julio 02, 2026

El feminismo iraní, entre la guerra y el régimen. Entrevista a Firoozeh Farvardin

La guerra en Irán reordenó el escenario abierto por el levantamiento de 2022: fortaleció a la República Islámica, dio nuevo impulso a las derechas monárquicas en la diáspora y estrechó el margen para una política feminista autónoma. En esta entrevista, la investigadora iraní Firoozeh Farvardin analiza cómo oponerse al régimen sin apoyar la intervención extranjera y cómo sostener, desde abajo, redes de cuidado, resistencia e internacionalismo.


En septiembre de 2022, el asesinato de Mahsa Jina Amini –una joven kurda iraní de 22 años detenida en Teherán por la llamada «policía de la moral», que la acusó de incumplir las normas sobre el uso obligatorio del hijab (velo)– desencadenó en Irán uno de los mayores levantamientos desde la instauración de la República Islámica. Bajo el lema kurdo «Jin, Jiyan, Azadî» –«Mujer, vida, libertad»–, la protesta contra el control estatal sobre los cuerpos de las mujeres se convirtió rápidamente en una impugnación más amplia del régimen, de sus dispositivos represivos y de las formas de desigualdad social y política que atraviesan el país.

Casi cuatro años después, el escenario cambió de manera drástica. La represión estatal desarticuló redes, encarceló a militantes y empujó al exilio a numerosas activistas. Al mismo tiempo, la ofensiva militar de Israel y Estados Unidos reordenó el terreno político: permitió a la República Islámica presentarse como defensora de la soberanía nacional, reforzar los discursos de unidad interna y profundizar la criminalización de quienes se oponen al régimen. En paralelo, sectores monárquicos y de derecha, especialmente activos en la diáspora, ganaron visibilidad con un discurso que asocia el cambio de régimen con la intervención externa y con el que buscan presentarse como la voz legítima de la oposición iraní.

En esta entrevista realizada en abril de 2026, Firoozeh Farvardin –investigadora y militante feminista iraní radicada en Alemania, vinculada al Instituto para la Investigación Empírica en Migración e Integración de Berlín (BIM)– analiza el lugar de los feminismos en una coyuntura marcada por la represión interna, la guerra y la disputa por la representación de la oposición iraní. Su trabajo se centra en el Estado moderno iraní, las políticas reproductivas y de género, y las estrategias de resistencia de los movimientos feministas. Desde una perspectiva feminista y decolonial, Farvardin estudia la articulación entre política moral, neoliberalismo y autoritarismo en la República Islámica. En esta entrevista, plantea la necesidad de sostener una posición capaz de oponerse al régimen sin respaldar la intervención extranjera, atender a las redes de cuidado y ayuda mutua que siguen activas dentro de Irán y repensar, desde abajo, las posibilidades de un nuevo internacionalismo feminista.


Gran parte de la cobertura internacional sobre la crisis iraní se organiza alrededor de una mirada geopolítica: Estados Unidos, Israel, la República Islámica, Rusia, China, las potencias regionales. En ese marco, las voces feministas iraníes suelen quedar desplazadas. ¿Qué se pierde cuando se mira Irán solo desde esa perspectiva? ¿Y cómo son interpretados los ataques de Israel y Estados Unidos por parte de quienes luchan dentro del país?

Las narrativas que encontramos en los medios y en buena parte del debate público son casi siempre geopolíticas. No digo que esa dimensión no sea importante. Por supuesto que lo es. Pero cuando se habla de esta región, y de Irán en particular, la conversación queda casi por completo capturada por ese registro. Se habla de Estados, de alianzas, de equilibrios militares, de intereses estratégicos. Y lo que desaparece es la sociedad iraní.

A mí me interesa partir de otro lugar: mirar qué está ocurriendo dentro de Irán desde la experiencia de las personas de a pie. Eso implica preguntarse por la relación entre la política interna y los acontecimientos externos. Porque no son dos planos separados. La guerra, las sanciones, las amenazas militares y la represión estatal se articulan entre sí. Para quienes viven en Irán, la pregunta no es solo qué actor internacional gana o pierde poder, sino qué posibilidades quedan para organizarse, resistir, hablar e imaginar una vida distinta.

Lo primero que hay que entender es que la guerra funciona como un momento contrarrevolucionario. En Irán hubo un ciclo de movimientos revolucionarios desde 2016, con un punto altísimo en 2022 y otro momento importante en enero de 2026. Al igual que otras feministas iraníes, creo que la guerra bloquea los aspectos más progresivos de ese ciclo. Gane o pierda la República Islámica, la guerra es una bendición para el régimen, porque le permite reprimir al movimiento opositor y ganar legitimidad dentro y fuera del país.

Lo que está ocurriendo fuera de Irán es muy preocupante. En ciertos sectores que se consideran progresistas o de izquierda, el régimen empieza a ser visto casi automáticamente como una fuerza legítima porque se enfrenta a Estados Unidos e Israel. Se olvida que hace muy poco hubo una matanza de miles de personas en pocos días. Ahora se elogia la figura del líder supremo o la de los comandantes militares que fueron asesinados de manera ilegal, pero se omite que ellos mismos eran también responsables de asesinatos y represión. Se produjo una forma de normalización: el régimen gana legitimidad simplemente porque aparece ubicado del lado opuesto a Estados Unidos e Israel.

Dentro de Irán, mientras tanto, hay ejecuciones todos los días. Muchas personas son arrestadas bajo la acusación de ser espías, de estar contra la guerra o de apoyar a Estados Unidos e Israel. Para ser clara: creo que el país fue invadido ilegalmente. No importa si estoy de acuerdo o no con este régimen. Fue una invasión ilegal. No puedo aceptar que se asesine al líder de otro país sin consecuencias. Pero ese es un problema. El otro es que el régimen utiliza esa agresión para reprimir aún más.

También están creciendo los sentimientos nacionalistas. Eso no significa que todo el mundo apoye a la República Islámica. Pero muchas personas empiezan a pensar que, frente a una guerra ilegal, deberían apoyar al Estado iraní como protector del país. Yo no estoy de acuerdo con esa posición, pero entiendo que la polarización empuja a algunas personas a pensar que apoyar al Estado es menos dañino que apoyar una intervención extranjera.

