febrero 07, 2026

¿Qué son los micromachismos y por qué no deben considerarse «micros»?



En nuestra vida cotidiana, existen pequeños gestos, comentarios y actitudes que parecen inofensivos pero que esconden una realidad más compleja y preocupante. Estas conductas sutiles, que muchas veces pasan desapercibidas, son conocidas como micromachismos, y aunque su nombre incluya el prefijo «micro», su impacto en la vida de las mujeres es todo menos pequeño.

Definición y origen del término micromachismo

El término «micromachismo» fue acuñado en 1991 por Luis Bonino Méndez para describir lo que él llamó «pequeñas tiranías» o «violencia blanda» contra las mujeres. Estas conductas, actitudes y gestos sutiles son casi imperceptibles en el día a día, pero reflejan y perpetúan la dominación histórica masculina que ha caracterizado nuestras sociedades durante siglos.

Los micromachismos no son actos aislados ni inofensivos que ocurren por casualidad. Forman parte integral de un sistema patriarcal profundamente arraigado que limita sistemáticamente la libertad, la autonomía y la capacidad de decisión de las mujeres en todos los ámbitos de su vida.

La mayoría de estas conductas son inconscientes, producto de una socialización de género que hemos internalizado desde la infancia. Tanto hombres como mujeres las reproducen sin cuestionarlas, porque forman parte de lo que consideramos «normal» en nuestras interacciones sociales. Sin embargo, esta normalización es precisamente lo que las hace más peligrosas y difíciles de erradicar.

Por qué los micromachismos no son «micro»

El uso del prefijo «micro» puede ser engañoso y hasta contraproducente. Aunque estas conductas parezcan pequeñas o insignificantes de manera individual, su efecto acumulativo es profundo, sostenido en el tiempo y verdaderamente devastador para la vida de las mujeres. Es como las gotas de agua que caen constantemente sobre una piedra: cada gota parece inofensiva, pero con el tiempo pueden erosionar incluso la roca más dura.

Estos comportamientos refuerzan sistemáticamente los roles de género tradicionales, invisibilizan las contribuciones y capacidades de las mujeres, y perpetúan desigualdades estructurales en todos los niveles de la sociedad. Minimizar estos actos como «micro» es, en realidad, un eufemismo peligroso que oculta la violencia simbólica y real que generan día tras día.

Tipos de micromachismos y ejemplos cotidianos

Cada categoría de micromachismos tiene características específicas, pero todas comparten el objetivo común de mantener o reforzar la subordinación de las mujeres de manera sutil. Por eso es fundamental cómo se manifiestan en nuestra vida diaria.

Micromachismos utilitarios: consisten en asignar a las mujeres tareas de cuidado, administrativas o de servicio sin que sea su función, aprovechándose de la socialización femenina orientada al cuidado de otros.

Ejemplos: pedir sistemáticamente a una compañera que tome notas en reuniones, aunque no sea su rol, o esperar que las mujeres organicen eventos sociales de la oficina. En casa, asumir que la mujer es la responsable natural de la limpieza o la cocina, mientras el hombre solo «ayuda» cuando se le pide explícitamente, como si fuera un favor y no una responsabilidad compartida.

Micromachismos de invisibilización: estas conductas tienen como objetivo minimizar, ignorar o apropiarse del trabajo, las ideas y las contribuciones de las mujeres, manteniéndolas en un segundo plano invisible.

Ejemplos: interrumpir constantemente a las mujeres en conversaciones o reuniones (fenómeno conocido como «manterrupting«), ignorar o restar valor a las propuestas o logros de las mujeres mientras se atribuyen a colegas hombres, o simplemente no reconocer el trabajo doméstico o de cuidado como trabajo real que requiere tiempo, energía y habilidades específicas.

Micromachismos simbólicos: estos operan principalmente a través del lenguaje, las representaciones y los símbolos culturales que refuerzan estereotipos de género y perpetúan la desigualdad de manera casi invisible.

En el lenguaje: llamar «señorita» a una mujer adulta (cuando no existe el equivalente «señorito» para hombres), usar sistemáticamente el masculino genérico para referirse a grupos mixtos invisibilizando la presencia de mujeres, o hacer comentarios paternalistas como «eres muy valiente por hacer eso» ante acciones que serían consideradas normales en un hombre.

En los medios: las imágenes sexistas en publicidad que muestran a mujeres siempre en roles de cuidado o como objetos decorativos, mientras los hombres aparecen en posiciones de poder y toma de decisiones.

Micromachismos coercitivos: Estos son quizás los más dañinos psicológicamente, pues implican formas sutiles de manipulación emocional y control sobre las mujeres que pueden pasar completamente desapercibidas.

