marzo 24, 2010

Dos voces por una causa

Victoria Aldunate y Julieta Paredes son dos mujeres radicales que ven al movimiento feminista actual estancado y reclaman uno más independiente y revolucionario. Recuperan a Lilith, primera mujer según el Talmud, que fue oprimida, se resistió y se rebeló.

Forman parte de la América de todos los días, de hambruna y mujeres sin futuro pero no se resignan a este estado de cosas. Las une su compromiso con sus comunidades feministas, indígenas y populares, sin embargo cada una de ellas es parte de algo propio. Se trata de Victoria Aldunate y Julieta Paredes, dos feministas radicales que ven al feminismo actual estancado y reclaman uno más independiente y revolucionario.

Victoria nació en Chile, es activista feminista, terapeuta, escritora. Vivió en Argentina el exilio de sus padres y luego en Rusia, donde estuvo sola desde los 18 años. Es feminista autónoma y es parte de Memoria Feminista de Chile. Hasta hace un año fue coordinadora de una Casa de 1ª Acogida a Mujeres por Violencia. Escribió la novela La Chica Corazón de Ruedas, un relato feminista sobre género y transexualidad que surge de su trabajo en los años 90 en un grupo de personas viviendo con el VIH en el Sur de Chile. Actualmente vive y trabaja en Bolivia.

Julieta es aymara, lesbiana, cantante e integrante de Mujeres Creando Comunidad. En el 2000 Mujeres Creando tuvo una crisis política planteada principalmente por ella, ya que 'veía que éramos famosas internacionalmente, pero nuestro pueblo y sus organizaciones sociales no nos conocían'. Ahí se dividió Mujeres Creando y el grupo en que se queda Julieta inicia el proceso de las asambleas feministas que hoy es un referente en cinco de los nueve departamentos de Bolivia. Ella además escribió el libro Hilando fino y a partir de ello fue invitada por los movimientos de mujeres de Bolivia a escribir el marco conceptual del Plan del gobierno de Evo. Relata que este gran desafío le dio miedo, pero también mucha alegría porque sus hermanas valoraban el trabajo feminista comunitario.

-Victoria, ¿puedes sintetizar algunos hitos de tu vida que hoy te hacen estar dando vueltas, en este pensar –sentir?

Nací en una cultura comunista que me enseñó a no ser arribista: no creerme blanca ni clase media. Mi madre, mi padre y sus compañeros comunistas en un tiempo - los 60 y 70- en que los comunistas no habían vendido su alma por unos escaños, me criaron. El día que Allende asumió yo tenía 9 años, mi papá me subió a sus hombros y pude ver al presidente hablando desde el balcón de La Moneda. Sentía la felicidad de la gente y pensaba que ahora el mundo iba a ser mejor para las niñas, para los pobres, y para los perros abandonados. Vino el golpe, mi mamá y mi papá se escondieron, y vi el cadáver de un amigo de 16 años destrozado en un cajón.

En el ‘74 me fui a Mendoza, Argentina. Volvimos a un Chile fascista en el ‘78, y en el ‘79 fui dirigenta de las Juventudes Comunistas y de organizaciones de Enseñanza Media. Estaba terminando la secundaria y me tomaron presa, luego de unos días me pusieron detención domiciliaria. Mis profes me protegieron para que egresara, y mintieron sobre mi asistencia -yo no podía salir de mi casa-. Me fui a la URSS y cuando conocí el socialismo real dejé de ser militante comunista. También amé Rusia, tuve amigos y amigas que me protegieron y me mostraron lo duro que es vivir en una contrarrevolución en que las consignas se transforman en piezas de museo. Muchos de ellos eran contrarios al sistema pero no anticomunistas, ni fascistas, sólo esperaban más respeto y menos represión. También empecé ahí a sentir feminismos. Mi mejor amiga era una afgana bastante radical que develaba muy bien el patriarcado. Volví a Chile el 89 cuando ya era $hile (mi patria hecha un mercado) y descubrí que la Concertación se formó pisoteando la lucha popular antidictatorial.

-¿Julieta, quieres contar algunos de la tuya?

Nací en la ciudad de La Paz en un barrio popular de artesanos, mis abuelas y abuelos eran indígenas migrantes desde las comunidades a la ciudad de La Paz, aymaras de mi padre y quechuas de mi mamá. Mi abuela y mi mamá se esforzaron y trabajaron duro, para que pudiera estudiar. Desde muy pequeña supe que la historia de mi pueblo no era solo de los hombres, sino que las mujeres indígenas estábamos sometidas doble y triplemente, por eso participé de las luchas antidictatoriales cuando estaba en el colegio y en la universidad. Aprendí que la izquierda era racista, machista y lesbofóbica. Fui parte de todo el trabajo de educación popular, tanto de sectores de la izquierda, como de teología de la liberación. Descubrir el feminismo fue un regalo de la Pachamama para mí, pude de esta manera integrar todas las formas de rebelarme ante un mundo racista, heterosexualmente obligatorio, machista y clasista. Pude entender que yo no era un ser de segunda y tenía derecho a mis sueños y a ser feliz en mi pueblo. Inicié junto a otras dos mujeres el colectivo Mujeres Creando el año 1990 y construimos un referente de feminismo en Bolivia y también en Latinoamérica con formas de ocupar política y creativamente los espacios de las calles con propuestas antineoliberales.