Lo digo no solo como académica que vive fuera de Irán, sino como feminista que sigue vinculada a lo que ocurre allí y que trabaja e investiga, tanto como puede, con las y los iraníes y sobre sus experiencias. La voz que falta en el espacio público es la de quienes buscan una tercera vía. Esa voz existe, dentro de Irán y también en la diáspora. Proviene de quienes sostienen redes de base, de quienes practican políticas del cuidado, de quienes no apoyan ni al régimen ni la guerra. Pero esas voces reciben muy poca atención mediática. Son las mismas que intentan reconstruir o mantener vivas las redes que estuvieron activas durante el levantamiento de 2022.

La República Islámica se preparó durante años para una guerra. Tiene misiles, armas, un programa de militarización que siguió funcionando incluso bajo las sanciones internacionales. Pero no se preparó para proteger a la población. No construyó refugios, no diseñó un plan para una economía de guerra, no tiene una estrategia para sostener la vida cotidiana. La recesión económica actual es muy dura. En ese contexto, quienes ayudan en el nivel más concreto de la vida reproductiva cotidiana son esos grupos y círculos politizados en 2022. Intentan sostener la vida de la gente común, de las trabajadoras y los trabajadores, de las familias de presas y presos políticos. Intentan apoyar, acompañar, dar voz, a pesar de todo.

El gran problema es que internet prácticamente no existe. La conexión con el mundo exterior está cortada. Hay una internet interna, nacional, y algunas VPN muy caras a las que solo puede acceder un grupo reducido de personas. Por eso es muy difícil saber qué está ocurriendo realmente dentro de Irán. A partir de mensajes, tuits o comunicaciones fragmentarias de compañeras y compañeros, sabemos que esas células y comunidades siguen intentando mantenerse vivas y pensar qué pueden hacer. Pero están en un modo de supervivencia mínima. Hoy es casi imposible sostener una posición política articulada desde dentro.

En 2022, el movimiento opositor al régimen parecía marcado por una fuerte impronta feminista y emancipatoria. Ahora, en cambio, parecen ganar espacio discursos monárquicos, militaristas o abiertamente favorables a una intervención extranjera. ¿Cómo cambió el escenario entre el levantamiento de 2022 y las movilizaciones más recientes, tanto dentro como fuera de Irán?

Cuando digo que aumentó la legitimidad del régimen, incluso dentro de Irán, no quiero decir que ahora sea popular. Sigue existiendo una oposición muy fuerte. Mucha gente común continúa manifestándose contra la República Islámica. Hay incluso personas que desean la guerra porque dicen que vivir bajo el régimen es peor que una guerra. No quiero juzgarlas ni negar su agencia. Entiendo las razones que pueden llevar a alguien a decir eso. Pero también creo que hay que tener una idea concreta de lo que es una guerra. Ahora que la guerra está ocurriendo, menos personas dicen abiertamente que prefieren la guerra antes que la República Islámica. La situación está extremadamente polarizada.

La nueva ola monárquica y el apoyo a la guerra deben entenderse como una reacción contrarrevolucionaria. La extrema derecha monárquica ya existía antes. También estuvo presente durante el levantamiento de 2022. Como en cualquier movimiento social amplio, no todas las fuerzas que participaron eran progresistas. Pero en 2022 los monárquicos no tenían la hegemonía política ni discursiva. La voz feminista, las comunidades marginadas, las posiciones progresistas tenían mayor capacidad para producir sentido.

En enero de 2026, en cambio, los monárquicos ganaron mucho más espacio. Eso se explica, en primer lugar, por la represión. Muchas de las personas que habían estado activas en 2022 se encontraban en prisión o habían salido del país. Pero también se explica por el apoyo que reciben de Israel, Estados Unidos y Arabia Saudita. Hay mucho dinero destinado a esa campaña. Se expresa en la televisión satelital, en redes sociales, en TikTok, en campañas masivas orientadas a instalar la idea de que la restauración monárquica es la única alternativa real al régimen.

Esa posición se volvió más popular. No podemos ignorarlo. El lenguaje y la retórica del levantamiento de enero de 2026 no fueron los mismos que en 2022. Ni dentro ni fuera de Irán. Es evidente que el discurso fue mucho menos feminista.

De todos modos, a diferencia de otras personas, yo no llamaría a ese movimiento «fascista» sin más. Existe ese debate, y muchas veces las etiquetas funcionan para separar: «eso no somos nosotras, eso pertenece a otro campo». Yo no lo veo así. Creo que hubo una continuidad con el ciclo de protestas abierto en 2022 tras el asesinato de Mahsa Jina Amini. La evidencia está en esas redes, en la participación de fuerzas progresistas en la calle y en las formas de organización que persistieron. Pero, sobre todo fuera de Irán, el discurso que logró articular la escena fue el monárquico.

Eso afecta el modo en que se interpreta la guerra. Desde afuera, alguien puede concluir: «el pueblo iraní es mayoritariamente monárquico y por lo tanto quiere la guerra». Esa lectura sirve para justificar un ataque contra Irán. Los monárquicos existen y siguen teniendo presencia. Pero después de ver durante meses que la guerra no trae un cambio de régimen, sino la destrucción del país y el colapso del Estado, creo que parte de la gente empieza a entender otra cosa. La guerra no está dirigida solo contra la República Islámica. Vuelve imposible la vida dentro de Irán. Por eso creo que, al advertirlo, muchas personas dentro y fuera del país están apoyando menos una intervención de este tipo. Aun así, los medios opositores de la diáspora y los sectores con más poder insisten en que las y los iraníes prefieren la guerra y la intervención extranjera antes que vivir bajo la República Islámica.

Una de las consecuencias de la guerra, además de la destrucción, el trauma y la imposibilidad de sostener la vida, es que la República Islámica tiene ahora más poder. Pero también está herida. Y eso puede volverla todavía más peligrosa. Desgraciadamente, la gente pierde cualquiera sea el resultado para el régimen. Antes, con la represión estatal, miles de personas fueron asesinadas. Ni siquiera sabemos cuántas. Sabemos que al menos cientos de niñas y niños fueron asesinados por el régimen. Ahora, con la invasión, también hay miles de muertos y cientos de niñas y niños asesinados.