Manipulación emocional: Invalidar sistemáticamente los sentimientos de una mujer diciéndole que «está exagerando» o «es muy sensible», culparla por situaciones completamente fuera de su control, o hacerla dudar de su propia percepción de la realidad (gaslighting sutil, luz de gas).

Control sobre el cuerpo: comentarios como «si no quieres que te miren, no te pongas escote» que responsabilizan a las mujeres por las acciones de otros, o bromas sexistas que normalizan la desigualdad y el acoso haciéndolas pasar por humor inofensivo cuando en realidad perpetúan violencia simbólica.

Micromachismos en el entorno laboral

El ámbito laboral es un terreno especialmente fértil para los micromachismos, donde se manifiestan de múltiples formas que limitan el desarrollo profesional de las mujeres y perpetúan la desigualdad entre éstas y los hombres en las organizaciones.

Diferencias en el saludo: saludar con dos besos a la mujer mientras se da solo la mano al hombre marca una diferencia de trato que posiciona a las mujeres en un plano más informal o personal, mientras los hombres reciben un trato más profesional.

Códigos de vestimenta sexistas: exigir vestimenta distinta según el sexo, como pantalón largo obligatorio para hombres mientras las mujeres «pueden» usar falda, refuerza estereotipos y a menudo implica mayor vigilancia sobre el cuerpo de la mujer.

Mansplaining constante: explicar condescendientemente a una mujer algo que ella domina perfectamente, asumiendo que por ser mujer necesita que se le explique, es una forma de invalidación profesional muy común.

Asignación estereotipada de tareas: encargar sistemáticamente a mujeres tareas administrativas, de organización o cuidado en la oficina (preparar café, decorar espacios, coordinar eventos) limita su desarrollo en áreas estratégicas.

Ignorar propuestas de mujeres: desestimar las propuestas de mujeres en reuniones para luego valorar positivamente la misma idea cuando la presenta un hombre minutos después es una forma brutal de invisibilización.

Impacto real de los micromachismos en la vida y el trabajo

En el ámbito laboral, los micromachismos contribuyen significativamente a la persistente brecha salarial de género y a la menor presencia de mujeres en puestos de liderazgo y toma de decisiones, incluso cuando están igualmente o mejor cualificadas que sus colegas hombres.

El desgaste emocional y psicológico constante provoca frustración crónica, desmotivación profunda y, en muchos casos, el abandono laboral de mujeres talentosas que se cansan de luchar contra un sistema que las invalida constantemente. Es una pérdida enorme de talento y potencial humano que afecta no solo a las mujeres, sino a toda la sociedad.

Por qué es importante visibilizar y combatir los micromachismos

Detectar y nombrar los micromachismos es el primer paso fundamental para erradicarlos y avanzar hacia una verdadera igualdad entre los sexos. No reconocerlos perpetúa no solo la desigualdad material y económica, sino también la violencia simbólica que opera todos los días contra millones de mujeres. Este tipo de violencia es insidiosa porque se presenta disfrazada de costumbre, tradición o simple cortesía, cuando en realidad está limitando sistemáticamente las oportunidades y el bienestar de más de la mitad de la población.

Las empresas y la sociedad en general tienen la responsabilidad de crear espacios inclusivos que cuestionen activamente estas conductas, implementen políticas claras contra ellas y promuevan una cultura organizacional basada en el respeto y la igualdad real. La igualdad de género no es solo una cuestión de justicia social, sino que beneficia a todos: mejora el clima laboral, aumenta la productividad, fomenta la innovación y construye sociedades más justas y prósperas.

Una herramienta extremadamente efectiva para detectar micromachismos es el método de inversión de roles. Consiste en imaginar la misma situación con los géneros invertidos y observar si la conducta sigue pareciéndonos normal o aceptable. Este ejercicio mental puede revelar de manera sorprendente los sesgos de género que operan en nuestras interacciones cotidianas.

No basta con ser pasivamente «no machista»; debemos ser activamente antimachistas, cuestionando y desafiando estas conductas cuando las observamos, tanto en otros como en nosotros mismos. Cada vez que identificamos un micromachismo, cada vez que decidimos no reproducirlo, cada vez que educamos a otros sobre estas conductas, estamos contribuyendo a construir un mundo más justo.


