abril 30, 2008

Esto es Ruanda

En Ruanda la mitad de las bancas parlamentarias y de los cargos ministeriales son ocupados por mujeres. Y a pesar del terreno ganado en la arena política, el país se ubica entre los menos desarrollados del mundo en cuanto a igualdad de oportunidades. Pobreza, violencia de género y VIH/sida amenazan a las ruandesas que intentan cerrar las heridas de un genocidio que las tuvo como blanco, y acabar con una tradición que pisotea sus derechos en la calle y en la casa.

Según datos de la División para el Adelanto de la mujer de las Naciones Unidas, en Ruanda las mujeres ocupan un 48,8 por ciento de las bancas parlamentarias, ubicándose sobre Suecia, Finlandia y Argentina, y muy por encima del promedio mundial, que no alcanza un 18 por ciento. La paridad también se da en el gabinete ejecutivo, conformado por 15 ministr@s, de l@s cuales casi la mitad son mujeres, situación que Ruanda comparte con países como Francia o Suecia.

Pero a pesar de la participación en los puestos de decisión política, Ruanda es uno de los países menos desarrollados del mundo, donde las mujeres todavía están lejos de disponer plenamente de sus derechos civiles, y donde sufren una tradición que las castiga por su condición de género. Además, ellas son las herederas de un genocidio que en 1994 acabó con la vida de 1 millón de personas, y cuya principal estrategia – fundamentada en el odio racial – fue la violación brutal y masiva a mujeres y niñas.

15 años no es nada

Ruanda muestra las huellas de un conflicto que empezó en abril de 1994, cuando los hutus moderados mataron a varones y violaron a mujeres tutsi por considerarl@s su tribu enemiga. En la base del enfrentamiento se mezclaron el odio étnico y la estigmatización de mujeres tutsi, a las que se las caracterizó como una amenaza para la descendencia hutu. Con estos argumentos, los hutus tuvieron la violación como su mejor arma, infectando con VIH/sida a mujeres que morirían años más tarde, o que transmitirían la enfermedad a sus hijos.

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) calcula que entre 250 y 500 mil mujeres y niñas fueron violadas durante los 100 días de conflicto, de las cuales unas 350 mil habrían contraído el virus.

Después del enfrentamiento se hicieron cambios constitucionales para garantizar los derechos de las mujeres: desde 1994 ellas pueden ser propietarias de la tierra, heredar posesiones e integrar los cuerpos policíacos. Pero las leyes son todavía en Ruanda, la “suiza de África” por su paisaje montañoso, solo palabras sobre el papel. Aún hoy muchas mujeres son secuestradas por hombres pobres que, al no tener suficiente dinero para pagar la dote, las obligan a contraer matrimonio. En muchos casos, poco tiempo después de convivencia el varón suele abandonar a su esposa para contraer matrimonio con otra mujer, posibilidad que a ellas les está vedada.

Actualmente, y a causa de la matanza de varones, las mujeres conforman el 70 por ciento de la población de Ruanda, aunque ser mayoría no parece garantizarles mejores condiciones de vida: se les entorpece su derecho a la educación, propiedad, y trabajo. Menos alentador es el panorama para las infectadas por el virus del VIH/sida: en un país en el que sólo el 10 por ciento de la población usa electricidad, y el ingreso per cápita es de 250 dólares mensuales, pagar los 72 dólares que cuestan los antirretrovirales parece una utopía. Ante la pobreza y la enfermedad, l@s niñ@s no encuentran otra salida que la mendicidad y la prostitución, y son víctimas del desprecio manifiesto y generalizado por la enfermedad de sus madres.

Ruanda y el mundo

El marco jurídico internacional en materia de derechos humanos garantiza a todas las mujeres protección contra la violencia y los abusos sexuales. Los Estados están obligados a respetar esas garantías, aunque el gobierno ruandés actual en manos de Paul Kagame desde 1994 no las cumple. Much@s consideran a Kagame un líder autocrático, y se cree que ha fomentado la participación femenina en su gobierno solo como una estrategia para mejorar la imagen del país en el mundo, y recibir así los millones que las potencias destinan a los países menos desarrollados.

Un programa inaugurado en 2007 por el Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas para la Mujer (UNIFEM) y el Reino Unido destina 6 millones y medio de dólares a los países en situaciones de conflicto y post conflicto, entre ellos Ruanda. El programa busca construir sensibilidad de género con la policía local y mejorar los accesos de las mujeres a las instituciones de justicia, incluyendo su empoderamiento en espacios públicos y privados.

Marcadas para morir

''Al igual que a muchos otros, a mi esposo lo mataron en la guerra, y yo fui violada por dos asaltantes. La mayor parte de mi familia murió''. ''Durante la guerra, venían soldados de la milicia buscando hombres jóvenes a los que matar y niñas con las que tener relaciones sexuales. Durante una semana tuve relaciones con un hombre distinto cada noche, que me amenazaba con matarme''. Estos son solo algunos de los testimonios que se publicaron en un documento de Amnistía Internacional (AI) en 2004: ''Ruanda: Marcadas para morir'', en el que se detallan los horrores cometidos durante el genocidio, y en el que se proponen alternativas al difícil panorama que enfrentan el país.

Para acabar con la discriminación contra las mujeres y portador@s de VIH/Sida, AI recomienda al gobierno local priorizar la educación, y propone líneas de trabajo para acabar con la violencia de género, reformando la legislación en apoyo a los derechos de las mujeres que por siglos han sido pisoteados.

El caso de la participación femenina en Ruanda se suma al de muchos otros países africanos, en los que la lucha de las mujeres es vital en la reconstrucción de posguerra. Es el caso de Liberia, donde Ellen Johnson gobierna desde 2005 (convirtiéndose en la primera mujer elegida jefa de estado de un país del continente), o del pequeño país Benin, en donde las mujeres luchan por salir de la pobreza y la dominación en que nacieron, por recibir educación y empezar su propio negocio, o convertirse en profesionales para transformarse a sí mismas, a su familia y a su país.

Por Flavia Mameli
Fuente: Artemisa Noticias

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