Lo que me pregunto es por qué resulta tan difícil hacer duelo por todas esas personas. Políticamente se volvió muy difícil decir «estoy contra la matanza de estas personas» sin que alguien responda: «entonces estás a favor del otro lado». Tal vez el caso iraní sea una expresión extrema de algo más general, pero esa es la situación del mundo: una polarización brutal en la que la vida de las personas importa menos que el lugar en que se supone que una debe ubicarse. Es una historia muy triste.

En ese contexto de polarización extrema, ¿cómo intervienen los feminismos? ¿Qué formas de organización o de cuidado sobreviven cuando el régimen reprime, la guerra bloquea la política y las voces más ruidosas de la diáspora aparecen capturadas por la oposición binaria entre República Islámica e intervención extranjera?

Decir qué está pasando ahora dentro de Irán implica necesariamente cierto grado de especulación. La información es muy limitada. Todo el mundo parece estar tomando partido en esta polarización. Pero quienes realmente están haciendo algo dentro de Irán son activistas civiles, muchas de ellas feministas, y redes orientadas a sostener la vida cotidiana que ya estaban activas en distintas ciudades. Son quienes amplifican la voz de las personas presas, de quienes tienen condenas a muerte y de las familias afectadas. Ayudan a personas heridas o encarceladas, comparten información y acompañan.

Esa es la política real. No la hacen quienes están fuera de Irán pidiendo la guerra ni quienes dicen representar al pueblo iraní desde los medios de la diáspora. La hacen estos grupos de activistas, muchas de ellas feministas en la práctica, aunque no siempre se presenten bajo esa etiqueta.

Ahora mismo, la gente está más bien en un estado de supervivencia. Hay grupos que juntan dinero para ayudar a trabajadoras y trabajadores que perdieron sus empleos porque muchas fábricas fueron destruidas. Irán tiene además una enorme cantidad de trabajadores de plataformas digitales. Ese trabajo también desapareció. Es muy difícil imaginar cuántas personas se quedaron sin empleo. Y no hay un plan estatal para responder a esa situación. Entonces esos grupos empiezan a construir pequeñas economías alternativas, formas de ayuda mutua, mecanismos para producir algo y sostenerse entre sí.

Otro ejemplo es la ayuda a las personas heridas después del levantamiento de enero de 2026. Muchas no pueden ir al hospital porque allí pueden ser arrestadas o incluso asesinadas. Hay personas que tienen todavía perdigones o pequeñas balas dentro del cuerpo. Quienes las ayudan son grupos que se formaron durante el levantamiento de Jina y que todavía se conocen, se buscan, se activan.

También existen cocinas comunitarias. No tienen el mismo grado de institucionalización que en Argentina u otros países de América Latina, pero cumplen una función muy importante: alimentar a personas que no tienen lo suficiente. Muchas de esas iniciativas están organizadas por grupos feministas, de izquierda o progresistas.

Pero, políticamente, esas redes no tienen hoy una voz articulada. Primero, porque internet está cortado y no pueden expresarse. Segundo, porque fuera de Irán, en la diáspora, quienes más ruido hacen son o bien los sectores próximos al régimen o bien distintas formas de monarquismo.

Los derechos de las mujeres han sido utilizados muchas veces como justificación para la intervención extranjera en Oriente Medio: la idea de que Occidente debe «salvarlas» del extremismo islámico. En Irán, al mismo tiempo, la República Islámica intenta apropiarse de ciertas demandas feministas y utilizarlas en su propaganda. ¿Cómo operan hoy esos usos contrapuestos de los derechos de las mujeres?

Cada vez que hay guerra reaparece una forma de masculinidad hegemónica: la figura del hombre heroico que protege a la nación. Muchos varones cis, incluso algunos que se consideran de izquierda y ahora se volcaron hacia la República Islámica, enmarcan la guerra de esa manera. Dicen: «estamos protegiendo nuestro territorio como protegemos a nuestras mujeres». Esa imagen está presente en Irán, pero también en muchos otros lugares.

Sabemos que en contextos de guerra aumentan la violencia de género y la violencia doméstica. Las personas viven bajo estrés, bajo ataque, bajo miedo. No tengo estadísticas directas sobre lo que está ocurriendo ahora en Irán, pero circulan informaciones y rumores de que ese aumento de la violencia está ocurriendo.

La República Islámica también utiliza la cuestión del hijab. A través de sus luchas y de su propia sangre, las mujeres lograron ciertos derechos sobre sus cuerpos. Hoy el régimen intenta decir: «no tenemos un problema con el hijab». En algunas manifestaciones pro República Islámica dentro de Irán aparecen incluso mujeres sin hijab. Pero eso es propaganda. Está dirigido hacia el exterior: se busca mostrar que las mujeres apoyan a la República Islámica. En otras palabras, el régimen toma demandas conquistadas por las mujeres y las utiliza en su propio beneficio.

Desde afuera ocurre algo parecido. Vimos a Israel escribir «Mujer, vida, libertad» en misiles, intentando apropiarse de esa lucha. Es una guerra de discursos. Las dos partes intentan apropiarse no solo de los derechos de las mujeres, sino también de las luchas indígenas, anticoloniales y antirracistas.

Eso me entristece mucho. En el contexto iraní, personas que fueron opresoras del pueblo iraní, de los pueblos indígenas de Irán, de kurdos, baluches, minorías y mujeres, son convertidas ahora en héroes de las luchas anticoloniales y antiimperialistas fuera de Irán. La lógica parece ser: el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Y una vez más se olvida la vida de las personas en el terreno.

El discurso del salvador aparece de los dos lados. Pero creo que hoy se usa menos que hace 20 años, durante la guerra de Iraq o la de Afganistán. Después de todo lo que ocurrió, incluso después del regreso de los talibanes, Estados Unidos parece haber abandonado en parte el marco de la «exportación de la democracia» o de los «derechos de las mujeres» como justificación central. Hoy se habla de manera mucho más abierta de intereses económicos, de petróleo, de negocios, de la necesidad de impedir que Irán tenga poder. La idea de llevar democracia o liberar a las mujeres sigue apareciendo, pero ya no ocupa el lugar principal.