Fuente: La Costilla Rota
Imagen generada para uso editorial por LCR

febrero 06, 2026

Campamentos de brujas, cuando las creencias son más fuertes que las leyes

En el norte de Ghana hay mujeres condenadas por temores ancestrales. Se las acusa de brujas. Si un vecino de Matis Awola sueña que lo persigue una vaca con la cara de Matis, la vida de ésta corre peligro.
Mujeres exiliadas

Matis, viuda de sesenta años, no tenía a ningún hombre que la defendiera. En cuestión de días, su vida se convirtió en una pesadilla; la echaron de su comunidad, su hijo la llevó a Gambaga, uno de los seis «campamentos de brujas» del país. En la actualidad, esta mujer vive allí, en una pequeña choza sin ventanas junto a otras ochenta mujeres acusadas de brujería.

Recinto en el campamento de brujas de Gambaga. Wikimedia Commons.

Aunque estas acusaciones son comunes en Ghana y en muchos otros países de África, sobre todo en Nigeria, la República Democrática del Congo, Tanzania, Sudáfrica, Mozambique…, desterrar a las mujeres a asentamientos es poco común. Para cientos de mujeres el exilio comienza con un susurro que cree haber oído alguien, un sueño como el del vecino o una desgracia inexplicable: una muerte en la familia, una mala cosecha, una enfermedad, etc. En Ghana, la creencia en la brujería alcanza unos porcentajes altísimos. Para las culpables, el destierro a un «campamento de brujas» es la única manera de sobrevivir; en sus aldeas las lincharían o serían repudiadas.

Algunas veces, antes de marchar, las mujeres consideradas brujas tienen un juicio para probar la veracidad de la acusación: se mata a un pollo o a una gallina y dependiendo de cómo caiga al morir, la mujer será culpable o inocente. Pero en muchos casos, la simple acusación decide el destierro de una mujer, independientemente del resultado del ritual; se desobedece a los espíritus que hablaron a través del sacrificio del pollo.
Los campos de desterradas

La vida en los campamentos se caracteriza por penurias incesantes. Las mujeres viven en la pobreza, marginadas incluso por sus propias familias. Duermen en suelos de tierra, dependen de donaciones esporádicas y tienen un acceso precario a agua potable, atención médica o alimentos.

Bachalbanueya, de ochenta años, ha pasado más de 45 en el campamento de Gambaga. Fue desterrada porque una vecina la acusó de la muerte de su esposo. Su historia no es única; si tienes la mala suerte de que se muera tu esposo, te acusan de haberlo matado.

Quedan seis «campamentos de brujas» no oficiales en el norte de Ghana, situados cerca de aldeas como Gambaga, Kpatinga, Gnani y Kukuo. Aunque estos asentamientos pueden ofrecer refugio ante el peligro inmediato, también son un duro recordatorio de la exclusión social y la injusticia no resuelta que las mujeres siguen enfrentando. No son ni un refugio ni una prisión, son algo intermedio. No hay vallas ni muros, pero las barreras culturales y psicológicas impiden que las mujeres intenten irse. Muchas creen que si regresan a casa les caerá una desgracia, enfermarán o incluso morirán. Se les hace creer que si abandonan el campamento, los espíritus van a matarlas.

Antes de llegar allí, algunas fueron atacadas, agredidas y abandonadas en el bosque. Otras fueron expulsadas de forma discreta por familiares para librarse de un supuesto peligro espiritual. En cada caso se esconde una visión profundamente patriarcal, en la que se ataca a las mujeres, especialmente a las viudas o a las que no cuentan con la protección masculina.

Fusheina, viuda y madre de cinco hijos, ha pasado los últimos seis años en el campamento de Gnani. El jefe de su aldea la acusó de brujería después de la repentina muerte de su sobrino, y fue expulsada de inmediato. Ahora vive sola. «No soy feliz porque mis hijos no están conmigo», dice en voz baja. «Solo quiero volver a casa». Pero regresar es impensable; teme que los aldeanos le hagan daño.

Presuntas brujas en el campamento de brujas de Gambaga. Wikimedia Commons.

La explotación de las mujeres exiliadas es un problema severo. En algunos campamentos, se las obliga a trabajar sin remuneración para los líderes comunitarios, acarreando agua o en la agricultura. Existen informes fidedignos de abusos y agresiones sexuales. La ayuda humanitaria no siempre se distribuye de forma justa, y se acusa a líderes de desviar alimentos o fondos para uso personal. Administrar un «campamento de brujas» se ha convertido en un negocio.
Superstición e injusticia hacia las más vulnerables

Esta violencia contra las mujeres va dirigida hacia las más vulnerables: ancianas, pobres, viudas y sin hijos capaces o dispuestos a defenderlas; se maltrata a las que no tienen voz. A veces, las acusaciones terminan en muerte. En julio de 2020, Akua Denteh, de 90 años, fue linchada en un mercado público tras ser acusada de brujería. Su asesinato, filmado y difundido, conmocionó al país y desató demandas de reformas legales. Se convirtió en un símbolo de la intersección entre la superstición y la violencia de género.