¿Cómo se fueron haciendo parte de sus itinerarios vitales la violencia y la exclusión?

Victoria: Respecto de la violencia del patriarcado, cuando la aprendes a ver, te das cuenta de ella en tu cuerpo. Las dictaduras y sus torturadores si bien es cierto persiguen a hombres y mujeres, se ensañan de una manera distinta con las mujeres. Te subestiman porque son misóginos, y luego descubres que otras mujeres cercanas también son machistas y te castigan diciéndote que eres muy poca cosa. Envidia entre mujeres. Los varones de las izquierdas, lo mismo, nos tratan como su complemento. En Rusia negaron a las feministas revolucionarias. Lenin era misógino, decía que desconfiaba de aquellas que comparaban la cuestión sexual con la lucha de clases. En este camino he aprendido que las revoluciones, o son antipatriarcales y feministas o no son revoluciones.

Julieta: Yo también como Victoria formo parte de las excluidas y excluidos de este mundo y lucho para que eso termine. Diría que el impacto primero del sistema patriarcal -no de los hombres- fue sobre mi cuerpo de mujer aymara y lesbiana, a la que el patriarcado no le concede lugar en el mundo y eso me rebeló contra todas las opresiones, incluidas las que sufren mis hermanos, lo que no quiere decir que yo socape los machismos y lesbofobias de ellos.

¿Cuál es su visión del feminismo actual?

Julieta: Está en un estancamiento muy grande, incluidos los feminismos autónomos que no tienen propuestas de sociedad. Creo que en ese contexto, el feminismo comunitario que nace de la esperanza del proceso político de cambios de nuestro pueblo aquí en Bolivia, rompe con esa monotonía y se plantea como algo vivo y convocante a otras mujeres y a otros hombres del continente americano y también mas allá.

Victoria: El feminismo autónomo latinoamericano y caribeño ha sido un hito importante del feminismo que se explicitó el ‘96 en Cartagena de Chile, en el VII Encuentro Feminista Latinoamericano y Caribeño. La autonomía, como la veo, es una postura revolucionaria que -a grandes rasgos- dice, entre otras cosas, que no nos hacemos cómplices de los 'hijos' del patriarcado: el capitalismo, el neoliberalismo, el imperialismo. No se humaniza lo inhumano, y no aceptamos que sigan cooptando nuestras ideas, nuestras elaboraciones para lavarle la cara a la barbarie neoliberal. ¡No puede ser que el Banco Mundial, responsable de la pobreza de las mujeres y que gobiernos como la Concertación de $hile, neoliberal y genocida simulen que tienen 'enfoque de género'!…

-¿Cómo entienden la ligazón entre feminismo y organizaciones sociales?

Julieta: La entendemos como mujeres parte de las comunidades construyendo sueños y participando en las luchas y no creemos que nuestras reivindicaciones estén fuera de las reivindicaciones revolucionarias de nuestros pueblos.

Victoria: Hemos hecho alianza con movimientos sociales mixtos, con mapuches autónomos de Santiago por ejemplo porque sabemos que las mujeres somos las primeras colonizadas de la Historia patriarcal. Las y los oprimidos del racismo son nuestros hermanos y hermanas. Nuestras alianzas políticas con organizaciones mixtas tienen que ver con la identificación de luchas y con la autonomía de las organizaciones.

-Victoria vos registras en tus artículos la violencia hacia Lilith, explicalo por favor.

Victoria: Lilith, primera mujer según el Talmud, fue oprimida, se resistió y se rebeló. Abandonó el paraíso porque no quiso copular ni vivir como Adán y Dios le mandaron. Y es que no se puede cambiar el patriarcado desde sus instituciones. Muchas feministas autónomas, como Lilith, no nos hacemos parte de las instituciones patriarcales, pero tampoco estamos afuera del mundo, estamos con nuestros mundos, la calle, la población, las comunidades populares, las comunidades indígenas, los y las indígenas urbanas. Como Lilith, nos vamos a los lugares que son nuestros. Ella se fue al confín de los mares y a los subterráneos de la tierra, con los animales que eran como ella…

Julieta: Es lo que hacemos en las asambleas feministas comunitarias, estamos con las y los que son como nosotras en este proceso de cambios. Construimos rebelándonos al machismo porque nuestra historia en nuestra tierra es de luchas. Antes de que llegasen los invasores a nuestros territorios las mujeres ya resistíamos. Bartolina Sisa y Gregoria Apaza no fueron esposas sometidas si no mujeres luchadoras. Decimos a los hermanos machistas que no queremos patrones, caudillos, ni jefes ni amos. Queremos hermanos y compañeros. Que si el proceso de cambios no cuenta con la palabra, la acción, la decisión de las feministas, no será real. Si nosotras no gritamos, no hablamos, no denunciamos, no proponemos, no hay revolución posible porque las mujeres somos la mitad de cada pueblo y de este también.


Por Hugo Huberman
Artemisa Noticias

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