En América Latina también se observa una reactivación de masculinidades agresivas, muchas veces vinculadas a la precarización de la vida. Cuando no hay dinero, trabajo ni futuro, ciertos discursos de derecha ofrecen a los hombres una promesa de poder: si no pueden controlar nada, al menos pueden controlar a las mujeres. ¿Cómo piensa esa relación entre impotencia social, masculinidades reaccionarias y nuevas derechas?

Es una reacción frente a la impotencia. Todas y todos sentimos, de algún modo, que no tenemos agencia. Pero las respuestas a esa falta de agencia son distintas. La extrema derecha y también algunos sectores monárquicos iraníes ofrecen una promesa muy atractiva: dicen que puedes recuperar poder, que puedes formar parte de un proyecto ganador, que estás haciendo algo. Esa promesa no es real, pero produce efectos muy concretos.

Desde los sectores progresistas, en cambio, estamos perdiendo la batalla de ofrecer una promesa concreta sobre el futuro. Muchas veces el futuro aparece como una especulación demasiado abstracta. Algunas personas pueden pensar que habría que abandonarlo y concentrarse solo en el presente. Pero para salir del miedo, para vivir una vida normal, se necesita una promesa de vida normal. No podemos pedirle a la gente que sacrifique todo por un futuro desconocido o por las próximas generaciones. La gente necesita algo concreto para el presente y para el futuro cercano.

Subestimamos mucho esa necesidad. Tenemos responsabilidad por no haberla tomado más en serio. Debemos pensar cómo hacer que nuestros proyectos sean más atractivos para la gente común, para las personas corrientes que quieren vivir mejor, sentirse seguras, tener algún control sobre su vida.

Hace poco usted moderó una conversación titulada «Placeres fascistas», sobre la dimensión afectiva de los autoritarismos y de las extremas derechas. En América Latina, esa disputa también se juega en la vida cotidiana: frente a la precarización, el endeudamiento y la pérdida de expectativas, proliferan promesas de autonomía individual, desde el emprendedurismo hasta las apuestas financieras, las criptomonedas o la idea de «hacer algo» con el propio dinero. Las derechas parecen comprender mejor ese deseo de recuperar control sobre la propia vida, mientras que los progresismos suelen hablar desde la reparación, la asistencia o la denuncia, victimizando a sectores que las derechas lograron empoderar. ¿Qué debería aprender la izquierda de esa disputa por los afectos y la sensación de poder?

Creo que este es un punto central. Estamos en un momento muy difícil para la gente en Irán, pero no deberíamos leerlo como una excepción. En los últimos años hablamos del genocidio en Gaza como si fuera algo que ocurría «allí», en un lugar excepcional. Ahora sucede algo parecido con Irán. Pero esta es la lógica del mundo actual: un régimen de guerra y un proceso de fascistización que avanzan en distintos frentes. Tenemos que entender que esto nos puede alcanzar a todas y todos.

Por eso no deberíamos excepcionalizar a Irán ni preguntarnos solo cómo es posible que una parte de la diáspora iraní, o de la gente dentro del país, quiera la guerra o acepte la destrucción de su propio territorio. Esa tendencia existe, pero no es exclusivamente iraní. Hay en todo el mundo un deseo destructivo: saber que uno también será afectado por aquello que desea y, aun así, lo desea. Eso no está desconectado del ascenso de los movimientos posfascistas y de extrema derecha. Tampoco la polarización extrema de la política es una excepción iraní.

No quiero terminar con un tono demasiado pesimista. Como dije, todo este movimiento de guerra y opresión es un intento contrarrevolucionario de impedir que las olas surgidas en 2016 y 2017 produzcan algo nuevo. Pero las luchas por la vida continúan. Tienen interrupciones, avances y derrotas, pero continúan. Mi esperanza es que algo pueda surgir de allí.

Al mismo tiempo, sé que una solución puramente nacional no puede ser exitosa. Eso está claro. Todos los Estados autoritarios de la región estaban asustados por lo que ocurría en Rojava, en Kurdistán, en Irán desde 2022 y en la segunda ola de los levantamientos árabes. A pesar de sus diferencias, esos procesos tenían mucho en común. Y esos Estados se ayudaron entre sí para suprimir los movimientos progresistas de la región.

Después de tanta movilización en todo el mundo, siento que muy poco cambió en la vida de las personas que viven bajo violencia directa y genocidio continuo. Eso nos obliga a discutir la estrategia política. Salir a la calle y reclamar masivamente para que algo cambie no significa hoy lo mismo que hace 10 años. No funciona del mismo modo ni produce los mismos efectos, porque estamos en otra coyuntura en la relación entre Estados y sociedades. No digo que debamos abandonar las calles, pero las movilizaciones callejeras por sí solas no alcanzan.

Ahora, con la guerra, todo es peor. El discurso de la extrema derecha más dura se ha normalizado. Se puede hablar abiertamente de la aniquilación de civilizaciones sin que eso tenga consecuencias. En ese contexto, los feminismos populares tienen una comprensión más matizada y un repertorio de acción más amplio que el de la simple manifestación, porque conectan la vida cotidiana con la política. Pero incluso los feminismos necesitan una actualización. También atraviesan una especie de recesión. No en todas partes –en Kenia, por ejemplo, todavía hay un movimiento muy potente–, pero en términos generales no estamos en el mismo momento que hace una década ni en el punto más alto del ciclo abierto en Irán tras el asesinato de Mahsa Jina Amini.

Por eso creo que todas y todos necesitamos repensar las formas en que hacemos política. Si queremos encontrar soluciones, no será a escala nacional. La cuestión es cómo construir un nuevo internacionalismo desde abajo. Ahí los feminismos pueden cumplir un papel fundamental. Como ha planteado Verónica Gago, tienen una potencia particular para conectar luchas muy distintas. Esa sigue siendo una luz al final del túnel.

La guerra, las transformaciones tecnológicas, la precarización y el fortalecimiento del capital están modificando el capitalismo de forma acelerada. Al mismo tiempo, muchas instituciones que antes podían pensarse como progresistas hoy aparecen capturadas por dinámicas reaccionarias. ¿Ve en esta crisis algún espacio para nuevas formas de socialismo, de internacionalismo o de política emancipatoria? Y ¿qué le gustaría que los feminismos latinoamericanos supieran hoy sobre los feminismos iraníes? ¿Qué tipo de solidaridad o de conversación hace falta en este momento?