Aunque los hombres también pueden ser acusados, las acusaciones caen mayoritariamente sobre las mujeres. Parece que los brujos usan sus poderes para el bien. «Cuando los hombres son espiritualmente fuertes, se dice que protegen a la comunidad», declaró Lamnatu Adam, directora ejecutiva de la organización de derechos de las mujeres Songtaba. «Cuando las mujeres son espiritualmente fuertes, se dice que traen enfermedades y desastres».

Las motivaciones para acusar de brujería a las mujeres tienen que ver tanto con el control como con las creencias. «Es la teoría de conspiración más antigua de la humanidad», dice John Azumah, director ejecutivo del Instituto Sanneh en Accra. A veces acusan a mujeres para expulsarlas de la comunidad y luego apropiarse de sus tierras. En otros casos, incluso los hijos pueden creer que sus madres están saboteando sus vidas.
Un atisbo de esperanza

Durante décadas, la Iglesia Presbiteriana de Ghana ha apoyado a las mujeres acusadas de brujería, proporcionándoles comida, ropa y atención médica básica, a la vez que les ayuda para que puedan volver con sus familias. La reverenda Gladys Lariba Mahama, que lleva visitando el campamento desde 1997, conoce a las mujeres por su nombre. Quiere que vuelvan a su vida de antes: ha conseguido que algunas visiten a sus familias o que sus familiares vengan a verlas.

Mujeres en el campo de brujas de Tindaanzee,

Sin embargo, para la mayoría, el estigma persiste. Regresar a casa requiere someterse a un ritual de «purificación», a menudo el sacrificio de un carnero y un pollo, para absolver a las acusadas de brujería. Esto puede costar más de 1000 cedis ghaneses (unos 100 dólares), una suma prohibitiva para mujeres sin ingresos. Incluso después del ritual, muchas familias siguen sin aceptarlas. «Una vez bruja, bruja para siempre», dijo Azumah.

Ama Somani, madre de ocho hijos, pasó cuatro años en Gambaga tras ser acusada por su sobrina. En abril de 2025, con la ayuda de la reverenda, volvió con su familia. La iglesia financió el ritual. Ama se ha reunido con sus hijos y, aunque la vida sigue siendo difícil, está con ellos.

En los últimos 15 años, ONGs como ActionAid Ghana y Songtaba han ayudado a reintegrar a cientos de mujeres. En 2014, el campamento de Bonyasi se clausuró tras la reintegración de todas sus residentes mediante un programa coordinado de sensibilización comunitaria, eventos públicos y apoyo a las mujeres que volvían a casa.

Un proyecto de ley

En marzo de 2025, el Parlamento de Ghana reintrodujo el Proyecto de Ley contra la Brujería, una legislación histórica que tipificaría como delito acusar a alguien de brujería, prohibiría las consultas espirituales que a menudo dan lugar a acusaciones, exigiría responsabilidades legales a los que dirigen los campos y crearía programas de reintegración para las supervivientes.

Esta no es la primera vez que se presenta el proyecto de ley. En julio de 2023, fue aprobado por el Parlamento como enmienda a la Ley de Delitos Penales de 1960, pero el que era presidente de Ghana se negó a promulgarlo. Ahora, bajo una nueva administración, está previsto que se debata de nuevo, en lo que los defensores consideran una segunda oportunidad crucial.

El objetivo es acabar con las desafortunadas creencias y mentalidades de algunas comunidades que llegan al linchamiento, como el de Akua Denteh. Organizaciones de la sociedad civil, como ActionAid Ghana, Songtaba y el Instituto Sanneh, llevan mucho tiempo luchando por estas reformas, realizando campañas de concienciación pública, ofreciendo viviendas seguras y abogando por la protección legal. Amnistía Internacional también ha instado al Parlamento a actuar con rapidez porque, si no es así, la demora deja a cientos de mujeres en peligro.

Sin embargo, la resistencia sigue siendo fuerte. Jefes y líderes religiosos de ciertas regiones se oponen al proyecto de ley, y algunos políticos temen distanciarse de sus electores. Azumah cree que hay figuras religiosas poderosas y algunos jefes trabajando entre bastidores para bloquear el proyecto de ley. Estas preocupaciones se extienden a la administración actual.

