Lenguaje y Realidad: Reflexiones Feministas
El lenguaje es reconocido como el hecho fundamental que permite que exista cultura y sociedad, pero como cualquier producto social, el lenguaje no es neutro; si no que responde a ciertos intereses y visiones acerca de la realidad; es por esto que podemos afirmar que el lenguaje crea y recrea realidad, genera imágenes y las recodifica, a la vez que oculta lo que a los intereses dominantes no le interesa que sea nombrado, por lo mismo podemos afirmar que el lenguaje no es un fiel reflejo de la realidad social, si no que le confiere sentido y lógica a ésta; y tiene entre muchos, el “don” de entregar y construir Verdad.
Desde tiempos inmemorables el poder ha utilizado el lenguaje como forma de de reproducción, así como naturalización del sistema dominante, y de este modo la hegemonía de ciertos grupos sobre otros se ha transmitido también por medio de las palabras. Quien maneja el lenguaje maneja la realidad, tomando a “quien maneja” en sentido abstracto.
Como señala Pierre Bourdie en su libro “La dominación masculina”, el lenguaje que utilizamos diariamente se constituye a partir de oposiciones que se suponen homólogas: alto/bajo, dentro/afuera, adelante/atrás, derecha/izquierda, derecho/curvo, seco/húmedo, duro/blando, picante/insípido, claro/oscuro, etc. Éstas son composiciones binarias y jerarquizadas desde donde se termina por clasificar todas las cosas y prácticas según distinciones reducibles a la dicotomía entre lo masculino y lo femenino. De este modo el lenguaje otorga la concordancia entre las estructuras objetivas y las estructuras cognitivas que posibilita la relación con el mundo.
Las teorías feministas y el concepto de género, nos entrega luces de cómo el lenguaje es una herramienta que soporta, legitima, reproduce y naturalizara la dominación masculina. Los valores que se le atribuyen a varones y a mujeres llegan codificados desde un lenguaje que no puede dejar de ser sexista y androcéntrico, ya que de otro modo el propio lenguaje cuestionaría el orden imperante y, como señala Luce Irigaray, en nuestra lengua , el femenino en lugar de constituir un género diferente, se ha convertido en un no- masculino. La cultura se empobrece así considerablemente, reducida a un solo polo de la identidad sexual (Irigaray:1992).
Cuando nos hacemos conscientes de que vivimos en una sociedad patriarcal, debemos hacernos conscientes también de cómo el lenguaje transmite valores que perpetúan y naturalizan un orden donde se superpone lo masculino a lo femenino, pero esta no es una superposición ingenua, si no que encierra todo un conjunto de valores que se transmiten por medio del lenguaje donde los estereotipos que se le asignan a las mujeres, el papel que se le otorga en las acciones, la transformación de las mujeres en objeto y la constante invisivilización y homogeneización de las que somos blanco, son sólo ejemplos de estrategias que se sumergen y disfrazan en el lenguaje como forma de legitimación y control social, donde se cancela la genealogía femenina, el saber de las mujeres y nuestro papel y aporte en la cultura y sociedad.
Pero el lenguaje no se limita a legitimar y reproducir el sistema dominante, si no que deja espacios también a la enunciación propia y decodificada, donde el masculino como neutro universal deje de ser la regla y la realidad sexuada tome su lugar en el lenguaje para hacerse parte constitutiva de la realidad. Para esto es necesario nombrar la realidad como realmente es, es decir en femenino y en masculino. Hay que ir contra la violencia simbólica que transmite el lenguaje hacia las mujeres generando nuevos esquemas mentales que se acompañan por cambios lingüísticos, porque si queremos una realidad donde lo femenino tenga el mismo valor que lo masculino, donde no se cancele la participación de las mujeres y donde seamos sujetas y actoras de las acciones, tenemos que empezar por nombrar de este modo la realidad y dejar de ser un agregado del varón.
Lo que se nombra aparece cobrando espacio y presencia, si nombramos la realidad también en femenino, las mujeres aparecemos tomando espacio y recobrando genealogía.
Desde tiempos inmemorables el poder ha utilizado el lenguaje como forma de de reproducción, así como naturalización del sistema dominante, y de este modo la hegemonía de ciertos grupos sobre otros se ha transmitido también por medio de las palabras. Quien maneja el lenguaje maneja la realidad, tomando a “quien maneja” en sentido abstracto.