Creo que esta es una crisis profunda que opera en muchos niveles. La guerra muestra, entre otras cosas, que Estados Unidos ya no tiene la hegemonía ni el poder que solía tener. No hay un futuro brillante asegurado, pero eso no significa que todas las puertas estén cerradas.

Por eso es importante conversar entre regiones distintas. Los sectores de poder intentan hacernos sentir que estamos lejos unos de otros: Argentina e Irán, América Latina y Oriente Medio, culturas y religiones aparentemente separadas. Pero las similitudes son mayores que las diferencias. Nos conectan la precarización, la violencia de género, el avance de derechas autoritarias, la sensación de que ya no podemos vivir así y la necesidad de imaginar otros futuros.

Me gustaría que existiera una conversación real y honesta con América Latina. En algunos sectores progresistas y de izquierda veo poca empatía hacia la gente de Irán. Como la República Islámica se enfrenta a Estados Unidos e Israel, concluyen que el régimen está del lado del pueblo. Interpretan la situación como una lucha antiimperialista, pero no ven lo que ocurre en el nivel de base.

Entre feministas, diría que ese problema es menor, aunque no está ausente. Hay una sensibilidad distinta, porque desde la política de la vida cotidiana se entiende mejor lo que ocurre, incluso con todas las diferencias culturales. Todas sufrimos violencia de género, y eso debería bastar para comprender qué queremos decir cuando afirmamos que la estructura estatal actual es dañina para los cuerpos feminizados.

Necesitamos una solidaridad que no elija entre el régimen y la guerra. Una solidaridad capaz de escuchar a quienes sostienen la vida, cuidan y resisten desde abajo. Oponerse al imperialismo no puede significar cerrar los ojos frente a la violencia de la República Islámica. Y oponerse a la República Islámica no puede significar apoyar la destrucción del país. Esa es la conversación que necesitamos.

Fuente: Nueva Sociedad

julio 01, 2026

Silvia Federicci, filósofa e historiadora: "Eso que llaman amor es trabajo no pagado"

Hace 50 años señaló la necesidad de que las mujeres exigieran un salario por el trabajo doméstico


Hay personas que nunca tienen que acordarse de comprar papel higiénico porque siempre hay en el baño. Que, si les preguntas, no saben cuándo fue la última vez que se cambiaron las sábanas en las que duermen todas las noches o que ni se plantean que alguien tuvo que encargarse de pedir la cita para la revisión del niño antes de poder llevarlo. Son cosas que simplemente ocurren.

Durante mucho tiempo, a ese trabajo invisible se le llamó instinto maternal. O vocación femenina. O, simplemente, amor. Pero ¿y si en realidad fuera un relato construido para ocultar que alguien está trabajando gratis? Esa es precisamente la pregunta que lanzó hace ya medio siglo la filósofa y activista feminista Silvia Federici y que, por desgracia, todavía sigue de actualidad.

Aunque el core de su tesis puede resumirse de forma muy directa en que eso que llaman amor es trabajo no pagado, la cita original y exacta con la que abría el libro de 1975 'Salario para el trabajo doméstico' era: 
"Ellos dicen que se trata de amor. Nosotras que es trabajo no remunerado".

Eso sí, el objetivo no era arremeter contra el amor ni contra la familia sino hacer una crítica a al sistema que, según Federici, había conseguido que millones de mujeresasumieran como algo natural trabajos considerados menores pero que son imprescindibles para sostener la sociedad. Todo ello, además, sin que ni siquiera llegaran a considerarse trabajo.


Cuando cuidar venía en el ADN de la mujer

En 'Salario para el trabajo doméstico', Federici sostiene que el capitalismo necesitaba algo más que trabajo gratuito para que su engranaje pudiera funcionar, necesitaba que las propias mujeres dejaran de verlo como tal.

Por eso, tal y como explica en el libro, el cuidado del hogar y de la familia dejó de presentarse como una actividad económica para convertirse en un supuesto rasgo de la naturaleza femenina. Limpiar, cocinar, criar o atender emocionalmente a los demás pasaron a entenderse como una expresión espontánea del carácter de las mujeres. Algo así como una vocación biológica.
"Nuestra condición no asalariada ha ocultado nuestro trabajo, el carácter social de nuestra producción y la naturaleza de nuestro producto. Nuestro trabajo es visto como un servicio personal, un acto de amor, nuestra producción parece privada, nuestra esclavitud en la familia, una elección personal".

Se trata de un entramado brillante porque elimina cualquier posibilidad de cuestionamiento. Si cuidar es una necesidad interna y una fuente de realización personal, ¿por qué alguien iba a pedir un salario por hacerlo?

El trabajo que hace posible todos los demás

Partiendo de esta base, la autora invitó a mirar el hogar desde una perspectiva poco habitual en aquella época (y, a veces, incluso todavía en la nuestra). Detrás de cada comida preparada, cada uniforme limpio, cada noche sin dormir cuidando de un bebé o cada conversación destinada a apoyar emocionalmente a quien llega agotado del trabajo existe una actividad imprescindible para que la vida y la economía continúen funcionando.

Sin embargo, mientras que unas personas reciben un salario por su jornada laboral, otras dedican horas gratis a garantizar que esa fuerza de trabajo pueda volver al día siguiente a la oficina, la fábrica o cualquier otro empleo a ganar dinero y hacer terceros lo ganen. Es por eso que Federici sostiene que el trabajo doméstico produce la mercancía más valiosa del capitalismo: la fuerza de trabajo humana. Porque sin todos esos cuidados cotidianos, el resto del sistema directamente no podría sostenerse.
Cuando el amor se convierte en una obligación

Una de las ideas más actuales del pensamiento de Federici tiene que ver con el llamado "chantaje afectivo". Porque cuando una mujer se atreve a cuestionar por qué siempre es ella quien organiza las cosas de casa o quien asume los cuidados, pocas veces la respuesta se limita a repartir tareas. Lo habitual es que aparezca otro tipo de reproche: "Es por la familia", "¿tanto te cuesta hacerlo?", "si de verdad quisieras a los tuyos, no te importaría hacerlo".