Pero la ley por sí sola no erradicará el problema. Desmantelar creencias arraigadas, heredadas de generación en generación, requerirá años de educación pública y cambio cultural. En Gambaga, a Matis Awola no le interesa el proyecto de ley y la política que lo rodea. Piensa en sobrevivir como pueda durmiendo sobre una estera en su choza. Lo que quiere es volver a casa y estar con su familia de nuevo.

Referencias



Por Marta Bueno Saz
Licenciada en Física y Graduada en Pedagogía por la Universidad de Salamanca. Actualmente investiga en el ámbito de las neurociencias.
Fuente: Mujeres con Cienciaa

febrero 05, 2026

Violencia sexual y reproductiva en Palestina: las mujeres como blanco estratégico del genocidio

Lejos de ser un “daño colateral”, la violencia sexual y reproductiva contra las mujeres palestinas forma parte de una estrategia colonial de larga duración. El genocidio en Gaza se inscribe en una lógica demográfica que busca impedir la reproducción de la vida palestina y aniquilar no solo el presente, sino también la posibilidad de futuro.




El genocidio en Gaza debe ser comprendido como la fase más reciente de un proyecto colonial de asentamiento que, desde sus orígenes, tuvo como objetivo la eliminación de la población originaria palestina con el fin de garantizar la supremacía judía sobre el territorio. Lejos de constituir un episodio excepcional, la violencia actual se inscribe en una Nakba continua, iniciada en 1948 y jamás interrumpida.


Ese año, bajo el amparo del Mandato Británico, las milicias sionistas llevaron adelante una limpieza étnica sistemática que forzó a más de 750.000 personas a abandonar sus hogares. Más del 80% de la población nativa fue expulsada del territorio que poco después sería declarado Estado de Israel. Esta violencia fundacional -acompañada de más de 13.000 asesinatos- produjo en pocos meses una transformación radical de la composición demográfica: la población judía pasó de representar aproximadamente el 30% al 81% del total. El objetivo era reemplazar a la población existente, sentando las bases de un orden colonial cuya lógica eliminatoria continúa operando hasta el presente.

Pero a diferencia de otros procesos de asentamiento, el proyecto colonial no terminó: se naturalizó. Israel fue reconocido por la comunidad internacional sin exigirle justicia, reparación ni retorno para la población desplazada. 

A pesar de las expulsiones masivas de 1948 y 1967 -que afectaron a 250.000 personas-, de la inmigración de más de un millón de judíos de la ex Unión Soviética entre 1990 y 2000, y de las múltiples matanzas, la proporción de población palestina en el conjunto del territorio entre el río Jordán y el mar Mediterráneo nunca dejó de aumentar.

En el año 2000, los colonos judíos y sus descendientes representaban el 52% del total. Para 2010, eran apenas el 49%. Diez años después, solo el 47%. Estos son datos aportados por el académico palestino Joseph Masad, quien ve en el genocidio actual una estrategia política clara; la única que permitiría preservar la supremacía de los colonos sobre el territorio histórico palestino.

La preocupación sobre el desbalance demográfico ha estado siempre en la retórica y la política israelí; ya desde los años 70, la entonces primer ministra Golda Meir -la misma que decía que los palestinos “no existían”- declaraba que se iba a dormir preocupada pensando cuántos niños árabes nacerían durante la noche. Cuatro décadas más tarde, la ministra de justicia Ayelen Shaked declaró abiertamente que había que dispararles a las mujeres palestinas embarazadas porque “dan a luz a pequeñas serpientes”. 

Muchas mujeres han expresado públicamente su decisión de evitar embarazos durante el genocidio, ante el colapso sanitario y el riesgo extremo de muerte materna o infantil.

En tanto reproductoras de la vida y de la continuidad nacional, las mujeres palestinas han sido históricamente construidas por el régimen colonial como amenazas demográficas. En este marco, la violencia sexual, obstétrica, física y simbólica ejercida contra ellas ha sido una práctica persistente y estructural. Su finalidad es intervenir sobre la reproducción de la vida palestina y quebrar su continuidad en el tiempo.

El genocidio debe entenderse precisamente en estos términos: como la destrucción sistemática de un pueblo, que no se limita a la eliminación física directa, sino que opera también a través del bloqueo, el asedio prolongado, la hambruna inducida, la producción de trauma colectivo y la aniquilación de los horizontes de presente y de futuro. En este proceso, los cuerpos de las mujeres se convierten en un campo central de disputa, donde la violencia reproductiva funciona como una tecnología orientada a impedir la persistencia misma del pueblo palestino.

