mayo 10, 2008

Día de la madre: la desigualdad nos aguó la fiesta

Las madres de hoy no sólo trabajamos por menos y en peores condiciones que los padres de Chile, sino que aceptamos en muchos casos estas condiciones y otras malas prácticas como el acoso laboral.

El regocijo de ser madre se recrea este domingo, entre los esmerados preparativos de nuestros niños y nuestras niñas para festejarnos y las visitas familiares de los padres de esos hijos e hijas a sus respectivas procreadoras. Pero en medio del ya tradicional despliegue de artilugios publicitarios que nos han puesto por estos días en el foco de las estrategias de marketing, vale la pena aprovechar este onomástico para tener presentes aquellas sombras que no iluminan estas celebraciones. Después de todo, ¿es nuestro día no?

Lo primero que corresponde preguntarse es si las que somos madres, las que queremos serlo o las que no queremos serlo, tenemos hoy el derecho a una opción tan elemental como ésa. A la luz de los últimos acontecimientos de nuestra peculiar institucionalidad, con la ya conocida resolución del Tribunal Constitucional en contra de la distribución de la píldora del día después en el sistema público de salud, las madres estamos obligadas a serlo desde el minuto mismo de la concepción, como si el vínculo entre la sexualidad y la reproducción fuera algo indisoluble. Estamos obligadas a ser madres cuando nos violan, y también cuando no funciona el método de anticoncepción o, incluso, cuando estamos en peligro de muerte o cuando somos adolescentes.

Lo segundo a preguntarse es si frente a esta nueva restricción todas las mujeres estamos igualmente limitadas en nuestra capacidad de decidir sobre ser o no ser madres. Los jueces del tribunal han introducido formalmente un factor de desigualdad en nuestro país, en la medida en que las mujeres de escasos recursos se encuentran más obligadas ahora a convertirse en madres que aquellas otras que sí cuentan con los medios para acceder en las farmacias a la famosa PAE o incluso a ciertas clínicas privadas en las cuales el aborto es prácticamente un trámite.

Y una vez que los hijos nacen y se desarrollan, ¿qué pasa con nosotras las madres? Lamentablemente, la vida no se hace más fácil. Si bien ha crecido la tasa de participación femenina en el mercado del trabajo (44%), el acceso de las mujeres sigue por debajo del promedio en América Latina. El solo hecho de ser mujer disminuye nuestras posibilidades de contratación, ya sea porque vamos a tener hijos o porque ya los tuvimos, sin importar nuestras competencias o habilidades para el desempeño laboral, reveladas en las cifras del Censo 2002, según las cuales estamos más educadas que los hombres.

Este domingo, cuando abramos nuestros regalos del día de la madre, podremos olvidar un momento los prejuicios asociados al mayor costo que implica la contratación de mujeres, la precariedad del trabajo femenino, fundamentalmente en el sector informal, con alta incidencia en el trabajo doméstico, y generalmente acompañado de bajos ingresos y del no pago de cotizaciones. A ello cabe agregar la brecha de género en las remuneraciones, que siguen siendo en promedio alrededor de 30% más bajas por funciones del mismo valor, y la exclusividad con la que se nos sigue asignando el trabajo de cuidado y crianza de los hijos e hijas. Ciertamente, las madres de hoy no sólo trabajamos por menos y en peores condiciones que los padres de Chile, sino que aceptamos en muchos casos estas condiciones y otras malas prácticas como el acoso laboral, porque se requiere el ingreso para la subsistencia familiar.

Trabajamos por otros, porque el trabajo doméstico que no consiste sólo en apapachar a los hijos e hijas, sino que el dedicar horas a su aseo, salud, formación, entretención, alimentación no es equitativamente compartido con los padres de nuestros hijos o hijas. Pese a los esfuerzos de la Presidenta Michelle Bachelet por alivianarnos la carga, y por reconocer la labor de las madres, mediante el bono por hijo/a y la reforma previsional, que al menos dota de mayor equidad al sistema de seguridad social, la matriz cultural sigue siendo la misma. La maternidad es vista como un costo que las mujeres tenemos que pagar por el hecho de ser tales. ¡Qué manera de aguarnos la fiesta!

Por Lorena Fríes,
Presidenta de la Corporación Humanas
OBSERVATORIO CIUDADANO

Sí a la Diversidad Familiar!
The Blood of Fish, Published in