El trabajo desaparece y solo queda el afecto. Según Federici, esa confusión entre amor y obligación consigue que muchas mujeres sientan culpa por rechazar tareas que, realizadas fuera del ámbito doméstico, serían reconocidas inmediatamente como un empleo.
"Estamos cansadas de que nos chantajeen con la idea de que si no nos gusta hacer tareas domésticas es porque no queremos a nuestras familias y, por extensión, que 'cuidar de los demás' implica sacrificar nuestra vida por todos los que nos rodean".

¿Y si el trabajo doméstico tuviera salario?

Aemás de hacer la crítica, Federici propuso una solución. Su propuesta más conocida fue exigir un salario para el trabajo doméstico porque consideraba que poner precio a ese trabajo era la forma más eficaz de hacerlo visible. Si existe un salario, deja de ser un sacrificio o una prueba de amor para convertirse en una actividad económica que puede negociarse, repartirse o incluso rechazarse.

Además, defendía que disponer de ingresos propios permitiría romper buena parte de la dependencia económica que históricamente ha estado intrínsicamente ligada al matrimonio y a la división tradicional de los roles de género. En el fondo, la reivindicación consistía en dejar de aceptar que ese trabajo que hacían las mujeres no existía.

Porque, para Fedricci, no habrá liberación real a menos que:

"Escapemos primero del chantaje por el cual nuestra necesidad de recibir afecto se nos devuelve como una obligación laboral, por la que nos sentimos constantemente resentidas contra nuestros maridos, hijos y amigos y después culpables por este resentimiento".
Una frase que sigue explicando el presente

Han pasado cincuenta años desde que Federici escribió aquellas palabras, pero basta con hablar con nuestras amigas sobre carga mental, conciliación, corresponsabilidad o economía de los cuidados para comprobar que su diagnóstico sigue muy vigente.

Asi que ¿qué ocurre con esa idea hoy? La escritora y filósofa argentina Tamara Tenenbaum retoma el planteamiento de Silvia Federici en 'El fin del amor' para defender que esa trampa no ha desaparecido, sino que se ha sofisticado. El trabajo ya no se limita al hogar, también pasa por sostener emocionalmente las relaciones de pareja y por desenvolverse en el mercado afectivo de las aplicaciones de citas.

Para Tenenbaum, el primer "truco de magia" consiste en hacernos creer que el amor solo implica sentimientos, cuando también supone invertir tiempo, energía y trabajo emocional, una entrega que sigue recayendo mayoritariamente sobre las mujeres. A eso se suma la idea de que "las relaciones hay que trabajarlas". Aunque pueda parecer un esfuerzo compartido, la autora señala que, con frecuencia, son ellas quienes asumen la gestión emocional de la pareja: iniciar conversaciones difíciles, resolver conflictos o mantener vivo el vínculo.

Por último, Tenenbaum traslada esta reflexión al mundo de las citas y las aplicaciones. Allí, sostiene, muchas mujeres realizan un intenso trabajo emocional para resultar deseables, adaptándose a las expectativas ajenas y procurando que todo ese esfuerzo pase desapercibido. 

Así que, en cierto modo, el trabajo invisible del que hablaba Federici no ha desaparecido: simplemente ha cambiado de forma.


Por María Yuste Editor Senior
Foto de portada | Marta Jara y Vitolda Klein
Fuente: Trendencias.

junio 30, 2026

El Comité de América Latina y el Caribe para la Defensa de los Derechos de las Mujeres (CLADEM), reafirma su compromiso con la democracia paritaria

CLADEM reafirma su compromiso con la democracia paritaria | SemMéxico
  • Participa en el 56 periodo ordinario de sesiones de la OEA
  • También ratifica su compromiso con una vida libre de violencias para las mujeres en las Américas

El Comité de América Latina y el Caribe para la Defensa de los Derechos de las Mujeres. (CLADEM), reafirmó su compromiso con la defensa del multilateralismo, la democracia, los derechos humanos y la igualdad sustantiva para las mujeres, adolescentes y niñas de la región, al participar en el 56° período ordinario de sesiones de la Asamblea General de la Organización de los Estados Americanos (OEA).

Realizado en la ciudad de Panamá, CALDEM organización feminista regional presente en quince países, desarrolló una agenda de diálogo, articulación e incidencia regional para visibilizar los desafíos que enfrentan las mujeres en el ejercicio de sus derechos políticos y fortalecer los estándares interamericanos frente a la violencia política y la violencia digital contra las mujeres.

Esta agenda fue posible con el apoyo de Diakonia, en el marco del Programa Paridad, financiado por el Gobierno de Suecia, a quien CLADEM expresa su especial agradecimiento por su compromiso con la igualdad de género, los derechos humanos y la democracia paritaria en la región.

Como parte de este proceso, CLADEM, junto con el Programa Paridad de Diakonia, el MESECVI y la OEA, en alianza con Equality Now, ONU Mujeres y UNFPA, realizó el encuentro «Democracia Paritaria Sin Violencia», orientado a analizar avances y desafíos en la implementación de las Leyes Modelo Interamericanas sobre paridad, violencia política y violencia digital contra las mujeres.

CLADEM también participó en el «Diálogo regional con juventudes: Juventudes, democracia y participación política libre de violencia en América Latina”, en el diálogo con sociedad civil convocado en el marco de la Asamblea General de la OEA y en el Diálogo Estratégico de Alto Nivel «Sostenibilidad de la cooperación internacional para la igualdad de género en las Américas», convocado por la Comisión Interamericana de Mujeres (CIM).

Durante su participación en Panamá, CLADEM sostuvo reuniones estratégicas con aliadas institucionales y organizaciones de la sociedad civil, incluyendo una reunión bilateral con ONU Mujeres, una reunión de trabajo con Diakonia y un encuentro interCLADEMs orientado a fortalecer el diálogo interno de la red e identificar prioridades comunes de incidencia.

Las reflexiones desarrolladas en estos espacios ratifican que la democracia no puede consolidarse mientras persistan la violencia política, la violencia digital, la discriminación estructural y la exclusión de las mujeres de los espacios de decisión. La paridad es un principio democrático y una condición indispensable para construir instituciones más inclusivas, representativas y justas.