“Reprocidio”: aniquilar el presente y el futuro

Lo que está en el centro del genocidio es la eliminación de la vida. Y por eso, la resistencia a ese intento de borramiento no solo pasa por la supervivencia inmediata, sino también por la capacidad de reproducir la vida: de gestar, de parir, de criar. Hoy, en Gaza, eso es prácticamente imposible. La violencia reproductiva se manifiesta en todos los niveles: no hay hogares, no hay intimidad posible, no hay médicos especialistas, no hay tratamientos de fertilidad. Las violaciones dejan huellas traumáticas en los cuerpos que afectan directamente la posibilidad de gestar. Entre 2022 y 2025, los abortos espontáneos aumentaron un 300% y la natalidad cayó un 41%. Y aún si una mujer logra concebir, ¿en qué condiciones va a parir? Sin hospitales, sin cuidados neonatales, sin anestesia para las cesáreas. Y si da a luz y el bebé sobrevive, lo espera el frío y la hambruna: madres desnutridas, sin acceso a leche materna, sin leche de fórmula, sin agua potable, sin inmunidad básica.

Este conjunto de prácticas es definido por la académica gazatí Hala Shoman define como reprocidio: una forma específica de violencia colonial que apunta a desmantelar las estructuras reproductivas de una población para eliminarla no solo en el presente, sino también en su potencial de futuro.

El centro de detención Sde Teiman, donde hay más de 4.000 gazatíes detenidos desde el 7 de octubre, se ha convertido en un centro de tortura aún más cruel que Guantánamo o Abu Ghraib. Las denuncias de violación y abuso sexual son múltiples.

El caso paradigmático fue el bombardeo del centro de fertilidad Al Basma, el más grande de Gaza, en diciembre de 2023. Un misil destruyó más de 4.000 embriones y más de 1.000 muestras de esperma y óvulos no fecundados. El doctor Bahaeldeen Ghalayini, fundador del centro, describió la magnitud del ataque con una frase desgarradora: “5.000 vidas en un solo proyectil”. Este ataque deliberado forma parte de una política sistemática y sostenida de aniquilación reproductiva, que abarca desde la destrucción de hospitales materno-infantiles hasta el impedimento de partos seguros, el uso de violencia sexual en cárceles, el envenenamiento ambiental, la destrucción de viviendas y la imposibilidad estructural de criar o amamantar en condiciones mínimas de dignidad.

A ello se suma el colapso total del sistema sanitario, la falta de electricidad en incubadoras, la multiplicación de partos sin anestesia ni insumos, el incremento exponencial de cesáreas de urgencia y de histerectomías realizadas para evitar hemorragias fatales. En algunos casos, médicos han tenido que realizar cesáreas post mortem para salvar a bebés de los vientres de sus madres asesinadas. 

Las condiciones de parto y crianza en refugios improvisados -muchos de ellos rodeados por tanques israelíes o sin acceso a agua, alimento ni privacidad- han generado un entorno de trauma estructural y desesperanza. Muchas mujeres expresan el deseo de volver a tener a sus hijos dentro del cuerpo, como única forma de protegerlos.

En paralelo, los ataques contra la reproducción no se limitan a Gaza. En las cárceles israelíes, se multiplican los relatos de violencia sexual y tortura con impactos directos sobre la salud reproductiva. Estas agresiones no solo buscan dañar cuerpos individuales: buscan humillar, quebrar, implantar el terror, desmantelar el entramado íntimo de la vida palestina, borrando las posibilidades de maternidad, paternidad o intimidad compartida.

Violencia sexual como tecnología colonial

La violencia sexual no es un fenómeno reciente ni marginal, sino que ha estado en el centro de las prácticas colonizadoras desde el inicio. Ha sido política sistemática de los gobiernos laboristas y de derecha por igual. En la masacre de Deir Yassin, el 9 de abril de 1948, se reportaron violaciones masivas a mujeres y niñas palestinas. Según el historiador Ilan Pappé, los líderes sionistas anunciaron con orgullo el número elevado de víctimas para sembrar el pánico. Huir era, en esas condiciones, la única opción racional. Desde entonces miles de niñas y mujeres, pero también hombres y niños, han sido víctimas de violaciones, tortura genital, feminización forzada, castración como parte de una tecnología colonial sistemática de dominación.

El centro de detención Sde Teiman, donde hay más de 4.000 gazatíes detenidos desde el 7 de octubre, se ha convertido en un centro de tortura aún más cruel que Guantánamo o Abu Ghraib. Las denuncias de violación y abuso sexual son múltiples. En lugar de procesar a los agresores, se ha visto a sectores de la sociedad israelí manifestarse en defensa de los soldados acusados.

