enero 02, 2015

Las madres del psicoanálisis. Sabina Spielrein, la “pequeña” muñeca rusa.

Estas son las primeras conclusiones de mi lectura de los documentos que llegaron al psicoanalista Aldo Carotenutto en 1977.

Se trataba del diario que Sabina Spielrein escribió entre 1909-1912, de su correspondencia con Freud (1909-1914), y su correspondencia con Jung (1912-1919).

Además, la versión incompleta de sus manuscritos en alemán (traducidos al italiano y posteriormente al castellano).

Siendo rusa prefería la lengua alemana. Siendo judía buscaba los fundamentos de la fe cristiana. Cual muñeca rusa van apareciendo en sus textos las distintas versiones de Sabina: la niña, la joven, la mujer, la amante, la madre, la música, la psicoanalista.

Ella es cada una y siempre “no toda”. En las primeras páginas de su diario relata una escena en la que se desnuda ante la ventana de su habitación y su mirada encuentra la mirada de un hombre sobre ella. Así, en su diario y en sus cartas, irá descubriéndose y dándose a ver, llevada por el empuje de su “juego limpio” (es lo que significa literalmente Spielrein), a un esfuerzo imposible por deshacer el malentendido.

Siempre dividida y expuesta a la verdad de su división: entre la pasión y la razón, entre el amor y el odio, entre la beatitud y el ardor...

Ella misma construye la serie de sus amores, desde su bisabuelo y su abuelo, ambos rabinos, hasta Jung. De los hombres de la familia materna subraya la marca de la ley judía (y su transgresión) y la pasión por la música. El abuelo se enamora de una joven cristiana, a la que debe renunciar. El mismo destino cae sobre su madre. De ella nos dice

Sabina: “Mi madre no ha encontrado ninguna satisfacción en el amor de los hombres”. Los primeros amores de Sabina, nos cuenta, son dos muchachas: una hebrea y, un año después, una cristiana. Se separa de ambas, decepcionada pero convirtiéndolas antes en amigas entre sí (lo mismo harás, años mas tarde, tras su decepción de Jung, respecto a la relación de éste con Freud). De ambas dice: “Ninguna de ellas tenia predisposición para la música”.

El tercer amor fue un profesor cristiano que, al ser rechazado por ella (porque le aburría), se enamorará de su madre y finalmente se suicidará (una solución muy frecuente en la Rusia zarista). Luego aparece un tío, que también se enamorará de su madre, y a ella, esa posibilidad, no parece sorprenderle. A la muerte de su hermana, a sus 16 años, cae enferma y es ingresada por primera vez en una clínica para enfermos mentales.

Unos años mas tarde, de nuevo hospitalizada, conoce al que llama su cuarto amor, el doctor Jung: cristiano, médico y casado.

En ese orden lo describe. Dedica su diario a manifestar su amor por él. Al encuentro de sus almas y a los comunes intereses espirituales: la búsqueda de un destino superior al que apunta el ideal wagneriano.

Aunque sus almas se encuentran, él le pide “Poesía” (metáfora que utiliza para referirse al encuentro sexual) y ella le pide un hijo: Sigfrido.

Escribe: “Oh, espíritu protector, haz que el objeto de mi deseo sea de naturaleza divina. Sigfrido, hijo mío, un día tú deberás decir lo que tu madre siente ahora.”

Jung le pide que publique y que se convierta en miembro de la Asociación Psicoanalítica.

Y Sabina: “Cada tanto le daría a mi amado un trabajo mío, que el trataría como si fuera un hijo”. Pero... ”¿Y si finalmente me quedo soltera?”. Entonces piensa en el suicidio...mejor morir antes que soportar la desilusión.

Una vez más la división, emergencia del sujeto: el demonio wagneriano la acecha y la alerta de la imposibilidad de realizar su destino sagrado. Identificada con Judith, prefiere pensar en matar a Holofernes. Si no puede tenerlo, prefiere eliminarlo.

O herirlo. O desenmascararlo ante Freud, ante su mujer, ante la Sociedad Psicoanalítica. Configura una trama edípica no exenta de humor:

“El amigo de Jung es Freud. El cristiano es hijo del hebreo. Jung es simultáneamente hijo mío. Por lo cual yo estoy casada con el Dr. Freud. Yo no amo a Freud porque me robó mi amigo, quien quizás se enamore de su hija, Ana. La cual seria así... su hermana”

A través de su diario encontramos a una Sabina dividida entre el reclamo de ser la única, el temor a ser sustituida y ser una entre tantas, y al mismo tiempo, buscar (y encontrar con más frecuencia de lo deseado) a “la otra mujer”, otra mujer entre las cuales la esposa de Jung tiene un lugar diferenciado.

Se marcha a Mónaco a escribir, en total soledad, su texto: “La destrucción como causa del devenir”. Es el año 1912. Es admitida es la Asociación Psicoanalítica.

Dice entonces: “Todavía estoy sola”. Al final de las páginas que nos han llegado de su diario, escribe una frase de Schindler:

“Dios lo había creado para que fuera un héroe... pero el curso de los acontecimientos lo transformó en un bufón”.

¡Pobre dios!

Jung empieza a caer.

Paralelamente, están sus cartas a Freud, entre 1909 y 1914. Dichas cartas se inician con un enunciado: “No me dirijo a usted para que ponga paz...nosotros no hemos tenido nunca litigio. Estoy dispuesta a demostrar todo lo que he dicho con documentos.” Teme haber sido para Jung sólo un “experimento”, haber sido una “miserable”, una “Sigfridocada”.

