo en algo que alguien soñó y otros aceptaron”. 


“Estamos ante un campo organizado que decidió disputar corazones y mentalidades para sedimentar su hegemonía cultural y política”

—Hay también una dimensión filosófica más profunda en esta disputa, ¿no?

—Sí. Aun cuando no parezca, el debate filosófico sobre “nuevos derechos” es antiguo. Puede y debe ser recuperada la controversia clásica, del final de siglo XVIII, entre Edmund Burke –hoy de nuevo un ícono del pensamiento ultraconservador– y la pionera feminista Mary Wollstonecraft que criticó con vigor el repudio de aquel a la Revolución Francesa y a los Derechos del Hombre. Vale la pena revisitar ese conflicto en cuyo trasfondo está la cuestión sobre si la naturaleza humana es transformable o no. El progresismo parte de la idea de la perfectibilidad humana: que las condiciones sociales pueden cambiar, que las estructuras pueden transformarse. El conservadurismo radical sostiene que la naturaleza humana es fija, que ciertos órdenes son naturales e inmutables. 

—¿Por eso el feminismo ocupa un lugar tan central en los ataques?

—Porque el feminismo encarna la idea de transformación estructural: de las relaciones de género, de la familia, del trabajo, pero también de las subjetividades, incluidas sus dimensiones corporales. No es casual que Mary Wollstonecraft sea un personaje nodal en la controversia seminal sobre derechos humanos deflagrada por la crítica ultraconsevadora de Burke. Wollstonecraft contesta la acusación lanzada sobre los derechos humanos leídos como puras abstracciones. Y llama la atención sobre la posición desigual y la subalternidad de las mujeres y de las personas esclavizadas en el orden político defendido por Burke, condiciones que según ella nunca podrían ser alteradas sin la capacidad de transformación de la naturaleza humana. Una elaboración, que a mi modo de ver, es sorprendentemente actual.


Fuente: Las/12

junio 27, 2026

Maitena asegura que perdió a la mitad de sus lectoras por expresar su feminismo: "Se enojan conmigo porque no pueden reconocerse feministas"

Sandra Sabatés entrevista en 'Mujer tenía que ser' a Maitena, una reconocida ilustradora argentina que se ha convertido en un icono feminista a nivel internacional. Con ella conversa sobre la situación del mundo en general, y las políticas de Milei en particular.

El Intermedio

En su sección 'Mujer tenía que ser', Sandra Sabatés entrevista a Maitena, una ilustradora argentina que se ha convertido en todo un referente feminista a escala internacional para mujeres de varias generaciones.

Recuerda que en sus inicios como dibujante sus compañeros hombres "estaban encantados de que hubiera una mujer". Sin embargo, apunta que cuando le fue mejor que a ellos, "ya no les gustó tanto".

En aquellos primeros tiempos trabajaba en una revista de humor sexual que "era muy machista", aunque según ella en aquella época "el mundo era así, homofóbico, machista, misógino". Entonces ella hacía personajes donde el deseo era femenino y "eso era casi subversivo".

No obstante, afirma que no era consciente de que muchas de sus viñetas adelantaban muchos de los debates feministas de hoy en día: "No sabía cómo se llamaban esas cosas. Yo hablaba de lo que ahora se llama tareas de cuidados, sororidad, patriarcado, monogamia, pero no tenían esos nombres, no tenía ninguno".

Para Maitena, esa etiqueta de autora feminista le ayuda, ya que considera que el feminismo "es el movimiento político más importante del último siglo", por lo que se siente orgullosa. Todo ello a pesar de que afirma que perdió la mitad de sus lectoras después de pronunciarse políticamente y militar en el feminismo: "Muchas de estas mujeres que se identificaban con lo que yo decía o con mis quejas de la vida de la mujer, ahora se enojan conmigo porque no se pueden reconocer feministas", señala.

Maitena defiende que se había producido un cambio en los últimos años en lo que respecta a la libertad de las mujeres, pero que ahora "estamos volviendo para atrás". Algo tras lo que cree que hay "un plan" porque "nadie quiere a las mujeres libres".
Su opinión sobre Milei

Respecto a la política en Argentina, se muestra contundente: "A mí me violenta Milei, un discurso tan ordinario, tan machirulo, tan desagradable, tan violento". En su opinión, lo peor que está pasando en su país es que "la gente se está muriendo de hambre". "Yo estoy acá en España y salir a comer, comprar ropa, todo es más barato que en Argentina", apunta.