Las dinámicas de género y sexualidad son fundamentales para comprender la estructura del colonialismo israelí. La dominación opera a través de la feminización del enemigo: violar a una mujer palestina es humillar a su comunidad; feminizar al varón colonizado es castrarlo simbólicamente; desmembrar un cuerpo es convertirlo en desecho.

La masculinidad blanca, colonial y sionista se impone no solo por la fuerza, sino también por el discurso. En los medios hegemónicos y en los sectores liberales de Occidente, los palestinos son presentados como bárbaros, violentos, misóginos, fanáticos, o simplemente como números sin rostro.

La ministra de justicia Ayelen Shaked declaró abiertamente que había que dispararles a las mujeres palestinas embarazadas porque “dan a luz a pequeñas serpientes”. 

Esta operación discursiva configura lo que Orlando Patterson definió como “muerte social”: el despojo simbólico de la agencia, la historia y la pertenencia al género humano. En este marco, la violación de los cuerpos palestinos es una herramienta. Y su impunidad, un síntoma de deshumanización estructural.

En la práctica, esto se traduce en una política genocida integral donde la destrucción deliberada de escuelas, hospitales, universidades, bibliotecas, iglesias, mezquitas, redes de agua y energía, es una estrategia sistemática para impedir la reproducción social palestina. Lo que se busca destruir no es solo el presente, sino la posibilidad de un futuro colectivo. Es una violencia que afecta a los cuerpos, pero también a los saberes, a los afectos, a la memoria, a las formas de vida.
Sostener la vida bajo condiciones de muerte

En este contexto de violencia absoluta, afirmar la vida se convierte en un acto insurreccional. Sin embargo, no todas las familias pueden o desean reproducirse. Muchas mujeres han expresado públicamente su decisión de evitar embarazos durante el genocidio, ante el colapso sanitario y el riesgo extremo de muerte materna o infantil. Como escribió Hala Shoman en redes sociales en agosto de 2024: “Piensen bien antes de traer niños al mundo. Las tasas de aborto espontáneo se han triplicado. Las madres mueren desangradas. No hay leche, ni comida, ni medicamentos. Esto es un ruego envuelto en amor y en miedo”. Estas palabras condensan el dilema ético y político que enfrentan quienes desean continuar una vida afectiva y familiar en medio de un régimen de exterminio.

Al mismo tiempo, esta negativa temporal a la reproducción no contradice el impulso afirmativo de vida, sino que forma parte de una ética del cuidado y de una política de la protección frente al exterminio. Como señala Shoman, resistir no significa solo tener hijos; significa hacer posible las condiciones de vida. Y eso, en Gaza, hoy es una forma radical de lucha.

Las mujeres palestinas han sido históricamente construidas por el régimen colonial como amenazas demográficas. En este marco, la violencia sexual, obstétrica, física y simbólica ejercida contra ellas ha sido una práctica persistente y estructural.

Sostener la vida bajo condiciones de muerte implica desafiar el marco jurídico que define el genocidio solo en términos de cifras de muertos. Destruir la capacidad de reproducción, imponer el duelo permanente, clausurar el horizonte, impedir la crianza, criminalizar la infancia y aislar el deseo son formas de aniquilación que el derecho internacional sigue sin reconocer plenamente.

La historia de las mujeres palestinas es la historia de Palestina. Es una historia de resiliencia y de resistencia, de ocupación y exilio, pero también de continuidad y lucha por la posibilidad misma de existir, de continuar, de vivir con dignidad. Se trata de una lucha que no es sólo por la liberación, sino también contra la eliminación.

Las mujeres palestinas, en este contexto, no son solo víctimas. Son sujetas activas de resistencia. En sus cuerpos se inscribe el proyecto de exterminio, pero también la obstinada voluntad de vivir. Y mientras siga habiendo vida que se defienda, que se reproduzca, que se narre, habrá futuro para Palestina.


Por Carolina Bracco
Fuente: Latfem

febrero 04, 2026

Tejiendo oportunidades: La iniciativa que impulsa la independencia de mujeres a través del tejido

Trece mujeres de La Araucanía llegaron a un taller de tejido sin imaginar que la experiencia sería completamente transformadora, no solo en sus habilidades, sino también en su vida cotidiana. Juana y Magaly son parte de ese grupo y hoy coinciden en algo esencial: tejer volvió a conectarlas con la alegría, la esperanza y la confianza en sí mismas.


Desde las comunas de Collipulli, Victoria y Ercilla, trece mujeres se reunieron gracias a un programa impulsado por CMPC, que puso en marcha un taller orientado no solo a perfeccionar saberes previos, sino también a incorporar una nueva técnica: el jacquard, un método que permite crear figuras y patrones directamente en el tejido y que exige concentración, paciencia y precisión.