En su búsqueda de “la verdad”, evoca ante Freud su “juego limpio”, el reclamo de la palabra del Otro del amor que podría deshacer los malentendidos.

“Puedo matarlo...o perdonarlo. Pero no puede negar la afinidad espiritual que hubo entre nosotros. Aunque debo perdonarlo, pues mi amor tiene que pertenecer al mundo entero”.

Es de este mismo esfuerzo por escribir lo que no puede escribirse, de este esfuerzo por testimoniar la insatisfacción de su demanda, que nace el germen de la pulsión de muerte (en su texto sobre “La destrucción como causa...”), que se anuncia su saber sobre el goce a partir del dolor del amor y la imposible correspondencia.

Una parte de aquella fuerza que provoca siempre el mal, busca también el bien.

Esta fuerza demoníaca, que en su esencia es destrucción, es también fuerza creativa, dado que de la destrucción de dos individuos nace uno nuevo. Esto es precisamente el instinto sexual, que en su esencia es un instinto de destrucción”.

Unos años más tarde, en 1920, Freud escribe “Más allá del principio del placer”. Sólo una nota breve, al pie de página, recuerda la contribución de Sabina Spielrein.

La primera traducción al ruso de “Más allá del principio del placer” es realizada por ella con un prólogo de Lauria.

En la correspondencia con Freud, Sabina recuerda y enfatiza la profunda conexión entre los dos psicoanalistas (Freud y Jung).

Tal como ocurriera con sus dos primeros amores infantiles, no parece poder abandonarlos sin colaborar antes en fortalecer su vínculo La “pequeña” (tal como es llamada por Freud) no carece de humor. Sabe jugar con su nombre y dejarse llamar, equívocamente, spielerei (chisme, acertijo) por spielrein (juego limpio).

Jung le había dado una piedra, metáfora de su alma. Y su teoría acerca del alma. A la manera de Don Juan, era capaz de dar el alma sin por ello perder la suya.

Nada de simetría entre Sabina y Jung. Nada de simetría entre el hombre y la mujer.

Ella se tienta tentando al Otro, hasta el sacrificio. Hasta el desprecio por la equivocación.

Se trata de amor. Y ella está dispuesta a “mostrarlo”. A pagar con su angustia por el reconocimiento. Se trata de que él haga saber que ella le importa.

Ella quería algo más. Pedía “la libra de carne”. No la metáfora.

La libra de carne, que “debe ser tomada de muy cerca del corazón”.

En el seminario sobre la angustia, Jacques Lacan nos propone una reflexión acerca de las raíces del sentimiento antisemita.

Raíces que deben buscarse en ese: “resto que permanece vivo y que sobrevive a la prueba de la división del campo del Otro por la presencia del sujeto”.

Una intervención de Freud, a partir del análisis de los sueños de Sabina sobre Sigfrido, abre las puertas de la renuncia y la despedida: Usted podría tenerlo si quisiera, pero sería una gran lástima para usted”

Estas simples palabras, con la fuerza del dicho primero”, del oráculo, tienen un efecto liberador. El maestro, el predicador del penis-neid, le otorgaba su permiso para dejar atrás la insistente demanda e ir así, más allá, al encuentro de su causa. Ella encuentra así en sí misma, con una fuerza insospechada, la necesidad de entregarse a la composición musical, tras las huellas de la familia materna. Habla entonces de su “megalomanía”. De aquellos -abuelo, padre- que le decían: “Un gran destino te espera”. Sabina escribe: “Yo buscaba la solución del problema de Sigfrido bajo la forma del hijo real. Mas Sigfrido había sido “una invención juvenil”. Aunque... una vez más la división: “La razón me dice que debo renunciar a la meta musical porque aprovecharé más en mi profesión científica. Pero si sigo en mis sentimientos me será imposible prescindir de la música.

Parecería que sin la música me dejo arrancar una parte de mi alma y que la herida no se cerrará jamás”.

Las cartas a Jung se escriben entre 1911 y 1919. Las firma como Sabina Scheftel. Son los textos menos apasionados: conversaciones acerca de la naciente teoría psicoanalítica y sus interpretaciones y conclusiones acerca del destino del síntoma-hijo-Sigfrido.

Así, se dirige a Jung:

Reciba usted el producto de nuestro amor, el hijito Sigfrido”, se trata de “La destrucción como causa del devenir”.

La adolescente enamorada, celosa y finalmente abandonada es la Sabina del diario; en las cartas, para Freud, son su desilusión y su empeño de que Jung confiese que “hubo algo” ante el maestro y ante la comunidad analítica, para Jung queda otra sabina: la del bien decir, la teórica, la psicoanalista.

Unos años después Sabina vuelve a Rusia. Allí, en Moscú, la Rusia de Lenin abre las puertas al psicoanálisis. La Rusia de Stalin las cierra. Sabina se retira a Rostov, su pueblo natal. No sabemos si oyó o desoyó las advertencias acerca de la invasión alemana. Sí sabemos que fue fusilada por el ejército nazi en la sinagoga de Rostov, junto con la población judía y sus dos hijas, en 1942.

Nos queda de Sabina su testimonio, sus textos, un alma para homenajear. Su recuerdo... y su frase: “Antes la muerte que la vergüenza”

Por Clara Bermant
Psicoanalista
G.E.M.A (Grup d’Estudis de Dones en l’Actualitat)
clarabermant@hotmail.com
Fuente: Rvista MyS (Mujeres y Salud) Nº 34 -35, 2014