CLADEM hace un llamado a los Estados miembros de la OEA a colocar la igualdad de género y los derechos de las mujeres en el centro de sus agendas democráticas; profundizar la implementación de las Leyes Modelo Interamericanas; fortalecer a la CIM, al MESECVI y al Sistema Interamericano de Derechos Humanos; y garantizar recursos suficientes para la sostenibilidad de las organizaciones y movimientos feministas.

Fuente: SemMéxico

junio 29, 2026

América Central cuida con desigualdad y con sistemas débiles


Ana Alvarado cuida desde hace cinco años a su padre, Manuel de Jesús Alvarado, de 85 años, en su vivienda del cantón El Tránsito, en Santa María Ostuma, en el centro de El Salvador, en un contexto donde, en América Central, el peso del cuidado recae mayoritariamente en las mujeres. Imagen: Edgardo Ayala / IPS


Los esfuerzos por establecer políticas sobre cuidados en América Central avanzan lentamente, con rezagos estructurales y sin una red pública de servicios, como centros de cuido para niños y personas mayores, que evite que el peso del trabajo recaiga en su mayor parte en las mujeres.

El financiamiento siempre limitado en las siete naciones centroamericanas impide ampliar esos servicios, de modo que la construcción de un sistema integral de cuidados sigue siendo un objetivo lejano en la región, conformada por Belice, Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua y Panamá.

El istmo está marcado por profundas brechas socioeconómicas, con altos niveles de desigualdad, informalidad laboral y limitaciones fiscales que condicionan la capacidad de los Estados para ampliar sistemas de protección social para una población conjunta de 53 millones.

Detrás de las brechas estructurales en la provisión de cuidados, las dinámicas cotidianas se traducen en arreglos familiares donde la responsabilidad recae de forma desigual en una sola persona, generalmente una mujer cercana al familiar frágil, en el caso de los adultos mayores.


“Tal vez me hubiera gustado tener mis propias cosas, trabajar para tener mi casa, mi familia, pero ya era el destino que me tocaba”: Ana Alvarado.

“Aquí estamos siempre pendientes de mi papá, él es un hombre fuerte, gracias a Dios”, dijo a IPS Ana Alvarado, de 51 años, responsable del cuidado de su padre, Manuel de Jesús Alvarado, de 85 años.

Ana y su padre viven en el cantón El Tránsito, un asentamiento rural del distrito de Santa María Ostuma, en el centro de El Salvador.

Ana relató que ella trabajaba en San Salvador, la capital del país, distante unos 70 kilómetros. Pero hace cinco años asumió el cuidado permanente de su padre, luego de una serie de complicaciones médicas graves que incluyeron múltiples cirugías y una infección que dejó secuelas en el estado de salud de él.

“Casi se nos muere”, contó.

Su padre, sentado a su lado asintió, y comentó: “No todo el tiempo pasa uno con toda la energía de cuando uno es joven, se nota el avance de la edad y los golpes de las enfermedades”.

“Me tocó venirme a mí, porque era la única soltera. Me tocó estar aquí. Mis hermanos aunque quisieran estar aquí no pueden, ellos trabajan en San Salvador y ya tienen su hogar”, dijo Ana entre comprensiva y resignada.
Integrantes del Centro de Estudios de la Mujer de Honduras, una de las organizaciones que impulsan la creación de una ley de cuidados en su país, junto a un cartel con el lema “Hora de Cuidar”. Imagen: Cortesía del CEM
El peso sobre las mujeres

Los cuidados se entienden como el conjunto de actividades necesarias para sostener la vida diaria y el bienestar de las personas, que incluyen desde la atención a niños y personas mayores o enfermas y dependientes hasta el trabajo doméstico asociado a esas tareas.

Según el enfoque de ONU Mujeres, se trata de un trabajo esencial para el funcionamiento de la sociedad y la economía. Comprende tanto el cuidado no remunerado dentro de los hogares como los servicios de cuidado pagados, y que tiende a recaer de forma desproporcionada sobre las mujeres.

Las mujeres del Triángulo Norte de Centroamérica continúan asumiendo la mayor parte del trabajo de cuidados no remunerado, según el informe Estado de situación del sector de cuidados en Guatemala, El Salvador y Honduras, publicado en octubre de 2025.

El reporte establece que en los tres países persisten patrones similares en la organización del cuidado que profundizan las brechas de género.

En los tres las mujeres dedican entre tres y cinco veces más tiempo al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado que los hombres, lo que se refleja en una menor participación laboral femenina.

Cerca de 70 % de las mujeres guatemaltecas permanece fuera de los sistemas laborales regulados, al igual que 66,7 % de las salvadoreñas y 64,7 % de las hondureñas. Muchas terminan incorporándose a ocupaciones precarias, caracterizadas por bajos ingresos, ausencia de protección social y escasas oportunidades de capacitación.

“En Guatemala, las mujeres continúan asumiendo la mayor parte del trabajo de cuidados no remunerado, lo que les impide incorporarse al mercado laboral, continuar sus estudios o dedicar tiempo a su propio bienestar”, afirmó a IPS Maritza Velásquez, de la Asociación de Trabajadoras del Hogar a Domicilio y de Maquila y de la Red Guatemalteca por los Cuidados.

Velásquez actuó como coordinadora del estudio.

La investigación también encontró que la provisión de cuidados en la región sigue descansando principalmente en arreglos familiares informales, debido a la falta de marcos normativos coherentes y mecanismos de financiamiento sostenibles, un modelo que reproduce desigualdades de género a lo largo del ciclo de vida de las mujeres.

“Hemos visto que las mujeres se dedican definitivamente más tiempo de su vida a cuidar a otros que a cuidarse ellas mismas”, acotó Velásquez.

Ante este panorama, el estudio propone destinar al menos el equivalente a 1 % del producto interno bruto (PIB) a un fondo plurianual de cuidados para ampliar la infraestructura social y reducir el déficit de servicios dirigidos a la primera infancia, personas mayores y población dependiente.

Actividad en un centro diurno en San José de Costa Rica, donde se apoya el cuidado de los adultos mayores, como parte de las mejoras del Sistema Nacional de Cuidados y Apoyos, que se considera el más avanzado hasta ahora en América Central. Imagen: Sinca

Pocos avances reales

El avance de las políticas de cuidados en América Central muestra distintos niveles de desarrollo entre países, con brechas importantes en su institucionalización y alcance.