Guiadas por la reconocida diseñadora de tejidos, Jandi Gardiazabal, las participantes se sumergieron en un proceso formativo que busca rescatar oficios tradicionales y, al mismo tiempo, abrir oportunidades concretas de desarrollo. El objetivo es que, a futuro, los productos que nacen de esta instancia puedan ser comercializados, cumpliendo con estándares de calidad que permitan transformar el oficio en una fuente real de autonomía económica.



Pero el impacto del taller fue mucho más profundo que las piezas terminadas. Juana Cañuta, una de las participantes, cuenta que tras las distintas sesiones se siente “como otra persona, como una mujer más contenta”. Magaly Valdebenito comparte esa percepción y lo resume así: “soy una mujer distinta, más alegre. Ahora estoy más contenta, me siento orgullosa de mí misma”.


Las sesiones del taller se realizaron de manera itinerante, recorriendo las distintas comunas donde viven las participantes. Al inicio, muchas no se conocían entre sí, pero bastó el primer encuentro para que la distancia se diluyera y comenzara a tejerse entre ellas un vínculo bien entramado, que se afirmaba puntada a puntada, igual que su trabajo con la lana.

Desde la primera sesión los palillos entraron inmediatamente en acción: mientras tejían, cada una se presentaba y compartía fragmentos de su historia. El tejido se volvió así una excusa para conversar, escucharse y encontrarse.

Aunque todas tenían conocimientos previos, ninguna había trabajado antes la técnica del jacquard. Su complejidad inicial generó nervios e inseguridades, pero con la guía constante de Jandi y el apoyo mutuo entre las participantes, las manos comenzaron a soltarse. El proceso partió con la confección de un cuello de lana y avanzó, paso a paso, hasta la elaboración de un chaleco con diseño.


Juana Cañuta vive en Collipulli y aprendió a tejer a los ocho años. Sin embargo, en los últimos años se había dedicado principalmente al telar, por lo que el jacquard también representó un desafío nuevo para ella. De esos primeros encuentros recuerda: “De repente habían algunas compañeritas que decían ‘No voy a ser capaz, parece que lo voy a dejar’. Ahí nos ayudábamos, estábamos unas con otras y decíamos, ‘tenemos que entender esto y salir adelante entre todas’”.

Magaly vive en Rucamilla, comuna de Ercilla. Encontró en el taller una oportunidad para reconstruirse y destaca cómo ese apoyo fue clave para fortalecer los lazos del grupo. “Con todas las chiquillas nos hicimos muy buenas compañeras, nos fuimos conociendo una a otra, y ahora somos un grupo muy unido”, dice con cariño.

Jandi también destaca la conexión entre personas que pueden generar espacios de este tipo. “El tejido es transversal: conecta vidas, territorios y emociones. Verlas aprender algo que parecía imposible y descubrir que pueden emprender con esto es lo más lindo de enseñar”, comenta.

Una herramienta de autonomía

Más allá del aprendizaje técnico, el taller abrió una posibilidad que muchas de las participantes no habían considerado antes: transformar este oficio en una fuente concreta de ingresos. A medida que avanzaban las sesiones, no sólo dominaban la técnica del jacquard, sino que también comenzaban a verse a sí mismas como creadoras capaces de producir piezas con valor comercial. Así, el tejido dejó de ser solo un pasatiempo o una herencia familiar para convertirse en una herramienta real de autonomía.

Jandi reconoce que para ella fue sorpresivo el efecto que tuvo esta instancia en las participantes: “Yo siempre supe que podían, pero nunca pensé que para ellas iba a ser tan significante. No tenía dudas del resultado, pero no pensé que iba a tocar tantos corazones”. Como le pasó a Juana: “Es impresionante cómo uno puede hacer tantas cosas a la vez, y eso significa que somos mujeres con fuerza, con ganas de salir adelante”, dice.


Magaly ha dedicado gran parte de su vida a trabajar en la cosecha, por lo que hoy esta oportunidad le permite pensar en un futuro distinto, donde sus confecciones puedan ser vendidas y el tejido se transforme en una alternativa real de trabajo.


Para ella y para otras participantes, el taller abrió una posibilidad que antes no estaba sobre la mesa: proyectar el oficio más allá del aprendizaje, imaginarlo como un ingreso propio y como una actividad que pueden sostener en el tiempo.

“Es algo hermoso porque nace de uno y con las propias manos de uno. Aparte, puedo ser mi propia jefa, no estar dependiendo de nadie”, cierra con una sonrisa.

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Fuente: Paula

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