Sin embargo, para ella lo grave es la gente que lo apoya: "Esa gente que quiere que no se ayude a los necesitados, que no se paguen impuestos, que se regalen los glaciares, que se arruine la tierra".

A pesar de este oscuro panorama que tenemos por delante, Maitena propone agarrarse a las relaciones afectivas, el amor, el sexo, la naturaleza, la comida, cocinar tanto para amigos como para nosotros mismos, salir a pasear o "bailar hasta el amanecer": "Disfrutar de la vida es nuestra venganza".

Fuente: La Sexta

junio 26, 2026

En el centenario de Ingeborg Bachmann, la escritora que buscó la raíz de la violencia patriarcal



Los límites del lenguaje, las secuelas de la guerra y la desigualdad entre hombres y mujeres son el vértice sobre el que descansa la obra de Ingeborg Bachmann, una de las escritoras en lengua alemana más importante del siglo XX, que este 25 de junio hubiera cumplido cien años.

Y con motivo de este aniversario se reedita en español una de sus obras más icónicas 'Malina', en Nórdicaslibros, una obra considerada obra maestra de la literatura europea, y un retrato psicológico feminista de la conciencia de la mujer que explora las raíces de la violencia sistémica, las estructuras patriarcales y la naturaleza de la identidad femenina. Un retrato de una escritora que intenta contar su propia historia en un mundo dominado por hombres.
Se reedita 'Malina', obra icónica de Bachmann que explora las raíces de la violencia patriarcal

La vida Bachmann, Klagenfurt (Austria, 1926-Roma, 1973) estuvo marcada por la inseguridad y la fragilidad psicológica, vivió el nazismo y la guerra y buscó en la verdad la respuesta a la violencia del siglo XX. Luchó contra el patriarcado en el hogar, en la familia, y se entregó a la creación por completo. 'Solo vivo cuando escribo', llegó a decir.

Pero otro de sus grandes temas fue su preocupación por los limites del lenguaje para poder nombrar el horror, la violencia o la injusticia que atravesó su tiempo.

"El centenario de Ingeborg Bachmann es una ocasión perfecta para descubrir o releer, y, sobre todo, para reivindicar la obra de una de las autoras más importantes de la literatura europea del siglo XX", explica Efeminista Diego Moreno, directo de Nórdicaslibros.

"Me parece que la lectura de sus textos, y especialmente de su novela Malina, es especialmente necesaria ahora-.argumenta Moreno- . Es importante llevar a las librerías obras de gran aliento, de compromiso con la literatura, con potentes metáforas e imágenes, con clara voluntad poética y literaria, como es la obra de Bachmann. La autora austriaca retrata la violencia sistémica hacia las mujeres y el funcionamiento de las estructuras patriarcales, y lo hace sin renunciar a la mejor literatura, y asistiremos a páginas memorables que quedarán en nuestra memoria, como el magnífico final de la obra", concluye.
La revista Turia le dedica a Bachmann un número especial

Por otra parte, y también con motivo de este centenario, la revista cultural Turia dedica un número especial dedicado a Ingeborg Bachmann.

Un volumen que reúne 150 páginas de textos inéditos elaborados por una veintena de autores españoles y austríacos, entre los que figura la Premio Nobel de Literatura Elfriede Jelinek, con el fin de acercar al público de habla española la trayectoria y la obra de una de las figuras más relevantes de la literatura europea del siglo XX.

En este número, Isabel Hernández, profesora de la Universidad Complutense de Madrid, señala que la imagen pública de Bachmann, que hablaba de discursos poéticos con vehemencia, contrasta con una personalidad íntima marcada por la fragilidad y el miedo, elementos que, a su juicio, resultaron determinantes en la construcción de una obra literaria innovadora.
"Pionera en la representación literaria de las secuelas de la guerra y la desigualdad entre hombres y mujeres"

La especialista también destaca la vigencia de su pensamiento en un contexto en el que la violencia y los conflictos continúan presentes en la sociedad.

La publicación analiza la producción poética y narrativa de Bachmann, así como cuestiones relacionadas con la memoria, el lenguaje, la violencia, las relaciones de poder y la identidad femenina.

Entre los contenidos sobresale una contribución de Elfriede Jelinek, quien ha definido a Bachmann como una autora pionera en la representación literaria de las secuelas de la guerra y de las desigualdades entre hombres y mujeres.

Por Carmen Sigüenza | EFE - 

Sí a la Diversidad Familiar!
The Blood of Fish, Published in