Mientras Guatemala, Honduras y El Salvador apenas comienzan a construir marcos más sistemáticos para organizar la provisión de cuidados, todavía con iniciativas fragmentadas y limitaciones de financiamiento, Costa Rica se ubica en una etapa más avanzada.

Esa nación aprobó en 2022 la Ley del Sistema Nacional de Cuidados, que dio base legal a su implementación, con una red estatal que articula servicios públicos y privados para personas adultas y en situación de dependencia, a fin de protegerlas y dar apoyo a los cuidadores, remunerados o no, para mejorar la calidad de vida de las dos partes.

En El Salvador, la política de cuidados existe como marco, pero su alcance sigue siendo muy limitado en la práctica.

“Es un instrumento poco conocido y con limitaciones para volverse operativo, pues carece de un presupuesto”, señaló a IPS Carmen Urquilla, de la Organización de Mujeres Salvadoreñas por la Paz, al referirse a la Política Nacional de Corresponsabilidad de los Cuidados, aprobada en el 2023.

Esa iniciativa no es una ley aprobada por la Asamblea Legislativa, sino un instrumento de política pública del Poder Ejecutivo.

Esto significa que no tiene rango legal vinculante, sino que funciona como un marco de orientación para acciones institucionales y programas. Su implementación depende, en la práctica, de la voluntad política y de la asignación de recursos presupuestarios.

La experta salvadoreña explicó que uno de los principales desafíos no está en la definición del problema, sino en la falta de recursos para traducirlo en servicios concretos como centros de atención infantil o espacios de apoyo para personas mayores.

También advirtió que el énfasis del enfoque vigente tiende a centrarse más en quienes reciben cuidados que en la organización del sistema que los sostiene.

En Guatemala, la discusión sobre cuidados se mantiene en una fase inicial y con avances intermitentes.

“El avance es muy incipiente”, afirmó la guatemalteca Velásquez, al señalar que no existe aún una política pública consolidada.

La dirigente señaló que algunos acercamientos institucionales en materia de cuidados fueron impulsados desde la Secretaría Presidencial de la Mujer durante el gobierno de Alejandro Giammattei (2020-2024), pero advirtió que estos procesos han perdido continuidad con el cambio de administración hacia el actual gobierno de Bernardo Arévalo.

La activista agregó que la transición entre ambas gestiones ha implicado la interrupción o ralentización de varias iniciativas previas, lo que ha afectado la posibilidad de darles seguimiento sostenido dentro del aparato estatal.

Según explicó, esa inestabilidad ha dificultado la construcción de un sistema sostenido y con participación formal de las organizaciones sociales.

Velásquez agregó que, aunque se han retomado conversaciones recientes, el proceso sigue sin una hoja de ruta clara y sin mecanismos estables de articulación entre Estado y sociedad civil. En su visión, el país aún se encuentra en una etapa de definición básica de qué tipo de sistema de cuidados se quiere construir.

En Honduras, el debate ha avanzado hacia propuestas más estructuradas, aunque sin aprobación legislativa.

“El país aún no cuenta con una ley aprobada, pero sí con borradores y mesas de trabajo”, explicó a IPS Suyapa Martínez, directora del Centro de Estudios de la Mujer de Honduras.

La especialista explicó que existe una iniciativa de Ley del Sistema Integral de Cuidados presentada por una diputada de oposición, mientras el gobierno trabaja en una propuesta propia, con la intención de fusionarlas y avanzar hacia una normativa común.

Sin embargo, advirtió que el avance de esta agenda ha estado marcado por vaivenes políticos y cambios de prioridades con la llegada de un nuevo gobierno, lo que ha impedido darle continuidad sostenida a los esfuerzos previos y consolidar un marco legal estable para el sistema de cuidados.

Tras el gobierno de Xiomara Castro (2022-2026), en enero de este año llegó a la presidencia de Honduras el ultraconservador Nasry Asfura, promovido por el presidente estadounidense, Donald Trump.

Buenas leyes, pero de momento lejanas

La activista hondureña explicó que la propuesta de sistema integral de cuidados contempla una combinación de transferencias económicas y expansión de servicios públicos, con la creación de bonos para personas cuidadoras y apoyos directos a hogares que realizan estas tareas.

A esto se sumarían centros diurnos para personas mayores, programas de atención domiciliaria y servicios de asistencia para personas con discapacidad, como parte de una red de apoyo que busca reducir la sobrecarga actual en las familias.

La implementación de este esquema, señaló Martínez, requeriría una inversión significativa, estimada en alrededor de 29 millones de dólares en un período de cuatro años, según los estudios preliminares incluidos en la propuesta.

En ese contexto, señaló que una de las principales referencias para el diseño del sistema es la experiencia de Uruguay.

Ese país cuenta desde 2015 con un Sistema Nacional Integrado de Cuidados, que reconoce el cuidado como un derecho humano, en lo que fue un modelo pionero en América Latina que se sustenta en la corresponsabilidad y el financiamiento compartido del Estado, las familias, el mercado y la comunidad.

En 2024, Panamá siguió parcialmente ese modelo al establecer un Sistema de Cuidado de Personas, que “garantiza el derecho al cuidado, el pleno bienestar y el desarrollo de las personas, así como a la protección de su autonomía”, brindando apoyo legal a las personas bajo cuidado y sus cuidadores. Pero el sistema enfrenta aún desafíos en su aplicación.

En el caso hondureño, Martínez advirtió que el proceso aún depende de acuerdos políticos y de la definición de recursos sostenidos para su implementación.

Mientras tanto, la cuidadora salvadoreña, Ana Alvarado, señaló que le habría gustado continuar trabajando o desarrollar un proyecto propio, pero terminó reorganizando completamente su vida para atender a su padre.

Contó que ella recibe apoyo financiero de sus hermanos para medicamentos y otros gastos de su padre, ellos se mantienen muy pendientes de él, pero el cuidado cotidiano recae casi por completo en ella.

“Tal vez me hubiera gustado tener mis propias cosas, trabajar para tener mi casa, mi familia, pero ya era el destino que me tocaba”, afirmó Ana.

Fuente: IPS

Sí a la Diversidad Familiar!
The Blood of Fish, Published in