Como señala Pierre Bourdie en su libro “La dominación masculina”, el lenguaje que utilizamos diariamente se constituye a partir de oposiciones que se suponen homólogas: alto/bajo, dentro/afuera, adelante/atrás, derecha/izquierda, derecho/curvo, seco/húmedo, duro/blando, picante/insípido, claro/oscuro, etc. Éstas son composiciones binarias y jerarquizadas desde donde se termina por clasificar todas las cosas y prácticas según distinciones reducibles a la dicotomía entre lo masculino y lo femenino. De este modo el lenguaje otorga la concordancia entre las estructuras objetivas y las estructuras cognitivas que posibilita la relación con el mundo.
Las teorías feministas y el concepto de género, nos entrega luces de cómo el lenguaje es una herramienta que soporta, legitima, reproduce y naturalizara la dominación masculina. Los valores que se le atribuyen a varones y a mujeres llegan codificados desde un lenguaje que no puede dejar de ser sexista y androcéntrico, ya que de otro modo el propio lenguaje cuestionaría el orden imperante y, como señala Luce Irigaray, en nuestra lengua , el femenino en lugar de constituir un género diferente, se ha convertido en un no- masculino. La cultura se empobrece así considerablemente, reducida a un solo polo de la identidad sexual (Irigaray:1992).
Cuando nos hacemos conscientes de que vivimos en una sociedad patriarcal, debemos hacernos conscientes también de cómo el lenguaje transmite valores que perpetúan y naturalizan un orden donde se superpone lo masculino a lo femenino, pero esta no es una superposición ingenua, si no que encierra todo un conjunto de valores que se transmiten por medio del lenguaje donde los estereotipos que se le asignan a las mujeres, el papel que se le otorga en las acciones, la transformación de las mujeres en objeto y la constante invisivilización y homogeneización de las que somos blanco, son sólo ejemplos de estrategias que se sumergen y disfrazan en el lenguaje como forma de legitimación y control social, donde se cancela la genealogía femenina, el saber de las mujeres y nuestro papel y aporte en la cultura y sociedad.
Pero el lenguaje no se limita a legitimar y reproducir el sistema dominante, si no que deja espacios también a la enunciación propia y decodificada, donde el masculino como neutro universal deje de ser la regla y la realidad sexuada tome su lugar en el lenguaje para hacerse parte constitutiva de la realidad. Para esto es necesario nombrar la realidad como realmente es, es decir en femenino y en masculino. Hay que ir contra la violencia simbólica que transmite el lenguaje hacia las mujeres generando nuevos esquemas mentales que se acompañan por cambios lingüísticos, porque si queremos una realidad donde lo femenino tenga el mismo valor que lo masculino, donde no se cancele la participación de las mujeres y donde seamos sujetas y actoras de las acciones, tenemos que empezar por nombrar de este modo la realidad y dejar de ser un agregado del varón.
Lo que se nombra aparece cobrando espacio y presencia, si nombramos la realidad también en femenino, las mujeres aparecemos tomando espacio y recobrando genealogía.
Por Macarena Trujillo Cristoffanini.
La Ciudad de las Diosas
Bibliografía:
Bengoechea, Mercedes.2000ª. “Historia (Española) de las primeras sugerencias para evitar el androcentrismo lingüístico” Revista Iberoamericana de Discurso y Sociedad, Volumen 2, nº 3: 48-53.
Irigaray, Luce. 1992. “Yo, Tú, Nosotras”. Ediciones Cátedra. Universitat de València. Instituto de la Mujer. España.
Lledó, Eulàlia. 1992. El sexismo y el androcentrismo en la lengua: análisis y propuestas de cambio ( Barcelona: Institu de Ciéncies de l’ educació; Univesitat autónoma d Barcelona)
VV.AA. (NOMBRA). 1995. Nombra en femenino y en masculino (Madrid; Instituto de la Mujer).
VV.AA. (NOMBRA). 1998. Lo femenino y lo masculino en el Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española. (Madrid; Instituto de la Mujer; Serie Estudios), Capitulo: “Ideología e intervención humana en la confección del DRAE”
